MÁS TEMPRANO QUE TARDE, Meditaciones desde la posteridad

 

 

 

MÁS TEMPRANO QUE TARDE

 

 

Meditaciones desde la posteridad




Todos los derechos reservados. Registro de propiedad intelectual: 2025-P-20251

(Advertencia legal, al final del libro)

 

 

Síntesis

Este libro es la voz del compañero cuando ya no habla el presidente, sino el hombre enfrentado a su conciencia y a la historia.

Desde la altura del tiempo —no del poder—, estas páginas recogen su palabra más desnuda: la que se pronuncia cuando no hay cálculo, cuando la dignidad pesa más que la supervivencia y la lealtad no admite retrocesos.

No es un relato de acontecimientos, sino una meditación final sobre el deber, la responsabilidad asumida sin atajos y la fe obstinada en el ser humano.

Aquí Allende no se defiende ni se justifica.
Piensa.
Recuerda.
Entrega.

Y deja, como herencia, una pregunta que aún nos interpela:
¿qué significa vivir de pie?


Prólogo

En la Piedra del Tiempo

 

No vuelvo para hablar del tiempo perdido,
sino para recordar que una vida,
cuando ha sido puesta entera sobre la mesa del pueblo,
no desaparece:
se transforma en un resplandor que acompaña.

Aquí estoy,
desde un lugar donde ya no existen mandatos
ni ceremonias,
donde el silencio tiene el peso de una patria entera
pensándose a sí misma.
Vuelvo porque hay voces que no terminan con la muerte,
porque toda existencia que se entregó sin reservas
permanece abierta como una herida luminosa.

No pido ser escuchado como Presidente
ni como mártir de una hora oscura.
Habla el hombre,
el médico que alguna vez sostuvo manos temblorosas,
el chileno que caminó entre ustedes
con el corazón despierto
y la conciencia en vela.

Lo que encontrarán en estas páginas
no es un programa ni un juicio,
sino la memoria interior
de un ser humano que creyó en la dignidad
como en un fuego antiguo
que cada generación debe volver a encender.
Son las meditaciones de quien comprendió tarde,
pero no demasiado tarde,
que la vida sólo vale
si se entrega por algo más amplio que uno mismo.

Hoy,
desde este borde donde la historia calla
y el espíritu recuerda,
les hablo sin urgencias,
sin la premura de la lucha ni el estruendo de la caída.
Les hablo como quien ofrece agua
en la mitad de un desierto moral.

Estas palabras que siguen
nacen de lo que no tuve tiempo de decir,
de lo que dije y fue mal escuchado,
de lo que guardé para un amanecer que no llegó.
No regresan para abrir heridas,
sino para mostrar el rostro desnudo
de un hombre que creyó en su pueblo
como se cree en la última luz antes del amanecer.

Si algo puedo dejarles ahora,
cuando ya no soy sino un eco en la memoria del país,
es esta certeza:
toda vida que se vivió de pie
permanece de pie después de la muerte.

Entren, pues,
a estas meditaciones que hablan
desde el territorio donde la conciencia
ya no se defiende ni se justifica,
sino que simplemente respira.

Que este libro sea eso:
una respiración que no cesa,
un corazón que sigue hablando
cuando la voz ya ha sido silenciada.

Aquí comienza mi último testimonio.
Mi último amanecer.

  

 

1.       DESDE LA TRIBUNA DEL DESTINO

 

I. La inquietud que sube desde el país


En aquellos días, el aire tenía un temblor que nadie podía nombrar.
Las calles guardaban un murmullo hondo,
como si la tierra estuviera aprendiendo a hablar
con la voz de millones de seres anónimos.

Yo sentía esa inquietud subir por los cerros,
bajar por las quebradas humanas de Santiago,
acumularse como un vapor antiguo debajo de las plazas.

No era miedo.
Era el despertar de una esperanza que todavía no sabía pronunciarse.

Y comprendí entonces
que cuando un pueblo se prepara para hablar,
hasta las piedras se inclinan para escuchar mejor.

 

II. La resolución escrita en la piedra del tiempo


Hubo un instante —lo recuerdo nítido—
en que mi decisión ardió en mis manos
como un metal recién forjado.

No era soberbia,
era la certeza humilde
de quien ha sido llamado por fuerzas más grandes que su nombre.

Leí aquel documento ante el Senado
como quien deposita un puñado de brasas
sobre la mesa fría de la historia.

Quise que mi palabra quedara inscrita,
no para el aplauso,
sino para que algún día,
en esta posteridad desde la que ahora hablo,
se supiera que no fui silencio ante la responsabilidad del tiempo.


III. En torno a un nombre que pesa demasiado


A veces un nombre pesa más que un cuerpo.
Lo sentí en esos días
cuando la unidad buscaba un rostro
y mi propio rostro era una piedra incómoda
en medio del camino.

Pedí que levantaran otro compañero,
que no fuera yo quien impidiera el paso del pueblo.

El partido no quiso.
Pero yo supe —lo supe de verdad—
que un nombre no vale si impide la marcha de millones.

Por eso ofrecí borrarme,
borrar mi sombra,
dejar el espacio limpio para que la historia respirara.

 

IV. La larga memoria del luchador político


He caminado tantos años con la misma bandera
que ya no distingo dónde termina mi vida
y dónde comienza la voluntad colectiva.

Desde el Frente Popular hasta las campañas perdidas,
la derrota me enseñó más que los discursos,
y cada fracaso dejó una luz encendida
en la conciencia del país.

Yo no era un hombre buscando el poder:
era un hilo insistente
cosiendo generaciones dispersas
en el mismo tejido ardiente de la emancipación.

 

V. La renuncia como forma secreta de la consecuencia


Jamás imaginé que renunciar
fuera un acto más profundo que aceptar.

Pero así fue.
Al ofrecer mi retiro,
al pedir que se prescindiera de mí,
descubrí en mí mismo una grieta luminosa:
la posibilidad de ser fiel sin ser protagonista.

La consecuencia es un fuego extraño:
quema hacia adentro
y sin embargo ilumina el camino de los otros.

Ese día aprendí
que un revolucionario vale más por lo que entrega
que por lo que recibe.

 

VI. La urgencia que amenazaba con romper el país


Había una llama inquieta en Chile,
una hoguera juvenil que no aceptaba la espera.

El país estaba al borde de su propio abismo:
lo sabía el campesino,
lo sabía el obrero,
lo sabía también la noche cuando se espesaba sobre Santiago.

Si no avanzábamos con prontitud,
el caos sería la respuesta sordomuda del sistema fracasado.

Yo veía venir esa sombra
como quien presiente un terremoto bajo la piel.

Y aun así, confié:
confié en que el pueblo podía convertir la urgencia en construcción
y no en destrozo.

  

VII. La claridad frente a la dictadura y la asonada


Nunca creí en la asonada sin conducción,
en el estallido sin luz,
en la violencia ciega que pretende reemplazar a la historia.

Lo dije entonces y lo repito desde esta orilla posterior:
la revolución es un acto de lucidez,
no un golpe de sombras.

Sabía que entre nosotros acechaba la amenaza:
dictaduras disfrazadas,
emboscados agazapados,
sables que buscaban su oportunidad.

Pero también sabía que el pueblo,
cuando despierta,
tiene una clarividencia más poderosa
que cualquier fuerza uniformada.

 

VIII. La consecuencia como única herencia válida


En mis manos no hubo fortuna,
ni apellidos destinados a los altares.

Mi única herencia fue la consecuencia,
ese hilo duro que une pensamiento y acción
sin permitir que uno traicione al otro.

Lo dije ante el país,
pero hoy lo susurro desde esta altura distinta:
un hombre vale por la exactitud entre su palabra y su vida.

Y esa exactitud,
que a veces dolió,
fue lo único que pude legarle a mi pueblo.

 

IX. La lealtad que se devuelve multiplicada


A veces me preguntan —desde este tiempo sin fechas—
qué fue lo que verdaderamente me sostuvo.

No fueron los partidos,
ni las instituciones,
ni los discursos repetidos hasta la fatiga.

Fue el pueblo.
Ese pueblo que me acompañó por décadas
y que, en las plazas y caminos,
me ofreció una lealtad hecha de barro, pan y sacrificio.

A esa lealtad respondí con la mía.
Era lo mínimo que podía dar
como un hombre que eligió no desertar
ni siquiera cuando el destino lo empujó hacia la sombra.

 

X. Seguir siendo el Compañero Allende


Al final de aquellos días,
cuando el país era un torbellino de amenazas y esperanzas,
solo pedí una cosa:
que pudiera seguir siendo el Compañero Allende.

No un héroe,
no un mártir,
no una estatua de bronce frío.

Quise seguir siendo
el hombre que caminaba entre los suyos,
el que hablaba con la dueña de casa y con el estudiante,
el que entendía que la dignidad se sostiene
en la conversación diaria con el pueblo.

Hoy, desde esta posteridad que me contiene,
sé que el nombre quedó donde debía quedar:
no en los libros,
sino en la memoria afectiva de los que aún creen
que un país puede levantarse sin humillar a nadie.

Y eso —solo eso—
es lo que me permite seguir diciendo:
soy y seré, para ustedes, el Compañero Allende.

  

2.       CANTO DE LA PIEDRA Y LA ESCUADRA

 

I. Nombre heredado

No renegué de mi nombre,
lo recibí como una lámpara gastada
que todavía daba luz sobre la mesa pobre de mi infancia.

De mi abuelo, masón y médico,
me llegó esta herencia sin oro:
un nombre limpio
y una vocación torcida hacia el pueblo,
como un río que se empecina en bajar
donde los mapas le prohíben.

Ellos, los de entonces,
querían mantener al hombre en la sombra,
alimentarlo con miedo,
ponerle un candado en la boca y otro en la conciencia.
Sobre ese barro levanté mi oficio:
defender al que no tiene defensa,
poner el cuerpo donde otros sólo ponían firmas.

La vieja oligarquía me señaló con su dedo blanco,
la clerecía me maldijo en sus altares de incienso,
“El Mercurio” me cercó cada amanecer
con su muralla de tinta.
Pero yo sabía,
hacia atrás, en las salas de madera y humo,
que una escuadra invisible me enderezaba el paso
y que la herencia verdadera
no es la hacienda,
sino la obligación de no agachar la frente
cuando la injusticia habla con voz de patrón.

 

II. En sueño en la logia, despierto en la calle

Dije que estaba “en sueño”
y los que nunca entraron a un templo
creyeron leer en esa palabra una renuncia.

No renuncié.
Sólo dije que mis manos
no alcanzaban para partir en dos la vida:
un tiempo para los ritos del silencio
y otro para la arena ardiente de la plaza.

Mientras faltaba leche en los conventillos,
mientras las poblaciones chapoteaban en el barro,
mientras un millón de voces pedía techo y trabajo,
¿cómo iba a decir que cumplía,
si apenas alcanzaba
para estar despierto en la calle y en el Senado?

Estuve en sueño en la forma,
pero no en la raíz.
La escuadra que me enseñaron en los talleres
la llevé a medir las paredes torcidas de Chile,
el nivel lo puse sobre las cuentas públicas,
y con el compás abrí, en la frente del país,
un círculo de dignidad posible.

Ser masón no era refugiarse en los símbolos,
era salir a mojarse bajo la lluvia del conflicto,
era decir, a cara descubierta:
el que calla frente a la dictadura
traiciona sus propias herramientas,
el que no se indigna ante el hambre
rompe por dentro su mandil y su palabra.

 

III. Hermanos de piedra y de pólvora

Vi a mis Hermanos de otras épocas
pelear por cementerios laicos, por escuelas sin sotana,
abrir el Registro Civil como quien abre una ventana
en una casa atiborrada de crucifijos.

Un Hermano levantó la primera escuela laica
y la llamó Blas Cuevas,
como si bautizara con tiza y dignidad
a los hijos descalzos de la República.

Otro Hermano, pequeño y moreno,
rugió desde Tarapacá
contra la canalla dorada.
Lo llamaron maximalista, vendido, traidor,
como después me llamaron a mí.

Un tercero, maestro y estadista,
—Pedro Aguirre Cerda,
masón hasta los huesos—
recibió en La Moneda, de madrugada,
la noticia de los autos listos para huir.
Y él respondió, con la sencilla altura de los justos:
“Saldré con los pies hacia adelante”.

Yo aprendí de esa escena
que la dignidad no firma cartas de renuncia,
que el cargo no se abandona como un abrigo viejo
cuando la tormenta se pone negra,
que el masón que gobierna
no puede pedir a otros
lo que él mismo no está dispuesto a pagar
con su propia vida.

Por eso,
cuando años más tarde
los cañones apuntaron a mi casa
y la historia se llenó de humo y metralla,
supe de antemano
el modo exacto en que debía permanecer.

 

IV. La otra mitad de la palabra “Libertad”

En los templos me enseñaron
que la piedra angular se llama Libertad,
que sus hermanas se llaman Igualdad y Fraternidad.

Yo pregunté, con testarudez de médico de barrio:
¿puede haber libertad
si el obrero no sabe si habrá pan mañana?,
¿puede haber igualdad
si seis personas duermen en una pieza húmeda,
con la muerte respirando en los muros?,
¿puede haber fraternidad
cuando un niño bebe café aguado
en vez de leche,
y su cerebro, silenciosamente,
se queda sin futuro?

Me respondieron los números
como un coro implacable:
faltan cientos de miles de viviendas,
cientos de miles de niños arrastran
un retraso que no se ve en la estatura
pero sí en la memoria, en la imaginación,
en esa chispa que podría haber sido
un poema, un invento, un país distinto.

Yo, masón y marxista,
uní sobre la misma mesa
la escuadra y el método,
el mallete y la dialéctica,
y dije:
la libertad sin pan es un espejismo,
la fraternidad sin justicia es ceremonia vacía,
la igualdad sin techo ni educación
es simplemente mentira.

Por eso hablé de alienación
antes de que la palabra entrara en los diarios,
por eso hablé de la paz entre los pueblos
y señalé con nombre y apellido
a los que hacen de la guerra un negocio,
a los que queman niños en Vietnam
y luego hablan de civilización en los salones.

 

V. Frente a las puertas de la historia

Desde la Gran Logia miré hacia fuera
y vi un país tensado como un arco:
las masas bullendo en las fábricas,
la juventud empujando contra los viejos muros,
las Fuerzas Armadas tentadas por el ruido de los sables,
los bancos contando, en voz baja,
el dinero que se iba cada día al extranjero.

No quería una asonada ciega,
no quería ríos de sangre sin destino,
no soñaba con una Patria en ruinas
sobre la cual levantar una bandera perfecta y solitaria.

Yo soñaba otra cosa:
un Gobierno fuerte por la fuerza moral,
por la unidad consciente de un pueblo que sabe
qué está haciendo y hacia dónde camina,
un Poder popular que se sostuviera
más en la convicción que en el fusil.

Por eso defendí la vía chilena,
esa vereda estrecha entre el miedo y la esperanza,
con gusto a vino tinto y empanada de horno,
no a azúcar y ron,
porque cada pueblo tiene su propia receta de dignidad.

Dije a mis Hermanos:
todavía es posible que conquistemos el Gobierno
dentro de los cauces legales,
pero no se engañen:
habrá que tocar los intereses más duros,
romper la alianza de las castas y los capitales,
recuperar el cobre, la banca, la tierra,
para que las palabras “igualdad” y “fraternidad”
no sean solamente adornos de discurso.

La historia me respondió con golpes en la puerta,
con editoriales envenenados,
con amenazas susurradas al oído de los generales.
Pero no corrigió una sola línea
de lo que yo había comprendido:
o avanzábamos hacia un nuevo orden,
o nos aguardaba la dictadura y el silencio.

 

VI. Confesión de un Hermano ante el tiempo

Hoy, desde esta posteridad
donde ya no me alcanzan
ni las balas ni los titulares,
puedo decirlo con calma:

no fui un masón perfecto,
no fui un marxista perfecto,
no fui un Presidente perfecto.
Fui un hombre
que intentó ajustar sus actos
a las palabras que juró
bajo bóvedas distintas:
las del templo
y las de la calle.

Si alguna vez dudaste de mí, Hermano,
si pensaste que renegaba de la Orden
para acomodarme en la política,
mira lo que quedó:
un cuerpo roto en una casa sitiada,
un pueblo disperso que siguió amando
algo de lo que dijimos,
una huella que no borra ni el odio
ni la calumnia ni el tiempo.

Mas temprano que tarde —lo dije—
se abrirán de nuevo las grandes alamedas.
Hoy agrego:
también se abrirán, para quien quiera verlas,
las puertas silenciosas de los templos,
donde un viejo Hermano,
de apellido Allende,
sigue golpeando, con paciencia,
la piedra bruta del mundo
para arrancarle,
aunque sea a martillazos lentos,
la forma de un hombre libre.

 

3.       CUANDO ENTENDÍ QUE LA VICTORIA ERA UN DEBER

 

I. La noche en que descubrí mi pequeñez

Aquella noche, desde una tarima frágil,
sentí que mi voz era un hilo tembloroso
frente al océano vivo que respiraba ante mí.

Vi rostros desconocidos que igual me nombraban,
y comprendí que el triunfo no cabía en mis manos,
sino en la multitud que latía como un solo pecho.

Yo, tan solo un hombre lleno de fallas,
me sentí sostenido por miles de miradas
que no pedían gloria, sino consecuencia.

Esa hora me reveló mi tamaño verdadero:
un servidor del tiempo y de los otros,
un gesto humano entre tantos gestos humanos.

 

II. La entrada que no era mía

Desde aquella noche comprendí
que no caminaría solo hacia La Moneda:
tras mis pasos avanzaba un país entero.

Cada rostro que alzaba su esperanza
era una llamada silenciosa
a una responsabilidad que aún me pesa.

Yo era apenas la puerta abierta,
pero el que entraba era el pueblo
con su memoria cansada y su anhelo inmenso.

El cargo era solo un traje prestado;
mi tarea, ser un puente firme
para que otros cruzaran hacia la dignidad.

 

 III. La victoria que me excedía

Recuerdo la noche del júbilo,
cuando todos celebraban
y yo sentía un temblor secreto.

No era miedo, sino certeza:
ninguna victoria pertenece
al que la anuncia desde un balcón.

Me supe humano, vulnerable,
envuelto en una alegría
que no podía llamar mía.

Era el triunfo de los que habían perdido todo,
de las manos callosas y los silencios largos;
yo solo prestaba mi voz a su esperanza.

 

IV. El compromiso ante mi conciencia

A veces vuelvo a escuchar aquel clamor
que vibró en las calles de Santiago
como un pulso de tierra estremecida.

No prometí grandezas, prometí lealtad.
Prometí no ser más alto
que el pueblo que me alzaba.

Quise ser un Presidente sin distancia,
un hombre que tocara la realidad
con manos desnudas.

Hoy, desde la posteridad incierta,
me pregunto si lo logré;
solo sé que nunca dejé de intentarlo.

 

V. La celebración vigilante

Soñé esa noche con un país que bailaba,
que por un instante olvidaba su dolor
en la música de una alegría recién nacida.

Pero en el fondo del canto
escuché el rumor del mañana
que exigía lucidez y trabajo.

Alegría y vigilancia:
dos alas opuestas que intenté sostener
con mis manos imperfectas.

Aún veo a mi pueblo danzando en la memoria,
y me pregunto si comprendieron la ternura
con que quise resguardarlos del peligro.

 

VI. La humildad de un solo hombre

Aquel día tuve que decirlo en voz alta:
no era un héroe, ni un mármol, ni un símbolo;
era solamente un hombre.

Sentía mis debilidades como grietas antiguas,
como piedras que había cargado demasiados años,
y sin embargo, había un país que confiaba en mí.

La verdadera fortaleza estaba afuera,
en el que golpeaba su pobreza
como quien golpea una puerta cerrada.

Mi tarea era escuchar ese llamado silencioso
y recordar que ningún cargo
borra la fragilidad de quien lo ocupa.

 

VII. El triunfo que no me pertenece

A veces aún me veo allí,
recibiendo los vítores que no eran para mí.

Eran para la mujer anónima
que llevaba treinta años remendando la vida,
para el obrero que conocía el frío de la madrugada,
para el estudiante que soñaba un país distinto.

Yo solo era la cara visible
de un sueño demasiado grande para un solo rostro.

Mi triunfo fue comprender
que el triunfo no era mío.

 

VIII. La palabra dada ante todos

Cuando dije que respetaría los derechos
de cada chileno,
lo dije como quien se desnuda frente al tiempo.

No era un gesto retórico:
era una promesa que sabía pesada,
una que debía cargar con mis dos manos.

Ser justo no era un mandato escrito,
era una forma de caminar
sin torcer el alma.

Aún hoy, desde lejos,
me repito aquella frase
para medir mi sombra.

 

IX. La responsabilidad que nació del júbilo

El pueblo celebraba,
pero yo veía ya los cerros del futuro:
largos, empinados, necesarios.

No quise apagar la alegría,
pero comprendí que la fiesta
era también un comienzo difícil.

Sería larga la tarea
de levantar una convivencia nueva,
más limpia, más digna.

La victoria fue apenas una llave;
lo que venía era la casa por construir
con manos cansadas, pero despiertas.

 

X. Gratitud hacia los invisibles

Entre la multitud sin nombre
sentí la presencia de quienes no hablan,
pero sostienen el día con su esfuerzo.

Cómo olvidar al hombre de la pampa,
al rostro quemado por la estepa,
a la mujer que en su cocina
reinventa la esperanza.

Ellos eran el verdadero país,
los que nunca pedirían nada
y sin embargo lo daban todo.

Mi gratitud sigue siendo para ellos,
los que hicieron posible
que la historia avanzara un paso más.

 

XI. La fuerza que nace de la unidad

Siempre supe que no hay destino
que pueda levantarse solo.

La unidad no era un lema:
era un temblor profundo
que hacía vibrar la tierra bajo nuestros pies.

Sentí cómo una sola voluntad
podía quebrar los diques del miedo
y abrir un cauce inesperado.

La unidad era un viento antiguo
que venía desde los primeros clamores del país,
y yo apenas fui su mensajero.

 

XII. Mi respeto por cada país y cada historia

En medio de la celebración
pensé en las otras naciones del mundo,
cada una cargando su propio dolor,
su propia memoria herida,
sus caminos torcidos por la historia.

Entendí que nada puede imponerse
desde la soberbia del que cree saber más.

Cada pueblo es un libro abierto
que debe escribirse desde adentro,
sin manos extrañas que dicten su destino.

Mi deseo fue siempre ese:
acercarme sin invadir,
escuchar sin mandar.

 

XIII. El trabajo como raíz del porvenir

Supe entonces que todo júbilo
termina donde comienza la tarea.

El país debía trabajar más, producir más,
como quien riega un árbol que no crece
por abandono o desdicha.

El derecho a vivir con dignidad
no se decreta:
se construye día a día
con manos que no rehúyen la fatiga.

Vi al pueblo dispuesto,
y mi corazón se ensanchó
como quien ve a un hijo caminar por primera vez.

 

XIV. Una revolución hecha de manos humanas

Descubrí que la palabra “revolución”
no era un estallido,
sino un acto lento de creación.

No se trataba de derribar,
sino de levantar;
no de quemar,
sino de iluminar.

Comprendí que la verdadera revolución
era un artesano paciente
que talla el porvenir sin destruir la madera,
sino revelando su forma oculta.

 

XV. La alegría vigilante

Aquel día vi al país bailar,
pero no olvidar.

La alegría era limpia,
como el agua recién nacida,
pero detrás de cada sonrisa
habitaba una conciencia despierta.

El pueblo sabía que la esperanza
no lo libraba del deber
de cuidar lo construido,
como quien vigila el fuego débil
que debe crecer sin apagarse.

 

XVI. El homenaje a los que no volvieron

Pensé entonces en los que cayeron antes,
en los que no escucharon los aplausos
pero sembraron la semilla.

Cada triunfo tiene su raíz en lo invisible,
en nombres que ya no se pronuncian,
en manos que el tiempo borró
pero cuyo gesto perdura.

Ellos fueron la primera luz,
y yo, apenas un reflejo tardío
de aquel amanecer que buscaban.

 

XVII. La gratitud hacia quienes mostraron decencia

Ese día reconocí a quienes,
incluso desde trincheras distintas,
supieron honrar la verdad.

No competían conmigo,
competían con su propia conciencia.

La decencia también hace historia,
aunque casi nunca salga en los diarios.

Sentí respeto por esa rectitud silenciosa
que, aun discrepando,
no negó lo evidente
ni manchó la dignidad del momento.

 

XVIII. La canción que me recordó quién era

De pronto sonó la canción nacional,
y algo en mi pecho se abrió
como una grieta luminosa.

No era un himno solamente:
era un espejo donde me vi niño,
médico joven,
hombre extraviado,
hombre firme.

Comprendí que mi historia
y la historia de mi país
eran la misma cuerda tensada
por la esperanza y el dolor.

 

XIX. La segunda independencia interior

Cuando hablé de nueva independencia
no pensaba en banderas,
ni en proclamas,
ni en gestos solemnes.

Pensaba en liberar al ser humano
de aquello que lo encadena por dentro:
el miedo, la resignación,
la sensación de no valer nada.

La verdadera independencia
es la que permite a cada persona
mirarse al espejo sin bajar la vista.

 

XX. El retorno al hogar después del clamor

Al final de la jornada,
cuando la multitud empezó a deshacerse
como espuma que vuelve al mar,
pensé en los hogares silenciosos.

Imaginé a cada madre
acariciando a su hijo,
a cada padre guardando su esperanza
como un pan para el día siguiente.

Comprendí que la verdadera patria
no estaba en los balcones,
sino en esos gestos mínimos
que sostienen el mundo.

  

XXI. La lealtad como único patrimonio

Nada poseí nunca más mío
que mi lealtad.

Lealtad al hombre,
a la mujer,
al joven que creía.

La lealtad fue mi única herencia,
el único tesoro
que podía legar sin vergüenza.

Y desde la posteridad,
donde ya no tengo rostro
sino voz,
sigo afirmando que fue suficiente.

 

4.      DESDE LA PLAZA DEL PUEBLO

 

I. El pueblo frente al espejo de mi nombre

Ahora, desde esta orilla sin banderas,
veo aquella plaza como un corazón abierto.
Mi nombre colgaba en los muros
como un cartel recién pintado,
pero el verdadero rostro
estaba abajo, en la calle:
la mujer con los zapatos gastados,
el estudiante con la noche en los ojos,
el obrero con manos de carbón y de pan,
el campesino que traía todavía
polvo de camino en el alma.

Yo no era el héroe de esa jornada:
era apenas la excusa,
el espejo donde el pueblo
probaba su propio perfil.
Ellos, los anónimos,
eran el actor primero y último,
el crisol donde se fundían
la tiza del maestro y la harina del panadero,
la fatiga del minero
y la delicadeza del violinista,
el barro de las poblaciones
y la luz áspera del laboratorio.

Si algo comprendí aquella noche
fue esto:
que un país no lo hacen los discursos,
sino la suma silenciosa
de quienes se levantan temprano
sin saber que son historia.
Yo solamente puse mi voz;
ellos pusieron la vida.

 

II. La noche en que descubrí mi pequeñez

Entre la multitud y los focos
yo sentía en los hombros
no un traje nuevo,
sino un peso antiguo.
Me aclamaban como si fuera un destino,
y yo sabía
que sólo era un hombre:
con dudas que no se confiesan,
con cicatrices que no se muestran,
con cansancios
que ni el micrófono ni la tribuna curan.

Desde este tiempo sin relojes
vuelvo a mirar esa noche:
el eco de las consignas,
las banderas como olas,
los ojos brillando de esperanza.
Y veo en medio de todo
mi propia pequeñez necesaria:
un cuerpo frágil
donde la gente quiso alojar
sus sueños de dignidad.

No acepté ese triunfo como un trofeo,
lo acepté como se acepta
un niño en brazos:
temblando,
con alegría y con miedo,
sabiendo que desde entonces
cada decisión sería
un pan sobre la mesa
o un plato vacío en la penumbra.

Si alguna grandeza hubo en mí,
fue ésta:
no olvidar que debajo de la banda
siempre hubo un pecho vulnerable
y un corazón mortal
aprendiendo a caminar
entre el júbilo de muchos
y la sombra de sus propias flaquezas.

 

III. El rumor del mundo sobre mi frente

La plaza estaba en Santiago,
pero el murmullo venía de lejos.
Después supe
que mi nombre había cruzado océanos,
que en ciudades que nunca pisé
se hablaba de ese experimento humano
donde un pueblo buscaba
un nuevo modo de alzarse sin fusiles.

Desde esta distancia de polvo y de estrellas
comprendo mejor aquel rumor:
no era curiosidad de salón,
era la pregunta antigua de la humanidad
golpeando otra vez a la misma puerta:
¿es posible la justicia
sin convertir la esperanza
en un látigo?

Yo no pedí ser símbolo de nada,
pero la historia es inclemente:
elige a un hombre cansado
para poner sobre su frente
la inquietud de muchos.
Mientras yo hablaba de pan y de dignidad,
en algún escritorio remoto
me medían con palabras de miedo,
ponían etiquetas sobre mi rostro
como quien clasifica un archivo.

Yo sólo reclamaba algo simple:
el derecho de un país pequeño
a escoger su propio camino
sin que ninguna mano invisible
moviera desde lejos
las cuerdas del hambre.
Si ese gesto tuvo alguna grandeza,
no fue mía:
fue de ese pueblo que aceptó
ser observado por el mundo
como quien deja abierta la ventana
para que todos vean
cómo se reparte el pan en la mesa.

 

IV. El arte difícil de escuchar al distinto

Se dijo mi nombre en muchas bocas,
a veces como esperanza,
a veces como amenaza.
Hubo quien llegó a mi casa
desde otras veredas de la historia
para dar la mano
y reconocer en voz alta
la decisión de un pueblo.

Ahora, desde esta zona
donde las trincheras ya no importan,
recuerdo esos gestos como semillas:
la juventud que venía
con sus dudas a cuestas,
los que no pensaban como yo
y sin embargo
tuvieron el coraje de aceptar
la voz de las urnas
por encima del propio orgullo.

Yo aprendí que gobernar
no es hablar más fuerte,
es aprender a escuchar
aun a quienes no pronuncian nuestro nombre
con cariño.
Es comprender
que ninguna verdad se sostiene sola
si no se atreve a sentarse
a la mesa con otras verdades.

Si algo quise dejar
más allá de programas y consignas
fue esta lección sencilla:
la dignidad no consiste
en aplastar al que discrepa,
sino en mirarlo a los ojos
y decirle:
tu miedo también me importa,
tu duda también es parte
del país que estamos construyendo.

 

V. El pan amenazado y la responsabilidad

Había quienes jugaban con el susto
como quien baraja monedas en la penumbra.
Se habló de puertas que se cerrarían,
de ahorros en peligro,
de talleres en silencio,
de mesas sin pan caliente.

Yo conocía demasiado
el rostro de la pobreza
como para usarlo de espantajo.
Sabía lo que significa
la leche que no alcanza,
la olla del domingo vacía,
la mano que tiembla
al contar las monedas del fin de mes.

Por eso, cuando vi el miedo
convertido en herramienta de algunos,
sentí que una frontera invisible
se alzaba en mi conciencia.
No se trataba ya
de un debate entre proyectos,
sino de algo más hondo:
el respeto por la fragilidad cotidiana
de los que sólo poseen
un sueldo,
una libreta de ahorros,
un pequeño negocio que apenas resiste,
una pensión que no alcanza
para comprar pan y silencio.

Desde este tiempo sin urgencias
lo digo con calma:
ningún ideal merece respeto
si cruza la línea
donde comienzan
el hambre de un niño
y el sobresalto de una anciana
ante el futuro.
Mi lucha, por encima de todo,
fue contra esa intemperie:
que nadie usara el pan de los humildes
como arma,
que nadie convirtiera
el miedo de la gente sencilla
en moneda de cambio.

 

VI. Cuando comprendí que habíamos abierto un camino nuevo

A veces la historia avanza
como un río que arrasa,
otras veces
como una mano que abre lentamente
la tapa de una ventana.
Aquella vez, fue una urna humilde,
fue un lápiz sobre el papel
lo que trazó una grieta distinta
en el muro del tiempo.

Éramos un pueblo pequeño,
apenas un nombre en el mapa,
y sin embargo ese gesto
viajó más lejos
que muchos cañones.
Por primera vez,
la multitud que siempre fue
decorado de fondo
se convirtió en arquitecta
de su propio destino
sin disparar una sola bala.

Desde esta posteridad que todo lo ve,
comprendo la magnitud del experimento:
no era sólo cambiar un gobierno,
era preguntarle al mundo
si la justicia podía nacer también
del voto paciente
y no sólo del estruendo.

Si de algo me enorgullezco
no es de haber ocupado un cargo,
sino de haber sido testigo
de ese momento irrepetible
en que un pueblo descubrió
que también sus manos cansadas
podían escribir la palabra futuro
sobre una papeleta frágil
y hacer de ese gesto minúsculo
un suceso que miraban
los cinco continentes.

 

VII. Mandato de un pueblo en vigilia

Las multitudes cantaban esa noche,
pero debajo del canto
había una pregunta silenciosa:
¿seremos capaces?

Yo respondí
no con promesas de epopeya,
sino con una certeza interior:
ningún hombre gobierna solo.
Quien dice “yo” desde un balcón
sabe, en el fondo,
que son millones los que sostienen
ese pronombre en alto.

Desde este lugar donde ya no mando,
donde sólo contemplo,
veo con claridad lo que entonces intuía:
el verdadero poder
no estaba en el escritorio,
sino en la conciencia despierta
de quienes irían a trabajar al día siguiente
con la misma ropa,
la misma fatiga,
pero con una responsabilidad nueva
sobre los hombros.

No quise un pueblo arrodillado ante mí,
quise un pueblo en vigilia,
con los ojos abiertos
sobre sus propias decisiones,
capaz de detener el país
si algún día lo exigía la dignidad,
no por obediencia ciega,
sino por un acuerdo profundo
con su propia conciencia.

Ese fue, en el fondo,
mi último aprendizaje:
gobernar es aceptar
que la historia no nos pertenece,
que sólo somos
el pasajero visible
de una voluntad colectiva que nos excede.
Yo me fui,
pero ese murmullo en las plazas
permanece:
el pueblo triunfó,
el pueblo deberá defender
no una bandera,
sino la decencia de su propia vida;
el pueblo, algún día,
aprenderá a gobernarse
como quien aprende lentamente
a pronunciar su propio nombre
sin miedo y sin vergüenza.

 

5.       LA NOCHE EN QUE RESPONDI CON MI NOMBRE

 

I. La medida de un país en mis hombros

Yo nunca quise ser más que un hombre,
un cuerpo respirando entre otros cuerpos,
un rostro buscando su claridad en el espejo del pueblo.
A veces sentí que las montañas me hablaban,
que los Andes eran un silencio que me examinaba,
preguntándome si sería digno de sus cumbres.

Yo respondí como pude,
con la voz de quien sabe que nada es suyo,
que el deber se posa en la palma como un ave inquieta
y pide calor para no morir.

No vine a comandar tempestades
ni a erigir altares de bronce;
vine a decir que el hombre es la medida del hombre,
que no existe grandeza sin un pan compartido,
sin un derecho respirando en cada pecho.

Desde la posteridad miro mis pasos,
y aún escucho la pregunta que me hacía el país entero:
¿serás capaz de caminar con nosotros?
Y yo, tembloroso, respondía:
“Haré lo que pueda con mi pequeñez luminosa”.

 

II. La autenticidad como único camino

Yo dije que nuestra tarea debía ser auténtica,
como la tierra húmeda que no imita a otra tierra,
como el vino que no sueña con mares
ni el pan con desiertos ajenos.

No quise copiar tormentas,
ni vestir la historia con ropas prestadas.
A Chile lo sentí siempre respirando dentro de mí,
como si cada latido fuera un golpe de timón
contra la oscuridad que a veces se levanta.

Comprendí que cada pueblo tiene su herida
y su manera única de vendarla.
Y que la autenticidad,
esa brújula interior que nadie enseña,
es una lámpara que no ilumina el camino,
pero ilumina los pies que lo transitan.

Yo seguí esa luz:
era débil, era mía, era nuestra.

 

III. La conversación como un fuego compartido

En aquella casa de Vitacura,
mientras las voces rondaban como pájaros curiosos,
sentí que la conversación es un fuego antiguo,
un círculo donde nadie manda
y todos ofrecen su madero al brasero común.

Yo no quería grabadoras,
no quería jaulas para las palabras.
Prefería el temblor vivo del diálogo,
la chispa que salta entre dos conciencias
cuando se hablan sin armadura.

En ese encuentro,
mientras el periodista buscaba definiciones,
yo buscaba al hombre que preguntaba,
su respiración, sus dudas, su cansancio,
porque lo humano necesita tocar otra humanidad
para no marchitarse.

Así comprendí que conversar
es también una forma de cuidarnos.

 

IV. La humildad de ser un individuo

Me vi allí, entre vasos y voces,
no como figura ni símbolo,
sino como un hombre cualquiera
que ríe, que duda, que se quiebra un instante
cuando la memoria sopla sobre sus heridas.

Acepté el whisky sin ceremonia,
besé a las mujeres en la mejilla,
escuché a quienes se acercaban
sin esperar reverencias ni rituales.

Porque yo sabía
que la dignidad nace de las pequeñas cosas:
una mano ofrecida,
un silencio respetado,
una frase sencilla que abre un puente.

Nunca me sentí un monumento.
Siempre me sentí un individuo
tratando de no fallarle a su sombra.

 

V. Los pueblos que buscan su forma

Yo dije que América Latina bulle,
que en el subsuelo de cada nación
hay un temblor que no cesa,
una raíz que quiere entenderse a sí misma.

Vi a los pueblos como arcillas inquietas,
modelándose con la respiración de los siglos,
tratando de encontrar un rostro que les pertenezca.

Y pensé entonces
que ninguna historia puede copiarse,
que el destino de cada país
tiene el olor de su propio pan
y la música de su propio dolor.

Desde esta altura del tiempo
sé que esa intuición era cierta:
los pueblos crecen cuando se descubren,
no cuando se imitan.

 

VI. La igualdad como una oportunidad compartida

Yo dije:
“Que cada uno tenga una opción igual,
un punto de partida donde el viento no empuje a unos
y derribe a otros”.

La igualdad no es un espejo donde todos coinciden;
es una puerta abierta para que cada ser
entre con sus manos vacías
y encuentre un suelo donde erigir su mañana.

Comprendí que el destino de un hombre
no puede depender del accidente de su cuna,
y que la dignidad se reparte mejor
cuando nadie teme perderla.

Desde la posteridad miro ese pensamiento
y aún lo siento vivo:
los pueblos se parecen a los ríos,
solo encuentran su grandeza
cuando todos sus afluentes tienen espacio para correr.

 

VII. La palabra honrada

He amado la palabra
como quien ama un pedazo de pan caliente.
Sé que la palabra puede salvar
o puede traicionar.

Dije que un periodista debe ser honesto,
porque la verdad es un hilo delgado
que sostiene el peso del mundo.

No pedí obediencia,
solo pedí conciencia,
que la pluma no se incline ante un bolsillo
sino ante la luz de la verdad posible.

Hoy, desde esta distancia
donde el ruido deja de molestar,
sigo creyendo que la palabra honrada
es una forma de respirar más hondo.

 

VIII. La defensa de lo humano

Me preguntaron por la libertad,
y yo respondí que el hombre viene primero,
que su pan, su sueño, su descanso,
son los cimientos de cualquier vuelo.

La libertad sin cuerpo que la sostenga
es solo un rumor de campanas,
un pájaro sin ala.

Pero cuando la libertad abraza al hombre concreto,
al que trabaja, al que ríe, al que sufre,
entonces nace la libertad verdadera,
esa que no se escribe en los muros
sino en la sangre del día.

Por eso dije, y sostengo:
la libertad se sueña abstracta,
pero se vive concreta.

 

IX. Los imposibles que no nombro

Admiré a muchos hombres,
pero jamás quise medir mi sombra con la suya.
Cada uno carga su propio imposible,
esa montaña que le pertenece
y que nadie más puede subir.

Para mí, lo imposible no tenía nombre;
tenía un rostro: el del pueblo que me miraba.
Y yo sabía que defraudar ese rostro
sería mi única derrota verdadera.

Por eso caminé sin pensar en epopeyas,
sino en la dignidad
que debía acompañar cada uno de mis gestos.

 

X. El hombre integral

A veces soñé con un hombre nuevo,
no perfecto ni luminoso,
sino íntegro:
capaz de mirarse sin vergüenza,
capaz de compartir su pan y su destino.

Quise que el país fuera un taller
donde ese hombre pudiera formarse,
donde la moral no fuera un adorno
sino una columna.

Y entendí que el hombre integral
no nace de un decreto,
sino del largo pulso de la comunidad
que lo sostiene y lo educa.

A ese sueño me entregué,
aunque mis manos fueran débiles.

 

XI. La humanidad como última brújula

Dije muchas veces
que mi límite era Chile.
Y era cierto.

No quise ser puente entre potencias,
ni juez de tormentas ajenas.
Quise ser un hombre que sirve,
un hombre que no traiciona la raíz
de donde brota su propio nombre.

Desde esta posteridad,
donde el tiempo limpia las heridas,
entiendo mejor que nunca
que la humanidad es la última brújula:
si un gesto no la honra,
no debe hacerse.

 

XII. La conciencia de América

Miré a México, miré a Cuba,
miré los surcos de América Latina
como quien mira un espejo roto.

Cada fragmento reflejaba un dolor distinto,
pero también una misma esperanza:
la de los pueblos que buscan ser ellos mismos.

Comprendí que la historia es una raíz
que no puede arrancarse sin matar el árbol,
y que cada país necesita tiempo
para escuchar su propia voz.

Desde esta altura del silencio
sé que América avanza por caminos
que nadie puede imponerle,
porque la libertad verdadera
es siempre un fruto nacido de adentro.

 

6.      HIJO DE LA TIERRA Y DEL DEBER

 

I. La intemperie de ser uno mismo

A veces me observaban
como si yo fuera un enigma construido en mármol,
pero yo solo era un hombre
tratando de no mentirse frente al día.

Me miraban buscando fanatismos,
o un metal frío detrás de mis gestos,
y en cambio encontraban a un ser cansado,
astuto cuando debía, cortés por convicción,
y más frágil que la sombra que lo acompañaba.

Nunca fui fachada ni máscara,
ni hilo movido por manos ocultas.
Fui dueño de mi casa,
que es lo mismo que decir:
fui responsable de lo que amaba.

Y desde esta distancia lo afirmo:
todo mi poder fue siempre
una intemperie donde solo cabía la verdad.

 

II. La confianza que nace de la coherencia

Comprendí temprano
que la democracia no se defiende con discursos,
sino con gestos de profundidad humana.

Me exigieron garantías,
y respondí con la misma serenidad
con que un padre ofrece pan a sus hijos:
sin temor, sin amenazas,
con la clara conciencia
de que ninguna libertad florece
si no nace de la confianza.

La gente buscaba en mí
la confirmación de algo sencillo:
que el hombre que prometía
fuera el mismo que cumpliera.

Desde este punto remoto del tiempo
veo esa coherencia como un árbol
que planté sin saber si vería sus frutos,
pero cuya sombra aún respira.

 

III. Lo que significa llegar limpio a una elección

Dije que Chile era un caso en sí mismo,
no por orgullo,
sino porque el país había aprendido
a caminar bajo su propia luz.

Fui elegido en una contienda abierta,
sin atajos, sin puños cerrados,
sin otra arma que la palabra.

Y ese hecho,
tan sencillo como un amanecer,
era para mí la señal más profunda
de que un pueblo puede decidir su destino
sin romperse a sí mismo.

Desde esta posteridad
lo recuerdo como se recuerda un milagro discreto:
no brilló,
pero sostuvo mi vida entera.

 

IV. La libertad como promesa hacia adelante

Me preguntaron muchas veces
qué pasaría si un día el pueblo
no quisiera seguir mi camino.

Yo respondí sin temblor:
“Elegirán a quien quieran.”

No porque fuera un gesto noble,
sino porque es la manera más humana
de entender la libertad:
no como un premio,
sino como un derecho que no debe extinguirse.

La libertad no debía morir conmigo,
ni nacer de mí,
sino permanecer como un río
que encuentra siempre su cauce.

Desde esta altura del silencio
sé que aquella respuesta
era más profunda que mis palabras:
era mi forma de vivir,
no solo de gobernar.

 

V. Ser pragmático en un mundo de dogmas

Hablé de un camino propio,
de una vía hecha con la arcilla chilena,
no con recetas de otros cielos.

Nunca creí en los dogmas,
ni en las fórmulas que prometen eternidades.
Preferí la realidad:
sus grietas,
sus dolores,
su belleza imperfecta.

Ser pragmático
es reconocer que un pueblo avanza
no por teorías,
sino por la respiración de sus hombres.

Desde la posteridad veo ese pensamiento
como un barco que navega
siguiendo las estrellas propias,
no las ajenas.

 

VI. El peso de lo nuevo que aún no existe

Me preguntaron en qué se diferenciaría
lo que intentábamos construir.

Y yo respondí
que era temprano para saberlo,
como es temprano exigir a un niño
la forma de su futuro rostro.

Todo lo nuevo es primero incertidumbre,
un temblor sin nombre,
un amanecer que apenas abre los ojos.

Solo puedo decir que aspiré
a preparar el camino,
no a poseerlo.

Ese deseo aún vive en mí:
ser el alba,
no el mediodía.

 

VII. Mis silencios frente a quienes quieren atajos

A veces me preguntaban
por quienes buscaban la vía precipitada,
la llamarada antes de la brasa.

Yo respondía con calma,
porque la calma también es una forma de firmeza:
nadie está por encima de la ley
cuando la ley nace del respeto humano.

No juzgué las ansias ajenas,
pero defendí el tiempo del país,
que es más lento,
más sabio,
más profundo que cualquier prisa.

Desde este sitio donde ya no apuro nada
comprendo aún más
que un pueblo nunca debe incendiar su propio hogar
para iluminar su camino.

 

VIII. El diálogo como puente que no rompe

Vi en mis opositores
no enemigos,
sino hombres.

La verdadera grandeza del diálogo
es que permite mirarnos
sin el humo de la sospecha.

No negué el agua ni la sal
a quienes pensaban distinto:
sabía que el país era más ancho
que nuestras diferencias.

Desde hoy, donde todo se ve más sereno,
puedo decir que conversar
fue siempre mi forma de amar a Chile.

 

IX. El ejemplo que nunca quise exportar

Me preguntaron si Chile sería guía,
y respondí con un gesto de humildad:
cada pueblo conoce su propio dolor
y su propio remedio.

Yo no quise enseñar,
solo quise demostrar
que un camino pacífico era posible
en una tierra donde muchos
solo veían abismos.

Desde esta altura reconozco
que las lecciones verdaderas
no se imponen:
brotan.

 

X. La seguridad del extranjero como espejo de un país

Vi el temor en los rostros
de quienes venían de lejos.

Eran sombras antiguas,
heridas que no habían sanado,
miedos aprendidos en otros suelos.

Yo quise ofrecerles calma,
decirles que la tierra que los acogió
no los expulsaría al amanecer.

Un país se mide también
por cómo abraza
al que no nació en él.

Ese abrazo,
aún hoy,
me honra.

 

7.       LA PATRIA DE LOS QUE SE PUSIERON DE PIE

 

I. El día en que los derrotados dijeron basta

Dije:
venceremos,
y mi voz no era más que un hilo
en el telar inmenso de tantas derrotas.

Pero aquel día comprendí
que no era yo quien hablaba,
sino la larga procesión de vencidos
que venía empujándome la sangre.

Sentí sobre mis hombros
el polvo de Lautaro,
el cansancio de Caupolicán en las rodillas,
la frente herida de Cuauhtémoc
y el grito roto de Túpac Amaru.

No venían como estatuas,
no venían como bronce de calendario,
venían como hombres
que conocieron el límite del cuerpo
y no se rindieron en el límite del alma.

A mi lado caminaban
los que jamás supieron su nombre en los libros:
el peón anónimo de la salitrera,
la mujer que enterró a su hijo sin luz eléctrica,
el obrero que aprendió a leer
sobre un banco de madera y frío.

Yo dije “hemos vencido”
y ellos, desde el polvo, respondieron:
“no hables de tu victoria,
habla de nuestra resistencia”.

Ese día entendí
que la palabra triunfo
no cabe en el pecho de un solo hombre:
es un río que pasa por los muertos,
se demora en los ojos de los niños,
lava las manos callosas de los que llegan sin nada
y, sin embargo, se ofrecen para empezar de nuevo.

No he venido a cantar una gloria personal,
he venido a decir que los humillados
reclamaron su asiento en la historia
y que mi voz, apenas,
les abrió la puerta.

 

II. La herencia que sostuve con las dos manos

No recibí un país de vitrina,
lo recibí con las costuras abiertas.

Me entregaron una tierra
donde la desigualdad no era una idea,
sino una piedra en la olla vacía,
un niño que sabe sumar
pero no sabe desayunar,
una mujer que envejece
esperando un techo que nunca la nombra.

Me dieron un mapa
dibujado con fronteras invisibles:
las del que come tres veces al día
y la del que aprende a compartir el hambre,
las del que firma decretos
y las del que pide trabajo
como quien pide perdón.

Herencia:
una palabra que suena a testamento
y, sin embargo,
me llegó como una deuda.

Vi el desempleo
no como cifra sino como rostro:
el hombre que mira sus manos
y ya no sabe qué oficio tienen,
la joven que sólo conoce
el idioma de la espera y la postergación.

Vi la inflación
como un animal oscuro
que entra cada noche a la cocina
a comerse la mitad del pan
y a roer en silencio la pensión de los viejos.

Vi una economía
que parecía un corazón enfermo:
latía, sí,
pero no alcanzaba a enviar la sangre
a los pies descalzos del país.

Y entonces, en secreto,
me pregunté si era digno
aceptar esa herencia sin contestarla.

No me movía el odio,
sino la vergüenza.
No me empujaba la venganza,
sino el pudor de mirar a los ojos
a quienes habían esperado demasiado.

Tomé esa herencia con las dos manos:
no para maldecirla en discursos,
sino para desarmarla,
tuerca por tuerca,
hasta encontrar el punto
en que la dignidad
pudiera volver a ser
el pan cotidiano de un pueblo.

 

III. La razón antes que la sangre

Desde niño aprendí
que nuestro escudo decía
por la razón o la fuerza,
pero en mi corazón
siempre leí al revés
esa sentencia de metal.

Había visto demasiadas veces
cómo la fuerza llegaba primero,
cómo las balas interrumpían
lo que la palabra apenas empezaba a pronunciar.

Por eso supe
que mi deber
no era encender otra hoguera,
sino cuidar la pequeña llama
que aún quedaba en las manos de la democracia.

No idealizo a mi país,
lo conozco con sus cicatrices:
he visto sus guerras civiles
como heridas mal cerradas,
sus persecuciones
como fiebre de los poderosos
cuando sienten peligrar su almohada.

Pero también he visto
algo que no quiero perder:
la terquedad de resolver
el conflicto con votos gastados,
con reuniones largas,
con discusiones que parecen no terminar
pero que le ahorran a la patria
el costo de un hermano muerto.

En ese equilibrio precario
caminé como sobre un cable,
sabiendo que una palabra mal dicha
podía volverse piedra,
sabiendo que un silencio cobarde
podía volverse complicidad.

He sido un hombre de pasiones fuertes,
pero aprendí a morderme el grito
cuando el grito traía consigo
el riesgo de una sangre irreversible.

Si algo quise dejar como enseñanza
no fue la imagen de un caudillo,
sino la humilde certeza
de que un pueblo puede cambiar su destino
sin devorarse a sí mismo.

Prefiero
ser recordado como aquel
que puso el cuerpo
entre la historia y la metralla,
que como el que encendió
una victoria manchada
con la sangre de sus propios hijos.

 

IV. Lo que llamé poder y era sólo responsabilidad compartida

Muchos pensaron
que hablaba de poder
cuando en realidad
hablaba de peso.

No soñé con un trono;
soñé con una mesa larga
donde cupieran las manos de todos.

A eso le llamé poder popular:
no a un palacio sitiado por consignas,
sino a la decisión secreta
de un pueblo que deja de mirar
cómo otros deciden por él
y se arremanga,
y se ensucia las manos,
y se equivoca,
y vuelve a empezar.

Supe que la palabra Estado
asusta como una sombra grande.
Por eso repetí, una y otra vez,
que dentro de esa sombra
debía verse el rostro de todos:
la enfermera que vela,
el maestro que enseña en aula fría,
el obrero que firma un papel
sin haber terminado la secundaria,
la madre que hace del hogar
un pequeño ministerio
sin presupuesto y sin horario.

Quise un Estado
que no fuera oficina remota,
sino conciencia:
una especie de espejo
donde cada uno se preguntara
no sólo qué derecho le corresponde,
sino qué tarea le toca.

La participación
no era un lema definido en comisiones,
era un llamado íntimo:
deja de ser espectador,
entra a la escena,
aunque no tengas traje nuevo
.

Cuando hablé de trabajo voluntario
no pensé en héroes de bronce,
sino en gestos sencillos:
un joven que limpia
el patio de una escuela olvidada,
un vecino que arregla la vereda
sin preguntar quién lo aplaude.

Si alguna vez pronuncié la palabra “poder”,
quise decir “servicio”.
Si alguna vez dije “Gobierno del pueblo”,
quise decir “nadie estará exento
de mirar al otro
como parte de su propia casa”.

Tal vez ésa sea
mi definición más honesta:
no goberné para mandar,
goberné para recordar
que un país sin responsabilidad compartida
es un barco donde todos exigen camarote
y nadie se pregunta
quién sostiene el timón.

 

V. Carta lenta a los jóvenes que fui

Cuando hablo a los jóvenes
veo al muchacho que yo mismo fui:
un estudiante rebelde
que no sabía todavía
cuánto pesaba el mundo
ni cuánto pesa una firma.

A ustedes,
que tienen la edad del impulso
y también la edad del riesgo,
quise decirles algo
que no cabe en un eslogan:

que la inconformidad
es un tesoro
sólo cuando encuentra tarea,
que la rebeldía sin trabajo
se pudre como fruta
olvidada en la mesa.

No vine a reprochar
sus noches inquietas,
sus consignas urgentes,
sus sueños absolutos;
vine a pedirles
que no se quedaran ahí.

Les hablé del escapismo,
no para culpar a quien se extravía,
sino para recordarles
que hay pozos
de los que cuesta demasiado salir:
la droga como renuncia,
la indiferencia como armadura elegante,
la frivolidad como máscara
de un profundo cansancio.

Les pedí
que convirtieran la esperanza en oficio,
la protesta en herramienta,
el ideal en jornada de trabajo.

No tengo otra herencia que darles
que esta certeza frágil:
ninguna transformación es verdadera
si no atraviesa el músculo y el sudor,
si no deja las manos sucias de realidad.

A los que aún miran desde lejos
les dije, y les digo,
desde esta posteridad que me interroga:

“ven, todavía hay un lugar
para tu voz y tu cansancio.
No te pido que me sigas,
te pido que sigas a tu conciencia
hasta ese punto en que te duelan
la injusticia del vecino
y la soledad del que no tiene nombre.

A partir de ahí,
inventaremos juntos
el significado de la palabra mañana”.

 

VI. La libertad que cabe en un pan y en un libro

Me preguntaron muchas veces
qué estaba primero:
la libertad o la economía.

Respondí como pude,
pero en silencio
me hacía otra pregunta más simple:
¿de qué libertad hablamos
cuando un hombre no tiene trabajo,
cuando una mujer no sabe si habrá cena,
cuando un niño aprende primero
el sabor de la carencia
que el de las vocales?

La libertad abstracta
es un pájaro hermoso,
pero no alimenta a nadie.

Quise una libertad concreta
que se midiera en cosas humildes:
una cama donde dormir sin miedo,
un salario que resistiera
el paso del mes y de la enfermedad,
un cuaderno para cada hijo,
el derecho a decir “no”
sin que ese monosílabo
costara despido o persecución.

Puse al hombre
por encima de la ecuación,
no porque despreciara los números,
sino porque los había visto
usar como cadenas y no como herramientas.

No adoro ninguna teoría
que se olvide del rostro
que late debajo de ella.

Si hablé de igualdad
no fue para nivelar las almas,
sino para dar a cada uno
el punto de partida
que la vida les negó por siglos.

Quise que nadie más
fuera ciudadano de tercera clase
en su propia tierra.

He sido,
lo sé,
un hombre lleno de contradicciones,
pero nunca renuncié a esta idea sencilla:

que la verdadera libertad
es aquella en que un niño
puede elegir su futuro
sin que su apellido
o su barrio
se lo dicten de antemano.

 

VII. Soy un hombre de un país que no quiere tutor

No nací para ser puente
entre potencias que no conocen
el polvo de nuestras calles.

Nací, como tantos,
en una tierra que aprendió
a crecer entre influencias ajenas,
entre consejos interesados,
entre manos que se extendían
no para ayudar,
sino para quedarse con la mitad
de lo que aquí se sembraba.

Cuando hablé del mundo
no lo hice como juez,
sino como hermano que ha conocido
la mezcla de admiración y cautela.

Sé que hay pueblos
que avanzan en ciencia y técnica
como si caminaran sobre luz;
sé también que hay países
que aún aprenden a decir su propio nombre
sin pedir permiso.

Quise para Chile
una dignidad sencilla:
hablar de igual a igual,
estrechar manos sin arrodillarse,
ofrecer cooperación
sin perder la voz propia.

No me sentí dueño
de la verdad de otros,
sólo quise ser fiel
a la verdad de mi patria:
ninguna decisión sobre nosotros
debe tomarse sin nosotros.

Cuando saludé a delegaciones
en aquel estadio lleno,
no era un protocolo:
era el deseo íntimo
de que al irse contaran
no sólo nuestra pobreza,
no sólo nuestras heridas,
sino también la madurez
de un pueblo que, con todas sus carencias,
había decidido hacerse cargo
de su destino.

Si tengo que ser recordado
en el mapa del mundo,
que no sea como un nombre
pegado a una ideología,
sino como un hombre
que defendió este principio sencillo:

cada nación es un ser humano colectivo
que merece respeto,
no por su fuerza,
sino por el derecho elemental
a escribir su propia historia
con su propia mano.

 

VIII. Chile en primavera, visto desde lejos

Ahora que hablo
desde esta altura sin micrófonos,
vuelvo a aquel estadio
como quien vuelve a un sueño.

No recuerdo las cifras,
recuerdo los rostros:
el obrero que alzó a su hijo en los hombros
para que viera mejor el futuro,
la anciana que aplaudía despacio
como si contara los latidos,
los jóvenes que cantaban
como si la garganta
les alcanzara para todo el continente.

Era una fiesta, sí,
pero también un examen
frente al mundo.

Quise decirles,
a los que venían de lejos,
que este país pequeño
intentaba algo grande:
tomar en sus manos
la tarea de volverse más justo
sin renunciar a la palabra,
sin cerrar la puerta a nadie,
sin convertir el odio
en motor de la historia.

Pedí a los visitantes
que llevaran consigo dos imágenes:
la de las poblaciones precarias
donde la vida parece un milagro diario,
y la de ese mismo pueblo
decidido a no conformarse
con ese destino.

No sé qué contaron al regresar,
pero me gustaría
que hubiesen dicho algo así:

“En el sur del mundo
hay un país que, aun herido,
cree que la dignidad
puede ser política de Estado,
y que el abrazo
puede ser un lenguaje internacional”.

Chile, en aquella primavera,
no era perfecto,
pero estaba despierto.

Si alguna vez dudé,
no dudé de su gente:
de su capacidad para llorar sin vergüenza,
para celebrar sin humillar,
para decir basta
no como amenaza,
sino como promesa
de una vida más humana
para todos.

Desde esta posteridad
que a veces parece nocturna,
guardo esa imagen
como mi tesoro más limpio:

un país entero
mirando hacia adelante,
no hacia mí,
no hacia un podio,
sino hacia la posibilidad
de convertirse, por fin,
en la casa digna
de todos sus hijos.

 

 

8.      LA SUSTANCIA ROJA DE LA TIERRA

 

I. La riqueza que escuchaba desde el subsuelo

A veces pienso que mi vida
fue aprender a oír lo que nadie oía.
Bajo la tierra hablaba un metal antiguo,
y su murmullo era más viejo que mi nombre.
Escuché su cansancio en cada veta,
su viaje mudo hacia manos invisibles.
Comprendí entonces que todo pueblo
tiene un corazón enterrado.
Y que un hombre, si quiere servirlo,
debe aprender primero
a inclinar el oído sobre la noche de su país.

 

II. La cifra que me abrió los ojos

Las cifras no son frías
cuando las traduce la conciencia.
Cada número que revisé
tenía el temblor de un estómago vacío,
la sombra de un niño sin zapatos,
la espera silenciosa de una mujer que remienda.
Yo conté millones, sí,
pero detrás de ellos veía rostros.
Y en la mesa donde hice cuentas
se abrió un silencio largo
como si el país entero respirara detrás de mí
pidiéndome que no mirara hacia otro lado.

 

III. El país que salió por las fronteras

Me dolió comprender
que un segundo Chile había escapado de nosotros,
un Chile hecho de esfuerzo ajeno,
de manos que nunca viajaron
pero que perdieron su obra en la distancia.
Sentí ese despojo como quien siente
que la casa se vacía mientras duerme.
Me pregunté entonces
qué derecho tiene un hombre
a guardar silencio cuando la tierra se empobrece.
Y supe que no podía callar,
porque callar era perder otro Chile más.

 

IV. La dignidad como un mineral vivo

He aprendido que la dignidad
no es un concepto:
es un mineral que se oxida si no se cuida,
una piedra viva que exige pulso firme.
Vi en el cobre
no la riqueza sino el sentido:
lo que un país guarda
para no arrodillarse ante su propia sombra.
Y pensé,
con la humildad de quien no pretende gloria,
que tal vez mi deber
era tan solo devolverle al pueblo
el mineral de su propio temple.

 

V. Los ojos de los mineros

He mirado muchas veces
los ojos de los hombres del subsuelo.
Llevan en la pupila
el brillo áspero de la roca recién herida.
Llevan también algo más:
una fe silenciosa en que su trabajo
no sea ofrenda para otros desconocidos.
Cuando hablé del cobre
no vi cifras ni leyes:
vi esos ojos tensos de cansancio y esperanza.
Y me dije que ningún mineral
puede valer más que la mirada de un hombre.

 

VI. La segunda independencia

Me han preguntado muchas veces
qué significa “independencia”.
Yo respondo como quien recuerda un sueño:
es cuando un país deja de temblar
ante decisiones tomadas lejos de sus montañas.
Es cuando la tierra reconoce a sus hijos
y los hijos reconocen la tierra como madre.
No hablo de banderas,
hablo de conciencia.
Y esa conciencia me dijo un día
que la libertad no se hereda:
se construye como se abre una veta,
con paciencia, con riesgo
y con la certeza de que la luz existe
aunque estemos bajo el cerro.

 

VII. Ser dueño de lo que uno ama

Comprendí entonces
que un pueblo no quiere poseer el cobre:
quiere poseer el derecho
a caminar con la frente limpia.
Ser dueño no es acumular,
es asumir la responsabilidad
de aquello que sostiene nuestra vida.
Por eso dije que el mineral era nuestro,
pero en mi corazón lo que afirmaba
no era una propiedad,
sino una pertenencia moral:
la obligación de honrar
lo que por siglos otros ignoraron.

 

VIII. La tierra que nos habló con su ley más antigua

Ese día, al firmar el decreto,
sentí que no estaba emitiendo una orden
sino respondiendo a un llamado.
La tierra tiene voces,
y el cobre es una de las más profundas.
No pide ser explotado,
pide ser comprendido.
Y yo,
hombre con más dudas que certezas,
extendí mi mano con temblor
para honrar esa voz subterránea
que me pedía dignidad
para quienes la habían excavado.

 

IX. La primera bandera sobre el metal rojo

No olvido ese pensamiento íntimo:
un día,
cuando todo esto sea recuerdo,
se verá flamear una bandera
sobre una veta iluminada.
No será un símbolo de poder,
sino de pertenencia.
Y quizá un joven,
alguna vez,
al mirar ese gesto en un libro viejo,
comprenderá que un país
no empieza en sus fronteras,
sino en la decisión silenciosa
de quienes lo aman sin pedir recompensa.

 

X. Lo que el cobre me enseñó sobre mí mismo

A veces creo
que no fui yo quien habló ese día,
sino el país a través de mi voz.
El cobre me enseñó algo esencial:
que el valor de un hombre
se mide por lo que entrega
y no por lo que guarda.
Yo no quise grandezas,
quise ser digno del tiempo que me tocó.
Y si esta meditación queda escrita
para quien venga después,
que se sepa:
no hablé de minerales,
hablé del alma de Chile,
que late bajo tierra
pero respira en cada uno de nosotros.

 

 

 

 

9.      EL PAÍS QUE DESPIERTA EN SUS HIJOS

 

I. La juventud no vino a mirar desde la galería

No quise a la juventud
como coro de aplausos en la penumbra,
no la llamé para que llenara plazas
y se disolviera después
como humo de bengala en la noche.

La vi en las calles sin trabajo,
en los patios donde la droga
es un pobre atajo hacia ninguna parte,
la vi golpeando las puertas del futuro
con los nudillos desnudos.

Entonces dije:
no serán espectadoras de la historia,
serán columna vertebral de este tiempo.

Les hablé del trabajo voluntario
como quien entrega una lámpara:
no era sacrificio ritual,
era encender la dignidad
en la noche de los campos,
en los pasillos sin luz de las poblaciones,
en las escuelas que solo existían
en la nostalgia de un pizarrón vacío.

Les pedí que cambiaran
la evasión por presencia,
el cansancio por servicio,
la rabia dispersa
por una ternura organizada.

Que su rebeldía tuviera manos,
que su protesta supiera leer y curar,
que en vez de huir del país
entraran en él
como quien entra en el cuerpo de un hermano
para intentar salvarle el corazón.

Yo les dije:
no vengo a robarles la juventud,
vengo a ofrecérsela al pueblo,
para que un día,
cuando se miren al espejo de la historia,
no vean un rostro cansado y vacío,
sino la huella de una generación
que fue dique
contra la corrupción,
contra la indiferencia,
contra la comodidad triste
de no hacer nada.

 

II. Palabras para una Secretaría que aún no tiene rostro

Firmé un decreto,
pero no soñaba con oficinas llenas de polvo.

Soñaba con una mesa larga
donde se sentaran los jóvenes
con el barro todavía en los pies,
con la tiza en las manos,
con el estetoscopio al cuello,
con el cansancio dulce del trabajo voluntario
aún en los hombros.

Llamé a esa casa
Secretaría de la Juventud,
pero en secreto la pensaba
como un corazón paralelo
al corazón del Estado:
un sitio donde la queja
se convirtiera en propuesta,
donde la rebeldía
aprendiera a escribir leyes,
donde el desorden del entusiasmo
se volviera arquitectura del futuro.

No quise a la juventud
como mural pintado sobre la historia,
sino como mano que sostiene la brocha.

Por eso los convoqué
a alfabetizar,
a plantar árboles donde sólo había polvo,
a levantar casas
donde hasta entonces
solo se levantaban quejas.

Quise que supieran
que el gobierno no era un castillo lejano,
sino una herramienta que también les pertenecía,
y que ese nombre frío —Estado—
podía templarse con sus voces
hasta volverse una palabra humana.

Si alguna vez el papel amarillea
y nadie recuerda ya los artículos,
espero que permanezca vivo
el mandato silencioso que había detrás:
“Jóvenes,
no pidan solamente cuentas al país:
vengan a escribir con él
la página que falta”.

 

III. Campesino, hermano mío, te debía esta palabra

Durante siglos
te vi arar la tierra ajena,
comer el pan contado,
mirar de lejos las ciudades
como si fueran otro planeta.

Tu surco terminaba en un cerco
y tu jornada en una derrota mansa.

Supe de los seis millones de hectáreas
y de las pocas
—demasiado pocas—
donde realmente mordía el arado,
vi el trigo que llegaba en barcos
como si el país no tuviera manos,
escuché la estadística helada
que decía
que casi la mitad de nuestro pueblo
se alimentaba mal,
pero en tu mesa
esa cifra era un niño
que se dormía sin leche.

En mi memoria
siempre fuiste algo más
que una pieza en la economía:
eras el que sembraba para otros,
el que enterraba a sus muertos
sin saber leer sus apellidos,
el que firmaba con un pulgar
un destino que no había elegido.

Por eso hablé de Reforma Agraria
como quien pronuncia
no una consigna
sino un pedido de perdón tardío.

No vine a ofrecerte milagros,
vine a pedirte algo más difícil:
que creyeras, una vez más,
en la tierra y en el país;
que supieras
que ahora tu esfuerzo
no sería cosecha ajena,
que el sudor derramado
podría por fin
volver a tu mesa
en forma de pan,
de escuela,
de tractor compartido,
de hijo que no abandona el campo
porque en el campo
ha encontrado por fin
una vida y no una condena.

Te dije:
necesito que produzcas más,
pero esta vez
no para engordar fortunas invisibles,
sino para que un niño de otra provincia
coma mejor gracias a tu trabajo.

Si alguna vez mis palabras
llegan a tus orejas como un eco perdido,
que al menos quede claro esto:
no quise un campesino obediente,
quise un campesino dueño,
levantado,
consciente de que sin su jornada
no se mueve un solo engranaje
de la patria que soñamos.

 

IV. Mapuche: la deuda que llevaba en el bolsillo de la chaqueta

En Cautín,
el viento pronunciaba un apellido antiguo
que la república apenas entendía.

Mapuche:
no era una palabra para los libros de historia,
era un niño comiendo sólo piñones,
una madre sin leche
para su lactante,
una escuela que nunca se construyó,
una hectárea y un poco más
de tierra cansada
para una familia entera.

Llegué sin hacha de guerra,
sin paloma fingida,
llegué con la torpeza
de quien representa a un Estado
que llegó tarde
a pedir disculpas.

Los números que me mostraron
eran cuchillos de papel:
miles de niños sin atención,
cientos de comunidades atrapadas
entre leyes paternalistas
y juzgados remotos
que nunca conocieron sus inviernos.

Yo, que había aprendido sus nombres
en los versos encendidos
de nuestra infancia heroica,
los encontré ahora arrinconados,
sin escuela,
sin médico,
sin maestro que supiera pronunciar
el idioma de sus abuelos.

Por eso llamé a los estudiantes,
a los médicos jóvenes,
a los dentistas con sus manos recién formadas,
a los maestros normalistas
que todavía creían
que enseñar era un acto de amor.

Les pedí que fueran a Cautín
no como conquistadores
sino como hermanos,
que llevaran remedios y cuadernos
pero también respeto,
que entendieran que cada diagnóstico
era también una pregunta
sobre el país que habíamos sido.

El mapuche no necesitaba caridad,
necesitaba justicia y presencia,
tierra que pudiera sembrar
sin papeles humillantes,
escuelas donde el alfabeto
no borrara su memoria
sino que la prolongara.

Si hoy hablo desde la posteridad,
sé que esa deuda
no terminó con mis discursos.

Pero quiero que se sepa
que en el fondo de mis días
había una certeza dolorosa:
un país que olvida a su pueblo originario
ha olvidado también
una parte de sí mismo,
y no habrá cobre,
ni industria,
ni grandes avenidas,
que puedan tapar
ese vacío en la conciencia.

 

V. La bandera en el mástil del esfuerzo

Esa tarde
no hablé sólo de leyes ni de cifras,
aunque las cifras fueran
como golpes secos en la mesa.

Hablé de tres rostros
que quería ver juntos
en el espejo del futuro:
la juventud que parte en brigadas,
el campesino que vuelve del surco,
el minero que emerge
con la piel marcada por el polvo rojo.

Quise que entendieran
que la patria no es un escudo en la pared,
sino la suma de esas manos.

Cuando dije
que la bandera flamearía por primera vez
en el mástil del esfuerzo de los trabajadores,
no pensaba en un acto solemne
ni en una ceremonia militar:
pensaba en un día cualquiera,
en una refinería,
en una faena,
en un campamento humilde
donde alguien,
sin discursos ni orquesta,
alzara un trozo de tela
porque sentía, sencillamente,
que por fin ese país
le pertenecía también a él.

El cobre —metal rojo—
no era para mí
un botín ni una bandera de combate,
era el pan extendido del subsuelo,
la posibilidad
de que un anciano tuviera remedios,
de que un niño tuviera zapatos,
de que un estudiante
no tuviera que elegir
entre trabajar todo el día
o abandonar sus libros.

Por eso repetí:
seremos dueños de nuestro destino económico
para poder ser dueños
de algo más difícil:
la dignidad de mirarnos
sin vergüenza en el espejo del mundo.

Si hoy estas palabras
llegan como espuma tardía
a otras generaciones,
quisiera que oyeran
no el tono de la consigna,
sino el temblor de un hombre
que sabía
que cada firma,
cada decreto,
cada paso en esa dirección,
valía sobre todo
por una esperanza:

que un día
ya no hiciera falta pronunciar discursos
porque el país entero
fuera, silenciosamente,
la obra compartida
de quienes lo trabajan.

 

VI. La revolución como tarea lenta

Muchos imaginaron
que yo soñaba con llamaradas instantáneas,
con amaneceres súbitos
donde todo estuviera resuelto.

Yo veía, en cambio,
un camino pedregoso,
lleno de errores, rectificaciones,
cansancio,
días sin gloria.

Sabía que la violencia
acecha como atajo
cuando la justicia se demora,
y sin embargo
quise apostar
por esa forma difícil de valentía
que es cambiar las cosas
sin romper el hilo
de lo que nos sostiene como país.

Visité poblaciones
para decir que estaban equivocados
los que tomaban casas
levantadas con el esfuerzo de otros,
me dolió poner límites
a quienes tenían razones de sobra
para gritar,
pero entendí
que la justicia no puede nacer
enfrentando pobre contra pobre,
ni obrero contra obrero,
ni hijo de poblador
contra hijo de carabinero.

Repetí que en el gobierno
se podrían meter los pies,
pero no las manos,
porque quería que la revolución
no fuera sinónimo de corrupción
sino de una ética más alta.

En mi soledad
me acompañaba una certeza:
transformar la vida de un pueblo
no es un acto heroico aislado,
es un trabajo paciente de muchos,
es una suma de vigilancias,
de esfuerzos anónimos,
de críticas que uno debe escuchar
aunque duelan,
de decisiones que a veces
no caben en los titulares
pero cambian silenciosamente
el curso de las cosas.

Si algo quisiera dejar
como palabra final
en esta meditación desde la posteridad,
es esto:

no creí en la historia
como relámpago,
creí en la historia
como siembra.

Y cada decreto,
cada llamado a la juventud,
cada mano tendida al campesino,
cada mirada al niño mapuche sin escuela,
fueron, para mí,
distintas formas de plantar
una misma semilla:

la de un país
donde el hombre
no tenga que pedir permiso
para ser digno.

 

10.   UN PAÍS MÁS ANCHO

 

I. El precio del pan

No quise que terminara el año
sin descender a la raíz de los números,
sin escuchar el rumor invisible
que late en cada moneda que cambia de mano.

Yo mismo descubrí que el pan del obrero
nace también del silencio de una tasa de interés,
de ese hilo casi invisible
que une la oficina del banco
con la mesa de una familia.

Vi que un país no se derrumba
por grandes discursos,
sino porque una madre en Santiago
paga doble por un préstamo
que solo quiso salvarle el mes.

Desde ese día entendí
que controlar el precio del dinero
era una forma humilde
de defender la dignidad humana.

Y así regresé a mí mismo
como quien vuelve de una montaña oscura,
sabiendo que a veces la libertad
se juega en la cifra pequeña
que nadie mira,
pero que sostiene la vida de todos.

 

II. El rostro oculto del crédito

Hubo una mañana
en que abrí las carpetas silenciosas
de una oficina bancaria.
Allí estaban los nombres:
hombres, mujeres, talleres, sueños,
todos alineados como semillas
que nunca recibieron agua.

Supe entonces
que el crédito —esa palabra fría—
puede ser también
una forma de cariño hacia un país.

Porque cuando una puerta se cierra
en el rostro de un pequeño artesano,
cuando un agricultor vuelve a casa
con las manos vacías
porque nadie quiso confiar en su cosecha,
un país entero se hace más estrecho,
más pobre, más solo.

Yo lo vi.
Y por eso decidí
que el crédito debía ser
un puente hacia la esperanza
y no una trampa
para engrandecer a los mismos pocos de siempre.

Desde la posteridad lo digo:
no luché por bancos,
sino por los hombres
que esperaban al otro lado del mostrador.

 

III. La casa donde guardábamos el futuro

A veces creo que la banca
es como una casa antigua
heredada de generaciones remotas,
llena de cuartos cerrados
donde nadie entra
porque siempre alguien dijo
que era mejor no tocar nada.

Yo abrí las ventanas.
Dejé entrar la luz sobre los escritorios,
y el polvo de décadas se levantó
como un ave sorprendida.

Allí comprendí
que no se trata de estatizar ladrillos,
sino de devolver el porvenir
a los que trabajan cada día
para merecerlo.

Quise una banca transparente,
una banca que respirara,
una banca que no temiera
el pulso honesto de sus propios empleados.

Quise, simplemente,
que el país tuviera un lugar
donde guardar sin miedo
su propio futuro.

 

IV. El llamado a los trabajadores invisibles

En la última línea del discurso
pensé en ustedes,
trabajadores de las cajas,
de los archivos,
de las bóvedas frías donde la luz casi no llega.

Los vi levantarse temprano,
repetir gestos, sonrisas,
cargar el peso del sistema
en cada timbre y cada firma.

Comprendí, desde lo hondo,
que el progreso no era posible
si ustedes quedaban al margen,
si su carrera era un muro,
si su dignidad se postergaba
como un trámite sin timbre.

Por eso hablé de ascensos,
de estudios, de derechos simples:
cosas pequeñas
que sin embargo sostienen
la arquitectura moral de un país.

Y ahora, desde esta orilla del tiempo,
lo repito sin temblor:
ninguna transformación es verdadera
si no abraza primero
a quienes la hacen posible.

 

11.    EN LAS HONDAS GALERÍAS DE LA TIERRE

 

I. La noche en que descendí a la sombra humana

He vuelto a Lota tantas veces
que mis pasos conocen la humedad del túnel
como si fuera mi propia respiración.

Bajé allí, donde la tierra
se abre como una boca de siglos,
y vi el rostro negro del carbón
pegado al alma de los hombres.

En esa oscuridad se aprende
que la dignidad también brilla,
aunque el sol no alcance nunca
la hondura del pique.

Yo escuché el rumor del subsuelo:
no era la roca lo que ardía,
eran los corazones cansados
suplicando un poco de luz.

Y supe entonces
que un país se mide también
por la sombra que acepta compartir.

 

II. El corazón que me entregaron los mineros

Los mineros del carbón
me dieron más que votos o discursos:
me dieron su jadeo,
sus silencios,
el temblor de sus manos
cuando mostraban un salario insuficiente
para sostener la vida.

Yo tomé ese dolor entre mis dedos
como quien recoge un carbón encendido,
sabiendo que quema,
pero que ilumina.

En ellos aprendí
que la fe del pueblo
no está hecha de aplausos,
sino de resistencia.

Y aún hoy, desde esta posteridad sin cuerpo,
siento el golpe de su confianza
como una mina que despierta.

 

III. La empresa agonizante y los hombres vivos

Vi la Compañía Lota-Schwager
agonizar como un animal cansado,
rodeada de deudas,
respirando apenas entre maderas viejas
y máquinas detenidas.

Pero al mirar a los trabajadores
vi algo distinto:
no había ruina en ellos,
sino una fuerza antigua,
como si cada uno llevara en la mirada
la memoria del fuego primitivo.

Comprendí que una empresa
no vale por sus balances,
sino por los hombres
que despiertan cada día
para que un país siga encendido.

Desde allí surgió mi decisión:
rescatar lo que aún respiraba,
salvar a los que nunca dejaron de vivir.

 

IV. El horizonte que se abre al salir del pique

Cuando salí por última vez
del túnel húmedo de Lota,
la luz del día me pareció nueva,
como si el mundo empezara otra vez.

Pensé entonces
que los mineros también merecían
un horizonte que no fuera solo humo,
un salario que no fuera solo espera,
un reposo que no fuera solo un mito.

Soñé para ellos
un país donde la noche del carbón
no se extendiera hasta el comedor,
hasta la escuela,
hasta la cuna de sus hijos.

Y en ese instante comprendí
que la justicia no es una consigna,
sino un amanecer compartido.

 

V. El año nuevo en la tierra negra

Era 31 de diciembre.
La gente del carbón
encendía pequeñas luces
en casas donde la pobreza
todavía hacía crujir el piso.

Miré esos hogares
y sentí que cada uno
era una lámpara sostenida
contra la tempestad del tiempo.

Quise entonces hablarles
no como Presidente,
sino como un hombre
que también busca un año distinto.

Allí aprendí
que la esperanza no se fabrica,
se enciende.

Una chispa en el corazón de Lota
puede iluminar un país entero.

 

VI. La palabra que guardé para las mujeres del carbón

Siempre recordé a las mujeres
que esperaban afuera del pique,
con pañuelos gastados
y un temor que no decía su nombre.

Ellas cargaban el invierno,
la olla escasa,
la preocupación que no descansa.

Pensé en ellas
cuando hablé de dignidad,
porque la dignidad empieza
donde una madre puede dormir tranquila
sabiendo que su hijo comerá.

A ellas dirigí mi voz,
sabiendo que son el pulso secreto
de cualquier patria.

A ellas dedico, todavía,
mi gratitud más honda.

 

VII. La última mirada a la provincia olvidada

Arauco, pensé,
tú que llevas siglos esperando,
tú que conoces la voz antigua del viento
y el grito de la madera herida,
también mereces una promesa cumplida.

No hablo de decretos
ni de planes oficiales:
hablo del deber humano
de mirar a quienes siempre han sido postergados.

Fui a Lota para entender
que un país se fractura
cuando olvida sus bordes.

Y que sanar esas orillas
es la tarea más honda
de cualquier corazón público.

 

VIII. La sombra del petróleo y el llamado del carbón

En aquellos días
el mundo parecía temblar por el petróleo,
como si el destino de Chile
estuviera escrito en barcos lejanos
y contratos ajenos.

Yo miré entonces
hacia la tierra negra de Lota
y escuché un llamado antiguo,
una respiración profunda,
la voz de un subsuelo que no abandona
a quienes han vivido en su oscuridad.

Comprendí que un país
debe levantar su destino
con las manos que tiene,
con la roca que lo sostiene,
con la memoria de sus propios hombres.

Por eso pensé en el carbón
no como materia,
sino como voluntad humana condensada:
un fuego silencioso
esperando ser encendido.

 

IX. La tarea de aumentar la luz en un país oscuro

Toda nación tiene sombras,
rincones donde el frío se sienta a la mesa
y la esperanza cabe entera
en una salamandra vieja.

En Lota vi esa penumbra:
hogares sostenidos por una fe tosca,
una luz pequeña que apenas alcanzaba
a iluminar la comida y el sueño.

Entonces entendí
que la justicia es también electricidad,
y pan,
y una temperatura amable
para que una familia no tiemble.

Quise que la luz llegara más lejos,
que atravesara los cerros húmedos,
que entrara en cada pieza sombría
como si trajera una promesa.

Iluminar no es gobernar:
es abrazar la fragilidad
y volverla dignidad.

 

X. Los trabajadores que sostuvieron mi voz

Nunca caminé solo por Lota:
eran miles los que respiraban a mi lado
cuando hablaba.

Yo sentía detrás de cada palabra
la fuerza ruda del carbón,
el cansancio de los turnos interminables,
el orgullo silencioso
de quien mantiene viva la fragua del país.

No me dieron discursos:
me dieron su espalda inclinada,
su tos negra,
sus manos que parecían talladas
en la misma piedra que extraían.

A veces creo que mi voz
no era mía,
sino eco de ellos:
una voz nacida en la garganta colectiva
de los que nunca tuvieron micrófono.

Si alguna vez hablé con certeza,
fue porque ellos sostenían mi palabra
como quien sostiene una lámpara en medio del viento.

 

XI. Los hijos del pueblo que imaginé para un mañana distinto

Al finalizar esa noche
pensé en los hijos de los mineros:
niños de pies descalzos,
cumpliendo su infancia
sobre un suelo duro como la historia.

Quise para ellos
un mañana que no repitiera
la oscuridad heredada,
un país donde la niñez
no cargara el peso de la mina
antes de tiempo.

Imaginé escuelas revestidas de luz,
libros limpios,
puertas abiertas hacia un horizonte
que no fuera solo sobrevivir.

En esos niños
descubrí mi mayor deber:
sembrar una tierra menos áspera
para que un nuevo Chile
creciera en sus manos.

 

XII. La fe en un país más ancho

Yo sabía que Chile era angosto,
apretado entre montañas y mar,
como un suspiro largo
buscando espacio.

Pero dentro de mí
siempre creí en un país más ancho,
un país que no se midiera por su geografía
sino por la extensión de su esperanza.

Y esa esperanza la vi en Lota,
en el carbón que arde contra toda lógica,
en la vida que se abre paso
donde no debiera haber amanecer.

Miré a esos hombres y mujeres
que encendían el año nuevo
con una vela mínima,
y entendí:

un país es más ancho
cuando su pueblo se ensancha por dentro.

Esa fe es la que aún me guía
desde esta posteridad sin cuerpo,
como un viento que no cesa
aunque el tiempo cambie de rostro.

 

XIII. La antigua memoria de los piques que no duerme

A veces creo
que los piques son como templos subterráneos:
respiran lentamente,
guardan el eco de quienes ya no vuelven,
y sostienen bajo la tierra
los pasos de los que aún viven arriba.

En ese silencio profundo
sentí la memoria vibrar,
como si las galerías supieran
nuestros miedos,
nuestros errores,
nuestras pequeñas valentías.

Los piques no duermen:
vigilan,
recuerdan,
y en su sombra húmeda
acunan la historia de Chile
sin pedir aplausos.

Desde la posteridad,
cuando pienso en Lota,
escucho otra vez esa respiración oscura,
esa paciencia mineral
que soportó siglos de cansancio
para que la luz del país
no muriera.

 

XIV. La responsabilidad compartida entre pueblo y destino

Ningún hombre
puede sostener un país solo.

Lo comprendí
cuando miré a los trabajadores del carbón
recibir un nuevo año
como quien recibe un deber.

El destino de Chile
no era una promesa escrita,
ni una estrella fija,
ni un plan cerrado:
era una responsabilidad compartida,
un hilo que se tejía
con miles de manos al mismo tiempo.

Yo hablé muchas veces
en nombre del pueblo,
pero en el fondo sabía
que cada palabra
debía volverse acción colectiva,
y que el porvenir
solo podía levantarse
si todos lo empujábamos
hacia adelante.

Un país se vuelve posible
cuando su pueblo se reconoce
como autor de su propia historia.

 

XV. La promesa que dejé suspendida en Lota

Aquel 31 de diciembre
dejé una promesa suspendida en el aire,
como una lámpara encendida
sobre un largo corredor de sombra.

No prometí riquezas,
ni gloria,
ni milagros:
prometí un comienzo.

Un año distinto,
un esfuerzo común,
un país más digno
para los hijos de un pueblo cansado.

Esa promesa sigue viva,
no porque yo lo dijera,
sino porque aún arde
en los que creen
que el porvenir puede construirse
sin quitarle la luz
a ningún otro.

Desde esta lejanía sin tiempo
la miro todavía:
una promesa suspendida,
esperando manos valientes
que la recojan
y la cumplan.

 

 

12.    UN SOLO FUEGO EN MUCHAS MANOS

 

I. La Casa que Construyen Mis Manos Temblorosas

No nací para asaltar tronos,
ni para empuñar banderas en medio del fuego,
nací para escuchar el rumor tenue
de los que construyen la jornada
sin saber que también ellos sostienen el cielo.

A veces olvido mi pequeñez
y me descubro a mí mismo
como un hombre al que el amanecer sorprende
con un nombre que pesa más
que su propia sombra.

Pero regreso a mí
cuando escucho el paso humilde
del que confía, del que espera,
del que escribe su destino
sin saber que sus dedos temblorosos
son los míos.

Mi deber es abrir puertas,
no para que me sigan,
sino para que todos descubran
que el porvenir es una casa
que se levanta con manos múltiples,
y que ninguna llega al techo
sin tocar la otra.

 

II. Los Ruidos que Intentaron Quebrar mi Silencio

Desde lejos llegaron voces
diciendo que el mundo era un lugar estrecho
y que a veces la noche mordía
a quienes caminan sin miedo.

Yo escuchaba en silencio,
como quien oye a la tierra ascender
cuando se agrieta bajo los pasos del invierno.
No eran amenazas:
eran avisos del destino
cuando quiere probar si un hombre
es fiel a sí mismo.

No respondí con estruendo.
Respondí con la quietud que aprendí
viendo a los humildes sostener su vida
como quien sostiene un jarro de agua
sin derramar una gota.

Porque el ruido afuera
es solo una máscara:
el verdadero temblor
se libra dentro de uno.

 

III. La Unidad que Me Pide mi Sombra

Mi sombra me acompaña
como un animal que sabe de pérdidas,
que me recuerda
que ningún hombre puede caminar solo
aunque le otorguen un mapa glorioso.

A veces la siento que me habla
como habla la noche a los navegantes:
sin palabras,
pero con una urgencia
que obliga a corregir el rumbo.

La unidad no es un grito
ni un acuerdo perfecto.
La unidad es un temblor compartido,
es un pan que se parte sin orgullo,
es la voluntad de no dejar que otro caiga
aunque uno esté agotado.

Mi sombra me lo repite:
un hombre es fuerte solo
cuando sostiene a otros
sin que nadie lo note.

 

IV. El Camino sin Testigos

He comprendido que hay días
en que la historia se cierra como una puerta
y uno queda de este lado,
solo con su respiración.

Nadie sabe lo que duele la decisión
cuando no se tiene un espejo
ni un testigo que señale
si el pulso va recto
o si el miedo tiembla en la muñeca.

Pero acepté esta soledad como un oficio:
el oficio del que se adelanta un paso
para que otros no tropiecen con la misma piedra.

No es gloria.
Es una forma distinta de la ternura.

 

V. La Voz que Me Recuerda lo que Juré

A veces, cuando el día cae
como una fruta demasiado madura,
escucho una voz antigua
que me pregunta si sigo siendo
el muchacho que prometió no mentirse jamás.

No es una voz del pasado,
es la conciencia que vuelve del futuro,
pidiéndome que no traicione
a ese hombre que algún día seré
cuando el tiempo haya borrado mi nombre
y solo queden mis gestos.

Esa voz me guía más
que todos los consejos del mundo.

 

VI. La Herida que Comprendí en el Silencio

Hay dolores que no se gritan,
dolores que no buscan justicia
porque saben que la justicia
es apenas una lámpara tenue
en la caverna del hombre.

Pero hay dolores que se heredan,
como si cada generación
recibiera en las manos
un carbón encendido.

Yo cargué ese carbón
no para quemar a nadie,
sino para recordar
que el fuego también ilumina
cuando uno lo sostiene sin odio.

 

VII. El País que Respira en mi Pecho

Cuando desperté aquella mañana
sentí en el pecho
un país entero respirando.
No era gloria,
era un peso tibio,
como el de un niño
que confía en que lo carguen.

Comprendí entonces
que servir no es mandar,
que servir es inclinar la frente
para que otros descubran
que pueden elevar la suya.

Mi pecho sigue respirando
con ese país adentro,
y a veces me pregunto
si soy yo quien lo sostiene
o si es él quien me sostiene a mí.

 

VIII. El Mandato que No Me Pertenece

He recibido palabras que me honran,
pero ninguna me pertenece.
Todas nacieron de la misma fuente:
la necesidad humana
de que alguien nombre la esperanza
cuando el día se oscurece.

Mi mandato no es un título.
Es un espejo.
Y cuando me miro en él
veo a hombres y mujeres
que nunca conoceré,
pero que me han confiado
su parte exacta de sueño.

Ese espejo me obliga
más allá del orgullo:
me obliga a no olvidar
que la voz que llevo
no es mía.

 

IX. El Rumor de los Que Tienen Miedo

He oído los temores
que viajan como pájaros oscuros
de un alma a otra.
No los rechazo.
El miedo también es humano,
y a veces más honesto
que la arrogancia que lo esconde.

Pero les hablo desde mi fragilidad,
porque solo quien conoce
sus propios temblores
puede acercarse al miedo ajeno
sin herirlo.

No prometo disiparlo,
solo caminar al lado
de quienes tiemblan,
para que ninguno crea
que su sombra es más grande
que la luz que lo rodea.

 

X. La Unidad como un Pan Repartido

A veces escucho
que la unidad es un pacto.
Pero yo sé
que la unidad es un pan.

Un pan que se parte
con manos limpias,
sin calcular la porción,
sin pensar en quién entrega más.

Unidad es una mesa larga
donde caben incluso
los que dudan,
los que se equivocan,
los que llegan tarde,
los que un día se marcharon
y volvieron sin palabras.

Solo quien reparte pan
puede hablar de unidad.

 

XI. La Intriga Como Sombra del Camino

Sé que existen manos ocultas,
voces que susurran
como raíces que socavan la tierra
sin que nadie las vea.

No me sorprenden.
Toda jornada tiene su sombra
y la sombra no niega el día:
lo revela.

He aprendido a caminar sin odio
entre esas sombras.
Son pruebas para mis pasos,
no enemigos para mi alma.

 

XII. Los Ojos que se Abren en mi Ausencia

Hay miradas que se elevan
cuando yo ya no estoy.
Esas miradas me sostienen.
Ellas completan lo que mi palabra
no alcanza a nombrar.

Porque un hombre solo
no puede encender una conciencia.
Apenas puede rozarla,
como el viento roza una rama
antes de que el árbol decida
mecer su propia hoja.

 

XIII. La Pureza de un Nombre que No Quise Manchar

Cuando escuché que mi nombre
era llevado por miles,
no sentí orgullo.
Sentí pudor.

Comprendí que un nombre
puede resplandecer o hundirse
según la conducta
de quien lo pronuncia.

Por eso cuido el mío
como quien sostiene un vaso
lleno hasta el borde:
no para conservarlo,
sino para no derramar
lo que otros depositaron en él.

 

XIV. La Responsabilidad de los Que Caminan Conmigo

Yo no camino delante.
Camino entre ellos.
Y cuando un compañero cae,
no me pregunto por qué cayó,
sino por qué no lo sostuve.

Ser parte de una causa
no es un honor.
Es una disciplina del corazón.
Una fidelidad al otro
que no admite descanso.

 

XV. En la Intimidad de la Conciencia

He aprendido que lo decisivo
no ocurre en la plaza abierta
ni en el estrépito del aplauso.
Lo decisivo ocurre
en la habitación silenciosa
donde un hombre se mira al espejo
y decide si traicionará
lo que un día prometió ser.

La conciencia es un juez
que nunca duerme
y no acepta sobornos.

 

XVI. El Camino que se Abre Bajo mis Pies

Yo no elegí este sendero.
El sendero me eligió a mí.
A veces intento retroceder,
pero la tierra misma me empuja
con una fuerza antigua
que no sé si es la historia
o el amor de los que esperan.

Camino entonces
como quien entra en un bosque
sin temer a la oscuridad,
porque sabe que cada rama
es también una estrella caída.

 

XVII. La Lealtad que Me Mantiene Despierto

He conocido muchas palabras
capaces de seducir al espíritu,
pero solo una me guía:
lealtad.

No una lealtad hacia arriba,
hacia aquellos que me nombran,
sino hacia los que me miran
desde abajo,
con la sinceridad desnuda
de quien no espera nada
más que verdad.

Esa mirada
no me deja dormir
cuando mi conciencia vacila.

 

XVIII. El País que se Convirtió en mi Maestro

Chile es un maestro severo.
Me enseñó a no temer la escasez,
a no confiar en la abundancia,
a desconfiar del brillo fácil
y a venerar la dignidad silenciosa
del que trabaja sin testigos.

Cada cerro,
cada calle,
cada puerto que desvela la noche
me ha enseñado
que gobernar no es dirigir:
es aprender.

 

XIX. La Sombra del Error y el Rostro de la Autocrítica

No temo al error.
Temo a la soberbia
que lo niega.

He cometido faltas.
Las nombro sin pudor
porque sé que el error confesado
abre más caminos
que el acierto oculto.

La autocrítica
no es una penitencia.
Es un acto de amor
hacia los que merecen
la mejor versión de mí.

 

XX. El Dolor Antiguo que Habita en mi Pueblo

En cada rostro que encuentro
hay un dolor antiguo
que nadie escribió
pero todos llevan.

Ese dolor no es queja.
Es una raíz.
Y como toda raíz
busca hacia abajo
para sostener
lo que intenta elevarse.

He aprendido
que no se gobierna un país:
se acompaña una herida.

 

XXI. La Dificultad como Forma de Belleza

Muchas veces oí
que nuestro camino era difícil.
Pero la dificultad
tiene una belleza propia,
como la montaña
que exige a cada paso
un acto de voluntad.

Si alguna vez sonrío
ante la adversidad
no es porque la subestime,
sino porque sé
que ella revela
quiénes somos realmente.

 

 

XXII. La Sencillez del Futuro que Imagino

Mi futuro no tiene ornamentos.
Lo veo como una mesa de madera
donde un niño pueda escribir,
donde una mujer pueda descansar,
donde un anciano pueda recordar
sin sentir que molesta.

Ese es mi porvenir:
una sencillez que ilumina
como el agua que cae
sin pedir aplausos.

 

XXIII. El Silencio Después de la Última Palabra

Cuando termino de hablar
no termina mi deber.
A veces el silencio
me exige más que el discurso.

Porque en el silencio
uno oye la verdad
que no se atreve a pronunciar,
y esa verdad
es la que guía el próximo paso.

 

XXIV. Lo que Aún No He Aprendido

Todavía ignoro mucho.
Ignoro cómo sanar todas las heridas,
cómo acortar todas las distancias,
cómo responder a los que esperan
más de lo que un hombre puede dar.

Pero he aprendido una certeza:
la duda es también un camino,
y caminar dudando
es preferible
a detenerse en la falsa seguridad.

 

XXV. La Voz que No Me Pertenece

Mi voz es un puente.
No un trono.
No un arma.
Un puente.

Por eso hablo
como quien construye
con piedras prestadas:
sé que lo que digo hoy
otros lo completarán mañana.

Nada me pertenece.
Y sin embargo
todo me exige.

 

XXVI. El Último Llamado a la Esperanza

Si alguna vez mi voz cae,
que no caiga la esperanza.
Ella es más fuerte
que cualquier nombre,
más antigua
que la memoria del dolor,
más persistente
que la intriga o el miedo.

Yo solo soy su mensajero.

La esperanza,
incluso sin mí,
sabrá encontrar su propio rostro.

 

13.    EL AULA DE TODOS

 

I. La sombra que rehúsa coronas

No fui caudillo ni mármol,
fui un hombre que aprendió
a medir su pequeñez
en la vastedad del sueño común.

Entendí temprano
que ninguna frente merece coronas
si no ha sentido antes
el peso de la duda.

Soy un militante más del horizonte,
una respiración entre millones,
un cuerpo que avanzó
sabiéndose reemplazable.

Y desde esta altura posterior
miro la senda recorrida
y repito sin adornos:
la unidad no la forja un hombre,
la forjan los que deciden
caminar juntos.

 

II. Donde el obrero aprende a mirarse

Vi, en los ojos del trabajador,
la luz más antigua de la especie:
esa chispa que solo despierta
cuando comprende
que también es arquitecto del mundo.

No basta el oficio,
ni el golpe del martillo,
ni el polvo del campo.

Hace falta el temblor interior
de saberse necesario,
hace falta la conciencia
que eleva la mano
y la vuelve historia.

Y yo, que fui médico,
aprendí más del hombre
observando sus silencios
que leyendo teorías.

La jornada cambia
cuando el trabajador descubre
que no solo produce pan:
produce país.

 

III. La aritmética profunda de un pueblo

He visto cifras que no caben
en ningún libro contable:
seiscientas mil manos en pie,
ciento treinta mil voces,
cuatrocientas mil esperanzas
cubriendo oficinas y pasillos.

Pero detrás de cada número
había un latido,
un cansancio heredado,
un nombre que no debía perderse
en la estadística.

El país era eso:
un mapa de respiraciones.

Y lo que algunos veían
como porcentajes dispersos,
yo lo vi siempre
como un solo cuerpo
aprendiendo a reconocerse.

 

 

IV. El acuerdo secreto entre mis manos y las suyas

Cuando estreché la mano del trabajador
sentí que él me enseñaba a mí,
y no al revés.

En sus dedos endurecidos
había una lección de humildad
que la academia nunca dicta.

Supe entonces
que gobernar no era dirigir,
sino aprender
a recibir la experiencia ajena
como un pan sagrado.

El trabajador me dio
el mapa de sus días,
y en cada surco de la piel
había un mandato silencioso:
no olvides para quién respira tu nombre.

 

V. El hospital sin fronteras

Vi hospitales
donde las batas creaban castas,
donde un apellido separaba
lo que la vida mezclaba.

Pero también vi
la verdad simple, invencible:
un cirujano no salva solo,
una enfermera no vigila sola,
un auxiliar sostiene la noche
cuando todos se retiran.

Comprendí entonces
que un país no se divide
entre manos finas y manos rudas:
se sostiene o se derrumba
en el abrazo invisible
de quienes no se ven
pero se necesitan.

 

 

VI. El país que se mira entero

Chile no es una franja;
es un cuerpo.

Lo que respira en el norte
tiembla en el sur,
y lo que duele en el valle
desvela al desierto.

De Arica a Magallanes
hay un hilo secreto
que une a quienes creen
que el destino no es una frontera
sino una responsabilidad compartida.

Yo lo aprendí
en la mirada humilde
de un minero,
en la paciencia de una campesina,
en el paso firme
de un estudiante que duda
pero avanza.

 

VII. El hombre que intento ser

La transformación del mundo
empieza donde nadie mira:
en el silencio interior
de cada uno.

Antes de cambiar las cosas
tuve que preguntarme
si yo era digno de ellas.

No basta con señalar un rumbo;
hay que despojarse de las soberbias,
brillar menos
para que otros respiren más.

Y en esta posteridad
lo digo sin pudor:
lo más difícil
no fue gobernar un país,
sino gobernar mis sombras.

 

 

VIII. El trabajo como plegaria

Trabajar no es castigo:
es la respiración antigua
por la cual el hombre
se afirma en la tierra.

Pero el sentido del trabajo
cambia según la causa;
no es lo mismo sudar para otro
que sudar para muchos.

Vi trabajadores producir
como si sembraran su propio destino,
y en ese gesto silencioso
comprendí lo sagrado:
el esfuerzo no ennoblece
si no se comparte.

 

IX. Juventud: la claridad del porvenir

Siempre busqué en los jóvenes
la transparencia que me faltaba,
la valentía sin cicatrices,
el impulso que no negocia.

Ellos no deben heredarnos las ruinas,
sino la posibilidad.

Y desde esta altura del tiempo
bendigo a los que, sin saberlo,
me enseñaron a no rendirme:
su irreverencia fue mi brújula,
su pregunta mi descanso,
su esperanza mi deber.

 

X. Chile, escuela abierta al cielo

Soñé con un país
convertido en un aula inmensa,
donde todos enseñaran
y todos aprendieran,
donde el conocimiento
se transmitiera como el agua
que baja de los cerros:
sin dueño, sin límites,
sin permisos.

Un país-universidad,
un territorio que se piensa a sí mismo,
una casa donde la técnica y la ternura
estén hermanadas.

Ese sueño aún respira,
y lo afirmo desde esta posteridad:
solo aprende quien está dispuesto
a cambiar su corazón
tanto como su oficio.

 

XI. La corriente mayor

Entendí finalmente
que un país no avanza por decreto,
ni por proclama,
ni por discursos inflamados.

Avanza cuando cada hombre
descubre que su tarea
tiene la misma dignidad
que la del otro.

Avanza cuando los humildes
aprenden su valor
y los soberbios aprenden su límite.

Avanza cuando la patria se reconoce
no en sus símbolos,
sino en su gente.

Y así, desde esta altura,
miro ese instante
en que Chile comenzó a comprenderse
como una corriente mayor
donde todos éramos agua.

 

 

 

14.   UN PAÍS QUE SE HACE JUSTO

 

I. La justicia que llega tarde

Tantas veces
miré a mi pueblo esperar
como quien aguarda un tren
que nunca detiene su máquina.

En los corredores del amanecer
oía pasos cansados:
eran trabajadores pidiendo palabra,
y la palabra dormía en un archivo frío.

¿De qué sirve una puerta
si nadie la abre a tiempo?
¿De qué sirve la ley
si se vuelve invierno
sobre quienes sólo pedían un día claro?

Desde la posteridad
mi voz vuelve a ese silencio,
preguntando por qué la justicia
fue un reloj roto
mientras la vida insistía en avanzar.

 

II. Los trabajadores ante el tribunal invisible

Yo conocí
las manos que habían perdido la fuerza,
el jornal que se extinguía sin testigos,
la humillación de llegar ante jueces
como quien llega ante un muro.

Vi a la justicia del trabajo
reducida a cinco lámparas tenues
en una ciudad desbordada de historias.
Vi causas dormidas durante meses,
como si el dolor del obrero
pudiera guardarse en una carpeta.

Por eso pensé
que la ley debía aprender del hombre
para no seguir hablándole desde lejos.

Que la justicia del trabajo
no fuera un trámite,
sino un pan compartido
entre quienes levantan el país
con su respiración diaria.

Hoy lo digo sin estridencias:
quise que la justicia caminara
a la misma velocidad del hambre
y no a la velocidad del expediente.

 

III. El barrio que aprende a escucharse

En los patios del mundo
las pequeñas disputas
tienen la misma intensidad
que una tormenta madura.

Un muro mal trazado,
una luz que no llega,
un ruido que hiere la madrugada:
todo eso también forma un país.

Comprendí que la justicia
no debía nacer siempre en palacios,
sino también en la esquina,
en la calle sin pavimento,
en la palabra franca de los vecinos
que saben quién sufre
y quién necesita ser oído.

Por eso imaginé
tribunales tan cercanos
como las manos que se saludan:
un lugar donde la ley se inclina,
no para humillar,
sino para escuchar mejor.

Tal vez en ese gesto —
simple y profundo—
empieza la verdadera patria:
en el rincón donde un desacuerdo
encuentra su claridad
y deja de ser sombra.

 

15.    EL TALLER DE LA CONCIENCIA

 

I. Lo que soy, lo que me hizo

Nada de lo que fui
salió solo de mi frente.

No nací caudillo
ni quise ser estatua en la plaza:
fui moldeado por manos numerosas,
por una pequeña célula de barrio,
por un salón frío donde se leía en voz alta
y por la calle encendida donde el pueblo
probaba sus propias consignas.

Mi nombre se levantó
como un ladrillo más
en el muro de una larga historia.

Si hoy hablo desde lejos
es para decirlo sin ceremonia:
todo lo que fui
lo fui porque una multitud anónima
me prestó sus ojos,
me dio su cansancio,
me dejó entrar en sus cocinas
para oler el humo del aceite pobre
y entender la palabra “Patria”
no como bandera en el mástil,
sino como plato en la mesa.

Desde esta altura del tiempo
mi único orgullo es este:
haber sido un hombre corriente
al que el pueblo empujó
hasta el centro del poder,
no para separarlo de sí,
sino para que abriera puertas
que habían estado cerradas
durante demasiado invierno.

 

 

 

II. Un país mirado por los otros

Supe que, lejos de nuestras cordilleras,
se hablaba de nosotros
como de un experimento incierto,
como de un laboratorio de pueblo
que había osado tocar los hilos secretos
del dinero y de la tierra.

Nos miraban con miedo
los que temen que el pan
cambie de manos,
y nos miraban con esperanza
los que, en otras geografías,
soñaban con arrancar de raíz
la vieja tristeza del salario.

Yo sólo dije:
cada pueblo tiene su propio mapa,
sus cicatrices, su manera
de pronunciar la palabra “dignidad”.

No venía a exportar caminos,
sino a tomar el mío:
el de buscar, dentro de la ley existente,
el hueco por donde pudiera entrar
el aire nuevo de la justicia.

Desde la posteridad lo repito:
no hicimos más que reclamar
el derecho elemental
de cualquier país sobre la tierra:
ser quien decide
qué hace con su propio cobre,
con su propio pan,
con la leche de sus hijos
y con el silencio de sus muertos.

 

III. La verdad entre papeles

Desde el estrado veía titulares
que venían como pájaros negros
desde otros cielos.

Se hablaba de mordazas
mientras en las esquinas
se repartían diarios que me insultaban
con la misma libertad
con que los niños jugaban a la pelota.

Yo sabía que detrás de ciertas plumas
no había tinta,
sino cifras:
préstamos escondidos
en páginas contables,
garantías firmadas en la penumbra,
deudas con la Patria
más grandes que cualquier editorial.

No quise callarles la voz,
quise mirar sus libros,
ese evangelio secreto
donde se confiesa al verdadero dios
de algunos hombres.

Porque mientras un solo obrero
era perseguido por una pequeña falta,
había montañas de dinero
que cruzaban la noche
sin que nadie les preguntara el nombre.

Desde esta distancia
lo digo simplemente:
no busqué silenciar ideas,
busqué que la verdad
pagara los mismos impuestos
que se exigían al panadero del barrio.

 

IV. La tierra, la casa y el espejo de los pobres

Vi una estancia sola, en el confín del viento,
con más hectáreas que palabras en un libro,
y vi al campesino reducido
a una franja de barro
donde apenas cabía su sombra.

Comprendí que la tierra
no es un mapa de propiedad,
sino un cuerpo vivo
que pide manos para florecer.

Así también vi casas en construcción,
cuotas pagadas con años de fatiga,
y, de pronto, otras manos desesperadas
entrando por la fuerza,
dos pobrezas enfrentadas
como si fueran enemigas
cuando eran el mismo rostro
reflejado en vidrio opaco.

Desde entonces supe
que la injusticia tiene este truco:
pone a los humildes
frente a frente,
para que se hieran entre sí
mientras ella se sienta a la mesa
con el rostro limpio.

Quise, desde el Gobierno,
ordenar ese dolor,
decir: esta tierra sí, esta tierra no;
no por capricho,
sino para que el hambre
dejara de ser brújula
y la desesperación dejara de escribir
las leyes del campo y del suburbio.

No todo lo hicimos bien.
Pero si algo me desvela
desde la memoria
es el gesto de un trabajador
despojado por otro trabajador:
esa herida se parece demasiado
a la derrota de todos.

 

V. Trabajo, juventud y futuro

Siempre dije
que los pueblos avanzan
cuando trabajan más
y producen más,
pero no para los mismos de siempre,
sino para un círculo más amplio
de rostros alrededor del fuego.

Repetí a los jóvenes
que el mejor dirigente
debía ser también el mejor estudiante:
no por culto,
sino porque un país nuevo
necesita manos que sepan
levantar hospitales, puentes, escuelas,
y no sólo palabras encendidas
en una asamblea.

Desde aquí los veo todavía:
subiendo a los buses polvorientos,
rumbo a faenas voluntarias,
con la camisa pegada al cuerpo
por el sudor del verano,
riendo y cantando
como si el futuro fuera una cosecha
ya asegurada.

Quise para ellos
una patria donde estudiar
no fuera un lujo,
donde el talento de un niño pobre
no se perdiera en la cuneta
como un papel arrastrado por la lluvia.

Si insistí tanto en producir,
no era por amor a las cifras,
sino porque sabía
que la dignidad también se mide
en la nevera llena,
en el zapato de cuero
que reemplaza a la planta desnuda,
en la noche donde nadie
se acuesta con frío.

 

VI. La bala, la memoria, la vigilancia

Hubo un día
en que la historia
puso un arma en la sombra.

La bala que buscaba mi pecho
encontró primero
el cuerpo de otro hombre:
un general que creyó
que la Constitución
no era un papel,
sino un pacto vivo
entre su uniforme y el pueblo.

Desde entonces su nombre
habita mi memoria
como un guardián silencioso.

Comprendí con esa sangre
que la victoria en las urnas
no apaga de inmediato
las brasas del odio,
que hay manos acostumbradas
a mover los hilos
lejos de toda ventana.

Por eso pedí a mi pueblo
estar despierto y sereno,
no armado de rencor,
sino de lucidez.

La vigilancia que soñé
no era la del dedo acusador,
sino la de los ojos abiertos:
la obrera que pregunta,
el campesino que no se deja engañar,
el estudiante que no confunde
aventura con destino.

Hoy, desde esta altura de polvo,
lo repito sin estruendo:
no quise un pueblo arrodillado
ante su miedo,
sino un pueblo de pie
con su memoria alerta,
capaz de reconocer,
cuando vuelva a escuchar pasos
en un corredor oscuro,
que la historia no se detiene,
pero tampoco disculpa
a los que, teniendo conciencia,
optan por cerrar los ojos.

 

16.   ALLÍ DONDE COMENZÓ MI MIRADA

 

I. El país donde aprendí el dolor

Yo era un muchacho provinciano
con los bolsillos rotos
y el corazón abierto a las calles.
En la penumbra de las pensiones baratas
descubrí que la enfermedad tenía el mismo rostro
que la pobreza,
que un niño flaco podía explicar mejor a Chile
que todos los libros juntos.
Allí comprendí
que el dolor no es teoría:
es madre con fiebre,
trabajador sin pan,
cama sin remedios.
Desde entonces
supe que la vida me estaba llamando
hacia un lado distinto de la historia.

 

II. Las noches donde ardían los nombres

En cuartos helados
leíamos a los pensadores que hablaban de un mundo más alto,
y la ventana era un ojo encendido
sobre un país que no conocía amaneceres.
Éramos jóvenes,
y como todo joven que mira de frente el hambre,
sentíamos que la justicia
era algo más que palabra o promesa.
En esas noches sin dinero
pero llenas de ideas,
se encendió en mí la certeza
de que el hombre no puede vivir sólo para sí mismo:
debe abrir su sombra
para que otros tengan sol.

 

III. El que fui a los veintiocho años

No era un caudillo,
ni un iluminado,
ni un dueño de verdades.
Era un médico recién llegado al mundo,
que aún olía a hospital y a calle,
cuando ayudé a fundar un partido
para quienes nunca habían tenido voz.
Tenía veintiocho años,
y ya sabía
que la dignidad es un hueso duro,
que se rompe si no se defiende,
y que un país sin justicia
es sólo un territorio
donde los días se repiten sin alma.

 

IV. El joven que entró al poder con las manos limpias

Muy pronto fui ministro,
joven, casi aprendiz,
mirando desde arriba
las mismas desigualdades
que había conocido desde abajo.
No llevaba recetas,
ni sueños instantáneos,
sólo una fe antigua:
la de que el Estado debía ser casa
y no mirador;
pan
y no ceremonia.
Allí entendí que gobernar
es escuchar el latido de los que no llegan nunca a la oficina,
y escribir con su pulso
el mapa de un país más justo.

 

V. El país que aprendió a caminar unido

El Frente Popular fue escuela,
y también advertencia.
Años después,
cuando muchos temieron otra vez la oscuridad,
me di cuenta
de que la historia avanza cuando los pueblos avanzan juntos
como animales tercos y luminosos.
Nada se perdió entonces:
ni los cardenales nuevos,
ni las fiestas,
ni la calma del domingo.
Sólo aprendimos
que el miedo siempre exagera
y que un país puede transformarse
sin perder su corazón antiguo.

 

VI. Una utopía que camina a pie

Nunca fui utópico.
La utopía es un pájaro que vuela demasiado alto
para ver la tierra.
Yo, en cambio, estaba hecho de polvo chileno,
de hospital y de mina,
de reunión nocturna y de carretera.
No soñaba un mundo perfecto:
sólo un país donde cada uno
pudiera mirar su propio plato
sin vergüenza.
Para eso —lo aprendí pronto—
hay que trabajar más,
estudiar más,
y nacer de nuevo cada día
con la obstinación de quien sabe
que el porvenir no llega:
se construye.

 

VII. Las cifras que eran rostros

Cuando hablaba de carbón,
de acero,
de cobre,
no hablaba de industrias:
hablaba de hombres.
Detrás de cada tonelada
había un cansancio,
un hijo dormido,
una espalda que ya no podía más.
Por eso pedía aumentar la producción:
no para honrar máquinas,
sino para honrar a Chile,
que merecía una vida más amplia
que el estrecho margen
que le había concedido la historia.

 

VIII. El Presidente que camina entre la gente

Nunca quise ser un fantasma blindado.
Salía a las calles,
recibía manos,
escuchaba voces,
miraba las calles como quien revisa un antiguo cuaderno.
No llevaba tanques,
ni armaduras,
sólo mi humanidad,
que era lo único que podía ofrecer.
La gente me devolvía algo que todavía guardo:
la certeza de que un país es más grande
cuando su Presidente
no tiene miedo de ser un hombre común.

 

 

 

IX. Las tensiones que no me quebraron

La Unidad Popular no era un coro perfecto.
Era un taller:
ruidoso, contradictorio,
lleno de martillos que golpeaban
buscando una sola forma.
Pero nunca temí esas diferencias:
eran parte del crecimiento.
Lo único que no podía permitirme
era traicionar
la promesa de justicia
que me había traído
hasta el borde más alto de mi vida.

 

X. Hambres antiguas que no caben en un papel

Cuando escuché a los mapuches,
comprendí
que no bastaba entregar tierras
si no devolvíamos también
la dignidad robada.
Ellos cargaban cien años de silencio,
cien años de hambre,
cien años de una historia
que nunca escribieron.
Ninguna ley podía curar eso de golpe.
Pero había que comenzar,
aunque el tiempo fuera lento
como un árbol que vuelve a creer en la lluvia.

 

 

17.    DESDE LOS BALCONES DE VALPARAÍSO

 

I. El primer porteño en el balcón

Yo, que fui niño entre cerros salobres
y ventanas abiertas al oleaje,
me vi un día asomado a otro balcón,
no al de una casa pobre,
sino al de la Intendencia frente al héroe azul,
mientras la bahía respiraba
bajo el peso de las banderas.

No hablaba sólo el Presidente,
hablaba el porteño que vuelve a su origen,
el alumno del viejo liceo
que regresa con canas
a dar examen ante el pueblo.

Prometí que el gobierno caminaría,
que no sería una oficina inmóvil,
sino una caravana de trabajo
instalada entre galpones, barcos, cerros.
Por eso bajé a Valparaíso
como se baja al corazón de la memoria,
y dije:
no vengo a que me miren desde abajo,
vengo a decirles que ustedes
son los que gobiernan conmigo.

 

II. Aprender a gobernar sin fusiles

En dos meses de mandato
tuve que elegir el camino de la voz
o el camino del golpe.
Supe entonces
que no basta cambiar nombres en los cargos
si no se cambia también
la manera de hablarle al conflicto.

Cuando vi a un trabajador
sacar a otro de su vivienda,
cuando la necesidad
empujaba contra la puerta equivocada,
no envié bayonetas,
envié mis propias palabras:
no se despoja al hermano
para buscar justicia,
no se construye casa nueva
sobre la casa derrumbada del vecino.

Aprendí a decir “no”
a los que lucraban con llaves ajenas,
a los que vendían esquina y esperanza,
y a la vez
a decir “aquí estoy”
a los que usaban la desesperación
como único documento de identidad.

Gobernar, lo entendí tarde,
es sostener este hilo delicado
entre la firmeza y la ternura,
sin romperlo.

 

III. Cautín: la ley que vuelve sobre sus pasos

Fui al sur donde la lluvia
parece más antigua que la patria,
allí donde la tierra
todavía recuerda los nombres
que otros quisieron borrar.

Vi a los mapuches,
no en los libros de historia,
sino en sus campos cercados,
con un siglo y medio de expropiaciones
marcado en el rostro.
Estaban cansados de promesas
como de inviernos interminables.

Los terratenientes
habían escrito leyes
para desalojar al indio,
como quien traza un surco
para pasar después el arado.
No imaginaron
que un día esa misma ley
golpearía sus portones.

Yo no fui a ofrecer venganza:
fui a decir
que ni las balas del patrón
ni las tomas sin rumbo
podían dictar el destino de la tierra.
Mandamos médicos, maestros,
sociólogos que escucharan,
estudiantes con batas blancas
y mochilas llenas de remedios.

Sabía que cien años de humillación
no se curan con un decreto,
pero también sabía
que alguien debía comenzar
a pedirle perdón a esa lluvia
por lo que le hicimos a su pueblo.

 

IV. Conversaciones con uniformes y overoles

Subí a barcos de guerra
y talleres metalúrgicos,
crucé pasillos donde el aceite
tenía el mismo brillo que las condecoraciones.

Hablé con almirantes y obreros,
con generales de mirada recta
y con hombres de overol
que sólo tenían la rectitud de sus manos.

No quería dos países
mirándose de reojo:
uno vestido de uniforme,
otro de azul o de gris.
Quería que supieran
que el mismo niño
que sonríe al ver pasar un barco
necesita también un cuaderno,
un vaso de leche,
un padre que vuelva del turno.

Les dije a los carabineros
que el pueblo no los necesitaba
para reprimir sus hambres,
sino para resguardar
el derecho a vivir sin miedo.
Les pedí que su fuerza
fuera una casa segura
y no una sombra.

Aprendí que el diálogo
puede ser más áspero que el silencio,
pero también más fecundo,
como la semilla que se entierra
en la tierra dura.

 

V. La justicia que se quita la venda

Vi tribunales lejanos,
escaleras que los pobres
no podían subir
porque cada peldaño
costaba más de lo que tenían.

Soñé con jueces de barrio,
elegidos por sus vecinos,
para decidir sobre pequeñas heridas
antes de que se volvieran gangrena.
Quise que la justicia
dejara de ser un edificio solemne
y se transformara en mesa
donde todos puedan apoyar sus manos.

Firmé indultos para muchachos
que se habían equivocado de método
pero no de esperanza:
no derramaron sangre,
arriesgaron la suya
por una idea que los sobrepasaba.
Preferí llamarlos a construir
en vez de dejarlos oxidarse
en una celda sin futuro.

Al mismo tiempo
quise que los poderosos
respondieran por sus fraudes,
por los dólares que salieron del país
como barcos sin registro.
También ellos debían conocer
la puerta de un tribunal.

En ese equilibrio imperfecto
quise que la justicia
dejara de ser ciega
para volverse, al menos,
un poco más humana.

 

VI. Los niños que entraron al palacio

Abrí las puertas de un palacio
que olía a veranos antiguos
y a decisiones solemnes,
para que entraran
los mejores alumnos del país:
niños de Pascua, de Arica, de Magallanes,
del cobre, del carbón, del campo.

Los críticos contaron manteles,
calculando almuerzos,
pero no vieron
lo que yo veía:
ojos que por primera vez
se reflejaban en esos espejos,
pasos pequeños sobre alfombras
que nunca habían pisado unos zapatos rotos.

Quise que el poder
tuviera, al menos por unos días,
el ruido de una risa escolar,
una pelota rodando por un jardín,
un cuaderno abierto al sol.

Les dije:
esta casa también es suya,
porque el futuro de Chile
tiene la estatura de sus cuadernos,
no de mis discursos.

Y cada vez que un niño
se despedía del palacio
yo sentía
que una parte de la República
volvía a su lugar verdadero.

 

VII. El pan, la leche y el nombre del dinero

Lo que algunos llamaron programa
para mí eran gestos sencillos:
un solo pan para todos,
sin apellidos de lujo ni de miseria;
un solo tipo de leche,
no primera para el rico
y segunda para el pobre;
medio litro diario
en la mesa del niño
que nunca había contado en litros
su porvenir.

Sabía que para lograrlo
debíamos traer barcos cargados de polvo blanco,
convertirlo en ríos de leche
que corrieran por escuelas y consultorios.
Era caro,
sí,
pero más caro había sido siempre
el hambre silenciosa de los niños.

Defendí el escudo
como se defiende el pan:
no por amor al papel,
sino porque detrás de cada cifra
está el café de la mañana,
el pasaje del bus,
la harina para el horno.

Quise que los sueldos más altos
dejaren de escalar sin límite
mientras el salario mínimo
se arrastraba por el suelo.
Busqué que la familia
se reconociera en una asignación
que no fuera limosna,
sino reconocimiento de su dignidad.

Algunos lo llamaron economía;
yo lo llamé, simplemente,
respeto al plato de cada chileno.

 

VIII. Valparaíso, gobierno en campaña

Mi gobierno en campaña
no era un lema,
era esta decisión de vivir
entre el salitre de los muelles
y la sombra de los ascensores.

Prometí a Valparaíso
devolverle la mirada hacia el mar,
quitarle rejas y barreras,
para que la ciudad
volviera a ver su propia agua.
Pensamos en áreas verdes
donde sólo había cemento,
en un puerto pesquero digno
donde hoy el olor a pobreza
se mezclaba con el de la sardina,
en un acuario, un museo,
en niños caminando sin miedo
por una costanera limpia.

Soñé con un Ministerio del Mar
instalado aquí,
no como un trofeo,
sino como una raíz:
un país largo como una ola
necesita escuchar
lo que su océano le susurra.

Mientras hablaba desde el balcón,
veía los cerros encenderse
como una lenta constelación humana.
En ese instante supe
que no gobernaba solo:
entre los cables eléctricos
que subiríamos a los cerros,
entre las cañerías nuevas,
entre los proyectos y los mapas,
se dibujaba algo más grande que mi figura:
un pueblo intentando
reconocer su propia altura.

 

18.   CANTO A LA TIERRA BLANCA

 

I. Regreso a la pampa

Dije que volvería
cuando sólo era un nombre en las paredes
y un puñado de votos en la esperanza.
Volví,
no como caudillo,
sino como un hombre que trae en la frente
el polvo acumulado de muchas marchas.

La pampa me recibió
con la misma luz hiriente de siempre:
un sol que corta la piel como cuchillo de vidrio,
un viento que entra por todos los poros
y deja sal en las pestañas.

Ustedes ya sabían
del sol que quema la nuca,
del suelo que abrasa la planta del pie,
del frío nocturno que muerde los huesos,
de la camanchaca que se mete en los pulmones
y hace toser al sueño.

Yo sólo vine
a poner palabras
sobre lo que ustedes ya habían aprendido
en carne viva:
que se puede vivir con poco,
pero no se puede vivir sin dignidad.

Cuando pedí tres mil votos
y me devolvieron más que eso,
entendí que la pampa
no firma con tinta
sino con conciencia.
No votaban por un hombre,
sino por la idea
de que nadie más
les volviera a decir
que eran descartables.

Entonces dije:
si la pampa ha sido escuela de sufrimiento,
ahora debe ser escuela de responsabilidad.
Un millón de toneladas de salitre,
tres mil de yodo,
no como cifra fría,
sino como juramento
de que el trabajo de hoy
protege la vida de mañana.

 

II. Historia negra del salitre

Desde este tiempo sin cuerpo
miro hacia atrás
y veo una cuerda larga y oscura
tendida sobre el desierto.

Por ella caminaron empresas
con nombres extranjeros y sonoros,
hombres de levita y pluma fina,
abogados que inflaban activos
como globos de fiesta,
mientras abajo, en la pampa,
las ollas comunes humeaban
con el último resto de esperanza.

Vi pasar siglas y decretos
como trenes cargados de papeles:
sociedades químicas, consejos,
siglas que prometían futuro
y dejaban tras de sí
pérdidas enormes
y ganancias discretas
para los mismos de siempre.

El salitre fue riqueza sin patria:
salió en barcos lustrosos
sin mirar la sombra de los campamentos,
las piezas de calamina,
las manos venosas
que lo arrancaban de la tierra.

Pienso en Balmaceda,
ese otro hombre que pagó con su vida
por decir que el salitre
debía hablar en idioma de Chile.
Pienso en Recabarren
enseñando a leer cifras y dolores
en el pizarrón de la pampa,
mientras el viento se llevaba
los nombres de los caídos.

La historia del salitre
no fue sólo economía:
fue una lección cruel
sobre lo que ocurre
cuando la codicia es más fuerte
que el sentimiento de pertenecer a una tierra.

Desde la posteridad
miro esa cuerda oscura
y me pregunto
cuántas veces un país
debe equivocarse
para aprender a defender
lo que brota de su propio suelo.

 

III. Lo que ahora es realmente nuestro

Un día comprendimos
que, bajo la maraña de deudas,
pagarés, balances y pérdidas,
la empresa ya se había recostado
sobre el hombro del Estado.

El capital foráneo
había recogido sus ganancias
y dejaba al partir
un cuerpo exhausto
que igual había que mantener con vida.
La CORFO era la mano
que pagaba el oxígeno
para esa respiración dificultosa.

En la práctica,
el salitre ya dormía en casa nuestra,
aunque las escrituras
tuvieran todavía
letras extranjeras.
Faltaba ordenar las cuentas,
revisar los compromisos,
negociar con firmeza
para no seguir comprando al pasado
sus propios errores.

Desde ahí dije:
esta empresa,
con sus pérdidas y sus dolores,
es de Chile.
Lo difícil no es declararlo,
lo difícil es asumir
que de ahora en adelante
no hay a quién culpar desde afuera.

Entonces miré a los once mil trabajadores
y les dije, sin rodeos:
sobran manos para la producción actual,
pero no sobra
ni un solo ser humano
que haya dejado su salud en el desierto.
No los trajimos hasta aquí
para arrojarlos al vacío
como escoria industrial.

La única forma
de que cupiéramos todos
era producir más,
elevar el nivel de esfuerzo
hasta el punto
en que la empresa dejara de naufragar
en números rojos.

Así, lo que antes fue un negocio ajeno
se convirtió en espejo:
al mirar la empresa
veíamos nuestro propio país,
con sus deudas y sus posibilidades,
obligado a madurar
en medio de la arena ardiente.

 

IV. Nuevas relaciones en la pampa

También cambiaron las miradas.
Antes, la oficina
era una especie de fortaleza
desde donde bajaban órdenes
escritas en un idioma distinto
al del polvo y la sirena.

Quise que los trabajadores
se sentaran en el directorio,
no como invitados de piedra,
sino como parte
del timón que decide el rumbo.
Quise que los técnicos y empleados
recordaran que sus títulos
no eran coronas,
sino herramientas.

Dije:
ya no se trata
de patrones y subordinados,
ya no se trata
de vigilantes y vigilados.
Se trata de compañeros
con tareas diferentes
y una sola obligación:
servir a Chile desde este pedazo de desierto.

No negué el valor de la preparación,
ni el peso de la experiencia;
sólo dije
que ninguna especialidad
da derecho a vivir en un privilegio
blindado contra la realidad del resto.

Toqué también el tema del salario,
de los sueldos desorbitados,
de los dólares que caían en Santiago
sin que sus dueños
pisaran nunca la pampa.
Puse límites,
propuse techos
para que el esfuerzo colectivo
no se evaporara
en unas pocas cuentas bancarias.

Soñé con técnicos
que eligieran quedarse
no por el monto de su remuneración,
sino por la certeza
de estar construyendo algo limpio,
algo que podrían mostrar a sus hijos
sin bajar la mirada.

 

V. El salitre y el pan de todos

Comprendí, como médico y como hombre,
que el salitre no es sólo una cifra exportable,
sino una forma de multiplicar
el pan de cada día.

Ese polvo blanco
va a caer en tierras
que hoy son mezquinas,
en surcos donde el cereal
se cansa antes de tiempo.
Si lo usamos bien,
la misma superficie de Chile
podrá alimentar a muchos más
de los que somos.

Pensé en los pequeños agricultores,
en los medianos campesinos,
en quienes miran el cielo
contando lluvias y heladas.
Para ellos, el salitre
no es una palabra de economía,
es la posibilidad
de que la cosecha no falle.

Y vi la red oculta:
lo que hace un obrero en la pampa
resuena en el plato
de un niño del valle;
lo que ocurre en el cobre
abre o cierra puertas
para la industria entera;
lo que siembra el campesino
alimenta al minero
que volverá mañana al socavón.

Somos un solo cuerpo
disperso en cordilleras y valles,
en desiertos y archipiélagos.
Cada sector que trabaja
envía pulsos de vida
al resto de la nación.

Por eso dije en Pedro de Valdivia:
su esfuerzo no es sólo
para salvar una empresa en crisis,
es para que un día
Chile no tenga que comprar lejos
lo que su propia tierra
podría darle en abundancia.

 

VI. Sueños para el Norte Grande

Aun ahora,
desde este tiempo sin calendarios,
sigo viendo a la pampa
como un laboratorio de futuro.

No me conformé
con imaginar toneladas y balances.
Pensé en la luz brutal del norte,
esa luz que cansa la vista
pero regala energía a raudales.
Me pregunté cuánta ciencia
cabía en un rayo de sol
que nadie aprovechaba.

Soñé con una industria química pesada,
levantada no sólo para procesar salitre,
sino para dialogar con otros minerales
guardados en estas piedras:
cobre, azufre, litio,
quizás el secreto temblor del uranio.

Imaginé un reactor
no como amenaza
sino como corazón luminoso
que tomara agua del mar
y la convirtiera en río dulce
para la tierra reseca.
Imaginé casas iluminadas
por esa misma fuerza
y máquinas que giraran
al ritmo de una energía nueva.

Más allá de las fronteras trazadas
en mapas polvorientos,
vi la posibilidad
de empresas compartidas con Bolivia,
con Perú,
con los países que comparten
este mismo cordón de montaña y desierto.
No como repartición de migajas,
sino como alianza creadora
fiel al viejo sueño
de una voz continental.

Tal vez era mucho
para un solo periodo de gobierno,
tal vez eran proyectos
que necesitaban décadas y generaciones.
Pero un pueblo sin sueños
se seca más rápido
que cualquier pampa.

Yo sólo quise
que el Norte Grande
dejara de ser un espacio de sacrificio
y se convirtiera en un laboratorio de esperanza,
donde la ciencia, el trabajo
y la memoria de los caídos
se dieran la mano para decir:
esta vez,
el desierto le pertenece de verdad
a los que lo habitan.

 

 

 

 

19.   DESDE MACHALÍ

 

I. Yo, el que habló

Yo estuve allí,
en esa ciudad rodeada de cerros
donde el cobre respira bajo tierra
y el polvo se pega al sudor como un juramento.

Estuve allí,
antes como candidato,
después como Presidente,
y ahora vuelvo desde esta orilla sin tiempo
para preguntarme en silencio
qué significaba realmente
estrechar esas manos agrietadas
y mirar a los ojos a los hijos del mineral.

No era sólo la tribuna,
ni la banda en el pecho,
ni el murmullo de los micrófonos:
era el peso invisible de los que viven de su trabajo,
subiendo por la cuesta de mi voz
como si cada palabra fuera una viga
sosteniendo la casa de todos.

Yo dije que no podía ser el compañero
de quienes se alimentan del engaño,
ni de los que convierten al país
en un tablero de ganancias rápidas,
ni de los que huyen con la sangre ajena
en maletas de cifras y silencio.

Y no lo dije por odio,
sino por fidelidad a los rostros
que vi frente a mí aquel día:
las mujeres que cosían la campaña
en las noches de cansancio,
los mineros que conocían a la muerte
por su nombre y su turno,
los niños que aún no sabían leer
pero ya sabían esperar.

Yo, que fui llamado
“compañero Presidente”,
nunca dejé de ser el estudiante de provincia
que vivió en pensiones pobres
y entendió en las salas de anatomía
que detrás de cada órgano enfermo
había una familia sin pan,
un barrio sin agua,
un país sin destino escrito.

Por eso, al mirar hoy aquella multitud,
se me mezcla la nostalgia con la responsabilidad:
yo era la voz,
pero ellos eran el pulso.
Yo era el cuerpo visible de un cargo,
pero ellos eran la respiración del país
subiendo por la escalera de la historia
con las botas manchadas de tierra y turno.

No hablaba sólo para convencer,
hablaba para aprender de ellos
qué significa, en verdad,
ser digno de un pueblo que te llama
por tu nombre de pila
y te ofrece su confianza
como quien te pone en las manos
el pan de sus hijos.

Hoy, desde esta distancia sin calendarios,
vuelvo a Machalí en mi memoria
y me veo otra vez en la plaza,
rodeado de voces que no callan.
Entiendo que aquel día
yo no inauguraba un gobierno:
inaugurábamos juntos
la posibilidad de mirarnos de frente
y decirnos sin miedo:

“Yo soy de los que viven de su trabajo,
yo soy de los que no venden su conciencia,
yo soy de los que quieren
que este país sea algo más
que un mapa de cuentas ajenas.”

Ese fue mi verdadero juramento,
más allá de los protocolos:
ser el compañero de los que madrugan,
de los que cargan el peso del día,
de los que regresan con las manos vacías
pero el corazón en pie.

Todo lo demás
–las bandas, los discursos, los honores–
era sólo ruido alrededor
de esa sencilla,
terrible
palabra:

responsabilidad.

 

II. Cobre: sangre de un país cansado

Yo conocí al cobre
mucho antes de tocarlo con decretos y firmas.
Lo conocí en las manos de los mineros
que me estrechaban la palma
como si me pasaran un trozo de montaña
escondido en sus grietas.

El cobre no es sólo un metal:
es una forma de latido,
es un río enterrado
que arrastra los días de miles de hombres
hacia la superficie de la economía
y de ahí, a veces,
hacia el olvido.

Mientras el precio subía y bajaba
en las pizarras lejanas,
yo veía otro balance,
no escrito en dólares,
sino en espaldas encorvadas,
en pulmones fatigados,
en ojos que aprendieron a brillar en la oscuridad.

Cada lingote llevaba un pedazo de Chile
en su brillo anaranjado,
y sin embargo, tantas veces,
ese brillo se perdía más allá del mar,
en ciudades que jamás conocerían
la lluvia fina sobre Rancagua,
el polvo de Sewell,
la neblina pesada sobre las faenas.

Cuando hablé de nacionalizar el cobre
no pensaba en una consigna,
pensaba en los rostros que vi en Machalí,
pensaba en las manos que se alzaban
no sólo por un salario,
sino por un sentido.

No quería levantar trincheras de odio,
quería levantar una casa
donde el corazón del país
no latiera fuera de su cuerpo.

La verdadera pregunta no era jurídica
ni diplomática.
La verdadera pregunta era íntima:

¿de quién es el sudor que sostiene este metal?
¿de quién son los sueños
que se gastan en cada turno?
¿en qué paisaje debe quedar
el eco de esos esfuerzos?

Yo sabía que el mundo nos miraría,
que algunos verían en nuestro gesto
un desafío intolerable,
una insolencia de país pequeño
que se atreve a nombrar por su nombre
lo que antes se firmaba en voz baja.

Pero en el fondo,
no se trataba de confrontar a otros,
sino de responder a los que estaban ahí,
en la plaza de Machalí,
con sus familias al lado,
preguntando sin decirlo:

“¿Hasta cuándo nuestro destino
será una cifra ajena?”

Por eso hablé del cobre
como barricada y bandera,
pero dentro de mí
lo veía como otra cosa:
una columna vertebral
que por fin regresaba a su propio cuerpo,
un órgano que volvía
a la anatomía de donde había salido.

Hoy, desde esta orilla sin banderas,
comprendo aún mejor
que lo que buscábamos
no era sólo cambiar de dueño,
sino cambiar de conciencia.

Que el cobre dejara de ser
un tesoro lejano
y se convirtiera en espejo:
que al mirarnos en su brillo
viéramos, por fin,
la imagen de un país
que se pertenece a sí mismo.

No sé si alcanzamos a lograrlo del todo.
La historia es más lenta que los discursos,
más terca que las leyes.
Pero recuerdo el día
en que dije ante los trabajadores:

“Es distinto trabajar para una minoría
que trabajar para Chile.”

Y en sus ojos entendí
que esa frase no era mía,
era una verdad que ellos conocían
desde mucho antes
de que yo subiera a cualquier tribuna.

El cobre era la prueba:
si ese corazón podía volver a su pecho,
quizás este país cansado
podría aprender a sostenerse
sobre sus propias piernas.

 

III. La revolución en la mirada de cada uno

Allí, entre banderas,
casco de mineros
y pañuelos agitados en la tarde,
dije una frase que hoy vuelve a mí
con la simpleza de una oración antigua:

“La revolución empieza en las personas
antes que en las cosas.”

No la inventé yo.
Venía escrita a fuego
en las biografías anónimas
de los que cambiaron de actitud
antes de cambiar de sistema,
en las manos que dejaron de aceptar
lo que siempre les dijeron que era normal,
en los ojos que aprendieron a preguntar
donde antes sólo obedecían.

De poco sirve
nacionalizar el cobre,
repartir mejor los frutos,
dictar leyes más justas,
si en el fondo de cada uno
sigue viviendo el mismo egoísmo
que criticábamos en los otros.

Lo vi también
en aquel cartel de Machalí
que pedía terminar
con la aristocracia obrera.
Era una advertencia silenciosa:
a veces, el privilegio
se viste con ropa de trabajo,
y la vanidad
aprende a hablar en nombre del pueblo.

Por eso hablé a los supervisores,
no como enemigo,
sino como espejo.
Les pedí que miraran
más allá de sus diferencias,
que pensaran en los maestros,
en los campesinos,
en los ancianos que vivían
con pensiones raquíticas,
en los que nunca serían noticia
por una huelga estratégica
o por un reajuste millonario.

La justicia no podía ser
un nuevo traje
para las mismas ambiciones de siempre.
Tenía que ser
un estilo distinto de mirar al otro,
una forma nueva de decir “nosotros”
que incluyera de verdad
a los que siempre quedaron afuera.

Hoy, desde este lugar
donde ya no hay cargos ni campañas,
sigo creyendo lo mismo:
ninguna transformación profunda
se sostiene sólo en decretos.
Necesita
que alguien, en algún punto del país,
decida, en silencio,
renunciar a una ventaja injusta,
compartir un poco más,
callar una mentira,
resistir una tentación cómoda.

La revolución verdadera
no es un relámpago en la historia,
es un trabajo lento
en el subsuelo de la conciencia.

La vi en la mujer
que después del turno
seguía organizando a las vecinas
para que el medio litro de leche
llegara a todos los niños.
La vi en el minero
que, pudiendo abusar de su fuerza,
elegía dialogar.
La vi en el joven
que no quería sólo un cargo,
sino entender el sentido
de lo que estaba haciendo.

A ellos les hablaba
cuando decía esas palabras;
a ellos y a los que vendrían después,
que tal vez nunca habrían oído mis discursos
pero sí sentirían esta pregunta ardiendo
por dentro:

“¿Estoy viviendo
como alguien que ayuda a levantar
un país más humano,
o como alguien que sólo busca
su propio refugio?”

Si hoy tuviera que resumir
toda aquella jornada de Machalí,
no lo haría en cifras ni en acuerdos.
Diría simplemente:

allí comprendimos
que el cobre, las leyes, las reformas,
eran herramientas
en manos de hombres y mujeres concretos,
y que sin una ética nueva
toda conquista externa
podía pudrirse por dentro.

La revolución,
esa palabra tan gastada,
para mí se reducía a esto:

un obrero que no acepta humillar,
un dirigente que se niega a mentir,
un profesional que no vende su lealtad,
un país que aprende a mirarse
sin bajar la cabeza ni levantar el puño,
sino extendiendo la mano
para trabajar más y mejor,
no para unos pocos,
sino para todos.

Esa fue,
esa sigue siendo,
mi fe obstinada
en el ser humano.

Lo demás,
todo lo demás,
fue circunstancia.

 

IV. Los niños que miraban desde los hombros

Yo los vi,
mezclados entre pancartas y cascos,
subidos en los hombros de sus padres
como si el mundo fuera una gradería
hecha de espaldas cansadas.

Los vi en Machalí,
los vi en tantas plazas:
niños con los bolsillos vacíos
y los ojos llenos de preguntas,
niños que no sabían pronunciar
la palabra “inflación”
pero sentían su filo en la mesa de la casa.

Cuando hablé de medio litro de leche
no estaba inaugurando una cifra,
estaba respondiendo
a esos ojos que me seguían desde abajo,
como pequeñas lunas
en la noche de un país desigual.

La humanidad se mide
en la forma en que un pueblo
acerca el pan a las manos más pequeñas,
en cómo protege ese instante
en que un niño se duerme
sabiendo que mañana comerá.

Yo, médico de profesión,
aprendí primero a palpar
el pulso de un cuerpo enfermo,
más tarde, ya en la Moneda,
empecé a palpar el pulso de un país
que también estaba desnutrido por dentro.

Había anemia en la esperanza,
raquitismo en los sueños,
deshidratación de futuro.
Y en medio de todo eso,
los niños seguían jugando en los pasajes,
dibujando con piedras
un horizonte que no conocían.

No quise salvar al mundo,
quise que en este rincón
la infancia pudiera crecer sin sobresaltos,
que la leche no fuera un lujo,
que el juguete no fuera un milagro,
que el estudio no fuera un privilegio secreto.

Por eso los invité al palacio,
por eso quise que el lugar de los banquetes
se llenara de risas desordenadas,
de migas sobre manteles
que habían esperado demasiado
para conocer manos callosas.

No era caridad,
no era espectáculo:
era mi manera de decirle al poder
que debía aprender a convivir
con las huellas pequeñas de los zapatos,
con las manchas de chocolate en la alfombra,
con las preguntas sin protocolo:

“¿Por qué no todos tienen casa?
¿Por qué mi papá trabaja tanto?
¿De verdad eres Presidente?”

Hoy,
cuando esos niños son sombras mayores
que tal vez me recuerdan sólo como una foto,
sigo pensando en ellos
como la razón más alta y más humilde
de todo lo que intentamos.

La historia dirá
si estuvimos a la altura de sus ojos,
si fuimos dignos de esa confianza sin contrato
con que un niño se duerme
después de recibir un vaso de leche caliente.

Yo solo sé
que en cada decisión difícil
oía, en lo hondo,
el murmullo de sus respiraciones mezcladas,
como un coro invisible
dictando la prioridad de las cosas.

 

V. Inflación: la herida que no sale en los retratos

Pocas palabras
son tan áridas
y sin embargo tan crueles
como esa: inflación.

Suena a oficina,
a informe,
a gráfico distante,
pero yo la vi en la vida diaria
como una enfermedad silenciosa
que encoge los bolsillos
y agranda las preocupaciones.

Los precios suben por ascensores,
dije,
mientras los salarios
se arrastran por las escaleras.
No era una metáfora brillante,
era un diagnóstico.

La inflación es injusta
porque golpea primero
al que no tiene cómo defenderse,
al que vive de un salario fijo,
al anciano de pensión mínima,
a la viuda que cuenta monedas en la penumbra,
al empleado que espera reajustes
como quien espera
que cambie el viento en alta mar.

Yo no quise gobernar con palabras huecas
sobre el “mercado”,
quise ponerle rostro
a cada subida de precio:
un pan más pequeño en la mesa,
un remedio postergado,
un cuaderno menos en la mochila.

Por eso hablé
de topes a los sueldos astronómicos,
de límites a las jubilaciones obscenas.
No por espíritu de revancha,
sino por sentido de proporción humana:
no puede ser normal
que alguien gane treinta veces más
que quien sostiene la ciudad sobre sus hombros.

Cuando miraba las cifras,
no veía columnas de números:
veía filas de personas.
Y cada intento por detener la inflación
era mi forma torpe
de decirles que no estaban solos
frente a esa marea que subía cada mes
un poco más arriba en sus costillas.

Sé que muchos
no entendieron del todo
esas batallas silenciosas.
La inflación no tiene monumentos ni himnos,
solo deja marcas pequeñas:
un día en que se puede comprar algo,
otro día en que se deja de poder.

Tal vez mi error
fue creer que bastaba la razón
para persuadir a los privilegiados
de que era necesario ceñir el cinturón,
que el país no podía ser
una sala de banquetes
para unos pocos comensales perpetuos.

Pero incluso hoy,
desde esta distancia sin moneda,
sigo convencido
de que cada punto arrebatado a la inflación
era como arrancarle una astilla
a la cruz cotidiana
del trabajador anónimo.

No todos lo vieron,
no todos lo agradecieron,
no todos lo entendieron,
pero cada vez que firmé
para frenar un abuso,
sentí que mi mano
no sostenía una pluma,
sostenía un hilo frágil
que nos mantenía atados
a una idea sencilla
y descomunal:

nadie debiera empobrecerse
mientras trabaja.

 

 

 

VI. Los viejos de Chile, sentados en el borde del camino

Siempre me dolieron
los ancianos de mi país,
los que habían regalado sus manos
a la fábrica, al campo, a la mina,
y llegaban al final del trayecto
como si el propio país
no supiera qué hacer con ellos.

Vi demasiados ojos
mirando desde la puerta de una mediagua,
esperando una pensión
que apenas daba para el pan y los remedios,
vi demasiadas historias completas
resumidas en una libreta de previsión
y en una cifra humillante.

Ellos no salían en las fotografías de campaña,
no encabezaban marchas,
no tomaban la palabra
en los grandes congresos sindicales,
pero eran la raíz callada
de todo lo que reclamábamos.

Cuando hablamos de subir pensiones pequeñas,
de reajustarlas por encima del costo de la vida,
no estábamos corrigiendo tablas,
estábamos pidiendo perdón,
aunque fuera tarde,
a una generación entera
a la que el país había usado
como se usa una herramienta vieja.

Para mí,
el anciano que al final de su vida
debe extender la mano como mendigo
es la prueba más clara
de un fracaso colectivo.
No hablo de mis gobiernos ni de otros,
hablo de una línea larga y torcida
que se pierde en el pasado,
donde el trabajo se consideró
un gasto reemplazable
y no una vida irrepetible.

Si alguna vez soñé
con una patria más justa,
fue pensando también en ellos,
para que la última estación
no fuera una banca fría en la plaza
o una pieza de pensión compartida
con el silencio y el abandono.

Quise que las pensiones
no fueran limosna,
sino salario diferido de un país agradecido,
un modo de decir:

“Tu vida no fue en vano,
tu esfuerzo no se perdió en la arena,
tu vejez no será un castigo.”

No alcanzamos a tanto, lo sé,
el tiempo fue breve
y las fuerzas desiguales.
Pero guardo como un tesoro
cada decreto que permitió
que un viejo comprara un remedio más,
que una viuda pudiera
encender una estufa en invierno.

No son gestas épicas,
no llenan titulares,
pero en ese nivel de las cosas pequeñas
es donde se mide
la estatura moral de un país.

Y yo,
que vi esos rostros surcados
por arrugas de esfuerzo,
hubiera querido
que la historia les tendiera
un asiento más digno
en la mesa de la vida.

 

VII. El peso de un nombre

Cuando me llamaron
“Compañero Presidente”
no sentí un título,
sentí una interpelación.

“Compañero”
no es adorno,
es una palabra que compromete:
te coloca al lado,
no por encima.
Te obliga a compartir
la intemperie del otro,
no sólo a administrarla desde lejos.

“Presidente”
es otra cosa:
es la suma de instituciones,
la firma al pie de los decretos,
el rostro visible de decisiones invisibles.

Llevar esas dos palabras juntas
era como caminar
con dos pesos distintos en los hombros:
la cercanía y la responsabilidad,
el afecto y la ley,
la confianza y el límite.

No podía ser
compañero de todos, lo dije,
porque hay vidas
que se han construido
sobre la negación sistemática de los demás,
pero sí tenía el deber
de ser Presidente
de todos los ciudadanos,
aun de aquellos
que detestaban mi nombre.

Esa tensión
me acompañó siempre:
la plaza que me abrazaba
y el país entero que me examinaba.
Cada vez que estrechaba la mano
de un obrero del cobre,
sabía que no bastaba
con compartir sus penas,
tenía que organizar soluciones.

Ser “compañero”
sin caer en el favoritismo;
ser “Presidente”
sin esconderse en la frialdad del cargo:
ese fue, en lo hondo,
mi combate más silencioso.

A veces erré,
otras veces acerté,
pero jamás olvidé
el tono en que me decían
“compañero”,
con esa familiaridad exigente
que no perdona la traición
ni la indiferencia.

Desde aquí,
donde ya no hay cargos ni apelativos,
comprendo que ese doble nombre
era una especie de oración laica,
una súplica resumen:

“Que el poder no te separe de nosotros,
que la cercanía no te haga olvidar
la ley que nos protege a todos.”

Si alguna vez la historia
quiere conservar algo de mí,
que sea ese intento torpe
pero honesto
de sostener ambas palabras
sin que se devoraran entre sí.

Porque, al final,
todo se reduce a esto:

estar a la altura
de la confianza de un pueblo
que te llama por tu nombre
y a la vez te entrega,
sin recibo,
el cuidado de su destino.

 

 

 

VIII. Trabajar más, producir mejor: la antigua verdad

Se dijo muchas veces
que yo sólo hablaba de repartir,
de distribuir lo que existía,
como si el país fuera una torta fija
donde cada quien peleaba por su porción.

Pero en el fondo
siempre repetí una verdad sencilla,
más vieja que cualquier ideología:

los pueblos sólo progresan
trabajando más
y produciendo mejor.

No trabajo ciego,
no producción para la gloria de unos pocos,
no esfuerzo convertido en cadena,
sino trabajo con sentido,
producción orientada
a la dignidad y no al derroche.

Cuando le pedí a los mineros
que elevaran la producción,
cuando hablé del millón de toneladas
en el salitre,
no estaba exigiendo sacrificios vacíos;
estaba invitándolos
a ser protagonistas de su propio destino.

Es distinto
levantarse de madrugada
sabiendo que tu esfuerzo
ensancha las ganancias de otro,
a levantarte sabiendo
que ese mismo esfuerzo
abre escuelas, levanta casas,
compra máquinas,
llena de leche los vasos de los niños.

Mi obsesión
no era que el país
trabajara hasta el agotamiento,
sino que el esfuerzo de cada uno
no se perdiera en drenajes ocultos.

Trabajar más,
sí,
pero con la certeza
de que las manos callosas
tendrían algo que decir
en el reparto de los frutos.

Producir mejor,
sí,
pero no para engordar estadísticas
mientras se adelgazan las personas.

Yo, que vi de cerca
el rostro del obrero extenuado,
no podía pedirle
que sudara una gota más
si no le ofrecíamos
otro destino para su sudor.

Por eso nacionalizar,
por eso planificar,
por eso discutir salarios y precios,
no era una fijación económica,
era una forma de reconciliar
el sentido del trabajo
con la justicia de sus frutos.

Hoy, desde esta distancia
donde ya no firmo decretos,
sigo convencido
de que no hay milagro posible
sin la paciencia diaria del trabajo,
sin la obstinación
de quienes se levantan cada día
a empujar el país
unos centímetros más adelante.

Las ideas pueden abrir caminos,
pero son las manos
las que los hacen transitables.

Y yo quise,
con todas mis torpezas,
que esas manos supieran
que no trabajaban para un amo,
sino para un nosotros
todavía en construcción.

 

IX. La patria como conciencia, no como consigna

Muchos pronunciaron
la palabra “patria”
antes y después de mí.
Se la ha levantado
como bandera de combate,
como muro,
como arma arrojadiza.

Yo la aprendí
de otra manera,
en las salas de hospital
donde un campesino
y un empleado
respiraban el mismo aire pesado,
en las escuelas donde un niño
llegaba sin desayuno,
en las poblaciones
donde la lluvia
entraba por los techos de lata.

La patria no era un himno,
era el conjunto de esas vidas,
era la suma de dolores
y de pequeñas alegrías frecuentes
que nadie registraba.

Cuando hablé en Machalí
de un Chile independiente,
soberano,
no pensaba en un mapa orgulloso
frente al mundo,
pensaba en un país
que pudiera mirarse al espejo
sin vergüenza,
sin la sensación
de estar siempre pidiendo permiso
para existir.

La patria era, para mí,
la dignidad en la cabeza
de cada trabajador,
la tranquilidad en los ojos
de cada madre,
la calma en el corazón
de cada anciano
que se sentaba al sol.

No quise monopolizar esa palabra,
ni cargarla de uniformes,
ni vaciarla de contenido.
Quise devolverla
a su origen sencillo:

la tierra donde el hombre
puede vivir sin humillarse.

Si alguna vez
levanté la voz con fuerza,
no fue para dividir,
sino para recordarnos
que sin un mínimo de justicia
la patria se deshace
en trozos de propiedad privada,
en cuentas bancarias,
en discursos huecos.

Patria,
para mí,
fue siempre
un rostro humano concreto
que me miraba desde la multitud
y parecía preguntar:

“¿De verdad me estás incluyendo
cuando pronuncias esa palabra?”

Toda mi vida
fue un intento de responder
que sí,
que era por ellos
por quienes yo la nombraba.

Y aunque la historia
sea áspera en su juicio,
aunque el ruido de las balas
haya querido imponer
otra definición de ese nombre,
yo sigo creyendo
que la patria verdadera
no se grita:
se construye,
día a día,
en la conciencia
de quienes eligen
no aprovecharse del otro
cuando podrían hacerlo.

Esa patria silenciosa,
hecha de decisiones íntimas,
es la única
que no puede ser derrocada.

 

20.ROMPER LA CORTINA DE LA SOMBRA

 

I. Camilo en la primera luz

Desde esta orilla del tiempo
vuelvo a ver al fraile de la Buena Muerte
inclinado sobre una mesa pobre,
una vela luchando contra la sombra,
y una hoja blanca temblando
como si fuera la primera mañana de un país.

No era sólo tinta.
Era el pulso de un hombre
que había leído en silencio
lo que otros prohibían en voz alta,
y decidió que la verdad
no podía seguir encerrada en las sacristías del miedo.

Lo imagino perseguido,
con su nombre anotado en cuadernos ajenos,
sus pasos contados por ojos invisibles,
y sin embargo, escribiendo.
Escribiendo contra la noche,
escribiendo contra la costumbre,
escribiendo contra la obediencia sin conciencia.

“Comencemos declarando nuestra independencia”,
decía su mano sobre el papel,
pero yo sé que antes de nombrar la patria
declaraba la independencia interior,
esa que ningún decreto firma,
esa que nace cuando un hombre decide
que no se vende,
que no se inclina,
que no cambia su conciencia
por un lugar a la sombra del poder.

La Aurora no fue sólo un diario:
fue una puerta abierta en la muralla del silencio,
fue un vaso de agua en la boca reseca de un pueblo,
fue una ventana que se atrevió
a dejar entrar el aire del mundo.

Hoy, desde esta altura de años y derrotas,
le hablo a ese fraile que ya es polvo y memoria:
tu hoja de cuatro páginas
era más grande que todos los palacios,
porque en ella cabía lo que aún no existía,
el país que todavía era promesa,
la dignidad que todavía era deseo.

Yo también quise escribir,
no con sotana,
sino con el cuerpo entero expuesto
a las piedras del camino.
Quise que mi palabra fuera heredera de la tuya:
no un adorno de ceremonia,
sino una lámpara
en la mano callosa de la gente.

 

II. La casa donde el libro no tiene llave

A veces cierro los ojos
y veo una casa larga
hecha de papel y silencio,
donde los muros son estanterías
y las puertas se abren
con la misma sencillez con que se parte el pan.

Soñé con esa casa muchas veces
antes de poder nombrarla.
Una casa sin conserjes del espíritu,
sin guardianes de la letra,
donde ningún niño se quede afuera
mirando por la rendija
un mundo que no puede tocar.

No se trataba de poner un sello en las cubiertas,
ni de cambiar un propietario por otro;
se trataba de romper el hábito antiguo
que decía que el pensamiento
es propiedad de unos pocos
y los muchos sólo pueden recibir
la migaja de lo que no incomoda.

Vi en el rostro de los artistas
la prueba de que un país existe
cuando reconoce su propia música,
cuando sus danzas no son un espectáculo de vitrina,
sino un espejo donde el pueblo se reconoce.
En una cantora que recoge tonadas antiguas
vi la continuidad de una memoria
que nadie había escrito en los libros
pero vibraba en la garganta del pueblo.

Quise que el libro bajara del pedestal
y se sentara en la mesa humilde,
junto a la sopa rala
y al pan partido en silencio.
Quise que el pensamiento
dejara de hablar en voz prestada
y volviera a pronunciarse
con la dicción de esta tierra larga.

Por eso imaginé una editorial
no como una fábrica de mercancías,
sino como una panadería del espíritu:
cada página, un pedazo de pan caliente;
cada poema, un sorbo de agua pura;
cada historia, una ventana abierta
en la pieza estrecha del que nunca viajó.

Desde aquí, donde ya no necesito libros,
sigo creyendo lo mismo:
una nación sin cultura compartida
es un cuerpo sin memoria,
un rostro sin mirada.
El libro que circula
como el aire y la lluvia
no es un lujo:
es la manera más sencilla
que tiene un pueblo
de recordarse humano.

III. Trabajadores de la palabra

He conocido muchas profesiones,
pero pocas soledades como la del que escribe
sobre una página destinada a ser leída por todos
y revisada por tantos ojos
que nunca sabrán su nombre.

Vi a hombres perseguidos
no por empuñar un fusil,
sino por empuñar una pluma.
Vi cárceles abiertas
no para encerrar al ladrón de monedas
sino al que denunciaba el robo de la dignidad.

Recuerdo a quienes pagaron con su cuerpo
el simple acto de escribir lo que vieron:
la sangre derramada en una plaza,
el maestro asesinado en una escuela,
la mentira repetida hasta volverse costumbre.
Ellos sabían que una frase honesta
podía abrir más grietas en el muro
que un golpe ciego de piedra.

Pienso en el que vivió pasando de cárcel en cárcel,
con la palabra libertad clavada en la frente,
como una cicatriz que no cesa.
Era periodista y era algo más:
un obrero de la conciencia,
alguien que entendió
que la patria no es un discurso
sino un hogar que debe caber
en el plato del que nada tiene.

Muchos de ellos murieron sin monumentos,
pero en cada línea que dejaron
hay una lámpara encendida para los que vienen.
Cuando un ser humano acepta la prisión
antes que traicionarse por dentro,
cuando una mujer o un hombre
pierden su trabajo por no callar,
yo sé que allí está el verdadero oficio
de los trabajadores de la palabra.

Desde esta distancia que ya no mide calendarios,
los veo en las redacciones nocturnas,
oliendo a tinta y café frío,
discutiendo un titular como si fuera
la cuerda floja de la historia.
No imagino mejor heroísmo para un tiempo gris
que firmar una nota sabiendo
que al día siguiente
podría abrirse ante ti la puerta del destierro.

Yo los llamé trabajadores de la inteligencia
porque su herramienta no era el músculo,
sino la lucidez,
esa fuerza frágil y poderosa
que decide no pasar de largo ante el dolor ajeno.
Mientras exista alguien dispuesto
a perder su tranquilidad
por decir una verdad incómoda,
el oficio de la humanidad
seguirá teniendo futuro.

 

IV. Operación verdad en mi propia conciencia

Se habló de cortinas de mentiras,
de redes invisibles que cubrían a un país
con un tejido de sospechas y de sombras.
Yo las sentí como una venda sobre los ojos
de la gente sencilla
que sólo quería entender qué estaba pasando.

Desde entonces, para mí
la verdad dejó de ser una palabra abstracta
y se volvió una tarea,
casi una cirugía delicada
sobre el cuerpo herido de la realidad.

No pedí voces que repitieran mi voz,
ni manos que aplaudieran por costumbre;
pedí ojos capaces de mirar
donde otros volvían el rostro,
y manos que escribieran
lo que otros borraban con cuidado.

La operación verdad
no era un grito contra un enemigo
sino un llamado interior:
¿somos capaces, cada uno,
de no agrandar los hechos
ni empequeñecerlos,
de no vestir la realidad
con el traje de nuestro interés?

Sé que nadie escribe desde la neutralidad absoluta;
cada corazón tiene su latido y su historia.
Pero también sé
que existe una ética sencilla y profunda:
no inventar el dolor que no existe,
no ocultar el que nos incomoda,
no llamar luz a la sombra
ni bautizar con nombres hermosos
lo que humilla al ser humano.

Desde esta altura de tiempo consumido,
mi operación verdad es más íntima:
revisar una y otra vez
si mi palabra sirvió para liberar
o para cargar de peso a los demás.
Preguntarme si no me cegó también,
a veces, la pasión que arde
cuando uno cree tener la razón.

Hablar de verdad es hablar de humildad:
reconocer el error,
aceptar la crítica,
no vestirse de infalible.
Quien no se equivoca
es quien nunca arriesga nada,
y yo arriesgué
porque confiaba en la capacidad moral de mi pueblo
para distinguir la mentira de la dignidad.

Hoy, desde este lugar
donde ya no se publican desmentidos,
sigo creyendo que vale la pena
intentar romper la cortina de mentiras,
aunque sólo se abra una rendija,
aunque apenas entre un hilo de luz.
Por esa rendija puede asomarse
el mañana de los que aún no nacen.

 

 

 

V. El derecho a preguntar y a disentir

Fui un hombre probado
por muchas preguntas.
Micrófonos, cuadernos, grabadoras
se acercaron a mi rostro
como si quisieran abrir una caja sellada.

Nunca quise ser dueño de las respuestas,
pero me pareció justo
que cada periodista pudiera preguntar
sin temor a la puerta cerrada,
al silencio humillante,
a la venganza envuelta
en formas educadas.

Sentí que la auténtica libertad
no se demuestra proclamándola,
sino soportando la pregunta incómoda,
el cuestionamiento insistente,
la crítica que nos duele
porque toca un punto ciego.

Yo mismo, muchas noches,
releí palabras mías y ajenas
buscando el error,
la frase injusta,
el juicio apresurado.
La dignidad de un gobernante,
pensaba,
no está en no equivocarse,
sino en ser capaz de escucharse
con la misma severidad
con que escucha al adversario.

Desde esta posteridad sin tribunas
veo con mayor claridad
que el derecho a disentir
es uno de los pocos tesoros
que hacen respirable la vida en sociedad.
Un país donde nadie se atreve a decir “no”
es un cuarto sin ventanas.
Un país donde nadie escucha ese “no”
es un cuarto sin puertas.

Yo quise que la prensa
fuera espejo y también martillo:
espejo para reflejar lo que somos
sin maquillajes aduladores,
martillo para golpear
las estructuras que degradan al ser humano.

Acepté la crítica
como quien acepta la lluvia:
a veces molesta,
a veces lava,
a veces nos descubre desnudos
bajo el traje del cargo.
Pero siempre preferible
a la sequía de la adulación.

Si algo deseo dejar
en la conciencia de quienes trabajan con la palabra,
es esta certeza sencilla:
no hay oficio más noble
que ayudar a un pueblo
a pensar por sí mismo.

 

VI. Dignidad: la patria en el rostro del hombre

He hablado de diarios,
de frailes, de poetas, de obreros de la tinta,
pero en el fondo
siempre quise hablar de una sola cosa:
la dignidad.

No esa dignidad de mármol
que se cuelga en los retratos oficiales,
sino la que se reconoce
en la mirada de quien no tiene nada
y sin embargo se niega
a vender lo poco que le queda:
su conciencia,
su palabra,
su esperanza.

Comprendí con los años
que no hay independencia verdadera
si un pueblo vive mendigando su pan
y su voz.
Que no existe libertad
si la mitad de la humanidad
trabaja sólo para sostener el privilegio de unos pocos.
Que una bandera
no se honra únicamente en las plazas,
sino en la manera
en que un país trata a sus hijos más débiles.

Por eso hablé tantas veces
del desarrollo integral de la persona humana.
No utilizo esa frase
como consigna de laboratorio;
la pronuncio ahora
como quien recuerda un deseo incumplido.
Quería que cada niño,
cada anciano,
cada mujer y cada hombre
conocieran la posibilidad
de ser dueños de su destino,
no fichas movidas
por manos invisibles.

Cuando miraba a los periodistas,
veía en ellos
una pieza esencial de este anhelo:
sin la palabra honesta
no hay dignidad posible,
porque la mentira reiterada
termina por enfermar el alma colectiva.

Si hoy pudiera susurrar algo
al oído de quienes escriben,
sería esto:
no olviden nunca
que cada línea publicada
cae como lluvia
sobre la conciencia del pueblo.
Puede ser agua que limpia,
o ácido que corroe.
Puede levantar un poco más
la frente de un país
o invitarlo a acostumbrarse
a vivir agachado.

Yo quise un país
donde la dignidad individual
se tejiera con la dignidad de todos
como hilos de una misma manta.
Un país en que nadie fuera sobrado
ni sobrante,
donde cada cual,
desde su oficio,
pudiera decir sin vergüenza:
“Soy parte de esta obra incompleta
que llamamos humanidad”.

Desde la posteridad que habito,
sin honores ni cargos,
sigo creyendo que la tarea es la misma:
defender al ser humano
de todo lo que lo humilla,
de todo lo que lo reduce,
de todo lo que pretende
convertirlo en cosa.

Y sé que mientras exista
aunque sea un puñado de hombres y mujeres
dispuestos a decir la verdad,
a compartir la cultura,
a arriesgar su tranquilidad
por la dignidad de otros,
la historia seguirá teniendo
un horizonte que merezca ese nombre.

 

21.    VALPARAISO EN MI CONCIENCIA

 

I. Los trabajadores en la entraña del país

Desde esta distancia sin relojes
vuelvo a mirarme en aquella plaza
donde hablé a los que llevan en las manos
el peso verdadero del destino.

Comprendí entonces,
más hondo que en ningún libro,
que un país no se gobierna
desde un escritorio solitario,
sino desde la respiración conjunta
de quienes doblan la espalda
sobre la madera, la máquina, el metal.

Quise que el trabajador
dejara de ser espectador de su propia historia,
que ya no golpeara puertas
sólo para pedir,
sino que se sentara en la misma mesa
donde se decide el rumbo de la empresa,
donde se traza el mapa silencioso
del pan de mañana.

No soñaba con súbditos agradecidos,
sino con hombres y mujeres
que se supieran responsables
de lo que producen sus manos,
de la justicia de su salario,
del sentido humano del esfuerzo compartido.

Desde aquí,
mirando hacia atrás como quien mira una cicatriz,
sigo creyendo que la dignidad
comienza cuando un trabajador
deja de verse a sí mismo como una pieza anónima
y se reconoce como parte de la conciencia
que dirige el motor del país.

Quise que la palabra “participar”
no fuera una promesa hueca,
sino una silla real en el lugar de las decisiones,
una voz que no pudiera ser llamada
sólo cuando hay que apretar más el ritmo,
sino también cuando se decide
para qué y para quién se trabaja.

En esas plazas abiertas
yo no hablaba sólo de leyes:
hablaba de la necesidad profunda
de que cada obrero, cada empleado,
cada campesino y técnico,
pudieran mirarse al espejo
y decir sin temblar:
formo parte del timón,
no sólo del esfuerzo.

 

 

 

II. Enfermedades del pan, valentía del trabajo

He visto,
como médico y como hombre de mi pueblo,
cómo una enfermedad invisible
corroe la mesa de los humildes:
precios que suben
como fiebre en la noche,
salarios que se quedan
amarrados al pasado,
angustia que entra en la casa
como un huésped sin rostro.

Aprendí que la economía
no es un tablero de cifras,
sino el cuerpo vivo de la gente:
una pensión que no alcanza,
un salario mínimo que no llega al final del mes,
un viejo que extiende la mano
y siente vergüenza de agradecer.

Recuerdo esos rostros cansados
que se acercaban a decirme:
“gracias, compañero,
nuestra pequeña pensión
ha crecido un poco”.
Y yo sentía que no se trataba
de números en una ley,
sino de un plato más en la mesa,
de una noche menos de frío,
de un suspiro menos de humillación.

Vi también el heroísmo silencioso
del que acepta trabajar más
cuando sabe que el país lo necesita,
no por obediencia ciega,
sino por amor a una tierra
que quiere dejar distinta a sus hijos.

La inflación, la cesantía,
eran palabras repetidas en los periódicos,
pero para mí eran otra cosa:
un pan que se estrecha,
una mirada que baja,
un padre que se va lejos
porque cerca no hay trabajo.

Por eso hablé de esfuerzo y sacrificio,
no como sacrificio de unos pocos
para comodidad de otros,
sino como tarea compartida
en la que todos,
en la medida de lo justo,
lleváramos algo sobre los hombros.

Desde esta altura donde ya no manejo cifras,
comprendo mejor que nunca
que la verdadera economía humana
no se mide en balances,
sino en la cantidad de esperanza
que cabe en una familia
cuando oye decir:
“tu esfuerzo cuenta,
tu trabajo vale,
tu vejez no será olvido”.

 

III. La casa que aún no se construye

Hablé tantas veces de fábricas y puertos,
de planes y caminos,
pero en el fondo
pensaba en algo más pequeño y sagrado:
una mesa sencilla,
cuatro platos,
un techo sin goteras,
un lugar donde los hijos
no aprendan primero a tener miedo.

La familia,
me repetía por dentro,
no es una palabra para discursos,
es un pan que se reparte,
una cama donde no duermen cinco en la misma esquina,
un cuarto que no se llena
de gritos ahogados y puertas cerradas.

No hay familia
donde el hambre muerde todas las noches,
donde la promiscuidad aplasta el pudor,
donde el padre debe marcharse lejos
porque aquí no hay trabajo para sus manos,
donde la madre enfrenta sola
la enfermedad y la desesperanza.

Quise proteger ese pequeño núcleo
de donde nace la sociedad entera:
la mujer que reclama su dignidad completa,
el niño que no tiene apellido reconocido,
la adolescente que cae en la calle
porque nadie la sostuvo a tiempo,
el anciano que se queda
como mueble sobrante en una pieza fría.

Soñé con un país
donde la ley no fuera una barrera
contra la plenitud de la mujer,
donde todos los hijos
tuvieran el mismo valor ante la justicia,
donde los barrios se organizaran
para cuidar juntos a sus criaturas,
donde el amor no tuviera que esconderse
detrás de la miseria.

Desde esta posteridad sin ruidos,
mi corazón vuelve, una y otra vez,
a esas familias inexistentes
que quise ayudar a nacer:
hogares que todavía son promesa,
mesas que algún día
podrán sostener no sólo comida,
sino también libros,
risa,
y el silencioso orgullo
de saberse parte del país,
no restos olvidados en su periferia.

 

IV. Valparaíso, rostro que despierta

Valparaíso
no era para mí sólo un puerto,
era un rostro querido
que había quedado inmóvil demasiado tiempo.

Vi sus cerros cansados,
sus aguas buscando la ciudad
detrás de muelles viejos,
sus calles estrechas
donde la pobreza aprendió a mirar al mar
como si mirara un futuro
que nunca llegaba del todo.

Pensé entonces
que un país también se conoce
por el modo en que trata a sus ciudades,
por si las condena al estancamiento
o las invita a renacer.

Quise cambiar el alma y la cara
de este puerto obstinado.
No sólo levantar edificios
ni trazar rutas luminosas,
sino abrirle ventanas al mar,
llevar trabajo donde había espera,
agua donde había resignación,
música y escuela
donde el silencio había puesto su oficina.

En cada plan,
en cada cifra que hoy suena lejana,
había un gesto de amor:
más viviendas para que la noche
no siguiera cayendo en piezas de lata,
más hospitales para que la enfermedad
no encontrara siempre la misma puerta cerrada,
más aulas
para que los niños de los cerros
no fueran sólo espectadores
del brillo ajeno.

Yo mismo había nacido
a la vida política en estas pendientes,
y cuando hablaba de cambiar su destino
sentía que intentaba pagar una deuda:
la de aquel joven que aprendió en los balcones
que la historia no es un libro ajeno,
sino una calle donde se decide
si el puerto será arrabal del mundo
o corazón consciente de una patria.

Desde donde estoy ahora
veo Valparaíso como entonces:
un anfiteatro de casas mirándolo todo.
Ojalá alguna de esas miradas
reconozca que aquel plan,
más allá del éxito o del fracaso,
fue un acto de fe
en que una ciudad puede levantarse
cuando sus hijos se deciden
a cambiar no sólo sus fachadas,
sino la dignidad de quienes la habitan.

 

V. Chile frente al mar interminable

Siempre supe
que el destino de mi país
no estaba sólo en sus montañas
ni en la larga columna de su tierra,
sino en esa otra columna
de agua y horizonte
que nos acompaña como un espejo inquieto.

El mar fue primero
el camino de los antiguos,
las naves de madera golpeadas por el viento,
los hombres del sur
que conocieron todas las tormentas
sin ser nombrados en los libros.

Luego fue olvido:
otros barcos llegaron a nuestras costas
mientras nosotros mirábamos hacia adentro,
como si el océano fuera
un cuadro puesto en la pared
y no una puerta abierta
a las riquezas y al encuentro.

Quise que Chile
volviera a mirarse en ese espejo salado,
no como dueño arrogante,
sino como hijo que reconoce
la herencia que tiene pendiente.

Pensaba en pescadores
que madrugan sobre olas negras,
en marineros que conocen
el idioma secreto del viento,
en puertos que podrían ser
más que lugares de paso,
convertirse en manos extendidas
hacia otros pueblos.

Por eso soñé
con una conciencia del mar
tan profunda como nuestra cordillera:
no sólo barcos de guerra
ni rutas de comercio,
sino alimento para los niños,
trabajo para las caletas olvidadas,
ciencia que estudie esa inmensidad
como quien escucha
una voz antigua y sabia.

Desde esta lejanía
donde ya no escucho gaviotas
ni sirenas de puerto,
sigo creyendo
que el mar es una promesa inconclusa,
un libro que apenas empezamos a leer.
Quise dejar, al menos,
la señal encendida:
este país largo
no puede darle la espalda
a la mitad azul de su destino.

 

VI. Responsabilidad compartida

En aquellos días comprendí
que el poder que no se comparte
se convierte en sombra.
Un país no puede ser
un centro que ordena
y una periferia que obedece en silencio.

Soñé con regiones
que dejaran de ser destinatarias pasivas
para convertirse en sujetos de su propio diseño:
intendentes que no fueran meros emisarios,
funcionarios que miraran más allá
de su oficina estrecha,
trabajadores y campesinos
que dijeran su palabra
en el dibujo del mañana.

Quise que nos viéramos
como miembros de un mismo cuerpo:
quien administra,
quien produce,
quien enseña,
quien siembra.
Cada uno responsable
no sólo de su tarea inmediata,
sino del equilibrio frágil
que sostiene la vida colectiva.

Por eso pensé en consejos,
en mesas amplias
donde pudieran sentarse
las diversas voces de una región:
obreros, técnicos,
pequeños empresarios,
autoridades electas.
No como adorno democrático,
sino como un ensayo
de la responsabilidad compartida
que anhelaba para todo Chile.

Desde esta quietud definitiva
sigo convencido
de que el verdadero desarrollo
no baja como decreto,
se construye como conversación ardua
entre quienes están dispuestos
a pensar más allá de su interés cercano.

Quise que cada cual
dejara de preguntar solamente
“¿qué harán por mí?”
y se atreviera a decir
“¿qué haré yo, junto a otros,
por este trozo de tierra
que llamamos hogar?”.

 

VII. País pequeño, dignidad abierta

Recuerdo la emoción
de despedirme de Valparaíso
sabiendo que mi palabra
quedaba mezclada con la suya,
con su viento cargado de sal
y su fervor de anfiteatro humano.

Yo sabía que Chile
era un país pequeño
en las cifras del mundo,
pero grande en esa dignidad
que no se vende ni se alquila.

Por eso quise
que quienes venían de lejos
nos conocieran tal como éramos:
con nuestras diferencias a la vista,
con una prensa que discute y critica,
con gente que vive a su manera
sin temor a ser perseguida por pensar.

Invitar barcos de otros pueblos
no era un gesto de sumisión,
era un acto de confianza:
miren, esto somos,
un país que intenta, con tropiezos,
construir una vida más justa,
una patria donde cada hombre y mujer
pueda andar sin agachar la frente.

Quise un Chile sin fronteras en el alma,
capaz de recibir al extranjero
con hospitalidad limpia,
pero también capaz de decir
que su rumbo lo decide él mismo,
desde su historia y su conciencia.

Cuando pensaba en Valparaíso,
veía en sus calles inclinadas
un símbolo de todo esto:
un puerto que abre los brazos al mundo,
sin dejar de ser fiel a sí mismo,
un lugar donde convergen
los acentos de muchas tierras
y el corazón sigue siendo porteño.

Hoy, desde esta orilla de silencio,
sigo creyendo en ese país:
modesto en su tamaño,
inmenso en su deseo
de que nadie sea humillado,
de que la democracia
no sea palabra ceremonial
sino forma cotidiana de respeto.

A los que aún luchan y trabajan,
les diría solamente esto:
el futuro se construye
con la misma mezcla
de ternura y coraje
con que el pueblo de este puerto
llenó aquellas plazas.
No lo olviden.
El tamaño de Chile
no se mide en kilómetros,
sino en la altura moral
de sus hombres y mujeres
cuando deciden
caminar con dignidad.

 

 

22.   PAÍS PEQUEÑO, DIGNIDAD GRANDE

 

I. País pequeño, medida grande

Desde esta altura sin mapas
me vuelvo a mirar
como Presidente de un país
que cabía entero
en la palma del océano.

Entonces ya sabía
que la grandeza de un pueblo
no se cuenta en fábricas encendidas
ni en columnas de acero,
ni en torres de vidrio
que rasguen el cielo.

La verdadera medida
está en la frente de su gente,
en la forma en que soporta la injusticia
sin dejar de buscar justicia,
en la manera en que defiende
su derecho a ser distinto
sin odiar al que no se le parece.

Yo hablaba
como quien levanta una piedra
para mostrar las raíces de la hierba:
no quise fingir que éramos gigantes,
quise decir que, aun pequeños,
teníamos el mismo derecho
a decidir nuestro destino,
a nombrar nuestro propio miedo,
a escribir con mano propia
las páginas de nuestra historia.

Hoy, desde la posteridad,
sigo creyendo que el tamaño
de un país auténtico
se mide en el espacio
que deja a la dignidad del hombre,
en la amplitud de su conciencia
para no aceptar
que lo traten como menor de edad
en la mesa del mundo.

 

II. La balanza inclinada

En mis manos de médico
siempre pesó la idea de equilibrio:
el cuerpo enfermo que se inclina,
el pulso que no encuentra su centro.

Cuando miré al continente
vi otra enfermedad antigua:
la balanza que se inclina
siempre hacia el mismo lado,
el peso desmesurado
de un poder que se acostumbra
a llamar “normal”
a su propio privilegio.

No eran sólo tratados y siglas,
era el cansancio de los pueblos
que entregaban más de lo que recibían,
que veían salir de sus tierras
el fruto de su trabajo
envuelto en banderas ajenas.

Había una brecha
que no se medía sólo en dinero,
sino en conocimiento,
en ciencia y en futuro;
una distancia que crecía
como un río desbordado
entre quienes deciden
y quienes sólo acatan.

Yo quise, desde mi sitio,
nombrar esa desigualdad
sin rencor,
sin gritar palabras vacías.
Quise decir simplemente:
no hay verdadera comunidad
donde uno manda
y el resto aprende a asentir,
donde la ayuda se vuelve cadena,
donde la cooperación
camina disimulando
la huella de la dependencia.

Desde aquí miro esa balanza
y repito en silencio:
la justicia entre los pueblos
no es un gesto de caridad,
es la condición mínima
para que la palabra “hermandad”
no sea una decoradora de discursos,
sino un pan compartido
sin humillación.

 

III. Rostro de continente

Cuando pronuncié el nombre
de otras naciones hermanas,
no lo hice como quien recita
una lista de invitados;
yo presentía
que América Latina
tenía un solo rostro múltiple,
como un espejo quebrado
que guarda, en cada fragmento,
la misma mirada.

Vi que nuestras manos
eran parecidas:
callos de campesino,
tinta de maestro pobre,
sudor de obrero portuario,
mirada alerta de estudiante
que no quiere heredar
el miedo de sus padres.

Supe entonces
que la unidad no era una consigna,
sino una necesidad de supervivencia:
si cada país se quedaba solo
frente a la marea del poder ajeno,
seríamos islas dispersas
en un océano de decisiones tomadas lejos.

Hablé de personalidad continental
porque sentía en los huesos
que teníamos una historia compartida
de invasiones, de deudas,
de promesas rotas,
pero también de rebeliones silenciosas
y de cantos que nadie pudo prohibir.

Yo soñaba con un continente
que se reconociera en sus semejanzas
y en sus diferencias,
que hablara con voz propia
ante los fuertes y los débiles,
que tejiera su destino
no desde la obediencia,
sino desde la responsabilidad
de saberse adulto en el mundo.

Desde esta posteridad
en que ya no viajo ni firmo acuerdos,
sigo creyendo que la verdadera solidaridad
no se proclama, se ejerce:
es el gesto de un pueblo
que siente como propio
el dolor y la esperanza
de su vecino.

 

IV. Disentir sin romper el puente

Siempre supe
que el desacuerdo es inevitable
cuando dos miradas
contemplan el mismo horizonte
desde orillas distintas.

No quise hacer del otro
un enemigo de caricatura,
ni de mí mismo
un santo infalible.
Quise, sí, reservarme el derecho
a decir: “no pienso como tú”,
sin que esa frase
fuera el comienzo de la ruptura.

Comprendí que la madurez de los pueblos
se mide en la capacidad
de discrepar sin destruir,
de discutir sin deshumanizar,
de negociar sin arrodillarse.

Por eso hablé tantas veces
de autodeterminación y respeto:
no como fórmulas vacías,
sino como la forma más sencilla
de evitar la humillación
y el odio que engendra.

Yo deseaba relaciones francas
con quienes tenían más fuerza,
pero fundadas en una condición innegociable:
poder mantener mis propias convicciones,
poder elegir mis amigos,
poder tomar mis decisiones
sin recibir castigo por ello.

Desde este lugar
donde ya no hay mesas de negociación,
sigo pensando
que el verdadero diálogo
no consiste en que uno hable
y el otro asienta,
sino en aceptarse distintos
y, aun así,
buscar el espacio
donde la justicia y la dignidad
puedan encontrarse.

 

V. El barco que vino a mirarnos

Recuerdo aún
la conversación en que me preguntaron
si aceptaría la visita
de un barco inmenso,
cargado de hombres
de un país poderoso y lejano.

Muchos imaginaron provocaciones,
otros vieron amenazas.
Yo vi una oportunidad silenciosa:
que esos miles de marineros
pisaran nuestras calles,
respiraran nuestra manera de vivir,
vieran con sus propios ojos
que aquí no se perseguía
la diferencia de pensamiento,
que la gente reía, discutía y amaba
sin permiso ni temor.

Los invité no como súbdito,
sino como anfitrión digno.
Quise que entendieran
que este país pequeño
no levantaba muros de odio,
pero tampoco aceptaba
que se dictara desde fuera
el contenido de su destino.

Soñaba con que alguno de ellos,
al volver a su tierra,
dijera simplemente:
“Lo que nos contaron no era exacto.
Allí la gente habla,
la prensa discute,
la vida sigue su curso
con libertad áspera y real.”

Hoy, desde esta distancia
sin puertos ni banderas,
comprendo mejor mi propio gesto:
fue un acto de fe
en que la verdad cotidiana,
vista de cerca,
puede deshacer muchas sombras.

Quise que el mundo
nos conociera en nuestra humanidad,
no en el retrato que otros dibujaban:
un pueblo que trabaja,
que se equivoca,
que sueña,
que intenta abrir un camino propio
sin renunciar a tratar a los demás
como seres humanos
y no como piezas de un tablero.

 

VI. Relaciones que miran de frente

Cuando leí aquellas palabras
sobre nuestro país
escritas lejos de nuestras montañas,
sentí dos cosas a la vez:
la tranquilidad de ver reconocido
el origen legítimo de nuestro gobierno
y la sombra persistente
de ser observado
como quien vigila a un hermano menor
que no debe desviarse demasiado.

Yo no quería sumisión
ni choque ciego,
quería algo más difícil:
una relación de frente,
donde cada cual supiera
que el otro tiene intereses distintos,
pero también una humanidad común
que no puede olvidarse.

Por eso hablé
de derechos y obligaciones respetadas,
de compromisos asumidos libremente,
de la necesidad
de revisar un sistema
donde algunos ganaban demasiado
y otros perdían incluso
el derecho a decidir sobre sí mismos.

Quise dejar claro
que un pueblo tiene memoria
y puede reconocer
cuando la ayuda es deuda encubierta,
cuando la cooperación
se convierte en ruta de salida
para sus riquezas,
cuando la amistad se pide
al precio de la renuncia.

Desde esta posteridad serena,
sin intereses que defender,
sigo creyendo que las relaciones
entre naciones grandes y pequeñas
deberían parecerse
a la amistad entre personas dignas:
sincera,
capaz de decir la verdad,
sin obediencias humillantes,
sin exigencias de silencio.

Yo quise para mi país
la posibilidad sencilla
de ser respetado
aun cuando no coincidiera
con los poderosos,
de poder decir “este es mi camino”
sin que sobre él
cayera el peso entero
de la desconfianza.

Ése es, todavía hoy,
el anhelo que guardo:
que Chile,
y cualquier pueblo pequeño,
pueda caminar entre gigantes
sin perder su paso,
sin olvidar su nombre,
sin hipotecar su alma.

 

23.   AL BORDE DEL VIENTO

 

I. Familias en el límite austral

Desde esta distancia donde ya no viajo,
vuelvo a ver aquel gimnasio austral:
las mesas sencillas,
el olor a sopa caliente,
los niños danzando con trajes de colores
como pequeñas llamas
en la orilla del mundo.

No eran sólo saludos oficiales,
era la patria en miniatura:
mujeres que sostienen la casa
mientras el viento azota las ventanas,
bomberos que acuden sin preguntar por quién arde,
niños que bailan sin saber
que su alegría es también una forma de esperanza.

Yo miraba esos rostros cansados
y pensaba en el precio de cada día:
las guardias en la nieve,
el crudo que emerge del subsuelo
como un corazón oscuro y necesario,
las manos que aprenden a convivir
con el frío y con el ruido de las máquinas.

Quise agradecer,
pero no con palabras de ceremonia;
quise decirles que su vida entera,
ese simple hecho de habitar el extremo,
era ya una forma de heroísmo silencioso.

Desde esta posteridad tranquila
me inclino ante aquellas familias:
ustedes, que criaron hijos
en la frontera del viento,
hicieron posible que el país entero respirara
la energía que brotaba de esa tierra dura.
En cada danza infantil
yo veía un juramento:
que el futuro no olvidara
a quienes lo construyeron lejos,
al borde mismo del mapa.

II. La nueva conciencia de las manos

En aquellos días sentí
que algo cambiaba lentamente
en el corazón de los trabajadores.

No era sólo la jornada cumplida
ni el salario mejorado;
era una comprensión nueva,
profunda, casi secreta:
entender que su esfuerzo
no terminaba en la puerta de la empresa,
sino que seguía vivo en la marcha del país.

Cuando el carbón aceptó
el desafío de sacar más fuego de la tierra,
cuando el salitre decidió
no rendirse al desierto,
cuando el cobre miró su propio destino
más allá de las vetas y los hornos,
yo vi otra cosa que cifras en un informe:
vi una toma de conciencia,
el nacimiento de una palabra
que tal vez no pronunciamos
pero que estaba en todos los labios:
responsabilidad.

El trabajador dejó de ser
un número en la nómina
para convertirse en parte del timón.
Ya no se trataba sólo de reclamar,
sino de saberse dueño también
de las dificultades y de los logros,
de los sacrificios y de las victorias.

Desde aquí,
donde ya no firmo decretos
ni recorro faenas,
sigo creyendo que ese cambio interior
valía más que cualquier plan:
el momento en que un obrero,
un empleado,
un técnico solitario en una sala de control
se decía a sí mismo:

“Yo soy parte de esto que se está construyendo,
no trabajo sólo para mi bolsillo,
trabajo también para que mi país
no tenga que agachar la cabeza
frente a nadie”.

 

III. Presidente por encima del emblema

Recuerdo con nitidez
el instante en que crucé ese umbral
y vi colgados los colores
de mi propia filiación.

Me reconocí en ellos,
porque eran parte de mi camino,
pero supe también
que allí, en ese momento,
tenía que ser algo más
que militante de una historia determinada.

Pedí que los retiraran.
No fue un gesto de ingratitud,
sino de respeto:
respeto por el cargo
que ya no me pertenecía sólo a mí,
respeto por un pueblo
que me había dado la tarea
de gobernar también a quienes
no compartían mi bandera.

Quise hablar como Presidente de Chile,
no como representante de un sector.
El programa que llevaba en las manos
no era un secreto,
y quienes me eligieron sabían
que lo cumpliría sin vacilar;
pero la forma de cumplirlo
debía ser siempre esta:
mirando al país entero,
sin hacer del gobierno
una prolongación estrecha del partido,
sin confundir la lealtad
con la ceguera.

Desde esta posteridad
donde ya no hay símbolos
ni campañas,
pienso que el verdadero honor
consistía en eso:
en recordar a cada instante
que el poder es un préstamo breve
que un pueblo hace
a un hombre de carne y hueso,
y que ese hombre
no tiene derecho
a usarlo para achicar la patria
a la medida de su propia trinchera.

 

IV. El oxígeno oscuro del porvenir

En la soledad de mis reflexiones
comprendí que el petróleo
no era sólo una cifra
en los libros de la empresa:
era el oxígeno oscuro
que permitiría respirar
al desarrollo que soñábamos.

Seis millones de metros cúbicos,
cuatro de ellos llegados de lejos:
esa dependencia pesaba
como una sombra
sobre cualquier proyecto.

Vi entonces la urgencia
de explorar más hondo en Magallanes,
de mirar el Estrecho
no sólo como paso de mares,
sino como posible fuente
de energía para un país entero.

No quería castillos en el aire,
sino pasos concretos:
plazos para saber
qué reservas dormían bajo la tierra firme,
perforaciones que buscaran,
en la plataforma submarina,
un fuego escondido.

Y supe también
que no bastaban nuestras fuerzas:
habría que tender la mano
a otros países,
pedir y ofrecer cooperación
sin etiquetas humillantes:
acuerdos de gobierno a gobierno,
con quienes tuvieran crudo,
con quienes tuvieran experiencia,
con quienes estuvieran dispuestos
a relacionarse de igual a igual.

Desde este lugar sin oleaje
sigo creyendo lo mismo:
un país digno
es aquel que busca valerse por sí mismo,
pero no se encierra en el orgullo estéril,
sino que aprende a asociarse
sin perder su nombre.

Soñé con un Chile
que respirara por sus propios pulmones,
que viera en el petróleo
no un botín,
sino una herramienta peligrosa y necesaria
que debía servir, ante todo,
al bienestar de su gente
y no a la codicia de unos pocos.

 

V. Técnica con rostro humano

Cuando escuchaba hablar
de proyectos y complejos industriales,
yo no pensaba sólo en planos y cifras;
veía, detrás de cada esquema,
un rostro humano.

Pensaba en el gas natural
que se perdía en la intemperie
y podía encender hogares,
calentar escuelas,
alimentar invernaderos
en la tierra dura de Magallanes.

Imaginaba verduras creciendo
bajo techos de vidrio
donde antes sólo mandaba el viento,
para que en Puerto Williams, en Porvenir,
no se pagara el precio de la lejanía
con platos vacíos de frutas y verduras.

Pensaba en el agua
que llega al girar una llave
y en el agua que se busca
a varias cuadras con un balde.
En esa diferencia cotidiana
veía la marca brutal
de las clases sociales:
no sólo en los salarios,
sino en la manera misma
de saciar la sed.

Por eso quise
que los técnicos de ENAP,
los ingenieros del cobre,
los jóvenes del salitre,
miraran más allá de sus reportes:
que entendieran que su saber
no se debía únicamente
a la empresa que les pagaba,
sino al país entero
que necesitaba su inteligencia
para resolver problemas comunes.

Desde esta posteridad,
sin pizarras ni gráficos,
sigo defendiendo esa idea:
la técnica sin conciencia
es un edificio vacío.
Los laboratorios pobres
de una universidad del sur
valen tanto como cualquier planta moderna,
si en ellos se forma
una generación de profesionales
dispuestos a poner su ciencia
al servicio de quienes
todavía esperan agua,
calor y pan.

 

VI. Pequeño país, riquezas propias

Sabía, al hablar del petróleo,
del cobre, del salitre,
que tocaba fibras sensibles
en un mundo donde las materias primas
son motivo de codicia y conflicto.

Nunca quise odio
contra quien vino de fuera
a invertir y trabajar;
pero tampoco acepté
que un pueblo renunciara
a conocer y conducir
el destino de sus propias riquezas.

Lo dije entonces
y lo repito ahora,
desde este silencio:
no se trata de revancha,
se trata de responsabilidad.
Ningún país digno
permite que otros decidan por él
cuánto se extrae de su subsuelo,
a qué costo,
en qué mercados,
con qué beneficio humano.

Quise un trato justo
con quienes habían invertido,
sin despojar a nadie
de lo que le correspondía legítimamente,
pero también sin pagar
privilegios excesivos
por el simple hecho
de haber llegado primero.

En un país pequeño
el ingreso por habitante
puede ser modesto,
pero la dignidad
no admite rebajas:
consiste, precisamente,
en no hipotecar el futuro
por miedo a la presión,
en sostener que las decisiones
sobre el destino de los recursos esenciales
deben tomarse mirando a los ojos
a los propios hijos del país.

Desde aquí,
donde ya no defiendo proyectos,
me queda una certeza:
las riquezas naturales
no son sólo un asunto económico,
son parte de la identidad
de quienes habitan una tierra.
Cuidarlas, administrarlas con justicia,
compartir sus frutos,
es una forma concreta
de amar a la patria
más allá de las palabras.

 

VII. Llamado a los trabajadores del petróleo

Vuelvo, en la memoria,
a esa tarde en que hablé
en el corazón del crudo.

Ya no era el compañero
que llegaba como uno más;
era el Presidente
que, aun así,
quería seguir mirándolos a la misma altura.

Sabía que el mundo entero
se disputaba el “oro negro”
como quien disputa el aire.
Sabía que no nos prestarían fácilmente
para explorar, perforar, crecer.
En esa lucha desigual,
mi fuerza más grande
no estaba en los discursos,
sino en la conciencia
de los trabajadores del petróleo.

Por eso les pedí algo difícil:
más entrega,
más sacrificio,
más vocación.
No como un patrón antiguo
que demanda sin dar,
sino como un hombre
que compartía la misma apuesta:
hacer de esa empresa
un ejemplo de probidad y eficacia,
una prueba viviente
de que los trabajadores chilenos
podían administrar con éxito
un tesoro estratégico.

Quise que los profesionales extranjeros
se quedaran entre nosotros,
no como dueños,
sino como compañeros en la tarea,
y quise que los ingenieros chilenos
recordaran que antes de cualquier título
eran hijos de esta tierra
y a ella debían su talento.

Hoy, desde esta posteridad
donde ya no puedo convocar ni firmar,
mi llamado sigue siendo el mismo:
que quienes trabajan con las fuerzas profundas
de la naturaleza —
el fuego del subsuelo,
el viento, el agua, el metal —
lo hagan sabiendo que su esfuerzo
es parte de algo más grande
que un salario o una cifra de producción.

Les pido todavía,
como aquel día:
hagan de su trabajo
un acto de dignidad,
un compromiso silencioso
con las generaciones que vendrán.
Que cuando otros miren atrás
puedan decir:

“En aquellos años a la orilla del mundo,
hubo hombres y mujeres del petróleo
que no pensaron sólo en sí mismos,
sino en abrir, con su fatiga,
la ruta de un Chile más dueño
de su propio destino”.

 

 

 

24.   ALTURAS DEL CHILE NUEVO

 

I. La palabra sitiada por los espejos

Yo hablo
y mi voz cruza fronteras que no conozco.

Una sílaba mía
se sienta en una mesa de redacción
donde nunca he estado,
la recortan,
la doblan,
la visten con otro traje
y luego la sueltan al mundo
como si fuera mía.

Yo digo:
no hemos fracasado,
apenas comenzamos a nombrar el dolor de la tierra
,
y lejos, en oficinas sin ventanas,
una mano escribe:
“el hombre ha confesado su derrota”.

¿Qué hacer entonces
con este río de tinta que me desmiente,
con este bosque de cables que no ven los rostros?

Yo sé
que hay periodistas que miran de frente,
que cargan una ética como un pan caliente en las manos,
y hay otros
que venden la palabra
como si fuera un pez muerto
en un mercado sin mar.

Por eso hablo de nuevo,
por eso repito,
por eso me siento ante la rueda de preguntas
como ante un tribunal de espejos:
no para defender un gobierno,
sino para defender
la respiración de un pueblo pequeño,
el derecho de un país minúsculo
a no ser caricatura en los diarios grandes.

Yo no temo a la pregunta,
temo a la desfiguración.

No me asusta la crítica
cuando trae la frente limpia
y la tinta huele a trabajo.

Me duele, sí,
el rumor fabricado,
la frase que nunca dije,
el titular que me pone en la boca
la rendición que no conozco.

Por eso les hablo así:
para que cada uno
se mire la pluma como se mira la mano
antes de tocar un hombro herido,
para que entiendan
que no escriben sobre abstracciones,
sino sobre la vida frágil
de los que no tienen micrófono,
sobre la esperanza vulnerable
de los que sólo tienen su jornada y su pan.

Yo no soy más que un hombre
sentado en una mesa de preguntas,
pero detrás de mi voz
hay ciudades que bostezan de hambre,
niños que aprenden el abecedario con frío,
viejos que cuentan las monedas
como si fueran inviernos.

Cuando les respondo,
no hablo para su cinta grabadora,
hablo para esos rostros invisibles
que jamás saldrán en la crónica.

Y si pido
que la verdad se parezca un poco a la verdad,
no es por mí,
es por ellos,
por los que no pueden corregir el cable
ni desmentir el titular
ni reflejar su versión
en el vidrio de una cámara.

Yo sólo deseo
que cuando escriban “Chile”
no estén nombrando un fantasma,
sino este país diminuto y porfiado
que insiste en vivir con dignidad
entre los grandes.

 

II. Los que despiertan la tierra

He visto al campesino
levantarse antes del sol,
ir a conversar con la helada
como quien va a saludar a un viejo enemigo.

He visto a la mujer
empujar el balde hasta la vertiente,
cargar el agua en la frente,
mientras el día le pesa en la espalda
y un hijo la mira con hambre
desde la puerta inclinada de la pieza.

Ellos no hablan de leyes,
hablan de cercos,
de lluvias que no llegaron,
de un pedazo de suelo
donde enterrar su cansancio.

Yo escucho los nombres antiguos
que trae la sangre mapuche,
tierras que fueron arrancadas
como se arranca una uña,
ríos que cambiaron de dueño
mientras sus hijos aprendían a callar.

He visto sus ojos
cuando tocan con la punta de los dedos
la posibilidad de un surco propio,
no una parcela de papel,
sino un lugar donde el pan
responda al esfuerzo de su mano.

No vengo a prometerles milagros.
Vengo a hablarles como se habla
a quien ha sido muchas veces engañado:
con la verdad áspera,
con la torpeza honesta
de quien sabe que la historia no se rehace en un decreto.

Les digo:
la tierra no es premio ni limosna,
es el espacio donde la vida
deja de ser hacinamiento y vergüenza.

Les digo:
no hemos venido a desatar perros
ni a soltar odios antiguos
para que devoren el día;
hemos venido a decir
que no habrá cosecha
si no cuidamos la siembra,
que no habrá pan
si convertimos la chacra en trinchera,
que una tierra incendiada
no alimenta a nadie.

He visto, también,
la estadística que no sale en los diarios:
niños que no aprenden a decir “mañana”
porque el cuerpo se les quedó detenido en el hambre,
bocas pequeñas
que no conocieron la leche ni la fruta
y se apagan
como luciérnagas en una tormenta.

Cuando hablo de la tierra
no hablo de hectáreas,
hablo de esos rostros.

Cuando digo “campo”
no pienso en paisajes,
pienso en un niño
que podría crecer derecho
si la semilla fuese justicia
y no sólo palabra.

Desde esta altura de mi memoria
los miro,
y me miro a mí mismo
explicando una y otra vez
que la ley también puede ser un puente
y no sólo una muralla,
que la paciencia no es resignación,
que el cambio profundo
necesita, además de coraje,
cierta delicadeza
con la mano que siembra.

No sé cuántos de ellos
habrán vivido para ver
la plenitud de sus surcos,
pero sé que cuando hablo de la tierra
no estoy discutiendo doctrina:
estoy peleando, a mi modo,
por la dignidad sencilla
de que nadie nazca condenado
a ser extranjero en el suelo
que su abuelo regó con sudor y con silencio.

 

III. Los trabajadores levantan el día

Yo los he visto.

No en fotografías oficiales,
sino en la fatiga real
que baja por las escaleras de un socavón,
en el polvo que duerme
en el pliegue de una mano carbonera,
en el ruido de una máquina
que de pronto se queda sola de ingenieros
y llena de obreros que preguntan:
“¿y ahora, quién dirige?”
y la respuesta
es que ellos mismos
aprenden a sostener el timón.

He visto al minero
que se quita la lámpara de la frente
para ponerse sobre los hombros
la responsabilidad de una empresa.

He visto al textil
que deja el telar
para aprender a leer balances
como quien descifra un idioma enemigo
que por fin empieza a pronunciar su nombre.

He visto mujeres y jóvenes
pintar su propia ciudad
en domingos voluntarios,
poner color en las fachadas negras
con una alegría nueva,
como si repintaran
no sólo las paredes,
sino la idea misma
de lo que merecen.

He visto al trabajador del petróleo
mirar el horizonte blanco de Magallanes
y entender que bajo ese frío
late el pulso caliente de un país entero,
sostenido por su jornada.

Por eso digo:
no se gobierna desde un escritorio,
se gobierna desde esa mina,
desde esa fábrica que resucita,
desde esa población
donde las manos sin salario
se organizan para que la ciudad
no se caiga a pedazos.

Yo sólo puse mi firma,
ellos pusieron la fuerza.

Yo redacté decretos torpes
como piedras recién talladas,
y ellos los volvieron pan,
tejido, luz, movimiento.

Cuando pronuncio la palabra “pueblo”
no estoy hablando de una estatua abstracta.

Estoy hablando del barretero
que descubrió un robo antiguo
y lo denunció sin temor,
del obrero que aceptó dirigir
la misma empresa que lo explotó,
no para vengarse,
sino para volverla casa
y no trinchera.

Estoy hablando
del empleado que ya no quiere ser sombra,
del técnico que decide
que su conocimiento no está en venta,
del maestro que mira sus aulas pobres
y, sin embargo,
continúa encendiendo alfabetos.

Yo sé
que sin ellos no hay programa que se cumpla,
que sin su disciplina libre
no hay cifra que se sostenga,
que sin su decisión silenciosa
no hay transformación verdadera.

Por eso, desde esta altura tardía,
no me enorgullezco de haber sido Presidente,
me enorgullezco,
si algo puedo decir así,
de haber confiado,
a veces torpemente,
en que los trabajadores
no eran pieza de un engranaje
sino el corazón mismo de la máquina,
no destinatarios de discursos,
sino autores del día.

Si alguna vez hablé de camino,
era porque los vi caminar,
si alguna vez pronuncié la palabra “cambio”,
era porque ellos ya habían empezado
a cambiarse a sí mismos
cuando tomaron en sus manos
no sólo la herramienta,
sino el destino que esa herramienta construía.

 

IV. El hombre que se desdobla

Trabajo catorce horas,
repiten los cronistas,
pero nadie anota
las otras horas
en que dejo de ser “Excelencia”
y vuelvo a ser simplemente Salvador,
ese hombre tardo
que disfruta una mala película de cowboys,
que juega ajedrez
como quien ordena un caos pequeño
sobre un tablero,
que lee
no para citar autores
sino para recordar
que otros hombres antes que yo
también dudaron.

Yo me desdoblo.

Hay un Salvador que firma decretos,
que escucha informes,
que mide cifras como si midiera fiebre,
que recibe delegaciones
y apretones de mano
hasta que la piel se le vuelve de protocolo.

Y hay otro
que se mira al espejo de madrugada
y se pregunta en voz baja
si estará a la altura
del dolor que lo rodea.

Soy médico todavía
en algún rincón de mí mismo:
veo la fiebre del país,
ausculto sus pulmones repletos de humo,
palpo la anemia de sus barrios,
escucho el soplo en el corazón
de sus niños descalzos.

Y a veces
quisiera prescribir
un día de descanso colectivo,
un gran sueño reparador
sobre las plazas;
pero sé
que no hay pausa posible
cuando la historia
se ha acumulado tanto tiempo en la penumbra.

También me canso.

Lo confieso
sin grandeza:
hay noches en que la fatiga
se me sube a los hombros
como un hijo enfermo
y sólo quiero
que el teléfono calle,
que se detenga la avalancha de papeles,
que el país entero
se convierta por un momento
en silencio y en mar.

Pero entonces recuerdo
los ojos del viejo minero
que me abrazó llorando
en la bocamina,
la madre que me dio las gracias
por una pensión miserable
que, sin embargo,
le permitía comprar pan
sin contar monedas de uno en uno,
el niño que me miró fijo
cuando hablé de un vaso de leche
para su mañana.

Y vuelvo a sentarme,
y vuelvo a escuchar,
y vuelvo a firmar
como quien remienda
una vela desgarrada en alta mar.

No soy héroe,
soy un hombre cercado por decisiones,
un ser humano
que tropieza,
que se contradice,
que teme
y aun así avanza.

Si algo aprendí
en estas largas guardias
sobre el cuerpo de Chile,
es que nadie está hecho
sólo de bronce ni de miedo:
somos mezcla de fragilidad y porfía,
de sueño y torpeza,
y, sin embargo,
esa mezcla alcanza
para levantar un país
unos milímetros hacia la dignidad.

Desde esta posteridad que me inventas,
hermano lector,
te confieso:

yo no quise ser estatua ni consigna,
quise ser digno
ante los ojos de mi pueblo
y ante los míos.

Si a veces sonrío
viendo un western mediocre,
si disfruto moviendo un caballo en el tablero,
es porque necesito recordar
que antes de la Historia
está el hombre,
que antes del símbolo
está la respiración.

Y que sólo quien acepta
su propia pequeñez
puede intentar,
con manos temblorosas,
hacer algo grande
en nombre de los demás.

 

 

25.   LA SEMILLA QUE ME SOBREVIVIÓ

 

I.                    El niño, único privilegiado

Ahora,
que ya no tengo guardias en la puerta
ni micrófonos en la solapa,
puedo decirlo sin solemnidad:
si alguna vez tuve poder,
era apenas el gesto torpe
de un abuelo asustado
ante la fragilidad de un niño.

Yo veía sus cuadernos vacíos
como si fueran radiografías del país:
esas páginas blancas
donde la letra no llegaba nunca
porque antes faltó el pan,
porque la leche se quedó
en una bodega lejana,
porque el sueño de un adulto
pesaba más que los ojos abiertos
de un pequeño.

Fui médico antes que gobernante.
Aprendí a leer en los cuerpos
las derrotas silenciosas de la historia:
cráneos donde el hambre
había borrado neuronas
como quien borra un nombre de un registro;
niños con la inteligencia amputada
antes de aprender a decir “futuro”,
porque a sus madres
se les hizo imposible
llenar un plato o encender una estufa.

Por eso dije, y lo sostengo
desde este lado del tiempo:
si alguien debía ser privilegiado
no era mi apellido,
ni la banda en el pecho,
sino ese niño
que llega a la escuela
con barro en los zapatos
y estrellas apagadas en la sangre,
ese pequeño que aún puede aprender
a escribir su propio destino
si el mundo no le cierra la puerta.

No quise un país de héroes,
quise un país donde un niño cualquiera
pudiera preguntar “¿por qué?”
sin que el hambre le interrumpiera la frase.
Todo lo demás —las palabras solemnes,
los discursos, los edificios—
eran, al final,
un pretexto torpe y humano
para llegar a esa escena simple:
un niño sentado,
un lápiz entre los dedos,
un maestro paciente,
y detrás de ellos, sin estorbar,
un viejo médico
vigilando que el dolor
no volviera a interrumpir la clase.

Si me juzgan,
háganlo por esto:
por cada niño que pudo desayunar
antes de aprender a leer su nombre.

Lo demás,
las grandes causas,
eran apenas la sombra
de esa urgencia pequeña y luminosa.

 

II. Confesión a los maestros de mi patria

Les hablo ahora
sin tribuna, sin escoltas,
desde la mesa discreta
donde se sientan los que se equivocaron
intentando hacer el bien.

Maestros,
yo los vi llegar a las escuelas grises
con un sueldo que apenas alcanzaba
para comprar tiza y esperanza,
y aun así abrían la ventana
como si el sol fuera parte del programa.

Los vi,
cuando nadie miraba,
coser sus propios bolsillos rotos
para que no se les escapara la dignidad,
y prepararse lecciones
con la misma seriedad
con que otros preparan guerras.

Hubo días
en que el Estado —ese gigante miope—
los trató como sospechosos
por querer pensar demasiado.
Yo mismo,
antes de sentarme en la silla más alta,
los vi marchar por una calle triste,
con sus pancartas escritas a mano
y el orgullo doblado en cuatro
dentro del abrigo.

Desde entonces
me prometí estar a su lado,
no como jefe,
sino como alumno tardío:
aprendiendo de su paciencia,
de su obstinación silenciosa,
de ese milagro cotidiano
de transformar un aula pobre
en un territorio sagrado.

Ahora lo confieso:
yo no era el centro de la escena.
La historia de mi país
no se jugaba en el despacho
donde firmaba decretos,
sino en la sala donde ustedes,
con la voz gastada
y la espalda cansada,
repetían el alfabeto
a un niño que llegaba tarde
porque no tenía zapatos.

Si fallé,
sé que ustedes
trataron de corregirme
con la tiza del ejemplo.
Si exageré,
sé que ustedes
le enseñaron al país
la medida exacta de la humanidad.

Por eso,
desde esta distancia sin calendario,
me inclino ante sus pupitres invisibles
y les pido algo imposible:
que me aprueben,
no como Presidente,
sino apenas
como un hombre
que creyó sinceramente
en su oficio de encender cabezas
en medio de tanta oscuridad.

III. La escuela que quise abrir

Yo soñé con una escuela
que no terminara en el muro del patio,
una escuela con puertas porosas
donde entrara el barrio entero
como un viento necesario.

No la imaginé perfecta,
ni repleta de aparatos brillantes.
La imaginé viva:
niños con las manos sucias de juego y tierra,
adultos desaprendiendo sus miedos,
abuelas dejando en la sala
sus historias de pan amasado y apagones,
jovencitos confundidos
buscando en un libro
algo que no sabían nombrar.

Porque la vida
no cabe en un horario de clases,
quise que cada ciudad,
cada pueblo, cada esquina
fuera una extensión del aula:
la fábrica como libro abierto,
el mercado como diccionario de olores,
el cerro como página de geografía,
y el cielo estrellado
como manual de esperanza.

Pero cuando entraba a ciertas escuelas
me hería la realidad:
techos que goteaban,
maderas que crujían como huesos viejos,
niños que conocían antes el frío
que el tamaño de un mapa.
Y entonces,
dentro de mi traje bien planchado,
me ardía la vergüenza
como una fiebre que no podía confesar.

Yo hablaba de reformas
y por dentro me repetía otra palabra:
reparar.
Reparar la infancia rota,
reparar la casa que nunca hubo,
reparar la autoestima de un niño
al que siempre llamaron “menos”.

Ahora que ya no firmo papeles,
la escuela que quise
sigue existiendo solo como imagen:
un patio donde nadie es objeto de burla,
un maestro que tiene tiempo
para escuchar la tristeza,
una biblioteca que huele a manos de niño
y no a clausura.

No sé si alguna vez
logramos acercarnos a ese dibujo,
pero si algo deseo,
desde esta lejanía sin regreso,
es que un día cualquiera
un niño de mi país
entre a su sala de clases
sin sentir que ha cruzado una frontera,
sino la puerta natural
de la casa más grande
que supimos imaginar juntos.

 

IV. Carta a los hijos del siglo que no vi

A ustedes,
que no habían nacido
cuando yo hablaba de ustedes
sin conocer sus rostros,
les dejo estas líneas
como quien deja una nota
en una botella lanzada al mar del tiempo.

Hablé de ustedes
como “los hombres del siglo XXI”
sin saber qué músicas bailarían,
qué pantallas los mirarían fijamente,
qué temores nuevos
llenarían sus noches en blanco.
Solo sabía
que heredarían un mundo cansado,
un planeta con demasiadas cicatrices
y demasiadas promesas sin cumplir.

No quise dejarles fórmulas
ni manuales cerrados.
Quise dejarles, apenas,
una pregunta insistente:
¿puede la dignidad
ser el pan de cada día?
¿puede la ternura
ser un deber tan serio
como aprender a escribir?

Yo creí —tal vez con ingenuidad—
que el futuro podía construirse
como se levanta una escuela:
ladrillo por ladrillo,
gesto por gesto,
sin olvidar que el edificio
no sirve de nada
si adentro no hay
miradas que se respetan.

Si hoy me escucharan,
no les hablaría
de grandes sistemas
ni de palabras solemnes.
Les diría, simplemente:
no permitan que ningún niño,
en ningún rincón de su tiempo,
tenga que elegir
entre aprender y comer.

No permitan que un maestro
tenga que esconder su vocación
detrás de una segunda jornada
para llegar a fin de mes.

No permitan que el conocimiento
se convierta en mercancía
que solo algunos puedan comprar.

Cuando pronuncié aquellas palabras
sobre el siglo que viene,
no profeticé una utopía,
confesé un miedo:
el temor de que,
si nada cambiaba en el fondo del corazón humano,
ustedes nacerían enfermos de indiferencia.

Si algo les pido,
desde este tiempo donde ya no hay urnas
ni calendarios,
es que desobedezcan esa indiferencia,
que hagan de la compasión
un acto lúcido,
no una limosna emocional.

Y si alguna vez,
entre sus libros y pantallas,
se cruzan con mi nombre,
no lo aprendan como quien recita
una fecha de museo.
Léanlo, si quieren,
como la firma temblorosa
de un hombre que supo
que no alcanzaría a verlos,
pero los nombró
como si ya estuvieran
entrando a clase,
mojados por la lluvia,
con una sonrisa tímida
y un cuaderno recién estrenado.

 

V. El Niño que Llegaba con Barro en los Zapatos

A veces me despertaba
con el peso invisible
de esos niños que entraban a la escuela
con la madrugada aún pegada al cuerpo.

Traían barro en los zapatos,
frío en las manos,
y un silencio que no era timidez
sino resignación aprendida.

Hoy los miro desde esta distancia sin rostro
y comprendo mejor
la vastedad de sus derrotas cotidianas:
un cuaderno sin hojas,
una comida incompleta,
un sueño que nadie nombró.

Quise tenderles un puente,
aunque mis manos fueran torpes,
porque en cada uno de ellos
adivinaba el futuro
que yo no alcanzaría a ver.

 

VI. Padres que No Supieron Responder

Hubo una imagen
que me persiguió más que muchas otras:
un padre analfabeto
frente a la pregunta de su hijo.

Esa derrota íntima,
silenciosa,
me atravesaba como un metal frío.

No era culpa suya,
pero lo veía bajar la mirada
como quien pide perdón
por no haber tenido un mundo mejor que ofrecer.

Desde esta posteridad serena
abrazo a esos padres que callaban,
que inventaban respuestas improvisadas
para que sus hijos no sospecharan
la profundidad de su herida.

A ellos también les hablé
cuando hablaba del mañana.

 

VII. La Igualdad que Nunca Alcanzó a Ser Evidente

Yo sabía,
como se sabe un dolor antiguo,
que la desigualdad no era teoría
ni cifra
ni discurso.

Era un niño
que no podía recordar,
una madre que escondía el hambre,
un maestro que se quedaba sin herramientas
frente a una mente fatigada.

Y en ese reconocimiento
creció en mí una verdad áspera:
no todos parten desde el mismo sitio,
y el destino puede torcerse
antes del primer paso.

Hoy,
desde este tiempo sin tiempo,
reafirmo esa certeza
como quien sostiene una piedra caliente:
igualar las oportunidades
es igualar la dignidad.

 

 VIII. La Escuela como Hogar que Faltaba

Siempre pensé la escuela
como una extensión del hogar,
pero con los años descubrí
que para muchos niños
era su primer hogar verdadero.

Allí encontraban techo,
miradas,
una palabra que no golpeaba,
un cuenco tibio de reconocimiento.

Desde esta altura,
ya sin obligaciones ni trajes,
miro esas salas pobres
y las veo brillar
como pequeños templos dispersos
por un país herido.

En ellas —lo sé ahora—
se gestaba la verdadera patria.

 

IX. El Hambre que Deforma el Pensamiento

La vida me enseñó,
con crudeza de bisturí,
que el hambre no sólo vacía el estómago:
también adelgaza la inteligencia,
apaga la memoria,
desordena el alma.

Me dolía pensar
que un niño pudiera perder
hasta un cuarenta por ciento de su lucidez
por no haber sido alimentado a tiempo.

Ese número,
frío para algunos,
era para mí un rostro,
una voz debilitada,
un destino que tambaleaba antes de nacer.

Aún hoy,
donde el dolor no pesa,
ese pensamiento me arde
como una deuda imposible de saldar.

 

X. El Maestro como Guardián de la Aurora

Entre todas las figuras que conocí,
los maestros fueron siempre
mis más silenciosos compañeros.

Los vi trabajar con paciencia de orfebres,
pulir mentes fatigadas,
encender luces sin esperar agradecimiento.

Eran los guardianes de la aurora,
los que veían nacer cada día
a un país distinto
en los ojos de sus alumnos.

Desde esta posteridad
les ofrezco mi gratitud desnuda,
porque ellos,
más que nadie,
soportaron el peso del futuro.

 

XI. Ser Hombre Antes que Símbolo

Cuando me miro desde este margen
que el tiempo concede,
me descubro más humano
que en cualquiera de mis días terrenales.

No era un héroe,
ni un martillo de certezas.
Era un hombre
que a veces falló,
que dudó frente a sus propias sombras,
que sintió cansancio,
ternura,
miedo
y esperanza.

Si algo quisiera dejar
en la memoria de quienes lean estas palabras,
es esta verdad sencilla:
la grandeza no está en no caer,
sino en levantarse
cuando otros dependen de tu equilibrio.

 

XII. El Joven Que Fui y el Viejo Que Me Mira

A veces regreso,
no a mis discursos,
sino al muchacho que caminaba por Valparaíso
sin saber qué sería de él.

Lo recuerdo expulsado,
terco,
convencido de que la dignidad valía más que un diploma.

Hoy, desde esta distancia sin cuerpo,
lo observo con ternura:
aquel joven no imaginaba
que sus errores serían también su brújula,
que su desobediencia sería semilla,
que aquel portazo de la Universidad
abría otra puerta hacia sí mismo.

Si pudiera hablarle ahora,
solo le diría:
no temas a la caída;
desde allí también se aprende a mirar.

 

XIII. Los Hijos del Futuro que No Veré

Hablé una vez del siglo XXI
como quien habla de una estrella lejana:
sabía que su luz no me alcanzaría.

Aun así,
cuando veía entrar a los niños en sus salas,
mi corazón hacía un gesto extraño,
como de despedida anticipada.

No veré el mundo que ellos construirán,
pero los imaginaba altos,
claros de espíritu,
con manos que sostienen
y no hieren.

Hoy, desde este descanso,
comprendo que la esperanza verdadera
es siempre una herencia
que uno entrega sin testigos.

 

XIV. La Voz que Tiembla Antes de Hablar

Muchos creen
que quien ocupa un podio
tiene el alma hecha de mármol.

Pero yo,
antes de cada palabra,
sentía un pequeño temblor,
no de miedo,
sino de responsabilidad.

Hablar para un país
es como sostener agua en las manos:
cualquier descuido derrama el futuro.

Desde aquí,
donde ya no hay micrófonos ni multitudes,
confieso que nunca me acostumbré
a ese vértigo silencioso
que antecede a decir la verdad.

 

XV. La Soledad del Que Decide

Nadie lo dijo nunca,
pero la soledad del que debe decidir
es una montaña profunda.

Rodeado de voces,
asesores,
informes,
estadísticas,
uno descubre
que el último paso
siempre se da solo.

Y esa soledad pesa,
se adhiere a los huesos
como un invierno que no se confiesa.

Hoy, desde este reposo sin frío,
la miro con compasión:
era la soledad inevitable
de quien busca hacer el bien
en un mundo donde nunca basta.

 

XVI. Los Jóvenes sin Alas

Me dolía ver
a tantos jóvenes sin horizonte,
hijos de un país cansado,
aferrados a una esquina de tristeza.

Algunos buscaban en la droga
lo que la vida les negaba:
un instante de vuelo,
una ruptura con la sombra.

Nunca los juzgué.
Cómo hacerlo,
si yo también conocí
el sabor de la desesperanza
cuando la juventud me quedaba grande.

Hoy los abrazo desde esta altura,
como quien abraza a un hijo perdido:
ojalá hubieran sabido
que también podían alzarse
sin quemar sus alas.

 

 

 

XVII. La Gratitud por Quienes Nunca Conocí

Hay una multitud
de rostros que nunca vi
y que, sin embargo,
sostuvieron mi camino.

El obrero que levantó un techo,
la madre que cosió la ropa de sus hijos,
el anciano que escuchó mi voz
en una radio pequeña,
el joven que creyó que valía la pena soñar.

A ellos
—no a los que aplauden desde la distancia—
les debo mi existencia pública.

Y ahora,
cuando ya no soy ni Presidente ni recuerdo,
solo un murmullo en el viento,
mi gratitud se vuelve eterna,
como un fuego quieto que no pide nada.

 

XVIII. El Tiempo Que Se Me Escurría Entre los Dedos

A veces, en la madrugada,
sentía el tiempo correr
como un río demasiado rápido.

Sabía que no alcanzaría a ver
todo lo que soñaba,
y esa certeza
me hería como un filo pequeño,
pero constante.

Sin embargo,
aprendí a trabajar
como quien siembra sabiendo
que otros cosecharán.

Hoy comprendo
que esa es la verdadera tarea del hombre:
dejar algo creciendo
aun cuando uno ya no estará
para ver su fruto.

 

XIX. Los Maestros de Mi Camino

Antes que la política,
antes incluso que la medicina,
hubo maestros.

No recuerdo sus nombres completos,
solo la luz que dejaban en el aire
cuando explicaban el mundo
con una tiza breve
y un gesto de paciencia interminable.

Ellos me enseñaron
que un niño no se salva con discursos,
sino con la llama humilde
de quien cree en él
antes de que él crea en sí mismo.

Hoy, desde la posteridad,
comprendo que nunca dejé de ser
aquel muchacho que miraba al maestro
como se mira al primer horizonte.

 

XX. El Dolor Silencioso del Niño Hambreado

Vi demasiados niños
llegar sin desayuno,
con la mirada abierta y vacía
como una ventana sin vidrio.

No gritaban,
no reclamaban,
solo tenían un silencio
que dolía más que el frío.

A veces me acompañaba esa imagen
hasta la noche,
como una sombra pequeña
pero imposible de apartar.

Desde aquí lo confieso:
ese dolor
fue el verdadero origen
de mis decisiones.
No las teorías,
no las cifras,
sino un niño
que no sabía por qué el mundo
lo había olvidado.

 

XXI. La Desigualdad, Mi Herida Más Antigua

Mucho antes de ser Presidente,
antes incluso de entender el país,
sentí algo que no sabía nombrar:
la injusticia.

Era una herida honda,
un ardor que me seguía
como un perro silencioso
en todas las calles de mi juventud.

Con los años comprendí
que no era un concepto,
sino un rostro:
un hombre cansado,
una madre que esperaba,
un niño sin cuadernos.

La desigualdad
no era una idea para mí,
era mi propio temblor.

 

XXII. El País Que No Cabía en los Libros

Estudié medicina,
pero descubrí pronto
que el país real
no estaba en los textos,
ni en las aulas,
ni en los diagnósticos exactos.

El país verdadero
hablaba desde la calle,
desde el olor del barro,
desde la respiración pesada
de quienes nunca habían sido vistos.

Comprendí entonces
que ningún libro explica
lo que vive un niño sin hogar
o un anciano sin esperanza.

Ese país
fue mi verdadera Universidad,
y aún hoy
la sigo estudiando desde esta distancia
como quien relee el libro más doloroso
y más necesario.

 

XXIII. La Herencia que Quise Dejar

Nunca pensé que la herencia de un hombre
fueran sus obras materiales.

La única herencia posible
es un movimiento interior,
una grieta luminosa
en el corazón de quienes vienen después.

Yo quise dejar
no respuestas,
sino preguntas:
¿qué debemos a los que no nacieron?
¿qué lugar ocupa el niño
en la memoria de un país?
¿qué significa ser digno
cuando todo invita al miedo?

Si algo queda de mí,
ojalá sea esa inquietud:
la certeza de que el mañana
comienza en la ternura
y no en la fuerza.

 

XXIV. El Maestro Como Guardián del Alma

En el maestro
vi siempre algo sagrado,
no por sus conocimientos,
sino por el milagro
de sostener la primera chispa
en la mente de un niño.

Ellos son los guardianes del alma,
los jardineros de lo invisible,
los primeros que siembran futuro
antes de saber si habrá cosecha.

Hoy,
cuando ya no soy carne ni cargo,
solo voz en esta altura,
los miro con reverencia:
sobre sus hombros
descansa el porvenir silencioso
de un país entero.

 

XXV. El Temor de Que No Alcance el Tiempo

Había días
en que el reloj parecía un enemigo:
cada minuto era una puerta que se cerraba.

Me preguntaba, en secreto,
si alcanzaría a hacer algo
que aliviara, aunque fuera un poco,
el destino de esos niños
que cargaban siglos de abandono.

Era un temor íntimo,
nunca dicho,
pero siempre presente:
el miedo de que el tiempo,
ese artesano implacable,
no me permitiera terminar
lo que el corazón había empezado.

 

XXVI. Cuando El Futuro Me Miraba Desde sus Ojos

Cuando hablaba en las escuelas,
los niños me miraban
con una mezcla de curiosidad
y de asombro.

Pero yo era quien debía asombrarse:
en esos ojos pequeños
estaba el país que aún no existía,
el país posible,
el país que quería nacer.

Nunca me sentí tan pequeño
como ante un niño que escucha.
Nunca tan responsable
como ante un niño que pregunta.

Desde aquí, lo entiendo mejor:
ellos eran mi juez
y mi esperanza.

 

XXVII. El abuelo que fui

Desde esta distancia sin días
miro al niño que camina a mi lado,
el que alguna vez tomó mi mano
sin saber quién sería yo después.

En su respiración encontraba un mundo entero:
la pureza que nunca aprendí,
la esperanza que aún no sabía nombrar.

A veces pienso que fui más abuelo que hombre,
más guardián que estadista,
porque en sus pasos escuchaba la música
de lo que aún podía salvarse.

 

XXVIII. La escuela como casa invisible

Lo comprendí tarde:
hay niños que no conocen el calor,
ni la mesa donde alguien los espera,
ni la lámpara encendida para preguntar por qué.

Para muchos, la escuela fue la primera casa,
el primer refugio
que no se caía cuando llovía.

Yo los veía llegar mojados,
con el frío en los huesos y el alma en silencio,
y pensaba:
si este techo les regala un minuto de dignidad,
ya he vivido suficiente.

 

XXIX. La herida del cuaderno vacío

Un niño sin papel
es un país con los ojos cerrados.

Su cuaderno en blanco
no es inocencia,
es una pérdida temprana
que aún arde cuando llega la noche.

Porque todo aprendizaje empieza en un trazo,
y el que no puede dibujar su propio nombre
camina hacia el futuro
como si avanzara sin sombra.

 

XXX. La vergüenza de no haber aprendido

Nunca olvidé la mirada
de aquellos adultos que, en silencio,
confesaban no saber leer.

Era una tristeza que no reclamaba nada,
una herida sin grito,
un pudor más antiguo que la pobreza.

Yo los veía esconder los papeles
como quien oculta un temblor,
y entendía que enseñar a un adulto
era limpiar un dolor
que llevaba décadas sin pronunciarse.

 

XXXI. El comienzo tardío

Aún así,
hay quienes se sientan frente a un libro
como quien se sienta ante un altar.

Ellos,
los que aprendieron tarde,
trajeron a la clase una dignidad profunda,
de esas que no se enseñan:
la dignidad de seguir viviendo
aunque el mundo no les haya explicado nunca
cómo hacerlo.

 

XXXII. El maestro que sostiene el día

El maestro conoce la miseria
y la esperanza al mismo tiempo:
la ve entrar por la misma puerta,
con los mismos zapatos rotos.

Es testigo de lo que no se dice,
del niño que finge entender,
del que calla para que no descubran
que la memoria no le alcanza.

Ellos fueron mis faros silenciosos,
los únicos que podían transformar el dolor
en una pregunta luminosa.

 

XXXIII. El cansancio antiguo del país

Había un cansancio en mi pueblo
que no era físico ni reciente:
era un cansancio heredado,
una fatiga de generaciones
que aprendieron a sobrevivir sin descanso.

A veces temía que ese agotamiento
se volviera parte del alma,
como una segunda piel
que uno acepta sin querer.

 

XXXIV. El destino que se repite

Miraba a los niños
y tenía miedo.

Miedo de que el barro
se convirtiera en herencia,
miedo de que la pobreza
tuviera memoria más larga que la esperanza.

Me preguntaba si un niño
podía escapar del destino de sus padres
cuando aún no sabía nombrar el suyo.

 

 

XXXV. Hogares deshilachados

Vi familias rotas por la pobreza,
padres que no podían responder
a las preguntas más simples,
madres cansadas antes de tiempo,
hogares donde no se sabía
qué era descansar.

Comprendí entonces
que la educación empieza
en la herida que el maestro no ve,
pero que el niño carga como un pan demasiado pesado.

 

XXXVI. El instante en que un niño comprende

Hay un momento inexplicable
en que un niño descubre algo nuevo
y el mundo respira distinto.

Ese destello
me enseñó más que los años,
porque en un solo gesto
podía ver abrirse todo el porvenir,
como si la vida, por un segundo,
recordara que aún puede levantarse.

 

XXXVII. El maestro como guardián del espíritu

No eran solo instructores:
eran custodios del alma ajena.

Ellos enseñaban sin saber
que cada palabra suya
era una piedra en el puente
que un niño usaría para cruzar su propia noche.

Desde aquí,
solo puedo agradecerles
por haber cuidado lo que yo apenas comprendía.

 

 

 

XXXVIII. La deuda silenciosa

Hay deudas que un país no reconoce
pero que lo acompañan siempre,
como una sombra pegada al corazón.

La deuda con los maestros
no era económica ni material:
era una deuda moral,
el reconocimiento de que sin ellos
ninguna generación habría encontrado su voz.

 

XXXIX. La escuela por venir

Imaginaba una escuela distinta,
no cerrada ni tímida,
sino un río abierto hacia el mundo.

Una escuela donde cada niño
pudiera nombrarse por primera vez,
como quien descubre que la vida
tiene un lugar reservado para él.

Esa visión me acompañó hasta el final,
más pura que cualquier teoría,
más verdadera que cualquier plan.

 

XL. La vejez como un aula

Mis últimos años fueron una escuela:
aprendí a mirar con lentitud,
a entender que el país que soñé
era también un espejo
donde veía mis fracasos y mis certezas.

Desde la posteridad,
sé que la vejez enseña
lo que la juventud no escucha:
que cada acto,
cada duda,
cada ternura tardía,
es también una forma de educación.

 

 

26.   EL RUMOR DE LA SANGRE Y LA ESPERANZA

 

I. Herencia en la frente

Vengo de una casa donde los retratos
no eran decoración,
sino preguntas.

Mi abuelo,
que se atrevió a fundar una escuela laica
cuando la fe era una frontera de piedra,
me dejó en la frente
una lámpara encendida.

En mi familia
las ideas eran más peligrosas que las armas,
y sin embargo,
eran el único legado que valía la pena.

No heredé tierras ni palacios,
heredé una incomodidad antigua:
no aceptar que el mundo
estuviera terminado.

Desde niño supe
que pensar tenía costo,
pero nunca aprendí
a pensar a medias.

 

II. Conozco la muerte y amo la vida

Con estas manos
abrí mil quinientos pechos en silencio.

Vi corazones detenidos como relojes rotos,
pulmones llenos de polvo y despedidas,
cerebros apagados
donde alguna vez ardió un pensamiento.

En la mesa fría
la muerte no era una estatua solemne,
sino un inventario de causas,
una suma de olvidos, descuidos y pobrezas.

Mientras cortaba tejidos,
mientras buscaba la huella final del dolor,
iba comprendiendo otra cosa:
no se puede amar la vida
sin conocer sus enemigos.

Fue entre cadáveres
que aprendí a defender a los vivos.

 

III. Las puertas cerradas

Fui buen estudiante,
me esforcé en cada examen
como quien afila una herramienta necesaria.

Pero cuando golpeé las puertas del trabajo
me respondieron con silencio.

Concursos donde era el único postulante
quedaron vacíos como una burla educada,
como si mi biografía entera
fuera un antecedente inconveniente.

Me enseñaron, sin quererlo,
que la coherencia tiene precio,
y que a veces la fidelidad a uno mismo
te condena a pasillos grises,
a mesas de anatomía
en vez de consultorios bien iluminados.

Sin embargo,
esas puertas cerradas
me guiaron hacia otra entrada:
la de un pueblo que todavía
no sabía cómo llamarme,
pero ya me estaba esperando.

 

IV. La barricada interior

No fui teórico de biblioteca,
fui un hombre que leyó a Marx
con las manos manchadas de formol
y el oído pegado a la calle.

Supe pronto
que una idea sin cuerpo
es un lujo para tiempos tranquilos,
y que la realidad
corrige a los libros sin pedir permiso.

Mantenerme en la misma barricada
no fue romanticismo,
fue una forma de no traicionar
al muchacho que fui,
aquel que salió expulsado de la Universidad
por creer que la injusticia
no era una asignatura optativa.

Podía cambiar de diagnóstico,
pero no de lado.

 

V. Derrotas que educan

Conozco las noches de la derrota,
el murmullo de las plazas
donde la gente pregunta en voz baja
si todo fue en vano.

Perdí elecciones por un puñado de votos
y vi al pueblo, ardido de sospechas,
dispuesto a romper la costra de la calma.

Aquella vez,
pude dejarme llevar por la herida abierta,
pude alimentar la furia
como quien aviva un incendio.

Elegí otra cosa:
contener la ola,
susurrar que habíamos perdido una batalla
y no la historia completa.

Desde esta distancia lo sé:
esa renuncia al atajo,
ese respeto doloroso por la forma,
fue el ladrillo invisible
de mi autoridad futura.

El que no se embriaga con la rabia
puede mirar más lejos.

 

 

VI. La voz que sembré

Durante años hablé sin micrófonos,
sin cámaras amigas,
sin pantallas que multiplicaran mi rostro.

Mi verdadera tribuna
fueron las manos callosas que estreché,
los pasillos de hospitales,
los patios de fábricas,
las salas donde un pizarrón
era la única lujosa blancura.

Comprendí que una campaña
no se hace con slogans,
sino con cicatrices compartidas.

Cada derrota fue también
un censo de dolores,
un mapa de necesidades
que iba dibujando en silencio
sobre mi propia conciencia.

Cuando al fin llegó la victoria,
no sentí que subía,
sentí que volvía
al lugar al que había estado llegando
toda la vida.

 

VII. El peso del privilegio

He visto cómo el dolor
puede templar a un hombre,
pero también cómo la mejora repentina
puede adormecer su conciencia.

Temí siempre
que algunos trabajadores
olvidaran de dónde venían
cuando la vida les sonreía un poco más.

El privilegio,
aunque sea ganado con justicia,
tiene la mala costumbre
de construir muros invisibles.

No quise aristócratas de ninguna clase,
ni de sangre,
ni de dinero,
ni de fábrica.

Preferí repetir, una y otra vez,
que ningún derecho individual
debía crecer tanto
que oscureciera la dignidad del resto.

Desde aquí lo veo claro:
el verdadero descanso
no es ganar más que los otros,
sino saber que nadie
se queda sin silla en la mesa.

 

VIII. América que sangra en silencio

Miro hacia atrás
y veo un continente entero
trabajando como un corazón agotado.

Exportamos montañas,
ríos, bosques, metales,
y sin embargo nuestros niños
seguían contando las monedas
antes de comprar pan.

Era una paradoja brutal:
países ricos de puertas hacia afuera,
pobres de puertas hacia adentro.

Yo no odiaba a ningún pueblo,
pero no podía aceptar,
como médico,
que un cuerpo diera su sangre
hasta desmayarse
mientras otros medían la ganancia
con una sonrisa técnica.

América Latina,
la vi como una gran enferma lúcida:
sabía qué la dañaba,
pero le faltaban fuerzas
para cambiar de tratamiento.

IX. El mineral y el alma

Aprendí a nombrar al cobre
como otros nombran al pan.

No lo vi sólo como un metal rojo,
lo vi como horas de sueño perdidas,
espaldas encorvadas,
familias que esperaban noticias
en campamentos de polvo y viento.

Cada veta en la roca
era también una historia humana,
una apuesta al futuro,
un intento de transformar la tierra dura
en algo que pudiera llamarse hogar.

Quería que ese esfuerzo
no se disolviera más allá del mar,
quería que el brillo del mineral
volviera en forma de escuelas,
de cuadernos,
de camas sin goteras.

No era codicia,
era sentido de reciprocidad:
si la tierra nos entrega su corazón,
debemos devolvérselo al pueblo
en forma de vida digna.

 

X. Confianza en el hombre

Vi de cerca
hasta dónde puede llegar la inteligencia:
cohetes atravesando el cielo,
máquinas latiendo bajo la piel del planeta,
instrumentos capaces de leer
lo que el ojo desnudo nunca vería.

Pero también vi
hasta dónde puede caer el alma
cuando se olvida del otro.

Desde esta lejanía
la Tierra parece un barco frágil,
perdido en un mar sin orillas.
No importa el idioma del pasajero
si el casco se abre en dos.

Por eso creí,
y sigo creyendo,
en un hombre distinto:
no el que mide su valor en monedas,
sino en la huella que deja
en la vida de los demás.

Conozco la muerte,
la he visto demasiadas veces
como para temerle en secreto.

Tal vez por eso amo la vida
con una terquedad sin remedio,
y sigo confiando,
a pesar de todo,
en que el ser humano
puede aprender a ser
menos dueño
y más hermano.

 

27.   EL PORVENIR QUE HABITA

 

I. El conocimiento y su sombra

Desde aquí, donde ya no pesan los calendarios,
miro el largo río de la inteligencia humana
y veo su brillo y su herida.

La ciencia,
que debió ser lámpara para todos,
a veces fue muro,
a veces frontera,
a veces una mano que no se extendió
cuando más se la necesitaba.

Yo viví el asombro del siglo:
máquinas que desafiaron al viento,
hombres que arrancaron chispas al cosmos.
Pero también vi la sombra inevitable:
saberes acumulados como tesoros privados,
mientras pueblos enteros
seguían buscando agua en la noche.

El conocimiento, lo comprendí tarde,
solo tiene sentido
cuando su luz alcanza
hasta el último rostro humano.

 

II. Horizonte del año dos mil

Soñé con el año dos mil
cuando aún quedaba lejos,
como una estrella que se intuye
pero no se nombra.

Imaginé a mis hijos,
a los hijos de mis hijos,
navegando sobre un planeta
dominado por la inteligencia humana,
y no por la ambición.

Pensé en un siglo venidero
donde el hombre,
después de vencer al fuego y al aire,
dominaría por fin
su propia violencia secreta.

Desde esta distancia,
ya sin carne para temer,
veo cuánto nos falta todavía
para merecer ese porvenir.

El futuro no es un regalo:
es una tarea inconclusa
que cada generación recibe
como una carta sin firma.

 

III. La herida invisible de los pueblos

Entendí, con dolor maduro,
que la dependencia no es un grillete visible,
sino una llovizna lenta
que empapa el alma de un pueblo
sin que este lo advierta.

Es una forma de silencio,
una renuncia que se aprende,
un espejo que nos devuelve
una imagen ajena.

A veces pensamos que somos libres
porque caminamos,
pero no vemos
que avanzamos dentro de un cerco
dibujado por otros.

La verdadera independencia
no es un acto solemne,
sino el despertar humilde
de un pueblo que se reconoce capaz
de pensar por sí mismo.

 

IV. El hombre y su criatura

La ciencia no es culpable,
pero el hombre puede extraviar
su propósito al construirla.

Vi cómo la inteligencia,
cuando se desentiende del que sufre,
se convierte en una torre sin puertas,
hermosa y vacía.

Y vi también
cómo una pequeña innovación,
puesta al servicio del hambre,
de la salud,
del descanso,
se volvía milagro cotidiano.

Comprendí entonces
que cada invento tiene un alma,
y que esa alma
es la intención de quien lo usa.

Soy médico;
y sé que la técnica
solo es grande
cuando defiende la vida.

 

V. Lo que perdimos sin notarlo

En mi tiempo,
nuestros mejores jóvenes
cruzaban el océano
con la esperanza en la maleta
y el país a medio hacer en el corazón.

Se iban sin querer irse,
atraídos por una luz más intensa,
por laboratorios que parecían templos,
por ciudades que prometían
hacer visible su talento.

Y cada uno que partía
dejaba tras de sí
un pequeño vacío en el futuro,
un invento posible que no nació,
una cura que no llegaría a tiempo,
un pensamiento que no aprendimos a escuchar.

Desde aquí lo digo:
ningún país pierde tanto
como cuando pierde a sus hijos
antes de que amanezcan.

 

VI. Conciencia para quien sabe

Siempre creí que el saber
obliga a mirar más hondo.

Un científico,
un técnico,
un profesional de manos limpias y mente despierta,
no es solo el resultado de un estudio:
es el fruto silencioso
de un esfuerzo colectivo.

Alguien sembró el trigo
para que él comiera.
Alguien iluminó su mesa
con trabajo ajeno.
Alguien sostuvo su infancia
cuando él no sabía aún
cómo sostener un lápiz.

Por eso pedí conciencia,
no como mandato,
sino como acto de gratitud.

El conocimiento sin memoria
se vuelve soberbia.
El conocimiento con memoria
se vuelve servicio.

 

VII. La tarea pendiente

Sé que el desarrollo
no se mide en altura de edificios
ni en motores más veloces.

El verdadero progreso
es la armonía entre lo que el hombre crea
y lo que el hombre necesita.

Alguna vez dije
que la ciencia debía ponerse
al servicio del país que la sostiene.
Hoy lo repito desde esta orilla:

si un invento no mejora la vida,
si un cálculo no alivia un dolor,
si una fórmula no abre caminos,
entonces la ciencia ha olvidado
su razón de nacer.

El porvenir nos espera todavía,
con su silencio de página en blanco.

 

28.  LA RECTITUD DE LA PALABRA

 

I. Carta al que discrepa

Te escribo desde un tiempo
donde ya no pesan los sellos ni los timbres,
donde las firmas se borraron del papel,
pero permanece, terco,
el temblor de la mano que firmaba.

Recibí muchas cartas en mi vida,
algunas eran disparos envueltos en cortesía,
otras eran dudas legítimas
que venían cargadas de angustia
por los que trabajan la tierra.

Yo respondía como pude:
no con la infalibilidad de los héroes,
sino con la fragilidad de un hombre
que sabe que cada decisión
puede tocar el pan de otro.

Aprendí que escuchar al que discrepa
es tan necesario como oír al que aplaude,
y que el respeto a la ley,
cuando se vive de verdad,
es también un acto de humildad
ante la historia que nos mira.

No contesté siempre a tiempo,
lo confieso;
pero en cada carta que devolvía al mundo
iba mi empeño por ser coherente
con la palabra que había entregado
a quienes confiaron en mí.

 

II. La tierra y los rostros

La tierra nunca fue, para mí,
una cifra en un decreto,
ni una superficie trazada
con regla sobre un mapa.

La vi en los pies agrietados
del que madruga con el barro en la sangre,
en la espalda que se dobla
y no sabe de domingos,
en la mirada silenciosa
del que ve pasar las estaciones
sin que nunca cambie su destino.

Aprendí a mirar el campo
como un libro viejo y maltratado
que otros habían leído a su antojo,
dejando al margen, sin voz,
a quienes lo escribieron con sus manos.

Por eso quise, en lo que pude,
que la tierra no se repartiera
como botín sin memoria,
sino como acto de justicia
hacia los que la habían regado
con sudor y paciencia.

No busqué perfección,
no la encontré;
solo intenté que cada hectárea
tuviera adentro un rostro,
un nombre,
un futuro posible.

 

III. Los olvidados de siempre

Hubo un pueblo,
muchos pueblos,
a los que se les quitó primero la tierra
y luego el derecho a nombrarla.

Los vi convertidos en nota al pie
de la historia oficial,
en murmullo que apenas se oía
en las grandes ceremonias.

A ellos les debía algo más
que discursos y promesas:
les debía el gesto concreto
de decirles:
“Ustedes existen
y el país lleva su huella
en cada río y en cada montaña.”

Quise que tuvieran
no solo un lugar en los papeles,
sino en la mesa donde se toman decisiones,
que no fueran folclor para turistas
ni culpa de un día domingo,
sino parte viva de un mañana distinto.

Desde esta distancia,
si algo reivindico de mis actos,
es haber intentado
que los más antiguos derrotados
supieran, al menos por un instante,
que no estaban del todo solos.

 

IV. La ley y la conciencia

Fue difícil caminar
entre dos fuegos invisibles:
la letra fría de los códigos
y el clamor caliente
de los que se sabían postergados.

Comprendí que respetar la ley
no podía significar
respetar también la injusticia.
Pero también entendí
que no hay justicia duradera
si se construye solo sobre la rabia.

Viví en esa cuerda tensa:
no quise ser verdugo,
no quise ser cobarde.
Quise que la norma
se abriera paso junto a la conciencia,
como dos aguas que se encuentran
sin destruirse.

Sé que muchos esperaban
la mano dura del castigo,
y otros, la mano abierta del perdón sin medida.
Yo, con mis límites humanos,
busqué una tercera mano
que sostuviera el equilibrio
entre lo que era correcto
y lo que era compasivo.

Si fallé,
no fue por amar poco al derecho,
sino por amar demasiado
al ser humano que estaba detrás
de cada litigio.

 

 

V. La voz del campesino

Durante siglos,
se habló sobre ellos,
pero casi nunca con ellos.

Acostumbrados a oír órdenes,
aplausos ajenos, decisiones lejanas,
los campesinos eran la sombra
que hacía posible la cosecha
y luego desaparecía
en el anonimato del invierno.

Yo quise que se sentaran a la mesa,
no como invitados de piedra,
sino como sujetos de su propio destino.
Que opinaran de su tierra,
de su trabajo,
de su futuro,
que miraran los papeles
y reconocieran en ellos
algo más que palabras extrañas.

La participación
no era para mí un adorno moderno,
sino una forma de decirles:
“Tu experiencia vale,
tu juicio importa,
este país no está completo sin tu voz.”

Si hoy pudiera hablarles de nuevo,
les diría lo mismo:
nadie debe decidir por ustedes
cómo se reparte la lluvia sobre los surcos,
porque nadie los conoce mejor
que sus propias manos.

 

VI. Lo que quise decir al firmar

Cada decreto,
cada decisión escrita,
no era solo un acto de gobierno:
era una conversación silenciosa
con quienes nunca vería de cerca.

Al firmar, pensaba
en el niño que aún no nacía
y en el anciano que ya estaba cansado,
en la mujer que llevaba la casa al hombro,
en el hombre que, al terminar la jornada,
miraba el horizonte buscando
alguna señal de cambio.

Sabía que apresurarse
podía traer errores,
y que demorarse
podía significar
un invierno más de espera.

Entre esas dos orillas
se movía mi mano,
tratando de ser fiel
a lo que había prometido:
construir, en la medida humana posible,
un país donde nadie
fuera descartado de antemano.

Si algo aprendí en esa tarea
es que gobernar no es mandar,
sino sentirse constantemente juzgado
por aquellos
que tal vez nunca pronunciarán tu nombre,
pero recibirán, en su mesa o en su intemperie,
las consecuencias de tu firma.

 

29.   EL HOMBRE QUE MIRA DESDE MAÑANA

 

I. La universidad que me llama por mi nombre

Cuando cruzo el umbral de una universidad,
no entro a un edificio:
regreso a una casa que me recuerda
quién fui antes de los honores,
antes de la banda y el retrato.

Allí aprendí que una sala de clases
puede ser trinchera de preguntas,
que una pizarra
puede contener más futuro
que un salón de gobierno,
que un estudiante insomne
vale tanto como una ley
cuando busca, a tientas, la verdad.

Yo también fui
ese muchacho que discute en los pasillos,
que sueña con cambiar el mundo
con menos experiencia que coraje,
con más libros prestados
que certezas definitivas.

Por eso, cuando los miro,
no los contemplo desde arriba:
me reconozco.
En su impaciencia vive
el fragmento más limpio
de lo que alguna vez quise ser.

 

II. Los jóvenes y el espejo del mañana

Les hablé como quien se mira en un agua futura:
ustedes, les dije,
son los habitantes del siglo que yo no veré,
los que caminarán por calles que aún no existen,
los que tomarán decisiones
que mi mano ya no alcanzará a firmar.

Los vi sentados ante mí
con cuadernos, dudas,
amores recién estrenados,
y al mismo tiempo los vi envejecidos,
con canas de responsabilidad en la frente,
sosteniendo sobre los hombros
un país que todavía no aprende a nombrarse.

En cada rostro joven
hay una pregunta pendiente:
¿a quién le debo mi talento?,
¿para qué sirve mi inteligencia?,
¿seré un fugitivo de mí mismo
o un trabajador del destino de los otros?

Los invité a elegir silencio o compromiso,
comodidad o desvelo,
y no como un juez,
sino como un hombre que sabe
que el mañana se construye
en la biblioteca
y en la conciencia,
a la misma hora.

 

III. Entre el aula y el taller

Siempre sentí que la universidad
no debía quedar colgada en el aire,
como lámpara aislada del polvo del mundo.

Quise que el libro se manchara de grasa,
que la fórmula se escuchara en la fábrica,
que el diseño bajara del papel
para convertirse en puente, herramienta, abrigo.

No concibo el conocimiento
como un jardín cerrado,
sino como una puerta que se abre
hacia el taller del pueblo:
allí donde una máquina cansada
espera manos que la entiendan,
donde un barrio sin luz
aguarda el destello de un plano,
donde una casa inconclusa
sueña con la geometría de un techo.

Invité a los jóvenes
a ensuciarse los zapatos,
a dejar que el cemento, la madera,
el metal y el viento
les corrigieran los apuntes.

Porque un técnico sin pueblo
es un instrumento sin cuerda,
y un obrero sin ciencia
es una fuerza con alas amarradas.
Yo quise que se encontraran,
cara a cara,
en la misma página de la realidad.

 

 

IV. Ciencia para el rostro humano

Siempre me maravilló
la capacidad del ser humano
para someter la materia,
domar el fuego,
hacer hablar al metal y a la estrella.

Pero más me horrorizaba
la facilidad con que se olvidaba
del niño sin abrigo,
de la madre sin descanso,
del anciano que aprendió demasiado tarde
a pronunciar su propio nombre.

Para mí,
ninguna ecuación vale más
que una lágrima evitada,
ningún logro técnico es completo
si deja intacta la soledad de un barrio,
el hambre de un hogar,
el anonimato de los que nunca
escuchan su apellido en la noticia.

Quise una ciencia
que supiera bajar las escaleras,
salir de la torre de vidrio
y caminar descalza por los cerros,
escuchar el ruido del mercado,
oler el humo de las cocinas,
aprender la geografía
del miedo y de la esperanza.

Si de algo estoy seguro
desde esta distancia sin fechas,
es que el conocimiento
solo se justifica
cuando se inclina, sin humillarse,
ante la dignidad de la persona concreta
que tiende la mano
y no pide milagros,
sino oportunidades.

 

 

 

V. El viejo combatiente y sus hijos

Les hablé como quien ya ha visto
varias estaciones de la historia,
como un viejo combatiente
que conoce el precio de cada consigna
escrita demasiado rápido.

Yo venía cargado
de nombres borrados,
de fechas que se pronuncian en voz baja,
de derrotas que nos enseñaron
a respetar al adversario
sin entregar la propia conciencia.

Por eso les exigí más que obediencia:
les pedí lucidez,
les pedí que desconfiaran
de las salidas fáciles,
que sospecharan de la pureza sin dudas,
que aprendieran a dialogar
sin vender el alma.

Les entregué la tarea
de mejorar lo que apenas alcanzamos a empezar,
de corregir nuestros errores
sin renegar del esfuerzo,
de amar a su país
de un modo menos ingenuo
pero no menos intenso.

Si merezco llamarlos compañeros,
no es por la autoridad que tuve,
sino porque deposité en ustedes
la parte mejor de mi esperanza:
esa que sabe
que el relevo verdadero
no se mide en cumpleaños,
sino en profundidad de mirada.

 

 

 

VI. Tecnología y responsabilidad

Vi máquinas que podían
cavar montañas,
alumbrar ciudades,
comprimir la distancia
entre un puerto y otro.

Vi, también,
mecanismos invisibles
capaces de convertir a un hombre
en pieza descartable,
en cifra que se mueve
en un tablero distante.

Comprendí que cada avance
trae escondida una pregunta:
¿sirve esto para liberar o para encadenar?,
¿para acercar o para aislar?,
¿para compartir o para acumular?

No temí a la modernidad,
pero sí temí
a la falta de conciencia
de quienes la manejan.

Por eso hablé a los jóvenes
como a futuros guardianes
de un fuego delicado:
ustedes decidirán
si la energía construye hogares
o fabrica soledades,
si la técnica abre caminos
o levanta nuevas murallas.

Desde esta orilla del tiempo
repito lo mismo:
ningún circuito,
ningún algoritmo,
ningún prodigio de acero
vale más que la mano
que lo dirige
y el corazón
que le da sentido.

 

VII. El hombre nuevo que no veré

A veces,
cuando terminaba de hablar
y las manos aplaudían en oleadas,
yo pensaba en silencio:

“Tal vez yo no vea
las calles que estos jóvenes sueñan,
ni las formas exactas
de la sociedad que imaginan,
pero he tenido el privilegio
de encenderles una chispa.”

No hablo de un hombre perfecto,
inmaculado, sin errores;
hablo de un ser humano
que ha roto el espejo del egoísmo,
que se reconoce en el otro
sin perderse a sí mismo,
que entiende su profesión
como servicio
y no como pedestal.

Ese hombre nuevo,
esa mujer nueva,
no nacerán de un decreto ni de un discurso:
se forjan en la duda asumida,
en la renuncia a ciertos privilegios,
en la elección cotidiana
de no dar la espalda.

Yo solo fui
un eslabón imperfecto
en esa cadena que no termina.
Si algo deseo,
desde la serenidad de esta distancia,
es que al mirarse al espejo
un joven de cualquier época
pueda decir, sin vergüenza:

“En mí comienza
lo que otros soñaron.
En mí continúa
lo que otros empezaron a construir
con las manos vacías
y la conciencia despierta.”

30.  LA UNIVERSIDAD QUE LLEVO EN LA SANGRE

 

I. El privilegio de estudiar

Yo sé lo que pesa un cuaderno vacío
en las manos de quien nunca tuvo escuela.
Sé lo que duele una sala iluminada
cuando afuera hay un muchacho pegado a los vidrios
con los bolsillos llenos de invierno.

Por eso les hablé mirándolos de frente,
no como un maestro que dicta,
sino como alguien que vuelve a su propia juventud
y la encuentra sentada en los peldaños de la universidad,
fumando dudas en la escalera,
riendo para no pensar demasiado
en lo que costó cruzar esa puerta.

Ser estudiante es un privilegio,
aunque los muros estén gastados
y las bibliotecas huelan a polvo y espera.
Es un privilegio
aun cuando el país entero
parezca un hospital sin camas suficientes,
y ustedes, con sus mochilas breves,
caminen por encima de la herida
sin darse cuenta de que la herida los sostiene.

Yo no vine a buscar un título
para colgarlo como un espejo
sobre la mesa donde se firma el éxito.
Fui a aprender el misterio de la carne que se apaga,
los nombres secretos de la fiebre,
el horario silencioso con que la muerte
entra a cada barrio.

La medicina fue mi pretexto
para acercarme al dolor de los otros,
para escuchar el rumor de la pobreza
detrás del estetoscopio.
Ahí entendí
que estudiar no es acumular respuestas,
sino dejar que las preguntas del mundo
te desordenen la vida.

Ustedes, que llenan estas aulas
con ropa recién lavada y cuadernos rayados,
no olviden a los que no cruzarán este umbral,
a los que se quedan en la esquina
aprendiendo a sobrevivir sin manual de instrucciones.
No olviden que cada página que pasan
la paga un obrero con sus manos agrietadas,
una mujer que se levanta antes del sol,
un anciano que renuncia a un remedio
para que su nieto compre un libro usado.

Ser estudiante
es llevar sobre los hombros
una parte del futuro de los demás.
No basta con aprobar exámenes:
hay que dejar que el conocimiento
te cambie la forma de mirar las calles,
que cada ecuación, cada verso, cada átomo
te recuerde que en algún lugar del país
hay alguien que no sabe leer su propio nombre.

Yo los vi gritar consignas
como si el eco fuera suficiente,
vi los lienzos pintados con urgencia,
vi la impaciencia golpeando los pupitres.
Pero también vi, en los ojos más limpios,
la pregunta más dura:
“¿Qué hago con todo esto que sé
cuando el pueblo me mira y no tiene monedas
para pagar una consulta, una entrada, una esperanza?”

Estudiar es un privilegio, sí,
pero sobre todo es una deuda.
No con un gobierno,
no con una corriente de ideas,
sino con el niño que fui
y con el que hoy aspira el olor del campus
desde el otro lado de la reja.

 

II. El estudiante que fui

No hablo desde un pedestal de bronce,
hablo desde una celda que ya no existe,
desde un patio donde el frío
ocupaba el lugar de los argumentos.

Yo también fui expulsado
con una maleta llena de apuntes
y la certeza de no haber traicionado
nada que valiera la pena salvar.
Yo también aprendí la anatomía del miedo
cuando la universidad se volvía cuartel,
cuando la palabra “reforma”
sonaba como un vidrio quebrado en la noche.

No fui un estudiante obediente.
Las clases me enseñaban el cuerpo,
pero las calles me enseñaban el país.
Entre una autopsia y un mitin
fui armando mi propio mapa,
donde la sangre no era solo una lámina roja
bajo el microscopio,
sino el hilo silencioso
que unía al enfermo sin cama
con el niño sin cuaderno
y el obrero sin salario suficiente.

Fui a la universidad a buscar
el lugar más cercano al dolor humano,
y lo encontré en la medicina,
en esos cuerpos abiertos como preguntas,
en esas manos que ya no podían cerrar el puño.
Hice más de mil quinientas autopsias
y cada una fue una lección sin cátedra
sobre lo que el sistema le hace al cuerpo del pobre.

Ser joven en mi generación
no era solamente leer libros prohibidos,
era aprender a contar los días
entre un allanamiento y el siguiente,
era descubrir que un poema puede escribirse
en la pared de una comisaría,
que la dignidad también se contagia
si alguien tiene el valor de nombrarla en voz alta.

No quiero que me vean
como una estatua que pronuncia discursos.
Fui carne de aula,
fui carne de pasillo,
fui carne de cárcel.
Supe lo que es temblar al escuchar pasos
en la escalera equivocada,
supe lo que es estudiar a la luz de un cigarrillo
porque la lámpara estaba ocupada
por la preocupación de mis padres.

Cuando les pido responsabilidad
no lo hago desde un trono,
sino desde la memoria del muchacho
que salió a la calle
a protestar contra un mundo que lo asfixiaba
y volvió con la ropa rota
pero con los ojos más despiertos.

Yo sé que la teoría seduce,
que hay frases que parecen atajos
hacia una pureza imposible.
Yo mismo leí a los grandes
en noches donde la pólvora de la historia
todavía flotaba en el aire.
Pero cada vez que un libro me ofrecía certeza,
un enfermo sin remedios
me devolvía a la duda.

El estudiante que fui
no desapareció cuando juré el cargo.
Sigue sentado en la última fila,
con el mismo cuaderno gastado,
mirando a estos jóvenes de hoy
y preguntándoles, en silencio:
“¿Van a usar la inteligencia
como una almohada,
o como una antorcha?”

 

III. Juventud, impaciencia y fuego

Yo los escuché, muchachos,
cuando el ardor les subía a la garganta
y el mundo les parecía demasiado lento,
demasiado viejo,
demasiado lleno de excusas.

Reconozco esa fiebre.
La tuve en la piel
cuando creía que un solo gesto
podía cambiar la dirección del río.
Sé lo que es despreciar las etapas,
querer derribar las puertas
sin leer el letrero que dice “salida de emergencia”.

Pero el tiempo me enseñó otra cosa:
los pueblos no cambian de piel
como una serpiente solitaria.
Cambian de a poco,
con cicatrices,
con recaídas,
con noches donde parece
que todo está perdido
y al amanecer queda, sin embargo,
una brasa encendida bajo las cenizas.

No les pido que apaguen el fuego,
les pido que aprendan a manejarlo.
Un incendio mal dirigido
puede devorar el mismo bosque
que querían proteger.
Una toma improvisada,
un gesto sin pensar
puede abrir la puerta
a quienes sueñan con demostrar
que el caos somos nosotros.

Yo no quiero jóvenes obedientes,
quiero jóvenes responsables.
Que discutan, que contradigan,
que exijan explicaciones,
pero que también sepan
que hay vidas colgando
de cada decisión apresurada.

A veces, detrás de un acto “radical”,
hay manos invisibles
que empujan hacia el abismo
esperando cobrarse la caída.
La historia conoce bien
el truco de los provocadores,
la antorcha puesta en el lugar preciso
para justificar una masacre.

No escribo esto para asustarlos,
sino para compartir la experiencia
de quien ha visto demasiados funerales jóvenes
en nombre de causas justas
mal calculadas.

La impaciencia es necesaria
como energía de arranque,
como ese motor interno
que no deja que el conformismo
se acomode en los sillones.
Pero si la impaciencia gobierna,
termina convirtiendo al aliado
en sospechoso,
al hermano en enemigo,
al desacuerdo en traición.

Yo los necesito lúcidos
más que rabiosos,
comprometidos más que histéricos,
capaces de construir
y no solo de denunciar.

Cuando les hablé en esa universidad,
no estaba defendiendo un título ni un honor,
sino la posibilidad frágil
de un camino nuevo sin cadáveres innecesarios.
Esa posibilidad es un cristal delgado:
se rompe con los golpes del odio,
pero también con los golpes del purismo
que no sabe esperar.

Juventud,
no pierdas tu fuego:
aprende a encenderlo donde alumbre
y no donde arrase.
Que tu rebeldía
no sea una pose para el espejo,
sino una forma responsable
de no resignarte jamás
ante la injusticia.

 

 

IV. La casa de las preguntas

Siempre sentí la universidad
como una casa ajena y propia a la vez:
ajena, porque muchos nunca llegaban hasta ella;
propia, porque ahí se reunían
las preguntas más tercas de una generación.

No la quise jamás como un templo cerrado,
lleno de fórmulas que no tocan la calle,
ni como un club de privilegios
donde algunos se entrenan
para mandar mejor que sus padres.

La soñé —y sigo soñándola—
como un taller de humanidad,
donde la ciencia se ensucia las manos
en la realidad del pueblo,
donde las humanidades no se quedan
corriendo en círculos sobre el papel.

Cuando entré a esas aulas de Concepción,
vi rostros que me devolvieron
a mis propios pasillos juveniles:
la mezcla de arrojo y miedo,
de lucidez y arrogancia,
de ternura escondida
detrás de consignas bien gritadas.

Les hablé de respeto
no porque necesitara silencio,
sino porque sabía
que sin respeto no hay diálogo
y sin diálogo no hay aprendizaje.
La crítica es agua,
pero el insulto es ácido:
termina dañando el mismo vaso
que la contiene.

Defendí la autonomía
no como excusa para la neutralidad,
sino como condición
para una crítica honesta.
Una universidad sometida
no piensa, repite;
una universidad aislada
se vuelve irrelevante;
una universidad comprometida
es la que pone su inteligencia
al servicio del dolor real de la gente.

Quise decirles,
con palabras a veces duras,
que no hay muro universitario
que pueda protegerlos
del llamado del país entero.
Estudian en un territorio
donde cada sala
debería dar a un patio
llamado “historias de otros”,
y desde ahí salir,
cada cual con su saber,
a remendar lo que se pueda.

Hoy, desde esta distancia
que ya no mide el calendario,
vuelvo a mirar esa escena:
jóvenes fieros,
autoridades incómodas,
un viejo político que insiste
en hablar de conciencia y responsabilidad.

Y me digo que la universidad
sigue siendo el laboratorio del porvenir:
lo que ahí se piense
llegará tarde o temprano
a las escuelas, a los tribunales,
a los hospitales, a las fábricas.
Lo que ahí se calle
también tendrá consecuencias.

Por eso pedí respeto y rebeldía,
autonomía y compromiso,
conocimiento y humildad.
No para ser citado en una placa,
sino para que algún día,
cuando un estudiante cruce el umbral
con su primera libreta,
sepa que entra en una casa de fuego
donde cada pregunta
es también una promesa
para quienes lo esperan afuera.

31.    LA VOZ QUE VUELVE A LA PLAZA

 

I. Los nombres que toqué con la frente

Yo entré en esa casa de muertos
como quien entra a su propia edad.

No llevaba discursos en la boca,
llevaba dos nombres ardiéndome en las manos:
Mario Marín Silva,
Carlos Pérez Bretti.

Aún oigo el eco de la bala
rebotando en el silencio de sus familias,
veinte años de servicio
doblados sobre un uniforme vacío,
tres años, siete meses, quince días
colgando como un calendario interrumpido
en un clavo de la república.

Yo no fui allí a mandar,
fui a inclinar la frente
ante la exactitud terrible del deber cumplido.

Les dije:
no tengo otra riqueza que mi responsabilidad,
no tengo otra autoridad que una vida
gastada en la misma línea,
en la misma convicción,
en la misma trinchera.

Y pedí un minuto de silencio,
pero en verdad pedí algo más:
que el pueblo aprendiera a callar
para escuchar la respiración de sus muertos,
para sentir cómo cada caída
se hunde en la carne del país
como una pala en la tierra.

Porque el terrorismo no es una palabra:
es una silla vacía en la mesa,
un vaso que nadie vuelve a utilizar,
una cama recta, perfectamente tendida
que empieza a llenarse de polvo.

Yo vi esos rostros
como si fueran los míos,
porque el que cae cumpliendo su deber
no cae solo:
arranca una fibra del tejido secreto
que nos sostiene a todos.

Por eso, cuando hablo de mártires,
no pienso en estatuas:
pienso en zapatos gastados,
en manos que ya no tocarán la frente de un hijo,
en un carnet de servicio
que alguien guarda doblado
como si fuera un pequeño ataúd.

Ese día entendí,
una vez más,
que gobernar también es velar cadáveres,
y que a veces la patria
nos habla en voz baja
desde una sala de autopsias.

 

II. Nací de una tormenta, no de un aplauso

Yo no nací de una tarde tranquila,
ni de una firma sonriente en un salón dorado.

Nací de un país sitiado por sus propios miedos,
de bombas anónimas en la noche,
de papeles que mentían en todas las esquinas,
de un general derribado en su uniforme impecable
como un árbol antiguo
cortado de raíz en la mitad de la plaza.

Cuando puse la mano sobre la banda presidencial
sentí el temblor de la pólvora en la seda,
las cicatrices invisibles del caos
cosidas en cada hilo.

Me entregaron un país desordenado a propósito,
un mercado convertido en trampa,
una economía despeñada a empujones,
un terror administrado en cuotas
para que el pueblo dudara de sí mismo.

Y, sin embargo,
yo no elegí la comodidad de la represión.

Pude haber llenado las cárceles
de adversarios y sospechosos,
pude haber hecho del miedo
un funcionario más del Estado,
pude haber gobernado con el látigo
y la palabra orden.

No lo hice.

Preferí el orden frágil
construido en la conciencia del pueblo,
el orden que no se decreta,
el que nace de saber
que la autoridad no es un grito
ni una bota,
sino una coherencia
entre lo que se ha dicho
y lo que se está dispuesto a perder.

Por eso hablé de estadísticas con voz humana,
porque detrás de un ocho por ciento de aumento
en la producción del cobre
hay hombres que entran de noche a la mina
como si entraran al estómago de la montaña
y salen al amanecer
cubiertos de un polvo
que no se quita nunca de la memoria.

Por eso denuncié la mentira sin quemar periódicos,
porque sabía que la prensa
puede ser un cuchillo o un espejo,
y escogí el difícil camino
de que el pueblo aprendiera a mirarse
en un vidrio empañado de calumnias
y aun así reconociera su rostro.

Nací de una tormenta,
sí,
pero mi oficio no fue desatar más relámpagos:
fue aprender a caminar bajo la lluvia
sin dejar de ver el cielo.

Yo sabía
que esa elección me iba acercando
a una muerte sin escolta,
pero no se puede pedirle al pueblo
que no se venda
si uno mismo hipoteca su conciencia
por un poco de tranquilidad.

Por eso, cuando digo “orden”,
hablo del difícil equilibrio
entre la dignidad y el miedo,
entre la ley y la justicia,
entre un país que tiembla
y un hombre que acepta
llevar ese temblor en el pecho
como si fuera un corazón prestado.

 

III. Cobre y tierra en mi respiración

Yo aprendí temprano
que las palabras patria, progreso, desarrollo
se gastan como monedas
cuando no tocan el plato del que tiene hambre.

Por eso hablé del cobre
no como de un metal,
sino como de un salario sumergido
en las vetas de la cordillera.

“El cobre es el sueldo de Chile” dije,
pero estaba pensando
en el pan que faltaba en la mesa,
en la leche que no llegaba al vaso del niño,
en el trabajador que miraba las vitrinas
como se mira un país detrás de un vidrio.

Y cuando hablé de salitre, petróleo, energía,
no recitaba una lista de bodegas:
contaba la historia
de una nación que respira por heridas ajenas,
que vende su sangre en barcos
para comprarse un mendrugo de futuro.

Entonces pronuncie dos palabras
como si fueran dos columnas vivas:
cobre y tierra.

El cobre para que el país aprenda
a reconocerse dueño de su propio pulso,
la tierra para que la miseria
no siga germinando en los surcos
como una mala hierba hereditaria.

Yo vi el mapa de los latifundios
como una radiografía del abuso,
grandes extensiones verdes
con un pequeño punto oscuro en el centro:
el rancho del que trabaja y no posee.

Allí quise entrar con la reforma
no como quien reparte botines,
sino como quien devuelve a un campesino
el rostro que le habían borrado.

Y cuando hablé de cifras,
de millones que se iban en carne y en trigo,
pensaba en una década del hambre
acechando como un animal silencioso
a la vuelta del año dos mil.

No era ideología,
era supervivencia:
un país que no produce su pan
es un niño que depende
del humor de los extraños.

Por eso ligué el cobre a la dignidad
y la tierra al derecho de permanecer,
como si en cada veta y en cada surco
latiera la pregunta más simple:
¿podrá un hombre vivir de su propio trabajo
sin vender su alma al mejor postor?

Esos fueron mis dos pilares,
modestos y enormes:
un metal que asciende desde la oscuridad
y un puñado de tierra que se abre
para que el pueblo, por primera vez,
ponga su nombre en el título de su destino.

Yo no quería otra gloria
que la de ver ese día
en que un obrero del cobre
y un campesino del trigo
se miraran a los ojos
sabiendo que trabajan el mismo país,
que son, entre ambos,
el pan y la respiración de Chile.

 

IV. La vigilancia del corazón

Fui blanco de muchas balas invisibles
antes de escuchar el ruido de la última.

Sobre mi nombre escribieron
que era monstruo, Frankenstein,
que conducía un país de cobardes,
y yo veía al mismo tiempo
al obrero que salía al alba,
a la mujer que hacía fila por un poco de alimento,
al conscripto que se calzaba la bota
con el mismo sueldo estrecho
con que se calza el zapato un empleado.

¿Cobardes?
Cobarde es la mano
que firma calumnias bajo un salario,
no la que tiembla y, sin embargo,
sigue levantando la herramienta.

Yo conocí, de cerca,
el rostro múltiple de la provocación:
siglas inventadas,
falsos revolucionarios empuñando pistolas,
delincuentes vestidos de ideales,
grupos que se llamaban patria y libertad
mientras jugaban con la pólvora
alrededor de la casa de todos.

Supe que buscaban un Calvo Sotelo,
que la historia deja huellas en la nieve
y alguien siempre intenta repetirlas.
Supe que mi cuerpo
podía ser ese atajo hacia el crimen colectivo,
la puerta falsa hacia la dictadura
que siempre aguarda tras la confusión.

Y, sin embargo,
no renegué de la vía difícil:
hacer una revolución
dentro de las reglas que existían,
empujar las paredes,
pero sin derribar la casa sobre los niños.

Por eso hablé, una y otra vez,
de ley, de plebiscito,
de Congreso y de palabra empeñada.
No por miedo a la confrontación,
sino por respeto a la vida,
a esa vida anónima
que siempre paga los costos de la historia.

Llamé a la vigilancia, sí,
pero no a la del odio,
sino a la del corazón despierto.

Quise comités que no fueran turbas
sino conciencias en diálogo,
partidos que entendieran
que ya no luchaban por llegar al gobierno
sino por estar a la altura
del gobierno que el pueblo les había confiado.

Vi a la juventud como un filo luminoso
capaz de cortar las cadenas del pasado,
pero también como un fuego
que debía aprender a distinguir
entre la impaciencia y la lucidez.

Miré a las Fuerzas Armadas
no como un enemigo de clase,
sino como pueblo con uniforme:
hijos de profesores pobres,
de almaceneros, ferroviarios, campesinos,
hombres que no son dueños
de minas ni de bancos,
sino de una responsabilidad
escrita en la Constitución
y en los cementerios militares.

Y confié, tal vez demasiado,
en que esa suma
—pueblo organizado, juventud vigilante,
mujer despierta, uniformado consciente—
sería una muralla suficiente
contra la noche que avanzaba.

Si hoy hablo desde la posteridad,
no es para ajustar cuentas,
sino para decir, simplemente:

yo asumí mi responsabilidad.

Sabía que la violencia,
si la desataban contra mi cuerpo,
no cambiaría el curso íntimo de mis decisiones.
Sabía que se podía apagar mi voz
pero no la pregunta
que dejamos plantada como un árbol

en el centro del país:

¿es posible construir justicia
sin renunciar al respeto por la vida?

Esa pregunta
es la verdadera vigilancia que les dejo.

No vigilen sólo las fronteras,
las fábricas, las urnas.

Vigilen, sobre todo,
ese lugar secreto donde cada uno decide
si va a servir a la dignidad
o al miedo.

Allí, en ese punto mínimo,
sin micrófonos, sin discursos,
sin plazas repletas,
se juega el destino de un país entero.

Y si alguna vez recuerdan mi nombre,
que no sea por la forma en que caí,
sino por haber intentado,
con todas mis fuerzas humanas,
que Chile aprendiera
a caminar erguido
sin que nadie tuviera que pisar
la garganta de otro.

 

 

 

 

32.   ANIVERSARIO DE LA DIGNIDAD

 

I. El día de la dignidad

Yo recuerdo ese día
como si aún temblara en el aire
el metal recién nacido de la roca.

No era solo una fecha
marcada en los calendarios,
era un temblor de conciencia
subiendo desde la tierra
hasta los párpados cansados del pueblo.

Yo bajé a las minas
como quien entra en el pecho de su patria.
El cobre ardía en la oscuridad
como un corazón rodeado de sombras ajenas,
y en cada túnel
la respiración pesada de los hombres
iba escribiendo, sin saberlo,
una frase nueva en la historia.

Dije:
este es el día de la dignidad nacional.
Pero por dentro,
en la soledad más secreta de mi voz,
me dije:
este es el día en que por fin
nos miramos al espejo
sin bajar los ojos
delante de nadie.

No se trataba de banderas
ni de himnos más fuertes,
sino de algo más silencioso:
un obrero comprendiendo
que su mano ya no trabaja
para un rostro lejano
dibujado en una firma extranjera,
sino para el pan que come su hijo,
para el cuaderno donde tiembla
la primera letra de su hija.

Ese día,
el cobre dejó de ser un número
en hojas que nadie leía
y se volvió sangre declarada,
arteria luminosa de un pueblo
que por fin entendía
de dónde venía el pulso
de sus propias madrugadas.

Yo hablé de patria,
pero pensaba en los ojos de las mujeres
que nunca habían sido invitadas
a entender de qué estaba hecho
el trabajo de sus hombres.
Pensaba en los niños
que corrían entre la nieve y el barro
sin saber que bajo sus pies
la riqueza más codiciada del mundo
se escribía con el mismo color
con que se escribe la palabra herida.

Ese día dije:
la dignidad no se compra,
se conquista.
Pero también supe
que toda conquista verdadera
es primero una meditación íntima
sobre el miedo.

Tenía miedo, sí:
miedo a no ser digno
del mandato que llevaba como una piedra
entre el pecho y la garganta,
miedo a que las manos que me habían alzado
no encontraran, al final del día,
otra cosa que cansancio y tinieblas.

Sin embargo,
en la alta cordillera de Andina
vi algo que aún me sostiene
desde la posteridad donde hablo:
un hombre cubierto de polvo
sonrió de lado
mientras yo hablaba de soberanía,
y en esa sonrisa
que no buscaba cámaras ni aplausos
entendí que la dignidad
no era mi discurso,
sino su manera callada
de seguir trabajando
creyendo, por primera vez,
que el fruto de su sudor
podía tener su nombre.

Aquel día de la dignidad,
más que un hito en los libros,
fue un instante mínimo
en la conciencia de millones,
como una lámpara que se enciende
en la pieza pobre de un barrio olvidado.

Yo solo fui la voz,
la figura que hizo de puente,
pero la dignidad verdadera
la llevaba cada minero en el lomo,
cada mujer en la olla,
cada niño en el frío de sus zapatos rotos.

Si hoy hablo desde lejos
no es para repetir consignas,
sino para decirles al oído:
el día de la dignidad
no termina en los calendarios.
Es una tarea inacabable,
un mineral profundo
que cada generación debe extraer
de sí misma.

 

II. El cobre en la casa del hombre

Yo dije:
el cobre es el sueldo de Chile.
Pero en verdad pensaba
en una casa pequeña,
en la mesa donde se reparte
lo poco y lo mucho
que un país puede llamarse.

La economía,
así la nombran los libros,
no es más que ese gesto
de una mujer que decide
entre comprar pan o abrigo,
entre pagar la luz
o postergar otra vez
la medicina del padre enfermo.

El cobre,
antes de ser cifra
en la lengua dura de los mercados,
es la posibilidad de que ese gesto
no sea siempre sacrificio.

Durante décadas
la riqueza se fue por un río invisible
hacia ciudades que nunca hemos pisado.
Con trece millones de semillas
levantaron un árbol de oro
que dio miles de frutos
lejos de nuestra hambre.
Mientras tanto,
las manos que cavaban la raíz del árbol
aprendían a respirar polvo
como si fuera un destino natural.

Yo miré las cuentas,
los intereses, la deuda
que caía sobre nosotros
como lluvia de números.
Cuatro mil doscientos veintiséis millones
pesaban sobre el lomo de un país delgado.
Cada cifra era una noche más
en que alguien se dormía
sin saber que su cansancio
pagaba banquetes lejanos.

Por eso dije:
el cobre debe volver a la casa del hombre.
No a mi escritorio,
no a las cajas de un banco
con otro nombre,
sino a la olla que hierve,
al techo que no gotea,
al cuaderno que no falta.

Comprendí la vida como un presupuesto:
lo que entra,
lo que sale,
lo que falta siempre.
Vi que el país entero
era una familia endeudada
que pagaba intereses
con sudor y paciencia.

Había un cálculo, sin embargo,
que ninguna hoja podía expresar:
el precio moral de la resignación.
Ese cobre que se iba
no era solo metal,
era la costumbre de aceptar
que otros decidieran por nosotros
la altura de nuestros sueños.

Por eso,
cuando hablé de independencia económica,
no hablaba de tecnicismos
que se oxidan en los archivos.
Hablaba de la íntima libertad
de un padre que puede decir
“hoy no faltará el pan”,
de la alegría humilde
de una madre que compra
el primer impermeable de su niña
sin temer que la deuda la persiga
como un perro oscuro.

Yo quise que el cobre,
en vez de ser una vena abierta
que desangra la montaña,
fuera una arteria cerrada
que riega el corazón del pueblo.

Soñé con una patria
donde el salario del mineral
se transformara en escuelas,
en talleres para las mujeres,
en libros que llegaran
a las manos que nunca salieron
de la noche del analfabetismo.

Hoy,
mirando hacia atrás desde esta altura
que no es Macchu Pichu
pero sí un mirador de memoria,
no justifico errores
ni pido indulgencias.
Solo repito despacio:

ningún metal vale la pena
si no se convierte
en una forma concreta de ternura.

El cobre,
en la casa del hombre,
debía ser eso:
el pan sobre la mesa,
el abrigo en el invierno,
la luz en la frente del niño
que aprende a leer su propio destino.

 

III. Los niños bajo la lluvia

Aún veo esas dos escenas
como dos fotografías clavadas
en la pared de mi memoria.

En Concepción,
las niñas salían de la escuela
bajo una lluvia interminable.
Las conté una a una,
como se cuentan las posibilidades
de un país entero:
ciento cuarenta pequeñas gotas humanas
corriendo hacia sus casas.
Solo siete llevaban impermeable.

Siete abrigadas
contra ciento treinta y tres desnudas
ante el frío
y ante la estadística.

En Los Ángeles
ni siquiera hubo siete:
un curso completo
salió al aguacero con la ropa pobre,
esa ropa única
que tarda días en secarse
y horas en enfermar el pecho.

Mientras hablaba de cobre,
planos, toneladas y proyectos,
esas niñas llovían en mi conciencia
como una verdad incómoda:
ninguna revolución
merece su nombre
si los hijos de los trabajadores
siguen entrando al invierno
con la misma fragilidad de siempre.

Yo calculé entonces,
no solo en escudos y dólares,
sino en gripes evitadas,
en pulmones que no se apagan,
en tardes de juego
sin tiritones de fiebre.

Catorce millones de dólares
perdidos en paros inútiles,
en conflictos sin horizonte,
hubieran sido suficientes
para cubrir de impermeables
y botas de goma
a todos los niños de Chile.

Pensé en las mujeres de los campamentos,
en sus manos capaces
de convertir una tela barata
en abrigo digno.
Las imaginé sentadas en talleres sencillos,
máquinas de coser alineadas
como pequeñas fábricas de cuidado,
cortando, cosiendo, riendo,
sabiendo que cada puntada
era una forma de defender
el pecho de un niño desconocido.

Para ellas,
el socialismo no era una consigna,
era la posibilidad de transformar
su tiempo invisible
en un trabajo con sentido:
impermeables a quince escudos,
una prenda que costaba menos
que una noche de hospital.

Desde entonces supe
que la economía
era también una pedagogía del cariño.
Había que enseñar
que un minuto de paro sin razón
podía equivaler
a un aula sin libros,
a un niño sin abrigo,
a una madre sin taller.

Por eso hablé de impermeables
delante de mineros,
y algunos sonrieron
como si el tema
fuera demasiado pequeño
para la altura de sus sacrificios.
Pero yo insistí,
porque en esos abrigos baratos
se jugaba el sentido profundo
de todo lo demás.

Hoy, desde la distancia,
no celebro las cifras que mejoran,
ni me flagelo por las que faltaron.
Regreso, una y otra vez,
a esas niñas bajo la lluvia.

Me pregunto
si alguna de ellas
llegó a recibir el impermeable prometido,
si alguna vez supo
que detrás de aquella decisión
no había solo un cálculo,
sino el peso inmenso
de un país entero
que yo llevaba sobre los hombros.

Hablo ahora a los que me escuchan
desde otro siglo:
cuando piensen en justicia,
no la imaginen solo
en palabras grandes.
Piensen en un niño
que no se moja caminando a la escuela,
en una madre que encuentra trabajo
sin abandonar su ternura,
en un minero que sabe
que su esfuerzo bajo la montaña
se transforma allá lejos
en un abrigo colgado
junto a la cama de su hijo.

La dignidad de un pueblo
no se mide solo
en la altura de sus discursos,
sino en la sequedad humilde
del cuerpo de sus niños
después de la lluvia.

 

33.   EPÍSTOLA DE LA CONCIENCIA

 

I. El peso de mi voz entre dos mundos

Desde esta altura sin calendarios
miro la carta que alguna vez envié
como quien observa su propia mano
trazando un puente en la oscuridad.

No buscaba imponer,
no buscaba doblegar a nadie:
sólo decir mi verdad
con la claridad desnuda
que da el hambre de un pueblo
y la dignidad que aún respira
en la costilla más cansada del ser humano.

Hablé desde un país pequeño,
pero mi voz venía desde más lejos:
desde el niño sin abrigo,
desde la mujer que seca el mismo vestido al sol,
desde el obrero que aprende
que producir es sobrevivir,
que sobrevivir es amar,
y que amar es un acto tan inquietante
como escribirle a un gigante
desde la humildad del polvo.

La carta no era un desafío,
era un espejo.
Quise mostrar que un país
no se afirma con amenazas,
sino con la transparencia del alma
cuando se atreve a decir:
“Éste soy,
con mis límites,
con mis sueños,
con mis deudas,
con mi pequeña fe de hombre cansado
que aún cree en la dignidad.”

Yo hablaba,
sí, yo hablaba,
pero detrás de mí
había miles de silencios
respirando en la misma frase.

 

II. Lo que buscaba mi palabra

No escribí aquella carta
para levantar muros,
sino para mostrar que un país,
como un ser humano,
a veces sólo desea
que lo escuchen sin miedo.

Yo sabía que mi voz era pequeña
frente a la maquinaria del mundo,
pero también sabía
que hay verdades que sólo nacen
cuando uno se atreve a nombrarlas
con el corazón expuesto,
como quien extiende las manos vacías
en medio de la noche
y aún así espera una respuesta.

Lo que pedía no era indulgencia,
ni perdón,
ni permiso:
pedía respeto.
El mismo respeto
que se le debe a la vida ajena,
al camino del otro,
a su derecho a respirar
sin ser torcido por la fuerza.

Porque cada pueblo
—y cada hombre—
tiene ese pequeño fuego interior
que no admite ser apagado
por manos que no lo conocen.

Yo defendía ese fuego,
pero lo defendía desde mí mismo:
desde mis dudas,
desde mis contradicciones,
desde mi fe obstinada
en que la dignidad
no es una bandera,
sino un modo de estar vivo
sin renunciar a la verdad propia.

Por eso escribí.
Porque callar
habría sido traicionarme.

 

III. La soledad de una firma

Firmar aquella carta
fue sentir cómo el peso del mundo
se detenía un instante
en la punta de una pluma.

Toda la vida me había preparado
para firmar decretos, leyes,
resoluciones que organizan la vida
de los demás;
pero nunca para firmar
algo tan íntimo
como mi convicción moral.

La firma no era la de un Presidente:
era la de un hombre
que conoce el frío en los huesos
y el silencio en el alma,
que sabe lo que duele
tener la razón y la incertidumbre
peleándose dentro del pecho.

Mientras el papel absorbía la tinta,
yo sentía que absorbía también
una parte de mi fragilidad,
porque hablar claro
tiene un precio interior:
te obliga a mirarte de frente
y reconocer que no eres invencible,
que tienes miedo
y aun así avanzas.

Esa es la verdadera firma:
la que deja rastro en uno mismo.

 

IV. El eco que regresa

No supe nunca
cómo fue recibida mi carta.
Quizás con desdén,
quizás con cálculo,
quizás con una sombra de respeto.

Pero yo aprendí temprano
que lo importante
no es el eco que vuelve,
sino la voz que uno entrega.

A veces el mundo parece
un inmenso salón vacío
donde las palabras se pierden;
pero he visto suficientes amaneceres
para saber que ninguna verdad sincera
muere del todo.

Siempre encuentra una grieta,
un corazón,
un oído errante
que la recoge sin pedir explicaciones.

Yo no hablaba sólo para un Presidente:
hablaba para el hombre que existe
en todos los hombres,
para ese que despierta por las noches
preguntándose qué es lo justo,
qué es lo digno,
qué es lo humano.

Si mi carta tocó siquiera
un solo de esos lugares invisibles,
entonces no fue en vano.

 

V. La herida de dos mundos

Cuando escribí aquella carta
sentí, como un filo antiguo,
la herida que divide a los pueblos:
una línea invisible
donde un mundo mira al otro
con sospecha o con poder,
pero pocas veces con verdadera escucha.

Yo estaba allí,
entre esas dos orillas,
tratando de tender un puente
hecho sólo de palabras
y de un respeto
que no siempre es recíproco.

Comprendí entonces
que la dignidad de un país pequeño
se parece a la dignidad de un hombre solo:
puede ser ignorada,
puede ser herida,
pero no puede ser arrebatada
si su raíz está en la conciencia.

La conciencia es un territorio
que no reconoce fronteras.

 

VI. Lo que defiendo cuando digo “Chile”

Cuando pronunciaba el nombre de mi país
no hablaba de un mapa,
ni de una bandera,
ni de una historia que otros repiten.

Hablaba de la mujer que madruga
con el agua helada en las manos;
del hombre que carga su jornada
como si cargara a su propio hijo;
del niño que mira el horizonte
buscando todavía un lugar.

Hablaba de esa humanidad breve
y luminosa
que cabe dentro de una casa humilde
o dentro de un gesto silencioso.

Eso defendía:
esa vida concreta,
temblorosa y real
que no aparece en los discursos
ni en los planes.

Por ellos escribí,
porque sentí que alguien debía decir
que un país no se mide
por lo que tiene,
sino por lo que su gente merece.

 

VII. La moral como refugio

A veces se piensa
que la moral es una armadura,
pero no lo es.

Es más bien una lámpara tenue
que uno sostiene temblando
en medio del viento.

Esa lámpara fue mi única defensa.
No tenía más:
ni poder real,
ni fuerza suficiente,
ni garantías en el mundo.

Sólo tenía la claridad
de no traicionar lo que considero justo.

La moral no protege del dolor,
pero protege del arrepentimiento.

Es un refugio pequeño,
pero suficiente para dormir sin vergüenza.

 

 

VIII. La memoria de los agravios

Recordé en mi carta
episodios que otros habrían preferido callar:
embajadas cerradas,
visitas suspendidas,
puertas que se niegan
sin explicación.

Pero los mencioné
no para reclamar,
sino para que quedara constancia
de que toda relación humana
—y toda relación entre pueblos—
se teje con gestos,
y cada gesto deja un hilo,
y cada hilo forma un destino.

No guardaba rencor,
pero sí memoria.
La memoria es la única forma
que tiene la dignidad
de no extraviarse en la niebla.

 

IX. La palabra “respeto”

Hay palabras que pesan más
de lo que parecen.
Respeto
es una de ellas.

Respeto no es sumisión,
no es miedo,
no es adulación.

Respeto es reconocer
que el otro existe
con su luz
y con su sombra,
y que esa existencia
merece ser escuchada.

Cuando pedí respeto,
no pedí privilegio:
pedí igualdad en la mirada,
que es lo más difícil
y lo más fraterno
que un ser humano puede ofrecer.

 

X. La soledad del que explica

Tuve que explicar al mundo
que la decisión de mi pueblo
no era capricho,
ni ira,
ni revancha.

Tuve que explicar
como quien habla a un niño gigante
que no nos mueve el odio,
sino el derecho sencillo
a caminar con nuestros propios pies.

Nunca es fácil explicar
la dignidad a quien no la siente amenazada.

Era la soledad del que intenta
hacer visible un dolor que no se ve
desde un escritorio lejano.

Aun así lo intenté,
porque explicar también es sanar:
uno sana su miedo
cuando encuentra la forma
de pronunciarlo.

 

XI. Los tribunales del espíritu

Mientras escribía,
pensé en las instituciones,
en las leyes,
en los tribunales
que evalúan decisiones y decretos.

Pero también pensé
en otro tribunal,
más silencioso
y más implacable:
el tribunal de la propia conciencia.

Ese tribunal no admite apelaciones,
no concede plazos,
no acepta excusas.

Allí comparecí yo
el día que tomé la pluma.
Allí respondí por mis actos
sin toga
y sin público.

Sólo ante mí mismo.

Y ese juicio,
más que cualquier otro,
es el que deseaba aprobar.

 

XII. La carta que también me escribí

Aunque el destinatario oficial
era otro hombre,
en otro país,
en otro idioma,
yo sabía que aquella carta
también me la escribía a mí mismo.

La escribí para recordar
que incluso en los días amargos
es necesario sostener la transparencia.

La escribí para que mis manos
no olvidaran su deber
cuando la sombra se extendiera.

La escribí para que mi nombre
no fuera un eco vacío
en los corredores del poder,
sino una huella humana
que pudiera resistir el tiempo.

La escribí, finalmente,
para decirme algo
que aún hoy repito:
la dignidad,
si no se ejerce,
se pierde.

 

34.   TESTAMENTO DE LA TIERRA INTERIOR

 

I.                    El olor de la tierra

He vuelto desde un tiempo sin relojes
a pasar mi mano por el rostro oscuro del surco.
Todavía sube desde la greda
ese olor a pan que aún no existe,
a mañana escondida en la semilla.

He dicho muchas veces la palabra “tierra”
y ahora la digo como quien pronuncia
el nombre de su madre en voz baja.
No es campo ni latitud ni mapa:
es el cuerpo extendido de los que trabajan.

Yo fui el hombre que hablaba en las tribunas,
pero aquí, delante del terrón partido,
soy apenas un hijo que pide perdón
por los siglos en que el sudor del campesino
no conoció ni ley ni justicia ni abrazo.

Desde esta altura sin banderas
miro la fila de espaldas dobladas,
los surcos como venas abiertas del país,
y me escucho diciendo:
la tierra no es una cifra,
es un corazón tendido al sol
que sólo late cuando las manos lo despiertan.

 

II.                 Conferencia bajo el cielo abierto

No fue en un palacio de lámparas altas,
fue bajo el mismo cielo que cuartea la sequía
y que a veces se derrumba en temporales.
Allí llegaron, con su polvo y sus idiomas,
hombres de muchas tierras
que tenían el mismo silencio en la mirada.

Yo los miré como quien ve un espejo roto:
cada pedazo mostraba un país diferente
y la misma herida en la frente del campesino.
No venían por discursos de mármol,
venían por una palabra que no se coma el patrón,
por un pedazo de mundo que al fin les perteneciera.

Desde la posteridad recuerdo esa asamblea
como una cosecha donde la semilla era la dignidad.
No hablaba un gobernante entre banderas,
hablaba la tierra usando mi garganta,
pidiendo que al fin se escribiera en el polvo
el derecho a vivir de lo que se siembra
y a levantar la cabeza sin miedo al horizonte.

 

III.              La semilla de los que fueron primero

Bajo la piel arada de este país
duerme un pueblo más antiguo que mi nombre.
Le dijeron “indio” para quitarle el rostro,
lo encerraron en palabras como en cercos,
lo acorralaron en reducciones estrechas
donde el sol apenas cabía en las ventanas.

Yo, que fui pasajero de un siglo violento,
los vi llegar con su paciencia milenaria,
con sus manos acostumbradas a las raíces
y sus ojos que todavía hablan con los ríos.
Los llamé por su verdadero nombre en silencio:
descendientes de aquellos que le dijeron al trueno
que no tenían miedo.

Desde aquí, donde la historia pesa menos,
comprendo mejor su soledad cercada.
Quise que la ley les devolviera
no sólo la hectárea usurpada,
sino el derecho a caminar sin tutela,
a ser ciudadanos de pleno sol
y no sombras toleradas en la frontera del país.

Si algo pido ahora a la posteridad del hombre
es que no olvide a esos hijos de la lluvia,
que no los encierre en vitrinas de folclor,
sino que les abra el libro total de la nación
para que escriban con su lengua antigua
los nuevos capítulos del pan y de la justicia.

 

 

IV.               Los sin puerta y sin ventana

Entre el campo y la ciudad
hay un territorio que no sale en los mapas:
allí viven los que no tienen parcela ni contrato,
los que llaman “afuerinos”
como si fueran siempre expulsados de algo.

Vi sus rostros hechos de camino,
su casa de temporada,
sus hijos con la infancia a cuestas
como un fardo demasiado grande.
No tenían previsión,
ni techo fijo,
ni la certeza de volver al mismo amanecer.

Mientras hablo desde este tiempo sin salario
siento que esa palabra —afuerino—
es una llave rota enterrada en la lengua.
Quise abrir para ellos
aunque fuera una hendija de ley,
un refugio donde la tierra dejara de ser
un sueño visto desde la orilla del alambrado.

Si algo duele todavía en mi memoria
no son las grandes discusiones de los salones,
sino ese hombre que nunca fue nombrado
en las actas solemnes,
que comía sólo lo que caía de la mesa ajena
y dormía a la intemperie
mientras sus manos hacían germinar la patria.

 

V.                  Tres nombres para una misma esperanza

En aquellos días hablé de propiedad
como quien habla de formas del agua.
Dije: habrá tierra de todos,
tierra compartida,
y tierra pequeña, cuidada como un hijo.

No eran teorías para adornar discursos:
eran puertas distintas
para un mismo cuarto de pan.
La propiedad del pueblo
como un gran río donde navega la nación,
la cooperativa como abrazo organizado,
la parcela privada
como una casa que no niega la ventana al vecino.

Desde esta altura donde ya no firmo decretos
veo que lo importante no eran los nombres,
sino el modo de mirarse en la faena.
Quise que el campesino supiera
que ninguna forma de tierra
era excusa para dejar solo al otro,
que el surco siempre es más largo
cuando se ara con egoísmo.

Si alguna vez se vuelve a hablar de estas cosas,
quisiera que recuerden esto:
el verdadero dueño del campo
no es el que conserva un título,
sino el que entiende que su trigo
forma parte del pan de todos.

 

VI.               Consejo de hombres que escuchan la tierra

Imaginé mesas sin manteles finos
donde los papeles olieran a barro y a caballo.
Allí se sentarían, no los antiguos patrones,
sino los mismos que se levantan antes del alba:
dirigentes de manos agrietadas
que conocen cada piedra del predio
por su nombre silencioso.

Les di un nombre sencillo: consejos campesinos.
Pero lo que yo veía era un nuevo alfabeto:
el del hombre que aprende a leer sus propias cuentas,
a decidir cómo se reparte el esfuerzo,
a entender que la tierra no es sólo obediencia,
sino pensamiento que se organiza.

Desde la posteridad recuerdo ese proyecto
como quien recuerda un árbol recién plantado.
Quise que el campesino tuviera
la llave de la bodega y del calendario,
que supiera a cuánto se vende su cosecha,
que pudiera decir sí o no
sin bajar la cabeza ante el escritorio ajeno.

Porque la verdadera reforma
no fue nunca cambiar de dueño,
sino enseñarle al trabajador
que también puede ser brújula y timón
en la nave silenciosa de los sembrados.

 

VII.            La cadena del pan

En mis labios se quedaron pegadas
estas cuatro palabras: tierra, trigo, harina, pan.
No eran etapas de un proceso económico,
eran estaciones de una misma esperanza.

Primero la tierra se abre como un libro áspero,
el campesino escribe en ella
con la caligrafía torpe de su arado.
Luego el trigo levanta su pequeño ejército dorado
bajo el viento que lo peina como a un niño.
Después la harina, nube cautiva,
espera en sacos mudos su destino de hogaza.
Por fin el pan, redondo sol doméstico,
alumbra la mesa donde los hijos del pueblo
dejan de tener sólo hambre de futuro.

Hablé de esta cadena como de una oración simple:
si uno de sus eslabones se rompe,
toda la familia de un país
se queda contemplando un plato vacío.

Hoy, desde este tiempo donde ya no como,
repito sin cansarme:
la tierra es el primer verso,
el pan es la última línea,
y en medio está la vida entera
del que siembra, del que muele, del que amasa,
como una larga plegaria de harina y de justicia.

 

VIII.          La década del hambre y los niños sin abrigo

Alguien, lejos de nuestros campos,
dijo que vendría una década de hambre.
Para nosotros no era una profecía,
era la confirmación de un pan escaso
que ya conocíamos por su nombre de sobra.

Hablé de cifras,
de millones que faltaban en la mesa de América,
pero mi memoria se detuvo en un solo cuadro:
una escuela bajo la lluvia,
ciento cuarenta niñas saliendo al patio,
y sólo siete impermeables
como siete islas en medio del temporal.

Ahora, desde este lugar sin nubes,
veo aún esos vestidos empapados,
ese frío que se instala en los huesos
como una enfermedad hereditaria.
Dije que un abrigo era más barato que una cama de hospital,
que un par de botas podía salvar una infancia.

Lo repito desde la posteridad del hombre:
las grandes decisiones se miden
en abrigos secos y cuadernos abiertos,
en la risa tibia de los niños
y no en los aplausos de los salones.
Si alguna vez vuelven a hablar de desarrollo,
les ruego que comiencen por mirar
los pies mojados de los que van a la escuela.

 

IX.               El porvenir en las manos del campesino

Nada de lo que soñé para este país
podía hacerse sin la espalda encorvada
de quienes trabajan la tierra.
Lo dije entonces y lo repito ahora,
desde esta altura donde sólo cuentan
las cosas que alimentan al hombre.

El cobre podía ser el sueldo,
los minerales podían encender fábricas,
pero sin el pan del campesino
la patria quedaba con el estómago vacío.
Por eso les pedí que se esforzaran más,
no como un capataz que exige rendimiento,
sino como un hermano que sabe
que el futuro de millones depende de esa cosecha.

Desde aquí contemplo los sembrados
como relojes de semilla:
cada surco es una promesa a los que vienen,
cada espiga, una palabra escrita
en la lengua humilde del trabajo.

Si alguna vez el mundo se pregunta
dónde estaba la verdadera grandeza,
yo responderé desde este silencio:
no estuvo en mis discursos ni en mis cargos,
sino en las manos anónimas
que siguieron arando cuando yo ya no estaba,
plantando en el corazón de Chile
la certeza más simple y más profunda:
que habrá pan para todas las bocas
si la justicia acompaña al campesino
desde la madrugada hasta el último ocaso.

 

35.   LA VOZ QUE REGRESA DEL HORIZONTE

 

I. Casa sin muros

Esta casa que llamaron palacio
nunca fue de mármol ni de soberbias:
fue un latido abierto,
una puerta que aprendió a respirar.

Aquí oigo todavía
el murmullo de los pasos jóvenes,
los que entraban no por jerarquía
sino por hambre de mundo.

Y desde esta distancia
me veo recibiéndolos,
como quien recibe semillas de luz
para sembrar un tiempo más vasto
que mi propio nombre.

 

II. Frontera sin Orillas

Hoy sé que las fronteras
eran solo sombras pintadas en el mapa,
líneas temblorosas que el miedo
insistió en llamar destino.

Cuando hablé con otros pueblos
descubrí que el mundo cabe en un abrazo,
que la dignidad viaja sin pasaporte
y que ningún muro detiene
la respiración de la esperanza.

Ahora, desde mi altura de polvo,
comprendo que la verdadera patria
no tiene dueño ni uniforme:
solo un camino que se abre
cuando dos voluntades se escuchan.

 

III. Juventud que Arde

Vi en los ojos jóvenes
la llama que yo también llevé en mis manos.
Una llama áspera,
hermosa,
indócil,
que no se deja nombrar.

Esa juventud era un espejo
donde mi propia fatiga
encontraba descanso.

Y hoy, cuando los contemplo
desde esta posteridad sin cuerpo,
sé que ellos eran el viaje
que yo no alcanzaría a terminar.

Porque el futuro,
cuando se posa en los hombros jóvenes,
ya ha elegido su voz.

 

IV. La Herida del Continente

América, me dolías.
Te dolían tus hijos sin nombre,
tus manos sin pan,
tus noches sin lámpara.

Yo llevaba tu herida en mi pecho
como quien guarda un tambor apagado,
esperando que un golpe de vida
lo hiciera sonar otra vez.

Ahora entiendo:
no era un continente pobre,
era un continente postergado,
pidiendo con su silencio
una restitución de ternura.

 

V. Tarde en que Descubrí la Distancia

Llegamos tarde,
tarde al hierro,
tarde a la máquina,
tarde al fuego domesticado.

Y esa tardanza
no fue un fracaso,
fue una enseñanza:
aprender a caminar a contrapelo,
sabiendo que cada paso
era un puente construido a mano.

Hoy me digo:
a veces la historia llega tarde
para que el hombre llegue despierto.

 

VI. La Unidad que Me Habita

La unidad no era un lema,
era un tejido frágil,
hilado por años de voces
que se negaron a rendirse.

Yo no la inventé:
solo aprendí a escucharla.

Y ahora, en este eco sin tiempo,
comprendo que la unidad verdadera
no junta cuerpos,
junta almas cansadas
que deciden levantarse juntas
por última vez.

 

 

 

VII. La Antorcha Adolescente

Vi a los jóvenes conquistar la universidad
como quien abre una ventana en una casa antigua.

No pedían privilegios:
pedían aire.
Pedían futuro.
Pedían un lugar donde su palabra
no fuera eco, sino raíz.

Hoy sé que esa rebeldía,
tan incomprendida por muchos,
era la primera respiración
del siglo que vendría después de mí.

 

VIII. La Casa del Pueblo

La Moneda respiraba distinto
cuando el pueblo la ocupó con sus pasos.

Era una casa de puertas duras,
pero de muros cansados,
esperando oír, quizá por primera vez,
el sonido verdadero
de quienes habían sido dejados afuera.

Desde esta distancia transparente,
yo la veo:
una casa antigua
que por un instante
recordó que también fue hogar.

 

IX. El Rostro de Otros Pueblos

Cuando estreché la mano
de quienes venían desde mundos extraños,
descubrí en sus pupilas
la misma fatiga,
la misma terquedad de vivir.

Y entendí que la humanidad
no se divide en banderas,
sino en dolores parecidos
que aprenden a reconocerse.

X. Semillas del Siglo XXI

En los jóvenes de aquel encuentro
vi brotar, sin saberlo,
la sombra luminosa
del siglo XXI.

Ellos serían
el puente hacia un tiempo
que yo apenas podía imaginar.

Y hoy,
desde mi ceniza consciente,
les agradezco:
fueron mi último gesto
de confianza en la luz.

 

36.   EL ORDEN SECRETO DEL TRABAJO

 

I.                    Las tres orillas del mismo río

Yo no hablé de números,
hablé de un río de pan y de destino.
Vi la economía de mi patria
como un cauce dividido en tres orillas,
tres dedos de la misma mano,
tres puertas de una sola casa.

En la primera orilla
puse el nombre silencioso de todos:
propiedad social,
no para anunciar un dogma,
sino para devolver al pueblo
los huesos de su propio pan,
el cobre de su sangre minera,
el acero de sus inviernos,
la energía que ilumina la infancia
y la semilla que despierta en el surco.

En la segunda orilla
dejé arder la lámpara
del que trabaja con su taller pequeño,
del que dobla la espalda en una viña heredada,
del que tiene una fábrica como una familia numerosa
y cuenta cada máquina
como se cuenta un hijo enfermo.
No quise aplastar esas manos
bajo una piedra abstracta,
quise protegerlas del gigantesco pulpo
que estrangulaba sus mercados invisibles.

En la tercera orilla
tracé un puente,
no un muro.
La llamaron área mixta,
pero para mí era la mesa larga
donde el Estado y el artesano de las grandes empresas
podían mezclar su pan
sin que ninguno se tragara al otro.

Así hablé de tres áreas
y en verdad hablaba de una sola patria,
de cómo repartir el fuego
sin que nadie se quede a oscuras,
de cómo ordenar los talleres del destino
para que hasta el último niño
sienta en sus manos
el tibio metal de una oportunidad.

 

II.                 El rostro social de la materia

Yo vi la propiedad como la ve el invierno:
una frazada demasiado corta
para un país demasiado largo.
Algunos dormían cubiertos de oro
mientras otros tiritaban bajo el cartón de la historia.

No hablé de castigo,
hablé de función.
Pregunté a cada mina, a cada fábrica,
a cada latido metálico del país:
¿a quién sirves?
¿eres simplemente una torre privada
contra el viento del hambre
o eres un faro para la multitud
que camina bajo la lluvia?

La propiedad concentrada
en unas pocas biografías brillantes
me apareció como una luna cerrada,
un espejo que no reflejaba
el rostro del panadero,
la espalda del albañil,
la mirada cansada de la costurera.

Por eso dije:
lo que es columna vertebral del país
no puede vivir como joya de bolsillo.
Los grandes huesos de la riqueza
deben volver al esqueleto completo de la patria.

Llamé propiedad social
a ese regreso:
no un nombre de batalla,
sino el acto de ponerle rostro humano
a la energía, al transporte,
al combustible que enciende la fogata del hogar,
a la máquina que hace girar el molino del trigo.

Quise que la materia
no fuera un dios frío en la vitrina,
sino un servidor silencioso
de las necesidades innumerables.
Quise que cada tornillo supiera
que sostenía un cuaderno,
que cada riel entendiera
que transportaba esperanzas,
que cada gota de petróleo
recordara la lámpara encendida
sobre los deberes de un niño.

Eso fue para mí
la socialización del acero y del viento:
mirar el mundo fabricado
con los ojos de los que no poseen nada
y decirle a las cosas:
“desde hoy,
ustedes también tienen pueblo”.

 

III.              Casa de puertas abiertas

No soñé un país de un solo color,
ni una plaza con una sola voz.
Comprendí que en las esquinas del trabajo
vivían oficios antiguos y nuevos,
pequeños empresarios que eran
medio patrón, medio obrero,
familias enteras colgadas
del hilo tenue de una máquina,
de una bodega, de un tractor.

A ellos les hablé
no como enemigo,
sino como alguien que golpea su puerta
para reforzar los cimientos.

Les dije:
no vengo a derribar su casa,
vengo a mover la montaña
que la aplasta desde lejos.
Los monopolios eran ese animal oculto
que subía los precios como marea negra,
estrangulaba créditos y mercados,
convertía el trabajo independiente
en un rebaño arrinconado.

El área privada que yo defendí
no era un castillo,
era un barrio de talleres encendidos,
de chacras que aún llevan el nombre del abuelo,
de panaderías donde la madrugada
huele a historia.

Quise que desde el área social,
desde las grandes columnas
de la economía común,
llegaran harina, insumos, caminos,
para que nadie se ahogara
en la boca invisible del gigante.

Y entre esos dos mundos
dibujé la zona mixta,
tierra de encuentro,
no de sospecha.

Allí imaginé empresas
donde el Estado pusiera el hombro
y la iniciativa privada aportara su oficio,
como dos manos distintas
levantando la misma vasija.

Yo no hablaba de borrar a nadie,
hablaba de hacer sitio,
de que en la gran cocina del país
todos tuvieran hornilla
sin que el humo de unos
asfixiara los pulmones de otros.

Esa fue mi casa de tres puertas:
la social, la privada, la mixta.
Quise que el pueblo entrara por todas
sin sentir que en ninguna
era un invitado de piedra.

 

IV.               Consejo de manos despiertas

Durante siglos
el trabajador entró a la fábrica
como quien entra a una caverna ajena:
sabía de su puesto,
no del destino de la nave;
conocía la herramienta,
no el mapa del viaje.

Yo quise girar esa cerradura.

Pensé que no bastaba
con cambiar el dueño de las paredes
si las conciencias seguían en silencio
como engranajes sin voz.
Por eso hablé de asambleas,
no como ritual de discurso,
sino como corazón que late
en el medio mismo de la máquina.

Vi al obrero, al empleado, al técnico,
al profesional ojear por primera vez
los balances como quien abre una ventana,
preguntar por la organización del trabajo
como quien pregunta por el clima del mañana,
mirar las inversiones
como se mira el horizonte
antes de zarpar.

Quise que hubiera consejos de administración
donde el Estado no fuera un rostro lejano,
sino un compañero sentado a la mesa
junto a los delegados de taller,
a las manos que conocen por su nombre
cada ruido de la producción.

Era, en el fondo,
intentar romper la vieja muralla
entre los que poseen
y los que sólo obedecen,
comenzar a construir
un territorio nuevo
donde la propiedad colectiva
no fuera un papel jurídico,
sino un aprendizaje compartido
de responsabilidad y de destino.

No soñaba con infalibles gerentes rojos,
soñaba con trabajadores despiertos
que supieran
por qué se detiene una máquina,
por qué se retrasa una entrega,
y también por qué el pan
llega o no llega
a la mesa de los que nada tienen.

En esa participación
veía yo el ensayo
del hombre del futuro:
no el peón ciego
que sólo aprieta un botón,
sino el ciudadano de la fábrica,
el habitante de la empresa común,
el que entiende que su jornada
no termina en la sirena,
sino en la vida entera de su pueblo.

Así pensé las áreas,
los bonos, los decretos, las fórmulas:
como un largo intento
de devolver la palabra
a quienes sólo tenían silencio,
y de enseñar al poder
el raro oficio de escuchar.

 

 

37.   LA CASA ABIERTA Y EL PULSO DE CHILE

 

I. Estadio de polvo y galaxias humanas

Yo hablé una vez
bajo un techo de gritos y banderas,
pero lo que de verdad vi
no fueron consignas,
sino respiraciones.

En aquel anfiteatro de cemento
el pueblo no era una palabra,
era una respiración inmensa
subiendo y bajando
como el pecho de un solo niño dormido.

Los rostros,
miles de rostros ardiendo en la tarde,
eran mi verdadero discurso:
ojos gastados por el turno de noche,
manos que olían a metal, a harina, a carbón mojado,
cabellos peinados a la carrera
para llegar a tiempo al milagro
de sentirse parte de algo más grande.

Yo dije “hemos cumplido”,
pero por dentro, callado,
me pregunté si alguna vez
se cumple de verdad
con una madre que aún alquila
un cuarto húmedo para sus hijos,
si se cumple con el obrero que llega en el último tren
con los zapatos doblados de cansancio.

En el centro del estadio,
sobre la hierba
que también respiraba bajo el peso del gentío,
sentí que el tiempo se abría como un libro:
una página era mi voz,
la otra, el murmullo de los que no hablaron nunca.

Yo era, en ese instante,
menos que el eco de mi propio nombre
y más que el hombre limitado que llevaba mi cuerpo.
Era la suma de los pasos descalzos
que habían trepado la escalera del estadio,
la suma de los silencios
que nunca encontraron micrófono.

Ahora, desde esta altura sin micrófonos ni banderas,
cuando vuelvo a ese estadio con los ojos cerrados,
no escucho consignas,
escucho pulmones fatigados que piden aire justo,
escucho niños que mastican futuro
en un pan todavía demasiado delgado.

Lo que llamamos victoria
no fue un grito ni una cifra,
fue ese instante en que un hombre sin trabajo
se atrevió a creer
que su vida podía valerse por sí misma
y no ser sólo margen de una estadística.

Yo hablé aquella tarde,
pero quien dijo la verdad
fue el temblor de esas manos levantadas:
no querían venganza,
querían, simplemente,
que la vida valiera la pena
para todos.

 

II. Del gobierno al poder que no se ve

Yo aprendí
que no basta sentarse
en la silla más alta de la casa,
si a la hora del almuerzo
la mesa del pueblo sigue vacía.

Gobernar es firmar papeles,
reunirse con trajes azules,
dictar decretos que suenan
como puertas que se cierran o se abren.
Pero el poder verdadero
es otra cosa:
es preguntarse, cada noche,
si el niño que ayer vi temblar en una fila
hoy durmió con menos miedo.

Yo dije una vez:
es distinto tener el gobierno
que alcanzar el poder.
No hablaba de palacios ni desfiles:
hablaba del poder de cambiar,
aunque sea un milímetro,
la temperatura del alma de un país.

El poder no está en las lámparas verdes
de una mesa de despacho;
está en la forma
en que una obrera mira a su hija
cuando vuelve con un sueldo menos herido,
en la dignidad del viejo
que por fin siente
que su jubilación no es limosna,
sino agradecimiento tardío.

Gobernar es contar hectáreas,
sumar porcentajes,
trazar planes de seis años.
Poder, para mí,
era otra matemática:
la suma de cada cesante menos,
de cada casa levantada
en terrenos que antes fueron sólo barro y promesa,
de cada enfermo que ya no hace cola
con la fiebre en los ojos.

Desde la posteridad
miro aquel mapa lleno de flechas y cifras
que dibujamos sobre la mesa,
y me pregunto:
¿qué permanece de todo eso?

No son los discursos,
ni las leyes numeradas con cuidado.
Lo que queda
son las grietas mínimas
en el muro de la injusticia,
esos lugares donde la vida, tozuda,
empezó a colarse
como una enredadera silenciosa.

Yo no quise ser dueño de un país,
quise acompañar su lento aprendizaje
de mirarse al espejo
sin avergonzarse de sus heridas.

Si alguna vez tuvimos poder,
no fue cuando expropiamos una empresa,
sino cuando un trabajador
descubrió que la fábrica
no era una cueva ajena,
sino su propio taller agrandado,
y se sintió responsable
hasta del último tornillo.

Gobierno fue la tarea visible.
Poder,
el trabajo secreto
de devolverle al pueblo
la conciencia de sí mismo.

 

III. Los hijos del pan que aún no alcanza

Yo conocí las cifras del hambre
no en los informes,
sino en los ojos aguados de las madres.

Supe de la cesantía
por los bolsillos vacíos
que se llevaban la mano al pecho
como si allí, en medio del abrigo gastado,
pudiera aparecer una moneda imposible.

Vi ciudades dormidas sobre un colchón de desempleo,
niños que jugaban con piedras
porque los juguetes viven
en otro barrio del mundo.

Yo hablé de porcentajes,
de cómo la desocupación bajaba
de un número que hería
a un número un poco menos cruel.
Pero por dentro me repetía
que cada número era un rostro,
un nombre,
una cama donde el silencio preguntaba
qué iban a comer mañana.

El pan,
esa palabra primera,
me perseguía en cada visita a las poblaciones.
No era símbolo ni metáfora:
era un olor que faltaba en la cocina,
era la puerta del horno que nunca se abría,
era la sopa alargada
para que alcanzara donde no alcanzaba.

Entonces trazamos caminos
para que la leche llegara
a la boca pequeña del país,
medio litro de futuro
sirviéndose en vasos desiguales.

Yo los vi,
con sus delantales manchados de juego,
recibiendo sin saberlo
el testamento más sencillo
que un pueblo puede ofrecer a sus hijos:
no la promesa de que serán grandes,
sino la certeza de que, por fin,
no serán menos.

En el fondo,
toda mi aritmética
se reducía a una operación simple:
que ninguna infancia
tuviera que aprender el sabor del miedo
antes que el de la leche.

No quise construir palacios nuevos,
quise reparar las cocinas antiguas.
Sabía que una patria vale
no por sus monumentos,
sino por la manera
en que sus niños mastican la mañana:
si muerden un pedazo de mundo
con confianza,
si sienten que alguien pensó en ellos
al escribir un presupuesto.

Hoy, desde esta distancia
donde ya no hay cuentas que cuadrar,
mi balance es otro:
no me pregunto cuánto creció el producto,
me pregunto cuántos menos
se durmieron con el estómago vacío,
cuántas madres lloraron un poco menos
cuando oyeron hervir la olla.

Si algo defendí con uñas de médico y de hombre
fue esa sencilla ceremonia
de ver a un niño beber su vaso de leche
como quien bebe su derecho
a existir sin vergüenza
bajo el sol de todos.

 

IV. Los que vivían fuera del mapa

Yo supe,
mucho antes de que me llamaran Presidente,
que había chilenos
a quienes ni siquiera la palabra “pueblo”
les alcanzaba.

Eran los que llamábamos con costumbre cruel
afuerinos,
como si la lengua misma
los empujara a dormir
debajo de los puentes del idioma.

Los vi llegar, polvorientos,
a contar una historia
que nadie había querido escuchar:
sin tierra, sin previsión,
sin casa, sin nombre
en las listas donde se reparten los derechos.

También estaban ellos,
los primeros,
los que estaban aquí
antes que la palabra “Chile”
soñara con escribirse en un papel:
la nación antigua
que el mapa aprendió a llamar mapuche.

Con ellos la historia fue más larga,
más dura, más honda:
tierras mordidas por cercos ajenos,
apellidos torcidos por la ortografía del poder,
lengua obligada a esconderse
en el fondo de la garganta.

Yo abrí las puertas de La Moneda
para que entraran
aquellos que siempre habían vivido
en la intemperie del Estado.
No era caridad:
era pedir perdón con hechos,
era sentar a la mesa
a los que siempre habían servido la comida
y nunca probaron el postre.

Recuerdo sus palabras sencillas,
grabadas para que no se perdieran
como lluvia en piedras lisas.
No pedían gloria:
pedían un pedazo de tierra
donde no hubiera que pedir permiso
para sembrar un hilito de esperanza.

Su drama no cabía en el lenguaje oficial.
Hubo que inventar instituciones
no para darles algo nuevo,
sino para devolverles
lo que nunca debió serles arrebatado:
su condición de personas
plenamente dentro del círculo de la ley.

Desde la posteridad
miro el largo corredor de la historia
y veo sus pasos,
aún cansados,
aún cargando siglos de humillación,
pero entrando, por fin,
en la casa donde su nombre vale lo mismo
que cualquier otro nombre.

Si de algo estoy hecho,
más allá del mito y del fracaso,
es de ese deseo torpe, imperfecto
pero irreductible:
que ningún ser humano
viva “afuera”
en una tierra que también pisa.

Quise que el país
aprendiera a pronunciar
la palabra “nosotros”
de un modo más amplio,
para que cupieran en ella
los que dormían en la cuneta,
los que hablaban otra lengua,
los que nunca entraron a una oficina
sino como sospechosos.

Lo que otros llamaron reforma,
para mí
fue simplemente un gesto tardío
de cortesía:
abrir la puerta
e invitar a sentarse
a los que la historia
había dejado de pie,
en la lluvia,
mirando desde lejos
el fuego de la cocina ajena.

 

V. El orden que nace del respeto

Se habló mucho,
entonces,
de orden público.

Yo conocí el otro orden,
el de los años antiguos:
el orden de la bota que despeja la plaza,
el orden del miedo que barre la calle de noche,
el orden de la cárcel preparada
para el que levanta la voz.

No quise ese orden
dibujado con reglas sobre la espalda de los pobres.
Yo creí en otro,
más difícil,
hecho de hilos invisibles.

El orden que busqué
era el de un país
donde nadie tuviera que callar
para conservar su trabajo,
donde una revista pudiera insultarme
sin que nadie golpeara su puerta de madrugada,
donde un estudiante pudiera equivocarse en voz alta
sin que la policía le respondiera con cascos.

No era debilidad,
era fe en que la palabra,
si se la deja existir sin fuego alrededor,
al final se revela por lo que es.

Yo sabía
que la libertad tiene un precio:
ruido, exceso, injusticias nuevas,
abusos de aquellos
que muerden la mano
que no los amordaza.

Pero preferí ese riesgo,
con todas sus sombras,
a la pulcritud mentirosa
de una plaza silenciosa
donde el silencio se compra
a golpes.

El orden que soñé
no se imponía desde arriba,
se construía desde el suelo:
niños que van a la escuela
en vez de a las esquinas,
enfermos que encuentran cama,
obreros que llegan a tiempo
porque el bus funciona,
madres que vuelven de hacer la fila
con algo más que resignación.

Es difícil entenderlo,
pero el verdadero orden
no es el de las filas militares,
es el de las filas que desaparecen
porque ya no hace falta
esperar tanto por lo mínimo.

Quise un país
donde la policía
no fuera la enemiga natural del muchacho pobre,
donde el uniforme
no representara amenaza,
sino servicio.

Desde este lugar sin calendario
sigo creyendo
que el único orden digno
es el que se sostiene
sobre la igualdad,
no sobre el temor.

La libertad duele,
la justicia desordena,
sí,
pero sólo por un tiempo.
Después, si se las deja trabajar,
colocan cada cosa en su sitio:
la dignidad en el centro,
el miedo en la puerta de salida.

Ese era el orden
que yo quería custodiar:
no el de las ventanas cerradas,
sino el de las casas abiertas,
donde cada quien
puede hablar, amar, discutir,
sin tener que mirar hacia atrás
por encima del hombro.

 

VI. Plan para un país que sigue respirando

Yo hablé alguna vez
de planes sexenales,
de metas,
de porcentajes de crecimiento.

Hoy, desde esta distancia
donde ya no hay calendarios de gobierno,
veo que, en el fondo,
lo que quise trazar
fue un mapa para que la vida
tuviera menos zonas oscuras.

Hablé de cobre,
esa sangre metálica de nuestras montañas,
no sólo como riqueza,
sino como pulso del país entero:
si ese pulso latía para unos pocos,
el resto del cuerpo
moría de frío.

Miré el mar
y vi algo más que oleaje:
vi un porvenir de barcos, peces,
puertos donde los hijos de pescadores
no tuvieran que emigrar
para buscar otra suerte.

Soñé con estadios
llenos no solo de discursos,
sino de deporte popular,
niños que corrieran
no para alcanzar el trole,
sino por el simple gusto
de llegar a la pelota primero.

Pensé en escuelas
donde la palabra “cultura”
no fuera una visita esporádica,
sino vecina permanente:
libros al alcance de la mano,
teatro en los barrios,
música entrando por las ventanas
como un pan distinto.

Imaginé un mañana
en que el trabajo
no fuera una condena,
sino un acto de construcción compartida,
una faena donde cada cual
supiera para qué sirve su esfuerzo
en el edificio misterioso
del país que entre todos levantan.

Hablé a los jóvenes
para decirles que el mundo
no es una fiesta eterna
ni un callejón sin salida,
sino una tarea difícil
en la que ellos son necesarios
no como espectadores
sino como albañiles del futuro.

Pedí a las mujeres
que trajeran su fuerza silenciosa
al centro de la historia,
que no se quedaran
en la cocina del destino,
sino que ocuparan con nombre y apellido
el espacio que les corresponde
en la plaza de lo común.

Si pronuncié la palabra “vencer”,
no la entendí como grito de guerra,
sino como una forma
de decir que no podíamos
resignarnos a heredarle a nuestros hijos
el mismo país desigual que recibimos.

Vencer, para mí,
era que una niña de provincia
pudiera llegar a ser médica,
que un hijo de peón
pudiera llegar a maestro,
que un minero viejo
pudiera llegar a la vejez
sin sentirse una carga olvidada.

Hoy, en este tiempo sin tiempo,
sé que mis planes quedaron incompletos,
que muchas promesas
se detuvieron en medio del camino.

Pero también sé
que ningún sueño justo
muere del todo:
queda pegado
como sal en las paredes del alma colectiva,
y algún día,
en otra generación,
alguien vuelve a pasar la mano por ahí
y siente esa aspereza,
ese llamado.

Si algo quisiera pedir
al país que vino después de mí
es sencillo:
no se avergüencen de soñar en grande,
aunque el mundo los llame ingenuos.

Porque un pueblo
que sólo administra su supervivencia
es un pueblo cansado,
y un pueblo cansado
deja que otros escriban su historia.

Yo, que hablé de metas y de cifras,
en el fondo sólo quise
que Chile aprendiera a mirarse
como una casa de todos
donde nadie sobrenombre,
donde cada silla tenga dueño,
donde cada niño pueda decir, sin miedo:

“Este país
también
es mío.”

 

38.  EL ALBA QUE CAYÓ SOBRE EL POETA

 

I. El poeta que nació del silencio del mar

Yo vi nacer tu nombre
en la costa verde de nuestro Chile,
cuando aún el mundo no sabía
que un hombre podía contener un país entero
entre las manos temblorosas del lenguaje.

Y ahora, desde este tiempo sin relojes,
miro cómo la historia te recoge
como quien toma agua de nieve para guardarla en un vaso.
Chile te levanta
no como a un hijo ilustre,
sino como a un latido que salió de sus montañas
y regresó convertido en canto.

 

II. La medalla que recayó sobre un pueblo

La gloria no es un metal,
ni una ceremonia en un salón extranjero.
La gloria —lo sé ahora—
es el temblor común de un pueblo que se reconoce
en la voz de su poeta.

Por eso digo: la medalla cayó sobre ti, Pablo,
pero el peso verdadero lo sintió Chile,
ese Chile extendido como un brazo hacia el océano,
buscando todavía su propia respiración.

 

III. En nombre de Gabriela y los antiguos fuegos

No te tocó solo a ti este resplandor.
Lo compartes con Gabriela,
que aún vela sobre los niños de la niebla
y sostiene entre sus dedos de maestra
la misma lámpara que hoy te alumbra.

Detrás de ambos,
la raíz de un país silencioso,
los acentos de los que nunca tuvieron escuela,
los viejos que pastaban soledades,
las mujeres que dormían sobre el cansancio del día.
Ellos reciben contigo este laurel.

 

IV. El país que caminó por tus versos

Todo Chile pasó por tu letra:
el agua espesa de los ríos,
la furia mineral del norte,
las aldeas donde el pan era apenas un deseo,
las manos de la mujer que esperaba
como quien aguarda que el mundo vuelva a empezar.

Cuántas veces escuché
cómo el pueblo contenía el aliento
cuando tú abrías el cuaderno
y dejabas caer una sílaba
como si fuera un fruto maduro desde lo alto.

 

V. Recuerdo de nuestras giras

Aún veo las plazas del sur,
las caras encendidas de los mineros,
los niños con barro en los zapatos,
la bruma que rodeaba las carpas
donde tú leías y yo hablaba.

Pero era tu voz, no la mía,
la que sostenía la noche.
Tus palabras caían lentas
como una nevada sobre el alma del país,
y yo aprendía —en silencio—
que no hay revolución mayor que un poema verdadero.

 

VI. El abrazo que envío más allá del tiempo

Pablo, hermano en la jornada humana:
esta hora que el mundo te entrega
no pertenece a París
ni a los palacios de la cultura.

Te pertenece a ti,
al niño que caminó Valparaíso con frío,
al joven que descubrió que la metáfora es una herida luminosa,
al hombre que amó sin medida
y que dio su voz
como quien ofrece un pan recién horneado.

Desde este lugar donde ya no hay cargos ni ceremonias,
te envío el abrazo que guarda un país entero
y digo: este premio no te inmortaliza,
solo declara que ya lo estabas
desde el primer día en que encontraste la palabra.

 

VII. La victoria del espíritu humano

Si en algo pienso hoy,
es en lo que somos cuando no somos poder ni historia:
hombres que escriben,
hombres que escuchan,
hombres que sueñan.

Por eso, este reconocimiento no celebra una obra,
sino la persistencia del espíritu
que se levanta aun cuando el mundo lo hiere.
En tu vida hubo sombras, exilios, derrotas;
pero la poesía siguió creciendo en ti
como un árbol que ignora el invierno.

Y ese árbol somos todos.

 

VIII. Neruda, espejo de Chile

Tú no llevas solo tu rostro;
llevas el de Chile:
su esperanza quebradiza,
su risa, su hambre, su gesto antiguo.

Por eso este premio es una lámpara alzada
sobre la noche del continente.
Ilumina al poeta, sí,
pero también ilumina al país
que aprendió a mirarse en tus aguas.

 

IX. La gratitud de un hombre que fue tu compañero

Desde este tiempo detenido
agradezco haberte conocido
cuando aún el futuro era un cuaderno abierto.

Agradezco tus gestos pequeños:
el mate compartido,
el comentario susurrado antes de un discurso,
la forma en que mirabas a la multitud
como si cada rostro fuera una novela.

Hoy celebro aquello,
más que la medalla,
porque al final solo eso queda:
los encuentros del alma
que sostienen el edificio de la vida.

 

TRAZOS DE LEALTAD EN LA NOCHE DEL HOMBRE

 

I. La Integridad que Vi en un Hombre

Yo vi en otro
la claridad que a veces me faltaba.
Vi en él
la rectitud silenciosa
que sostiene un techo en pleno invierno.

No hablo del poder ni del cargo,
hablo del temblor que se aquieta
cuando un ser humano
elige no mentirse.

En José reconocí
esa fidelidad antigua
que no se compra ni se enseña,
esa llama que se cuida sola
en el pecho de quien sabe
que la vida es un pacto secreto
con la propia conciencia.

En su nombre hablo,
en su luz me miro.
Porque el hombre es también
lo que otro hombre le recuerda:
un espejo de dignidad
que se agradece en silencio.

 

II. La Responsabilidad que Susurra en la Sangre

A veces creo
que la responsabilidad
no es una carga
sino un latido.

Un murmullo que dice
“no huyas de ti mismo”,
“sostén el peso
de tu propia palabra”.

Y comprendo, desde esta altura,
que mi vida entera
fue una conversación íntima
con ese susurro:
hacer lo que correspondía,
aunque doliera;
decir lo necesario,
aunque ardiera;
guardar silencio
cuando el silencio era respeto.

Ser responsable
es no quebrarse
en el punto exacto
donde un ser humano
se define.

 

III. El Lento Arte de la Calma

Hubo días en que el mundo
parecía girar demasiado rápido.
Pero yo aprendí,
con los años y las pérdidas,
que la calma es un oficio

un pan amasado
con paciencia,
una mirada que no se deja
arrastrar por el ruido.

La serenidad no es quietud:
es la lucidez del que sabe
que un gesto intempestivo
puede herir más que una espada.

Por eso contuve el grito,
contuve la ira,
contuve incluso la victoria.

Era mi forma de decirle al mundo
que un hombre vale más
por lo que sabe detener
que por lo que desata.

 

IV. El Peso Invisible del Liderazgo

No fue el cargo,
ni el sello,
ni la silla donde me senté.

Fue la vigilia.
Fue la noche abierta
como una herida
sobre mi conciencia.

Guiar no era ordenar;
guiar era escuchar
el temblor en los demás
y transformarlo en dirección.

El liderazgo verdadero
no se impone:
se sostiene como un puente
sobre el miedo ajeno.

Y aun hoy, desde esta distancia,
sé que nada duele tanto
como intentar proteger a todos
cuando uno también
está hecho de fragilidad.

 

V. Sobre la Unidad que Conocen los Vivos

Yo creí siempre
en esa unión secreta
que solo conocen
los que se necesitan.

No hablo de consignas,
ni de manos alzadas.

Hablo de la respiración común,
del latir de millones
convertido en un solo pulso,
como un corazón extendido
por las calles y montañas.

La unidad verdadera
no marcha:
camina suavemente
dentro del alma,
y basta un soplo
para que el otro comprenda
que no está solo
en su deseo de ser mejor.

 

VI. La Lealtad como Forma del Alma

Lealtad.
Palabra dura
cuando se pronuncia,
pero blanda
cuando se recuerda.

No es obediencia.
No es sumisión.
Es un lazo que se forma
en lo profundo del pecho
y que no se rompe
ni con la duda.

Fui leal a mis amigos
como quien cuida
una fogata en la intemperie.

Y ahora,
desde este silencio interminable,
sé que la lealtad
es finalmente
la manera en que un hombre
agradece haber sido acompañado.

 

VII. La Honestidad del Esfuerzo

Nada grande nace sin trabajo,
pero el trabajo más duro
siempre fue interior.

Había que desmontar el miedo,
desmalezar la impaciencia,
regar la esperanza,
despedir la vanidad
como quien barre hojas muertas
de un patio antiguo.

La honestidad del esfuerzo
no estaba en lo que hacía,
sino en lo que intentaba ser:
un hombre sencillo
frente a tareas desmesuradas.

La verdadera faena
era mantenerme digno
ante mí mismo.

 

 

 

VIII. La Voz que Pide Cuidado

Siempre tuve cuidado
con mis palabras.

Sabía que un gesto brusco
podía levantar tormentas,
que un clamor
podía encender heridas.

Por eso llamé a la calma,
al paso lento,
a la respiración profunda
antes del error.

La voz que pide cuidado
no es débil:
es la voz de quien conoce
el precio del daño
y decide
no multiplicarlo.

 

IX. La Unidad Interior del Hombre

Antes que pueblos,
antes que banderas,
está el hombre:

un ser dividido
por sus miedos,
sus deseos,
sus heridas antiguas.

Yo intenté unir
esas partes rotas
dentro de mí mismo,
porque solo quien se ordena
por dentro
puede ofrecer orden
al mundo.

La verdadera revolución,
la única que importa,
fue siempre interior.

 

X. El Llamado Silencioso a la Responsabilidad Mutua

Quise que cada uno
comprendiera
su propio papel en la historia.

Pero no la historia pública;
no.
La historia más pequeña:
la que se escribe
cuando un ser humano decide
no fallarle a otro.

La responsabilidad mutua
es la raíz de la armonía.

Y aun ahora,
desde este aire sin tiempo,
sigo creyendo
que un país comienza
cuando dos personas
se cuidan.

 

TESTIGO DE SU PUEBLO

 

I. Concepción en mi Memoria

Vengo a esta ciudad
como quien entra en un recuerdo antiguo.

No veo solo balcones,
veo un río oscuro cargado de historia,
veo el carbón encendido bajo la lluvia,
veo una juventud que golpea las puertas del futuro
con los nudillos desnudos.

Concepción no es un nombre,
es un pulso:
la mano del obrero ennegrecida de humo,
la mano del campesino abriendo el surco,
la mano del estudiante sosteniendo un libro
como si fuera una antorcha.

Mientras hablo,
siento que no soy un hombre sobre un balcón,
sino un hilo más
en el tejido de esta ciudad que resiste,
que se levanta una y otra vez
desde el barro, el viento y la sal.

Yo también
soy poblador de este viento.

 

II. La Tarea que No Es para Cómodos

Comprendí muy pronto
que el cambio profundo
no es una fiesta.

Es la larga jornada
del que se levanta antes del alba
para alcanzar un pan más limpio
para los hijos de otros.

Transformar no es gritar,
es cansarse.
Es aceptar que la historia
no se deja mover
por manos suaves.

A veces quise descanso,
confieso el cansancio en la nuca,
el peso de los informes,
la fatiga de las noches sin sueño.

Pero dentro de mí
había una voz silenciosa que decía:
“la comodidad es una forma elegante
de abandonar a los demás”.

Por eso seguí,
sabiendo que la tarea verdadera
no era para cómodos,
sino para quienes aceptan
que la esperanza
también duele.

 

 

 

III. Los Viejos que Ya No Piden Limosna

Cuando la furia de algunos
me rodeaba como un cerco,
cuando el insulto
se escribía con tinta gruesa
sobre mi nombre,

yo pensaba en algo sencillo:

en las ancianas
que ya no extendían la mano
en las esquinas del invierno,
en los viejos
que por primera vez
podían doblar la espalda cansada
sobre una mesa propia
y no sobre la vereda.

No necesito más defensa
que esos pasos lentos
que encontraron un poco de abrigo.

Si alguna vez dudé de mí mismo,
cerré los ojos
y vi un par de manos arrugadas
sosteniendo no una limosna,
sino un derecho.

Y entonces supe
que, al menos por un instante,
habíamos inclinado la balanza
hacia la dignidad.

 

IV. El Niño que Sobrevive al verano

En mi memoria
hay veranos que huelen
a miedo.

No al miedo de los discursos,
sino al miedo más antiguo:
el de perder un hijo
en una cama sin remedios.

Miré cifras,
pero detrás de ellas
veía pequeños cuerpos sudando,
labios resecos,
madres enteras
sostenidas por un hilo de fe.

Salvar a un niño
de una diarrea de verano
es un acto humilde
y absoluto.

Cuando bajaron los números,
yo no vi estadísticas:
vi patios
donde el llanto se transformaba
en juego,
vi rostros diminutos
que tendrían tiempo
de crecer,
de equivocarse,
de amar.

Todavía hoy,
desde esta altura sin calendario,
creo que cada vida arrancada
a la muerte temprana
fue un poema que nadie escribió
y que, sin embargo,
justifica una existencia entera.

 

V. Contra el Papel que Asfixia al Hombre

He visto
colas que no terminan,
ventanillas que nunca se abren,
sellos que caen como gotas lentas
sobre la paciencia de los pobres.

La burocracia
es una forma fría de crueldad:
robarle el tiempo a un hombre
y le robarás también
una parte de su vida.

Detrás de cada “vuelva mañana”
hay una noche más
de angustia,
de cuentas sin pagar,
de remedios que no llegan.

Yo quise
una administración
que recordara
que del otro lado del escritorio
hay alguien que tiembla.

Si hoy hablo
desde esta posteridad sin documentos,
es para decir
que firmar un papel
no es un gesto neutro:
puede ser un puñal
o puede ser
una mano extendida.

Soñé con un país
donde ningún trámite
le falte el respeto
al corazón de nadie.

 

VI. El Juramento de No Meter las Manos

Fui testigo
de demasiadas manos
que se perdían en los cajones equivocados,
de bolsillos que engordaban
mientras los niños
adelgazaban en las poblaciones.

Por eso un día dije
algo tan simple
que parecía ingenuo:
que en mi tiempo
podrían equivocarse los pies,
pero no las manos.

Era más que una frase.
Era un juramento íntimo.

Yo sabía
que la corrupción
no es solo un delito,
es una forma de traición
a la confianza de quienes
no tienen nada más
que su fe en otros.

Si alguna vez
mi nombre merece ser recordado,
que no sea por los cargos,
sino porque intenté
que nadie usara el poder
como una caja oscura
donde esconder botines.

Quise que el Estado
fuera un espejo limpio
donde el pueblo
no se viera deformado.

 

VII. El Dolor Oculto del Alcohol

Como médico
vi demasiadas veces
la misma escena:

un cuerpo joven
con un hígado viejo,
una mirada perdida
mientras el mundo
se le caía en pedazos.

Detrás de cada botella excesiva
no veía vicio,
veía fuga.
Veía al hombre sin trabajo,
sin casa,
sin futuro,
buscando en un vaso
una puerta de escape
de su propio naufragio.

Por eso quise
combatir el alcohol
no con cadenas,
sino con dignidad:
mejores casas,
mejores sueldos,
deporte,
cultura,
tiempo para el descanso
que no se compra en una cantina.

Desde este lugar
donde ya no hay sed,
sostengo la misma idea:
muchos de nuestros “vicios”
son, en verdad,
gritos silenciosos
de una vida
que pide ser vivida
de otra manera.

 

VIII. Juventud, Hija del Mañana

Miraba a los jóvenes
y no veía solo rebeldía:
veía anticipo.

En sus preguntas
estaba escrito
un país que aún no existía.

Yo les hablé
no como a una reserva futura,
sino como a los verdaderos
constructores de lo que vendría
cuando mi voz
fuera solo eco.

Quise para ellos
no un destino dócil,
sino la oportunidad
de estudiar,
de trabajar con sentido,
de correr en una cancha abierta
en vez de huir por un callejón.

La juventud, lo supe siempre,
no es la edad de los años,
es la edad del coraje.

Aunque hoy
ya no me vean,
seguiré creyendo
que el mundo
será mejor
si escuchamos más
a quienes aún
no han aprendido
a tener miedo.

 

IX. La Mujer que Esperaba Justicia

A lo largo de mi vida
vi demasiadas mujeres
haciendo cola por otros.

Mujeres con los brazos cargados de hijos,
mujeres dobladas sobre la olla común,
mujeres limpiando el desastre
que dejaba el cansancio ajeno.

Quise que, por una vez,
la historia hiciera cola por ellas.

No hablo solo de leyes,
hablo de mirada:
de ver en la madre soltera
no una falta,
sino un heroísmo;
de ver en la dueña de casa
no una inactividad,
sino un trabajo silencioso
que sostiene el techo del mundo.

Soñé con un tiempo
sin hijos ilegítimos,
porque ningún niño
es culpable de las cobardías de los adultos.

Soñé con jardines infantiles,
con guarderías llenas de risa,
para que ninguna mujer
tuviera que elegir
entre el pan y el cariño.

Si algo quise dejar
como huella en la arena,
es esta simple certeza:
sin la emancipación profunda de la mujer,
la dignidad de un pueblo
está siempre incompleta.

 

X. El Trabajo Voluntario como Lenguaje del Alma

Cuando vi
a aquellos hombres y mujeres
construyendo sin salario,
haciéndole horas extra
a la esperanza,

sentí que el ser humano
todavía era capaz
de trabajar por algo más
que por monedas.

El trabajo voluntario
no era una consigna,
era una oración sin palabras:
pintar una plaza,
levantar un muro,
limpiar un basural,
correrse de sí mismo
para que otro viva mejor.

Yo creí
y lo sigo creyendo
que allí donde alguien
ofrece su esfuerzo
sin esperar recompensa,
el mundo se inclina
un milímetro
hacia la luz.

Tal vez
esa sea la verdadera medida
de un pueblo:
lo que es capaz de hacer
cuando nadie le paga,
pero todos
lo necesitan.

39.   LA DEUDA Y EL MAR

 

I. Meditación en Talcahuano

Yo mismo expliqué a mi pueblo
que un país también puede ahogarse en números,
que no basta el olor a mar en Talcahuano
si sobre la bahía se cierne
una nube de cifras sin rostro.

Expliqué que había dos mares sobre Chile:
el mar salado de los pescadores
y el mar frío de la deuda,
donde no navegan peces
sino intereses compuestos,
pagarés que no conocen el sabor del pan
ni el cansancio de las manos.

Dije:
no quiero que mi patria aprenda a bajar la cabeza
delante de un calendario de vencimientos,
ni que la palabra “insolvente”
se escriba sobre la frente de un pueblo
que aún no ha terminado de levantarse.

Por eso hablé de renegociar,
que es una palabra seca como una piedra
pero que encierra una decisión amorosa:
primero la mesa del obrero,
después la mesa del banco.

Les conté que si obedecíamos
a la aritmética sin entrañas,
tendríamos que entregar
una tercera parte del sudor del país
a acreedores invisibles,
mientras en los cerros
seguía faltando agua,
y en los patios seguía faltando trabajo.

No hablé para asustar,
hablé para que supieran
qué peso cargábamos juntos:
un collar de 4.226 millones de dólares,
frío como hierro sin forjar,
ajustado al cuello
de una nación que quería aprender
a respirar de pie.

Les dije:
no somos mendigos en la puerta del mundo,
no venimos a implorar limosna,
venimos a poner sobre la mesa
nuestro derecho a vivir primero,
a pagar sin entregar la vida,
a cumplir sin suicidarnos en cuotas.

Y mientras tanto,
en las bodegas del puerto,
el olor del pescado anunciaba
que el mar podía ayudarnos
donde la ganadería no alcanzaba,
que la proteína azul del océano
podía subir las escaleras
donde no llegaba la carne.

Hablé de tractores que todavía eran promesa,
de surcos que aún estaban dormidos,
de barcos factoría
que vendrían con lenguajes extraños
pero con redes llenas
para el plato de los niños.

Y dentro de mí repetía en silencio:
que lo entiendan,
que sepan el tamaño del muro
para que no se golpeen a oscuras,
que conozcan al enemigo de cifras
igual que al temporal que levanta olas,
que no se dejen engañar
por quienes nunca miraron
el rostro de un cesante
ni el plato vacío de una madre
que no sale en los balances.

Desde la posteridad me miro hablando en Talcahuano,
con olor a puerto, acero y sal,
y reconozco en mi propia voz
a un hombre que decidió
no esconder la noche detrás de los discursos,
sino encender, con la verdad,
la lámpara frágil
sobre la mesa de su pueblo.

 

II. El sueldo de Chile y la mesa del obrero

Yo dije, una y otra vez:
el cobre es el sueldo de la patria,
pero el sueldo no basta
si no se transforma en casa,
en camino, en hospital,
en cuaderno limpio,
en leche para la guagua
y en ventana abierta al mar.

No quería que el cobre
fuera sólo una palabra heroica
en un libro de economía.
Quería que el obrero comprendiera
que cada tonelada extraída
era un ladrillo futuro,
que cada metro de veta
podía ser también
una cama en un hospital de provincia,
un bus menos abarrotado,
un vaso de agua más cerca de la puerta.

Por eso hablé con franqueza
de las minas mal tratadas,
de los ripios mal puestos,
de los errores antiguos
que nos dejaban de herencia
hoyos más caros que los túneles,
montañas de estéril
que costaba millones remover.

No vine a ofrecer milagros,
vine a decir:
si queremos pagar lo que debemos
sin vender el alma,
tendremos que producir más
con las mismas manos cansadas,
pero con otro orgullo,
sabiendo para qué se suda,
sabiendo para quién se levanta la pala.

Hablé a los trabajadores del cobre
como quien habla a sus propios pulmones:
si ustedes se detienen,
la sangre del país se espesa,
las arterias del presupuesto se bloquean,
las escuelas quedan en papel,
las casas en maqueta,
los hospitales en un expediente sin timbre.

Pero también les dije:
nadie puede pedirles más
si no mira de frente sus condiciones,
si no corta los privilegios
de los que cobraban en dólares
sin mancharse de polvo rojo,
si no termina con los salarios
que no conocían la moneda de su propio país.

Era duro pedir sacrificio
cuando los diarios hablaban
de cifras que nadie entendía,
cuando el precio del cobre bajaba
como una marea terca,
cuando las cuentas del mundo
no incluían
el cansancio de un minero
ni el dolor de su esposa
esperando en la pulpería.

Sin embargo, yo sabía
que un pueblo que entiende
para qué sirve su esfuerzo
es más fuerte
que cualquier fábrica de interés compuesto,
y que un minero que ve su sudor
convertido en escuela,
en vivienda, en dignidad,
no trabaja sólo por un jornal
sino por una genealogía de futuro.

Hoy, desde esta orilla sin fechas,
miro aquellos días de Talcahuano,
los contratos con países lejanos,
los barcos que entrarían a nuestros puertos,
las toneladas de hierro acordadas
como si fueran promesas escritas en roca.

Y me vuelvo a decir,
en voz baja,
como aquel febrero de 1972:

no se trata de adorar al cobre
como un dios metálico,
se trata de enseñarle al metal
el camino hacia la mesa del obrero,
de obligar a las cifras
a aprender el idioma del pan,
de hacer que el sueldo de Chile
deje de ser palabra en un discurso
y se convierta, cada mañana,
en pan sobre la mesa,
en trabajo sin humillación,
en futuro sin rodillas.

Porque al final,
todo lo que hice y dije
no fue por el brillo
del mineral bajo la cordillera,
sino por la luz que ese brillo
podía encender
en los ojos cansados
de mi pueblo.

 

40.  PROVINCIA QUE DOLÍA EN MIS ZAPATOS

 

I. Arauco

Arauco
era un nombre antiguo en los libros
y un dolor reciente en mis zapatos.

Cuántas veces caminé sus calles
donde el carbón ennegrecía la piel
antes de ennegrecer el aire,
donde el campesino conocía
más el silencio de la reducción
que la música de una máquina justa,
donde la lluvia golpeaba los techos
como un recordatorio obstinado
de que la esperanza también se filtraba.

Yo vi a los mineros de esta provincia
vivir más hondo y más oscuro
que los de Lota y Coronel,
como si la noche escogiera
ciertos cuerpos para hacerse carne.

Vi a los jóvenes mirar el horizonte
como quien mira una ventana clausurada,
sin puerto, sin fábrica, sin taller
que les tendiera la mano.

Por eso, cuando hablé en Arauco,
no estaba inaugurando sólo una planta,
estaba poniendo una piedra
en el puente que les debía,
tratando de empalmar el pasado indómito
con un futuro menos humillante,
para que el nombre Arauco
dejara de ser sólo relato de resistencia
y se volviera también
pan de cada día,
escuela abierta,
hospital encendido en la noche.

Sabía que esta provincia
no era pobre en naturaleza,
sino en justicia.
El carbón, la lluvia, las bahías,
todo estaba allí,
esperando que el país se acordara
de su propio cuerpo olvidado.

Yo sólo vine a decir:
he tomado este abandono como tarea,
he anotado esta herida
en mi conciencia de hombre,
y mientras pueda hablar
no dejaré que el dolor de Arauco
se pierda en las estadísticas,
porque en cada cesante de esta región
sentía latir
un pedazo de mi propia deuda.

 

 

II. El árbol, la llama y la memoria del futuro

Aprendí tarde, como tantos,
que cuidar un árbol
es cuidar a un niño que aún no nace.

Delante de la planta de celulosa
hablé de hectáreas y viveros,
pero por dentro pensaba
en la respiración de los que vendrán,
en la sombra que todavía no existe,
en las lluvias que dependen
de raíces invisibles.

Este país,
con sus veranos incendiados,
no sabía aún pronunciar
la palabra “bosque”
como se pronuncia la palabra “hermano”.

Cada tronco ardiendo en la ladera
era también un libro no escrito,
una casa que no se construiría,
un trabajo que no llegaría nunca
a las manos que esperaban.

Por eso dije:
reforestar no es un lujo verde,
es una apuesta por la vida
en un país que aprendió demasiado
sobre la ceniza.

Quise que el estudiante
viera en la rama más frágil
un futuro salario,
un clima menos feroz,
un paisaje que no fuera
un recuerdo ajeno.

Quise que la simple dueña de casa
sintiera al regar una planta
que estaba tocando
con sus dedos humildes
la economía profunda del país,
el aire de sus hijos,
la tregua del verano.

Cuando hablé de cien mil hectáreas,
no estaba recitando un número:
estaba trazando, desde mi voz,
una muralla verde
contra la desolación.

Y hoy, desde este tiempo sin humo,
quisiera pedir todavía
que cuiden los árboles
como se cuida una conversación íntima:
sin gritos,
sin fósforos,
sin prisa,

porque en cada bosque
que no dejamos arder
hay un minuto más de oxígeno
para la dignidad humana.

 

III. Mar, proteínas y dignidad: el país que quise sentar a la mesa

Yo sabía
que las vacas no se reproducen como los conejos,
que un rebaño se levanta
en años y no en discursos,
y que un pueblo con hambre
no puede esperar la biología
como quien espera un tren puntual.

Por eso miré hacia el mar,
ese viejo vecino
que teníamos casi de adorno.

Dije:
si la tierra tarda,
que el océano nos extienda
su mano de escamas y brillos,
que la proteína azul
suba a los comedores pobres
donde el vacuno llega como leyenda.

Cuando hablé de barcos factoría,
de naves lejanas que trozan,
congelan y muelen
lo que nosotros no sabíamos aprovechar,
no estaba invocando banderas,
sino platos limpios.

Quise que el país entendiera
que ninguna ayuda es deshonrosa
si se convierte en alimento
y no en cadena,
que ningún crédito tiene apellido
si respeta nuestra frente erguida,
que se puede aprender de otros
sin arrodillarse ante nadie.

Por eso también dije
que en nuestras costas
no habría bases extrañas,
que el mar de Chile
no sería muelle de ajenos ejércitos,
que la cooperación no exige
ni himnos impuestos
ni botas extranjeras.

Mi empeño era más sencillo
y más hondo:
que un niño en Arauco
pudiera probar por fin
el gusto del pescado fresco
sin saber de tratados ni siglas,
que la mujer que hacía cola
dejara de sentir que el mar
era sólo un rumor distante
tras los cerros de su necesidad.

Desde esta posteridad que no conocí,
me vuelvo a ver bajo la lluvia
prometiendo volver en invierno
para compartir los días más duros,
para mirar de cerca
cómo se vive, se sufre y se espera
en esa provincia indómita.

Y si alguna vez
estos versos llegan a Arauco,
quisiera que supieran
que cuando dije “tengo fe”,
no era una frase para la prensa:
era la confesión más íntima
de un hombre cansado
que seguía creyendo,
contra todas las cuentas en rojo,
que un pueblo enseñado
a usar la tierra y el mar
para alimentarse con dignidad,
es más invencible
que cualquier tormenta económica.

Porque al inaugurar máquinas,
puertos, plantas y proyectos,
lo que en verdad quise encender
fue otra cosa:

la certidumbre silenciosa
de que el pan, el árbol y el pez
podían sentarse, por fin,
en la misma mesa
que la esperanza de mi pueblo.

 

 

41.    EL PAÍS HACINADO

 

I. Las casas que no alcancé a construir

He caminado demasiadas veces
por piezas donde cabe una familia entera
como si la vida fuese un mueble mal armado,
un catre, una mesa, dos sillas deformes,
y seis respiraciones mezcladas
en el mismo aire espeso.

Yo he visto al amor
cumplir su rito a oscuras,
no por pudor sino por vergüenza,
mientras los hijos fingen dormir
en la liturgia indecorosa del hacinamiento.
He sentido en esos cuartos
cómo la dignidad se encoge
como una sábana húmeda.

Desde temprano supe
que la mala habitación es una enfermedad,
un contagio de tristeza,
una epidemia de silencio.
La tos de un niño
puede recorrer en una noche
todo el cuarto,
toda la escalera,
toda la población,
como si el virus tuviera
la forma exacta del país.

Hablé de cifras:
trescientas veinte mil viviendas,
después quinientas mil,
números que crecen
como una sombra detrás de mi firma.
Cada año nacen más niños
que metros cuadrados levantamos.
Mientras tanto,
en el mapa de América Latina
se repite el mismo dibujo:
millones de cesantes,
millones de casas ausentes,
barrios que parecen
la caligrafía del abandono.

Yo mismo dije:
en este país la desigualdad
se ve en el vidrio del auto
y en la mano que se aferra a la micro.
Hay quienes ya no recuerdan
el sabor de la espera
bajo la lluvia,
ni el frío de levantarse a las cinco
para alcanzar el primer bus.

También dije:
hay quienes abrimos sin pensarlo
la llave del agua caliente,
y olvidamos que millones
no tienen siquiera
una llave que gotee.
Mientras yo contaba estas cosas
como médico y como Presidente,
sabía que las casas que faltaban
eran también mis deudas personales,
mis pacientes sin cita,
mis enfermos sin cama.

Lo confieso desde esta posteridad:
yo sabía que mi tiempo no alcanzaría,
que en un sólo gobierno
no se tapan siglos de negligencia.
Pero aun así
quise dejar grabado en la piedra
este testimonio humilde:

cada pieza que alberga
más cuerpos que paredes
es una acusación silenciosa
contra todos nosotros.

Y cada techo nuevo
levantado por manos callosas
es una palabra de reparación
que el futuro deberá completar
donde yo sólo alcancé
a escribir el primer verso.

 

II. País sediento, país a oscuras por dentro

Si cierro los ojos,
veo primero el agua que falta
antes que el agua que corre.

Valparaíso sin agua
en la casa presidencial
era un símbolo áspero:
ni allí sobraba el caudal
para disimular la sed de los cerros.
Lo dije riendo un poco,
para que doliera menos,
pero en el fondo
era una confesión de impotencia.

Antofagasta, Iquique, Magallanes,
poblaciones enteras
que esperan la cisterna,
como quien espera un milagro portátil.
En el corazón de Santiago,
el Mapocho no era río,
sino un tajo abierto
por donde la ciudad expulsaba
su culpa líquida.

Yo quise
detener ese hilo turbio,
represarlo allá arriba,
en Las Condes,
y volverlo piscina limpia,
agua risueña para cinco mil niños,
donde la ciudad entera
pudiera lavarse un poco el alma.
Pero las cloacas hablaban más fuerte,
eran más antiguas que mis proyectos,
y tuve que aceptar
que no se cambia un cauce
sólo con el deseo de purificarlo.

Este país no pensó a tiempo
sus cañerías,
sus tranques,
sus plantas invisibles.
Faltó imaginación en las comunas ricas,
faltó ciencia en los despachos,
faltaron plantas que devolvieran
las aguas servidas a uso humilde,
que reciclaran la suciedad
en un gesto circular de inteligencia.

Heredé tranques secos,
ciudades que racionan
no sólo el agua,
sino la paciencia.
Heredé también
esa ceguera que cree
que la basura es sólo basura,
y no materia esperando
otra forma, otro destino.

Cuando hablé de desalinizar mares,
de plantas inalcanzables,
de energía atómica
que aún no teníamos,
lo hice midiendo con cuidado
la distancia entre lo urgente
y lo posible.

Hoy, desde estos años que ya no vi,
me pregunto si habremos aprendido
que la nación no son sólo banderas
sino también cañerías profundas,
pozos seguros,
tuberías silenciosas
que sostienen la vida cotidiana
como venas subterráneas.

Quien mire hacia atrás
y lea mis palabras sobre el agua
quizás encuentre más preguntas
que soluciones.
Pero que sepa:

quise que Chile entendiera
que sin resolver su sed
no habría discurso que valiera,
ni justicia que resistiera
el primer verano de escasez.

 

III. Cemento, plástico, soya: el taller secreto del porvenir

Mientras la consigna
era rápida como un relámpago,
los hornos del cemento
seguían su propio ritmo pesado,
refractario al entusiasmo.

Yo sabía
que no se construyen cien mil casas
sólo con voluntad.
Que hacen falta
sacos de cemento,
maderas secas,
clavos que no existen,
lavatorios, baños,
toda esa humilde “línea blanca”
que no aparece en las marchas
pero decide si un hogar
es verdaderamente hogar.

Hablé de cifras secas:
un millón doscientas mil toneladas,
un millón quinientas,
lo que deberíamos producir
y lo que apenas alcanzábamos.
En algunas partes faltaba el cemento
no porque lo escondieran,
sino porque por primera vez
los que nunca pudieron comprar
una bolsa para arreglar su casa
llegaban al mostrador
con dinero en la mano.

Entonces miré a lo lejos:
casas plásticas en otros países,
suelo-cemento dominicano,
ladrillos distintos en México,
piedra caliza prensada en Antofagasta,
experimentos olvidados
como herramientas oxidándose
en el fondo de un taller nacional.

Pensé:
tal vez la vivienda chilena
deba cambiar de piel,
de textura y de nombre,
para multiplicarse.
Tal vez debamos dejar de amar
sólo la casa de adobe y teja,
para aceptar una casa ligera,
prefabricada, distinta,
pero propia.

Lo mismo vi en la mesa:
del poroto de soya
salía leche,
salía jamón ficticio,
salía carne que engañaba al paladar
pero nutría al cuerpo.
Y de la madera, en otros laboratorios,
ya nacían alimentos insospechados.

Lo conté con algo de humor,
hablando de sándwiches de pino y raulí,
porque sabía
que la risa abre puertas
donde el dogma se atrinchera.
Pero detrás de la anécdota
había una obsesión profunda:

si somos capaces
de desarmar la materia
y volverla otra cosa,
¿por qué no podemos desarmar
nuestros hábitos,
nuestros prejuicios de ladrillo,
y levantar con otra forma
el mismo sueño antiguo
de un techo digno?

Quise una exposición internacional
de la vivienda,
una feria de soluciones
donde el mundo nos mostrara
sus casas desmontables,
sus sistemas económicos,
sus trucos silenciosos
para que nosotros aprendiéramos
sin vergüenza y sin copiar consignas.

Porque en el fondo entendí
que la verdadera revolución
también se juega
en la fábrica de clavos,
en la planta de cemento,
en el diseño de un molde
que abarata el costo de una pared.

Y que el futuro de mi pueblo
no sólo necesitaba versos y banderas,
sino ingenieros insomnes,
arquitectos tercos,
obreros que miraran la hormigonera
como quien mira
una imprenta de justicia.

 

IV. Entre los hechos porfiados

Aquella tarde en el aula del Arzobispado
quise hablar con los pobladores
sin esconder ni la rabia ni el cansancio.

Vi banderas, escuché consignas,
y sentí también
la impaciencia ardiente
de quienes me pedían respuestas
al ritmo de su urgencia.

Dije que era el compañero Presidente,
pero también el Presidente de la República.
Lo dije no para pedir reverencias,
sino para recordar
que treinta años de lucha
no podían convertirse de pronto
en un examen rendido
ante “revolucionarios de biberón”
que confundían la tribuna
con un juguete estridente.

No rehuí la crítica,
pero pedí otra cosa:
que entendieran
la magnitud del combate silencioso,
esa guerra diaria
contra presupuestos recortados,
capacidad limitada,
plantas que no existen,
viviendas que no caben
en un solo quinquenio.

Hablé de campamentos modélicos
y campamentos caóticos,
de organización y disciplina
allí donde no había más riqueza
que las manos y el barro.
Dije, con franqueza dolorosa,
que un campamento dirigido por jóvenes
podía ser más limpio y solidario
que otro lleno de mis propios compañeros.
Lo dije para herir el orgullo
en nombre de la autocrítica necesaria.

También hablé de empresas del Estado
que algunos soñaban
como vacas lecheras inagotables.
Recordé los “San Lunes” y “San Martes”,
el ausentismo que pesa más
que cualquier sabotaje ajeno,
porque es la traición mínima
a los propios hermanos de turno.

Y cuando miré hacia el mundo,
puse ejemplos incómodos:
Guantánamo que no se recupera,
Formosa que no se toma,
porque la guerra mundial
no se desata para ganar una bahía
o una isla.
Quise enseñar, sin sermones,
que la correlación de fuerzas
no es un concepto frío,
sino el límite áspero
entre el sueño y la catástrofe.

Hoy, al recordar esas palabras,
sé que más de alguno
me habrá juzgado moderado
o tímido.
Pero yo hablo desde un tiempo
donde ya vi
cómo los países pueden arder
por no respetar
a los hechos porfiados.

Quise que mi pueblo entendiera
que este gobierno era suyo,
que no había un “ellos” y un “nosotros”
entre los que mandan y obedecen,
pero que también,
justamente por eso,
cada obrero ausente,
cada funcionario lento,
cada dirigente que se olvida
de la realidad material,
era una grieta más
en la casa común que intentábamos levantar.

Si hoy mis palabras se leen
como poesía y no como discurso,
pido que no olviden esto:

fui un hombre que creyó
en la dignidad de los pobladores,
pero también en su responsabilidad;
en la fuerza del Estado,
pero también en sus límites;
en la belleza del ideal,
pero sólo cuando se apoyaba
en la madera áspera del día a día.

Por eso, en esa aula llena,
quise dejar sembrada
una lección menos brillante
pero más perdurable:

la revolución verdadera
no se hace sólo en las plazas,
se hace también
en la puntualidad del trabajo,
en la limpieza de un campamento,
en la paciencia para aceptar
que lo imposible de hoy
puede ser apenas
el mañana que otros continuarán,
si no quemamos el puente
antes de cruzarlo.

 

42.   AULA DE MI CONCIENCIA

 

I. Norte grande, aula de mi conciencia

Yo, que hablé desde los balcones
cuando el viento de Antofagasta
todavía olía a salitre y pólvora antigua,
regreso desde esta orilla de la historia
a escuchar el eco de mi propia voz
en los muros cansados del Norte Grande.

No vine a defender un nombre
ni la frágil investidura de un traje oscuro;
vine a defender un país entero
metido en las grietas del desierto,
en las manos curtidas del pampino,
en el brillo cansado de los mineros del cobre
que aprendieron a leer la injusticia
en las nóminas de pago y en la sangre derramada.

Antofagasta,
te miro de nuevo desde la posteridad:
frente al mar,
las grúas son gaviotas de hierro
que no terminan de aprender a volar;
detrás, el desierto se abre
como un libro sin hojas,
y sobre tu piel seca
el sol escribe con fuego
la palabra “mañana”.

Yo sabía, entonces,
que no era a mí a quien insultaban
cuando ensuciaban los caminos con amenazas,
cuando la noche pagada de otros
pintaba mi nombre para herirlo.
No era mi apellido el que querían borrar:
era la obstinación de un pueblo
que por primera vez se atrevía
a pronunciar la palabra “dignidad”
como si fuera pan,
como si fuera agua,
como si fuera casa donde los hijos
pudieran dormir sin hacinamiento de siglos.

Por eso llevé el Gobierno a las provincias,
saqué la mesa de trabajo de la casa de Toesca
y la puse frente al polvo y al viento,
entre ferrocarriles oxidados
y oficinas salitreras que aún guardaban
el murmullo de muertos sin lápida.

Quise que el cobre
dejara de ser vena abierta hacia afuera
y se volviera torrente hacia adentro,
salario de una patria
que había vivido demasiado tiempo
con los bolsillos rotos.

Quise mirar San Pedro de Atacama
no como postal turística,
sino como pizarra de la prehistoria
donde pueblos silenciosos
escribieron su resistencia con piedras y estrellas.
En el Valle de la Luna
entendí que un país también puede ser
un cráter seco,
un ensueño mineral
que espera el agua del futuro.

No hablé sólo al obrero del cobre
ni al empleado del ferrocarril,
hablé a la dueña de casa silenciosa
que supo de sacrificio
antes de aprender a nombrarlo;
al joven que heredó banderas
antes de tener un empleo;
a la mujer del Norte
que amasa pan con agua cara
y lágrimas que nadie cuenta.

Hoy, desde esta distancia sin calendario,
oigo aún la multitud en Antofagasta,
las voces mezcladas
como un solo corazón deshidratado.

No defendía un gobierno,
defendía la posibilidad
de que un día
el pescador, el minero y la lavandera
pudieran decir “mi país”
sin bajar la mirada,
como quien por fin se reconoce
en la fotografía completa de la historia
y no sólo en la sombra del margen.

 

II. El agua, el cobre y la deuda del tiempo

Si cierro los ojos que la muerte me ha cerrado,
vuelvo a ver números
como fantasmas silenciosos
pegados a los muros de mi despacho:
millones de dólares,
millones de bocas,
millones de litros de agua
que nunca llegaron a las manos
que la esperaban.

Yo sabía
que antes de hablar de revoluciones
había que contar llaves de agua,
baldes al amanecer,
pilones escasos en la pampa,
niños que conocieron primero la sed
que el abecedario.

Tres millones cuatrocientos mil
sin agua potable:
no era una estadística,
eran rostros que yo había visto
en la Pampa
y en los cerros de las ciudades.
Mujeres caminando cuadras y cuadras,
con un balde como centro del universo,
sabiendo que ese círculo de agua
había de alcanzar
para lavar la herida diaria de la vida.

El cobre,
sueldo metálico de Chile,
había sido por décadas
un chorro de oro hacia afuera,
una vena mal conectada
al corazón ajeno.
Con una inversión pequeña
se llevaron la montaña
convertida en moneda,
y a nosotros nos dejaron el hoyo
y el silencio.

Yo hablaba de deuda externa
y algunos sólo oían cifras;
yo veía, detrás de cada número,
la escuela no construida,
el hospital inconcluso,
el pedazo de carne imposible en la mesa,
la casa que seguiría siendo mediagua
por otro invierno más.

No quería dejar de pagar
por capricho,
quería pagar primero la deuda
con los que nunca habían cobrado nada:
el niño desnutrido,
la madre que cocinaba con leña húmeda,
el viejo que envejeció
esperando una pensión que no llegaba.

Desde esta orilla
donde ya no hay billetes
ni reservas de oro,
sé que la verdadera “moneda dura”
era el trabajo del pueblo,
su paciencia agrietada,
sus manos partiendo piedras,
su espalda aguantando
los balances de otros.

Había un país que medía su riqueza
en toneladas exportadas
y otro que medía el día
en panes contados,
en viajes de bus al amanecer,
en horas de cola frente al agua
o la carne racionada.

Entre esos dos países
yo caminaba como un puente tenso,
sabiendo que cada decisión
era una batalla entre el ahora y el después,
entre el hambre inmediata
y el futuro posible.

No quise mentir:
dije que habría sacrificios,
que no se podía comer
al nivel de los países opulentos
con una tierra
que no se había sembrado para todos,
con un ganado
que no creció al ritmo de los nacimientos.

En el fondo,
mi sueño era sencillo y desmesurado:
que las cifras dejaran de ser látigo
y se volvieran herramienta;
que la palabra “plan”
no fuera un papel archivado,
sino una casa terminada,
una cañería instalada,
un vaso de leche en la mano de un niño.

Hoy, pasado en limpio por la muerte,
puedo decirlo sin rodeos:
la revolución que soñé
comenzaba en el grifo que se abre,
en el pan que no falta,
en el cobre que deja de sangrar hacia afuera
para latir adentro
como un corazón de metal rojo,
al servicio de los que durante siglos
sólo conocieron el reverso de las monedas.

 

III. Unidad, mujeres y jóvenes en la historia que escribimos

Yo, que fui llamado “Compañero Presidente”,
sé cuánto pesaba cada una de esas dos palabras.
Presidente de una República antigua,
Compañero de un pueblo impaciente,
joven y viejo a la vez
en su manera de soñar la justicia.

Hablé muchas veces de unidad
no como consigna,
sino como tabla en medio del mar.
Sabía que la historia
no perdona las trincheras
que se cavan hacia adentro,
ni las banderas que se hieren entre sí
mientras el adversario verdadero
ahí la sus armas en la sombra.

Desde esta distancia sin urnas,
vuelvo a ver la plaza llena
y también las grietas:
gritos cruzados contra partidos hermanos,
rencillas microscópicas
que olvidaban el tamaño del dolor
que nos rodeaba.

Yo no pedía obediencia ciega,
pedía madurez:
discutan en las asambleas,
en los comités,
en las noches de estudio y desvelo,
pero frente al pueblo
defiendan el hilo que los une.

Aprendí de la historia
que no hay revolución
sin mujer de pie.
Lo dije de muchas formas:
el voto que faltaba
no era el de una estadística,
era el de la compañera
a la que nunca se le explicó
por qué su trabajo en la casa
era parte del tejido de la patria,
por qué su cansancio
también era político.

Vi un “machismo”
escondido incluso en los labios
que pronunciaban la palabra “igualdad”.
Yo, hombre de otra época,
tuve que decirlo en voz alta:
no habrá cambio verdadero
mientras la mujer siga relegada
a la sombra de la consigna.

Y hablé también a los jóvenes,
a esos que llevaban la prisa en la sangre
y querían saltar por encima de los años
como si la historia fuera una fogata pequeña.

Les dije que las armas que buscaba
eran otras:
no fusiles repartidos en la noche,
sino conciencia en las manos,
lecturas ardientes,
disciplina en la ternura
y en el análisis cruel de los hechos.

Les hablé de tigres que no eran de papel,
de guerras que podían
devorar pueblos enteros,
de revoluciones que, para sobrevivir,
debieron aceptar la humillación aparente
de convivir con bases enemigas
en su propia tierra.

Quise que entendieran
que valentía no es lo mismo
que suicidio histórico,
que coraje no es gritar más fuerte,
sino sostener el timón
cuando los vientos contrarios
amenazan con partir la nave en dos.

Desde este lado del tiempo
miro el Congreso,
los tribunales,
las calles,
las paredes rayadas.
No puedo cambiar ya ninguna ley,
ningún veto,
ninguna votación perdida.

Pero puedo afirmar,
sin temor a equivocarme,
que la historia de Chile
no se escribe sólo con decretos
ni con discursos inflamados,
sino con la paciente siembra
de organización en cada barrio,
con la vigilancia contra la corrupción propia,
con la humildad de corregirse a tiempo,
con la decisión de llamar enemigo
sólo a quien conspira
contra la vida del pueblo
y no a quien simplemente
piensa distinto.

Yo creí, y sigo creyendo desde la muerte,
en una patria escrita entre todos:
mujeres que descubren su propia voz,
jóvenes que cambian la consigna
por la responsabilidad,
viejos militantes
que se atreven a aprender de nuevo.

Si algo pido a quienes lean
estas palabras vueltas poema,
no es un altar ni un retrato
colgado en la sala principal:
es que recuerden
que un hombre, con sus errores y miedos,
se atrevió a decir
que la libertad y la justicia
debían caminar juntas,
y que la Unidad
no era un adorno en la bandera,
sino el frágil puente
sobre el que todavía
puede pasar el futuro de Chile
sin caer al abismo.

 

43.   LA ORILLA DONDE NUNCA VINE

 

I. Mejillones

Yo, que no vine aquí como candidato,
regreso ahora desde el silencio último
para mirar a Mejillones con los ojos
que da la muerte sin estridencias.

No vine entonces
porque el tiempo era un caballo desbocado;
pero hoy vuelvo, sin banda ni escolta,
como quien intenta recomponer
una conversación interrumpida.

Vuelvo a esta costa ventilada
donde el mar abre su respiración
como un antiguo libro de sal,
y donde el desierto —mi viejo confidente—
me recuerda que el hombre
no se define por los aplausos,
sino por su capacidad de escuchar
al que ha sido olvidado.

Vuelvo sabiendo que a veces
mi figura se confundió con la del cargo,
cuando en verdad yo solo quise
ser un puente sencillo
entre el grito del pueblo
y la memoria del país.

En Mejillones entendí
que gobernar es también pedir perdón
por las distancias impuestas por la vida,
y agradecer con humildad
el cariño que sobrevive
a la intemperie de los años.

Hoy, desde mi exilio de polvo,
puedo decirlo sin ceremonia:
fue el pueblo quien me enseñó
a mirar más hondo,
a distinguir en un saludo
la historia completa de una familia,
en un niño
el porvenir todavía desnudo,
y en una anciana
la dignidad que resiste al cansancio.

No vine a pedir votos;
vengo a devolverlos en forma de memoria.

 

II. Los niños, la leche y la tibieza del porvenir

A veces me preguntan
qué gesto mío recuerdo con más claridad.
No es un discurso,
ni una ley firmada,
ni un acto multitudinario.

Es un niño de Mejillones,
apretando su medio litro de leche
como si sostuviera el sol.

Desde esta orilla sin tiempo
comprendo más profundamente
lo que entonces solo intuía:
la infancia es la patria verdadera,
el territorio que un gobernante
debe custodiar con más celo
que todas las fronteras del mapa.

Aquel medio litro
no fue una medida económica,
fue un acto de fe:
creía que el porvenir
debe comenzar por el estómago vacío
que deja de estarlo.

De los viejos
recibí otra lección de humanidad:
sus manos temblorosas me hablaban
de jornadas que ya no volverían,
de trabajos sin reconocimiento,
de vidas que merecían
un último tramo sin miedo.

Hoy entiendo que gobernar
es escuchar lo que nadie dice:
la gratitud silenciosa,
la preocupación contenida,
la esperanza que se aferra
a la voz de un Presidente
como se aferra un hijo
a la mano que aún no lo suelta.

Nada de eso pertenece a la política;
todo pertenece al alma.

 

III. Mi compromiso con la vida de un pueblo

Desde este horizonte sin ruido
repaso las tareas que heredé
como quien revisa fotografías marchitas.

Escuelas insuficientes,
viviendas incompletas,
trabajo escaso,
salud fragmentada.
Era un país hecho de faltas,
un mapa de esperanzas interrumpidas.

Yo no busqué excusas:
busqué manos dispuestas,
ojos que miraran lejos,
corazones capaces de creer
en lo que no veían aún.

El deber más hondo
no lo aprendí en los libros,
sino en las marchas polvorientas
del norte minero,
en los barrios sin sombra
de las grandes ciudades.

Comprendí que mi verdadero cargo
no era Presidente,
sino testigo.
Debía mirar de frente
el dolor ajeno
y no apartar la mirada
aunque ardiera.

Desde la muerte
lo digo con más claridad:
el único compromiso válido
es con la dignidad humana,
esa materia frágil
que a veces parece desvanecerse
pero no se rinde nunca.

No hice milagros,
pero intenté, cada día,
ser digno de la confianza
de un pueblo que esperaba
más de lo que yo podía dar,
y aun así
lo dio todo por mí.

 

IV. La mujer, la juventud y el mañana que no vi

Hoy, sin tiempo ni fronteras,
vuelvo a hablarles a ellas:
las mujeres de Chile,
sostén silencioso
de todas las revoluciones cotidianas.

Vi en Mejillones
sus manos ásperas
y sus ojos que sabían
de renuncias sin nombre.

Ellas entendieron antes que yo
que la igualdad no es un decreto,
sino un largo aprendizaje del alma,
una justicia que nace
cuando la vida deja de pesar
más sobre un cuerpo que sobre otro.

También vi a la juventud,
con la prisa del fuego
y la pureza del agua nueva.

A ellos les entregué
más que una consigna:
les dejé la tarea de construir
un país digno de su sueño,
un país donde el futuro
no fuera un lujo,
sino un derecho.

No pude ver ese mañana,
pero lo presiento ahora,
como una luz que avanza
desde el horizonte de los vivos
hasta esta costa silenciosa
donde reposo.

Si algo quise,
si algo sigo queriendo
desde esta muerte hablada,
es que mujer y juventud
sepan que todo lo que hice
lo hice mirando sus rostros,
preguntándome
qué Chile les dejaría al final.

No tuve tiempo de dar la respuesta;
pero ustedes,
ustedes aún pueden escribirla.

 

44.  NUESTRA PAMPA

 

I. Donde todos nos llamamos trabajadores

Llegué a Pedro de Valdivia
como quien entra al corazón desnudo de la tierra.
No vine a medir jerarquías,
ni a separar al ingeniero del obrero,
al técnico del empleado.

Aquí la pampa me habló
en una sola voz de polvo y esfuerzo:
“Somos trabajadores”, dijo,
y en esa palabra cabían
las manos ennegrecidas,
las pizarras manchadas de cifras,
los planos desplegados sobre mesas cansadas.

Comprendí entonces
que un título no debía levantar murallas,
sino puentes invisibles
entre los que piensan el trabajo
y los que lo encarnan con sus músculos.

En esta planicie sin sombra
entendí que gobernar
era sentarse en el mismo banco
bajo el sol implacable,
escuchar la misma sed,
reconocer que ningún salario
paga el silencio del desierto
que se traga los años de un hombre.

Yo, que llegué con la banda cruzando el pecho,
quise salir de aquí
solo con un nombre sencillo:
compañero de quienes hacen posible
que la patria tenga pan,
vivienda, caminos, escuelas,
y un poco de dignidad
en la mesa más pobre.

 

II. La planta que ardió y volvió a levantarse

Vi arder la planta de yodo
como si una hoguera antigua
quisiera borrar de un soplo
el trabajo de miles de jornadas.

El fuego lamió las estructuras,
ennegreció fierros y vigas,
y por un instante
pareció que el desierto
recuperaba lo que consideraba suyo.

Pero la noticia de las llamas
no viajó sola.
La siguió, como un río subterráneo,
la noticia del trabajo voluntario,
de los hombres que regresaban
después de la jornada,
para levantar, con manos exhaustas,
el esqueleto de una nueva planta.

Más de cien, turnándose en la noche,
ensamblaron tubos,
atornillaron piezas,
alzaron las entrañas de la máquina
con la tozudez del que sabe
que no construye para un patrón distante,
sino para un pueblo entero
que no conoce sus nombres
y sin embargo vive de su esfuerzo.

Desde lejos, Chuquicamata
tendió su mano minera,
y el cobre trajo su pequeño tributo
a la herida del salitre.

Yo supe entonces
que esa solidaridad
valía más que cualquier decreto:
los obreros del cobre
sabían que el salitre era suyo,
como ustedes sabían
que también les pertenecía el cobre.

En la planta reconstruida
no solo volvió a hervir el yodo:
resplandeció algo más hondo,
un sentido de pertenencia
que ningún incendio
podrá volver a calcinar.

 

III. La casa endeudada y el pan de los hijos

Desde esta quietud sin calendarios
miro las cifras que alguna vez pronuncié
ante el país entero.

No eran solo números:
eran el peso real
que doblaba la espalda de Chile.

La deuda externa,
como una escalera infinita
que nunca termina de subirse,
nos exigía peldaños imposibles:
pagar afuera
aunque por dentro faltaran
escuelas, hospitales, vivienda,
alimento suficiente
para el niño que crece
y el anciano que se apaga.

Para explicarlo
tuve que reducir el mundo
a la casa de un obrero:
un ingreso que no alcanza,
gastos que lo superan,
y la certeza amarga
de que la vida no cabe
en el estrecho bolsillo de fin de mes.

Yo no quise eludirme
de la responsabilidad de pagar,
pero supe que hay deudas
que no pueden honrarse
a costa de deshonrar
el derecho del pueblo a vivir
con un mínimo de dignidad.

Hoy, desde esta otra orilla,
reafirmo lo que sentí entonces:
ningún compromiso financiero
es más sagrado
que el pan que falta en la mesa,
la medicina que no llega al enfermo,
el techo que no cobija a la familia.

Gobernar fue, para mí,
caminar sobre ese filo:
cumplir la palabra dada al mundo
sin traicionar la promesa silenciosa
hecha a cada niño
que me miraba desde los cerros,
desde las pampas,
desde los barrios donde el futuro
se redacta con hambre.

 

IV. Salitre para la tierra, conciencia para el hombre

En Pedro de Valdivia
entendí que el salitre
no era solo un producto,
sino una escritura entre la tierra y el hombre.

Cada tonelada
era una promesa de cosecha,
un trigo más alto,
un maíz más pleno,
una mesa un poco menos vacía
en lugares que ustedes nunca verían.

Por eso les hablé
de consumir más salitre en Chile,
de llevarlo a los campos,
a los surcos que esperaban abono
como quien espera la lluvia.

Quise que el trabajador de la pampa
mirara más allá de su puerta,
más allá del polvillo blanco
que se pega en la ropa y en los huesos.

Que supiera
que su jornada repercutía
en un niño del sur
que comería mejor,
en una familia lejana
que no sabía pronunciar
el nombre de su oficina salitrera,
pero que llevaba su esfuerzo
en cada bocado.

Desde esta distancia sin mapas
confirmo lo que entonces presentía:
la verdadera conciencia
no se queda encerrada en la fábrica,
ni en el campamento,
ni en la provincia.

Se expande como el viento del norte,
recorre el país entero,
comprende que el destino
de un pueblo
es una sola red de causas y efectos,
donde la pala del salitrero,
la mano del campesino,
el ojo del técnico,
el cálculo del ingeniero,
y la voz de una madre en la cocina
participan de la misma batalla silenciosa
por un país más justo y más humano.

Si algo quise sembrar en la pampa
no fueron solo metas de producción,
sino esta certeza:
cada gesto de trabajo honrado
es un grano de sal y de luz
en la vasta y oscura tierra
de la historia de Chile.

 

45.   LA PATRIA INTERIOR

 

I. Camino dentro de la ley

Siempre creí
que en este país angosto como un cuchillo de luz
podían hacerse los grandes cambios
sin abandonar la casa de la ley.

No quise incendiar las puertas
ni dinamitar las instituciones:
quise empujarlas desde adentro
hasta que se abrieran al rostro del pueblo.

Me apoyé en los que viven
de su propio esfuerzo:
el obrero de manos enrojecidas,
el campesino con la espalda hecha surco,
la empleada que cuenta monedas hasta la madrugada,
el técnico que conversa con las máquinas,
el profesional que no vende su título,
el pequeño comerciante que abre temprano,
el intelectual insomne,
el artista que pinta un país distinto,
el estudiante que despierta en un pupitre frío,
la dueña de casa que sostiene el mundo
con una olla y dos manos cansadas.

A ellos llamé trabajadores,
porque no explotan a nadie
y aportan al pan común de la patria.

Yo quise que la democracia,
esa palabra gastada en discursos,
se llenara del olor del pan,
del ruido de las fábricas,
del murmullo de las poblaciones sin agua.

Pensé que la Constitución
podía ser una barca
capaz de cruzar un río difícil
sin hundirse en la sangre.

Si algo defiendo aún desde esta lejanía
es esa obstinación mía:
haber creído que la justicia
podía caminar con zapatos legales,
que el derecho de los humildes
no necesitaba fusiles,
sino una voluntad tenaz
de no apartarse de la palabra empeñada
ante la historia y ante el pueblo.

 

II. El cobre y la medida de la justicia

El cobre no fue para mí
solo una cifra en la balanza comercial.

Lo vi como una columna vertebral
que cruzaba el subsuelo de Chile,
un río petrificado
que debía alimentar a todos
y no engordar solo lejanos balances.

Cuando miré los contratos,
las deudas, los pagarés,
sentí el peso de dos responsabilidades
sobre el mismo hombro:
no traicionar la palabra del país
ni traicionar a los hombres
que arrancaban el mineral de la roca.

No quise negar que existía la deuda:
un país serio responde por lo firmado.
Pero tampoco acepté
que el pago se hiciera
con el hambre de los niños
o la vejez abandonada de los viejos.

Por eso busqué la medida difícil:
reconocer lo legítimo,
descontar lo abusivo,
distinguir entre la inversión verdadera
y la especie de usura
camuflada en intereses y papeles.

Era como caminar por una cornisa
con el viento del mundo soplando en contra.

Yo sabía
que cualquier decisión
sería tachada de escándalo
por quienes nunca se escandalizaron
de ver a Chile de rodillas.

Mas dentro de mí
había una regla más antigua
que todas las legislaciones:
ningún contrato vale
si para cumplirlo
hay que sacrificar el pan
de un pueblo entero.

Si algo quise dejar grabado en la piedra
es esta convicción sencilla:
la riqueza de un país
no se mide solo en dólares,
sino en la dignidad
de los que viven sobre esa tierra
y en la manera como reparte
lo que brota de su entraña.

 

III. La guerra de las palabras

No oí solo el trueno lejano
de los tribunales extranjeros:
escuché también
la lluvia cotidiana de mentiras
cayendo sobre mi propio país.

Cada cable tergiversado,
cada titular envenenado,
cada rumor lanzado como dardo
intentaba horadar
no solo a un gobierno,
sino la confianza de un pueblo en sí mismo.

Supe que había una guerra
donde las balas eran adjetivos,
los editoriales eran trincheras,
y la verdad,
un rehén que cambiaban de manos
según la conveniencia del día.

No quise callar ante eso.
No por orgullo herido,
sino porque entendía
que un país mal informado
es un país desarmado.

Un pueblo que solo recibe
las versiones del poderoso
termina creyendo
que su propia esperanza
es un crimen.

Yo defendí la libertad de prensa
porque creía en la discrepancia,
pero no pude aceptar en silencio
la desfiguración sistemática
de los hechos más sencillos.

Los vi inventar cadáveres,
atribuirme palabras no dichas,
ocultar los cables incómodos
que confirmaban que no mentíamos.

Quizás algún día
la historia lea esos viejos diarios
como se leen los mapas equivocados:
testimonios de un desvío,
cartas trucadas de una época
en que decir “pueblo”
era motivo suficiente
para ser acusado de herejía.

Lo que yo soñé,
aunque suene ingenuo,
fue otra cosa:
un país donde la verdad
no tuviera dueño privado,
y donde la crítica,
en vez de lanzar sombras,
ayudara a ver más claro
el rostro de nuestra propia casa.

 

IV. Mitad del país que olvidábamos nombrar

En aquellas noches de teatro lleno
y concentraciones ruidosas
descubrí una ausencia silenciosa:
faltaba la mitad del país.

Los discursos caían
como lluvia sobre hombres,
pero las mujeres
llegaban poco y mal
a la conversación del futuro.

Las veía volver temprano a la casa,
cargar con los hijos,
remendar la ropa,
hacer milagros con el presupuesto,
mientras la política se discutía
en las esquinas y en las sedes,
espacios que no les estaban permitidos.

Yo comprendí tarde,
como hombre de otra época,
que el machismo no era solo un gesto:
era una estructura entera
que las dejaba afuera
del derecho y de la palabra.

Me dolió saber
que una madre soltera
llevaba en su hijo
la marca jurídica de una culpa
que no era suya.
Que la ley,
tan severa para el débil,
era indulgente con el varón
que huía sin mirar atrás.

Recordé entonces
que hasta los héroes
que venerábamos en las plazas
habían sido llamados “huachos”
por la hipocresía de otro siglo,
y que el origen de un niño
no disminuye su derecho
a caminar erguido bajo el cielo.

Quise que la mujer
tuviera los mismos derechos
en el trabajo,
en el salario,
en la educación,
en la previsión,
pero también en la alegría sencilla
de ir al cine,
irse a peinar,
cuidar sus propios sueños
y no solo los de los demás.

Si alguna lección
me deja esta distancia
es que no habrá país nuevo
si la mitad de su gente
permanece en la sombra.

La emancipación de la mujer
no era un capítulo aparte:
era el corazón mismo
de la dignidad que buscábamos
para todos.

 

V. El día en que la patria se mira al espejo

Cuando hablé de plebiscito
no pensé en una jugada táctica:
pensé en un acto extremo de confianza.

Era como poner
el corazón del país
sobre una mesa
para preguntarle
si aún latía por lo mismo.

Sabía que no bastaban
los gritos de las plazas
ni las consignas pintadas
en los muros de madrugada.

Un pueblo se pronuncia
también en la cocina,
en la fila del mercado,
en la conversación cotidiana
entre un hombre y su compañera,
un padre y su hijo,
dos amigos en la puerta de la fábrica.

Por eso dije
que no me bastaban
los “hasta la muerte”:
quería organización,
explicación paciente,
trabajo hormiga
en cada barrio y cada pueblo.

Tenía claro
que el miedo sería usado
como un tambor nocturno
golpeando, sobre todo,
los corazones de las mujeres,
de los ancianos,
de quienes más tenían que perder
si el país se incendiaba.

Yo no quise
arrojar a nadie a la violencia.
No estaba en mis manos
convertir la historia de Chile
en un campo de batalla interminable.

Preferí, aun con todos los riesgos,
que fuera la conciencia de la nación
la que hablara a través de un voto,
a favor o en contra de lo que encarnaba.

Desde esta posteridad
que a veces duele
como una herida abierta,
sostengo lo mismo:
la verdadera fuerza
no está en la amenaza,
sino en la capacidad
de mirar de frente al pueblo
y decirle:

“Decide tú
si este camino continúa o no,
porque tu voluntad
vale más que mi biografía,
más que mi cargo,
más que mi nombre grabado
en ningún bronce”.

Si algo quise, al final,
fue que la historia de Chile
no se escribiera solo
con la tinta de los poderosos,
sino con la letra temblorosa
de los que ese día
iban a mirarse al espejo
de su propia conciencia.

 

46.  TOCOPILLA

 

I. Tocopilla: el alcalde del saco

Yo recuerdo, Tocopilla,
cuando el barro bajaba por tus quebradas
como un animal herido que no sabía detenerse.

Recuerdo el aluvión,
la ciudad desfigurada por el agua,
y un monoplano cansado
buscando un pedazo de aire donde posarse.

Yo era un ministro joven,
traía el mandato de otro maestro del pueblo,
Pedro Aguirre Cerda,
y un maletín lleno de papeles
que no sabían todavía pronunciar la palabra desolación.

Pregunté por el Gobernador
y supe que andaba perdido en el interior,
buscando hombres atrapados en una mina,
llevando pan a la oscuridad.

Pregunté por el Alcalde
y me señalaron el muelle:
no tenía banda ni medallas,
no esperaba en un despacho tibio.

Lo vi avanzar sobre el tablón,
entre la mar y el hierro,
el cuerpo grande inclinado
bajo el peso del trigo,
la cabeza cubierta con el mismo saco
que le reventaba los hombros.

Era un estibador de carne y sal,
no un retrato enmarcado:
Víctor Contreras Tapia,
alcalde y trabajador,
cintura de la ciudad
entre la pala y la firma.

Ese día comprendí
que la autoridad verdadera
no lleva charreteras,
sino callos en las manos,
y que el honor de un cargo
se gana sudando al sol
y no sobre el cuero pulido de una silla.

Tocopilla,
yo vuelvo a ti desde la posteridad,
como quien regresa al primer espejo
donde se vio el rostro entero de su pueblo.

He llegado contigo en 1972
con Tencha a mi lado,
y una marea de banderas
que arde en la una y cuarto de la tarde.

Vi a tus niños esperando en la plaza,
bajo el sol que muerde,
con delantales blancos
y ojos que no entienden la demora del avión.

Les debo una disculpa
todavía más grande que mi discurso:
ningún niño debería dejar el cuaderno
para esperar a un Presidente.

Si algo aprendí en esos caminos de salitre y marejada,
es que el gobernante que llega tarde
a la sala de clases de un niño
llega tarde a la historia de su patria.

Por eso, desde esta altura de polvo y memoria,
repito mi promesa:
yo no quería niños marchando hacia mí,
quería niños marchando hacia su porvenir.

Quería que se quedaran en las aulas
junto a sus maestras,
porque ellos,
los pequeños hijos del pueblo,
eran siempre mis verdaderos jefes,
los únicos capaces de pedirme, sin hablar,
una cuenta honrada de mi vida.

 

II. Canto a la mujer de Tocopilla

He visto arder fábricas en Chicago
a miles de kilómetros de este puerto,
y en sus llamas numeradas —ciento veintinueve obreras—
vi el rostro anónimo de la mujer chilena
apagando, en silencio, otros incendios
en la cocina, en el lavadero, en la pieza oscura
donde se plancha la ropa de todos
menos la propia.

El ocho de marzo sube por mis recuerdos
como una fecha quemada:
humo sobre máquinas,
cuerpos carbonizados
reclamando aire
higiene
un vaso de justicia.

Por ellas se alzó una decisión en el mundo:
que hubiese un día
para nombrar a la mujer sin disfrazarla,
para escribir su nombre
en el mismo tamaño de letra
que el nombre del hombre,
para decir:
no es sombra,
no es adorno,
no es eco,
es corazón.

Un sacerdote de mi tierra
dijo que la mujer debía ser
el corazón de toda revolución justa y humana.
Yo confirmo esas palabras desde mi propia ceniza:
sin el latido de la mujer,
toda revolución es un cuerpo que camina
sin sangre en las venas.

Pienso en la mujer de Tocopilla,
con el delantal curtido por la sal
y las rodillas cansadas del piso de cemento,
que no sale a la esquina
a conversar sobre política
porque la olla la espera,
porque los niños la rodean
como planetas pequeños
pidiendo calor y sentencia.

Pienso en las que se enamoran
y quedan solas,
cargando un hijo
como una culpa dictada por otros;
en las que entran al taller
y cobran menos por la misma jornada,
en las que huelen a sardina y detergente
mientras los diarios hablan de otras fragancias.

El régimen que conocimos
las dejó al final de cada fila:
en la ley,
en el salario,
en el respeto.

Yo, que firmé decretos y proyectos,
me sé de memoria
las injusticias de los códigos
que etiquetaron a los hijos
como legítimos, naturales, ilegítimos,
como si el amor tuviera partidas de nacimiento
y la ternura necesitara firma notarial.

He dicho muchas veces
que Balmaceda y O’Higgins
fueron llamados “huachos” por la oligarquía,
y que en esa burla
se delata no la condición del hijo
sino la pobreza moral del que señala.

Si desde este tiempo sin calendario
pudiera aún hablarles al oído,
les diría a ustedes, mujeres de Tocopilla:

que ningún apellido las define,
que ninguna soledad las condena,
que el amor que ponen en la vida
es una fuerza política más antigua
que todos los partidos y los parlamentos.

Les diría también a los hombres,
compañeros míos de ruta,
que no basta corear consignas
si en la casa se conserva
la dictadura del machismo.

No me hablen de revolución
si la compañera no puede ir a la asamblea
porque nadie cuida a los niños.

No me hablen de futuro nuevo
si la mujer sigue llegando última
al reparto de la alegría.

Yo he visto en Tocopilla
mujeres con conciencia alta
como antenas sobre los cerros,
he visto su fidelidad
atravesar campañas perdidas
y madrugadas de escasez.

A ellas,
a las que nunca salieron en los cables
ni en las fotos oficiales,
les dedico este canto:

ustedes fueron la reserva invisible
que sostuvo mi nombre
cuando el viento quiso arrancarlo.

Ustedes eran la patria
cuando la patria parecía
solamente un mapa
dentro de un libro.

 

III. El único privilegiado

Si cierro los ojos
desde este lugar donde estoy hecho de memoria,
puedo oler todavía
la leche tibia en los vasos de los niños del norte,
medio litro apenas,
pero era como si amaneciera otra vez
sobre sus huesos delgados.

Se burlaron de aquella frase mía:
“en mi país el único privilegiado será el niño”.
La parodiaron en columnas bien impresas,
la convirtieron en chiste para sobremesas cómodas,
como si la infancia
fuera una exageración literaria
y no un cuerpo que tiembla de hambre
en la pieza sin agua.

Yo conocí las cifras
que no caben en un poema
sin volverlo pesadilla:
niños atrasados en la mente
porque su estómago nunca conoció la proteína,
barrios enteros sin agua potable,
calles sin alcantarillado
donde la diarrea y la fiebre
eran dioses que pasaban lista.

Por eso hablé de leche,
de guarderías,
de jardines infantiles,
de buses escolares con chóferes pacientes
y muchachas voluntarias
para custodiar los pasillos de la niñez.

Los que me acusaron de demagogo
no sabían
que cada ley que impulsé sobre el niño
era un ajuste de cuentas con mi propia conciencia,
un diálogo entre el médico que fui
y el Presidente que trataba, torpemente,
de vendar un país entero.

Desde esta altura de postrimerías
veo a la madre que va a trabajar
dejando al hijo en cualquier parte
porque no hay sala cuna,
porque el salario no alcanza
para comprar tiempo seguro.

La veo lavar ropa ajena
con las manos mordidas por el jabón,
mientras el niño juega
en el borde del basural,
sin saber que la basura también mata,
que la pobreza tiene microbios
y no sólo tristeza.

Quise sembrar mi patria
de guarderías y jardines,
pedí a la juventud
un tributo de tres meses de su vida
para cuidar niños ajenos
como si fuesen propios.

No por heroísmo
sino por simple aritmética del amor:
un país que no protege a su infancia
va descontando silenciosamente
los años de su futuro.

Desde aquí lo repito
con la serenidad de los que ya no necesitan votos:

ningún niño
debe pagar con su cuerpo
la mezquindad de los adultos.

Ningún niño
debe llevar marcado en el carnet
el pecado de sus padres.

Ningún niño
debe ser humillado por su origen,
cuando la vida lo hizo
de la misma materia frágil
que a todos nosotros.

Quise una ley
que borrara las aduanas
entre hijo legítimo, natural, ilegítimo;
quise que el Estado
mirara sólo la estatura de sus necesidades
y no la forma en que fue concebido.

A las madres solteras,
las más golpeadas por la hipocresía,
les habría querido decir una por una:
no están solas,
no son culpa,
no son escándalo,
son la forma más difícil del coraje.

Hoy, desde esta ventana
que da hacia todos los tiempos,
miro la fila de los niños
y sigo repitiendo en voz baja
la misma declaración que me acompañó en vida:

si alguna vez algo de lo que hicimos
merece permanecer,
que sea esta idea sencilla
como una taza de leche en la mañana:

que el niño —cualquier niño—
sea el primero en la mesa,
el primero en la ley,
el primero en el amor,
el primero en la esperanza.

 

IV. Sembrar la revolución sin romper la raíz

Desde esta pampa donde el sol
es un herrero incansable sobre las piedras,
aprendí que la revolución
no es un rayo que arrasa,
sino una paciencia que siembra.

Recorrí Chuquicamata, Tocopilla,
las oficinas salitreras donde antes
un diputado no podía entrar sin permiso
de un administrador extranjero.

Vi casas reservadas a directorios
con césped importado al desierto,
salas de estar blindadas
contra el polvo del pueblo.

Quise darles otra biografía
a esas mismas paredes:
convertir la casa del gerente
en Guardería Infantil,
la mansión del directorio
en Casa de la Cultura,
para que los niños gatearan
sobre alfombras
donde antes sólo se arrastraban cifras,
y los obreros aprendieran guitarra
bajo lámparas diseñadas
para la contabilidad ajena.

No quise campos de concentración
ni cárceles llenas de adversarios,
quise tribunales que nos midieran
con la vara de la misma Constitución
que otros habían firmado.

Cuatro veces fuimos al Tribunal Constitucional,
cuatro veces la ley nos dio la razón;
yo lo recuerdo no como victoria política
sino como respiración profunda
de una república que todavía
trataba de reconocerse en su espejo.

Me acusaron de quebrar la legalidad,
de erigir una tiranía con ropajes nuevos.
Hoy, desde donde estoy,
sólo puedo responder con una enumeración humilde:

no hubo presos políticos
en las celdas de mi mandato,
no se clausuró ningún templo,
no se apagó por decreto
la voz de ninguna fe.

Las campanas siguieron marcando las horas,
y las imprentas de los diarios adversos
siguieron fabricando tinta contra mí
mientras yo firmaba proyectos de leche y de guarderías.

En Tocopilla dije
que la revolución no era desatar
la furia ciega de la sangre,
sino cambiar el contenido de la vida:

que el cobre, el salitre, el hierro y el carbón
dejaran de ser islas extranjeras
para convertirse en ríos de todos;

que el trabajador no sólo cobrara salario
sino que administrara,
que la palabra “nuestro”
dejara de ser un adjetivo
para convertirse en experiencia diaria.

Conocí el cerco económico
como quien siente apretarse
un cinturón alrededor del cuello.

Yo sabía de deudas
y juicios en Nueva York,
de cuentas embargadas
y advertencias en los cables del mundo.

Pero también sabía
que hay cercos que se rompen con dignidad,
abriendo otras puertas,
buscando otros mercados,
tendiendo la mano a otros pueblos
sin entregar por ello
la dignidad de la propia casa.

Hoy, desde esta distancia
donde los discursos se vuelven fósiles
y sólo quedan las razones íntimas,
puedo decir lo que quizá no supe decir entonces:

no hice todo lo que había que hacer,
pero nunca quise destruir
la raíz invisible de mi país.

Quise una revolución
que pudiera mirarse al espejo
sin bajar los ojos,
que no tuviera que ocultar cadáveres
bajo la alfombra de la historia,
que pudiera enseñar a los niños
no sólo nuevas banderas
sino también una nueva forma
de respetar al distinto.

Si algo me sostiene
en esta altura de sal y sombra,
no son las consignas ni las estatuas:
es la idea de que algún día,
en Tocopilla o en cualquier parte,
una mujer, un niño, un viejo
puedan decir en voz baja, sin miedo:

“la revolución era eso:
la ternura organizada,
el pan sin humillación,
la justicia sin odio,
la ley sin trampa,
la patria como una casa
donde por fin
cabemos todos”.

 

47.   LA MUJER, CORAZÓN DE LA HISTORIA

 

I. La pareja humana y el fuego de Chicago

Yo, que hablé una vez ante las mujeres de Antofagasta,
vuelvo ahora desde la otra orilla del tiempo
a mirarlas más hondo que con la vista cansada
de aquel acto y aquel teatro lleno.

Recuerdo un nombre que no era chileno,
una ciudad clavada lejos, como un clavo en el mapa:
Chicago.
Allí ardieron obreros por pedir ocho horas de jornada,
allí ardieron mujeres por pedir un poco de aire
en la fábrica sin ventanas.

Ciento veintiséis, ciento veintisiete cuerpos
envueltos en fuego y humo,
y en cada uno de ellos
una vida humilde,
un deseo sencillo:
un salario que no doliera,
un trabajo que no matara.

Chicago se me quedó pegado al corazón
como una marca a fuego,
y cuando pronuncié aquellas palabras
—Día Internacional de la Mujer—
no estaba leyendo una efeméride:
estaba escuchando todavía
el crujido de esas puertas cerradas con cerrojo,
los gritos que nadie quiso traducir en leyes.

He pensado mucho, desde entonces,
en esta pareja humana
que camina por la historia a destiempo:
él anotado en los libros de guerra,
en las estatuas de bronce,
en las listas de inventores y generales;
ella anónima detrás del telón de la existencia,
lavando la sangre,
preparando el pan,
cosiendo la bandera que otro alzará.

He visto desfilar los siglos
como columnas de polvo,
y en cada época la misma inclinación del espejo:
reflejar al hombre completo
y a la mujer a medias,
recordar su rostro apenas
cuando lloró por un muerto famoso,
cuando bordó en silencio el gesto heroico de otro.

Yo quise, al hablarles aquella tarde,
detener el péndulo un momento
y decir en voz clara:
la historia tiene ahora que aprender
a pronunciar el nombre de ambos,
a escribir la misma luz
para los dos lados de la especie.

Desde esta altura donde ya no cargo banda presidencial
ni llevo documentos bajo el brazo,
sólo puedo repetir, más desnudo y más cierto:

somos pareja humana,
dos mitades caminando sobre la misma tierra,
y mientras una mitad no sea vista,
el mundo seguirá andando
como un cojo orgulloso
que presume de su carrera
sin notar el arrastre de la pierna oculta.

 

II. Isabel Riquelme y las madres sin apellido

Cuando dije “Isabel Riquelme” en aquel acto,
no estaba citando una nota al pie de la historia:
estaba pensando en un rostro cansado
que nunca vi,
en unas manos que bordaron en la sombra
el destino de un hijo imposible.

Madre de Bernardo,
pero antes castigada por querer,
por atreverse a amar sin permiso,
por tener un hijo
donde los registros de la nobleza
no habían dejado espacio.

La llamaron con nombres que ensucian la boca,
la hicieron caminar por la ciudad
como si llevara colgado al cuello
un rótulo de culpa.

Y sin embargo,
una parte de la patria nació en su vientre,
un trozo de nuestras banderas
fue tejido con su silencio,
un pedazo de nuestra independencia
se sostuvo en el coraje de esa mujer sola
que no renunció al hijo,
que no devolvió el amor a la oficina de reclamos.

Desde entonces he visto
demasiadas Isabeles caminando por Chile:
muchachas que llevan en brazos
un niño sin apellido “correcto”,
mujeres señaladas por una sociedad que finge decencia
mientras practica la más refinada crueldad,
hijos mirados como si fueran
menos hijos que los otros.

Yo mismo, como médico,
supe de ese drama en cifras y en heridas:
maternidades escondidas,
abortos en cuartos clandestinos,
cicatrices en el cuerpo y en el alma
de quienes tuvieron que elegir
entre la vida del hijo
y la condena de la sociedad.

Por eso me obsesionaba
esa clasificación inhumana:
hijo legítimo, natural, ilegítimo.
Como si el amor necesitara firma,
como si la dignidad dependiera
del timbre en una oficina.

Hoy, desde esta posteridad
que es un largo corredor de conciencia,
vuelvo a poner a Isabel Riquelme
en el lugar que quise para ella:

no como pie de página de la historia de un prócer,
sino como emblema de todas las mujeres
que han pagado con soledad y desprecio
el simple acto biológico y milagroso
de dar vida.

Si algo sembré en las leyes que impulsé,
si alguna reforma merece perdurar,
es aquella que buscó borrar
la frontera entre unos hijos y otros,
es aquella insistencia terca
en decirle al país:

no hay hijos de segunda categoría,
no hay maternidades culpables,
no hay amor que pueda ser declarado delito
cuando se hace cargo de la vida que ha creado.

En el rostro de Isabel
quise ver el rostro
de todas las madres sin reconocimiento,
de todas las mujeres
que fueron juzgadas por el calendario
del matrimonio y no por la nobleza
con que sostuvieron a sus hijos.

Desde aquí,
donde los títulos se deshacen como sal,
me inclino ante ellas
con un respeto que ya no necesita decretos:

ellas mantuvieron encendida
la lámpara clandestina de la humanidad
cuando el mundo entero
parecía distraído en contar las hazañas
de los hombres famosos.

 

III. El binomio madre–niño

Toda mi vida profesional y política
termina resumiéndose en esta fórmula sencilla:
la unión de una madre y un niño
bajo un techo que no duela.

En los hospitales conocí
la cifra detrás de los discursos:
niños desnutridos en los primeros meses,
vidas que nacían ya marcadas
por la falta de leche,
por la carencia de proteínas,
por la ignorancia que nadie se había preocupado
de disipar.

Vi a madres que habían dado su sangre
en el embarazo,
y luego no podían dar leche
porque sus propios huesos
estaban huecos de alimento.

Vi piezas donde dormían apretadas
cinco, seis, siete personas,
sin agua potable,
sin alcantarillado,
sin espacio para que la vida familiar
se pareciera al ideal que repetían los libros.

Entonces entendí
que la familia, tal como la nombrábamos,
era muchas veces un mito,
una palabra bonita
encima de un hacinamiento doloroso.

Por eso hablé de asignación familiar prenatal,
de subsidio maternal,
de guarderías y jardines infantiles,
no como inventos teóricos
sino como pequeñas murallas
contra una marea de injusticia antigua.

Quise que la madre embarazada
tuviera un poco más de dinero
para comer mejor,
para hacerse examinar a tiempo,
para llegar al parto
con una posibilidad más
de tener un hijo sano.

Quise que la mujer que trabajaba
no tuviera que dejar al niño
en manos del azar,
de la vecina cansada,
del patio inseguro.

Quise que el niño
no fuera un estorbo para el empleo de la madre,
sino la razón más profunda
para que la sociedad entera
se organizara en su defensa.

Los números eran implacables:
cientos de miles de niños
con desarrollo mental disminuido
por falta de alimento en los primeros meses;
cientos de miles de mujeres marcadas
por abortos clandestinos;
centenares de miles de hogares
sin agua, sin vivienda digna.

Por eso dije aquella frase
que tantos repitieron con burla:
“en mi país, el único privilegiado será el niño”.

No era un eslogan:
era un examen de conciencia.

Sabía que no bastaba con escribirla,
que había que respaldarla
con leche distribuida,
con escuelas abiertas,
con médicos en los consultorios,
con buses especiales llevándose a los pequeños
al colegio y de vuelta a la casa.

Hoy, desde esta orilla final
donde ya no hay campaña ni partido,
puedo mirarme sin maquillaje
y decir:

no alcancé todo lo que quería,
faltaron guarderías,
faltaron jardines,
faltaron médicos y remedios;

pero nunca dejé de pensar
que la medida de cualquier gobierno
no es el volumen de sus discursos,
sino el silencio sin hambre
con que un niño se queda dormido
en los brazos de su madre.

Si algo quisiera legar
a quienes siguen caminando Chile
con otras palabras y otros proyectos,
sería esta brújula sencilla:

pongan siempre al centro
el binomio madre–niño.

Si ellas están protegidas,
si ese pequeño pacto de amor
tiene techo, alimento, salud, respeto,
entonces, sólo entonces,
podremos decir que la patria
ha comenzado a ser
un lugar verdaderamente humano.

 

IV. La mujer y la revolución interior

Cuando hablé de revolución
no pensaba en una bandera frenética
corriendo por las calles,
sino en una transformación
que empezara en la dignidad
de cada persona.

Por eso dije que la mujer
debía ser presencia tibia y combatiente
en ese proceso:
no escolta decorativa,
no coro de fondo,
sino protagonista de su propia historia.

Sabía que en la casa
seguía rigiendo una moral doble:
una para el hombre,
otra para la mujer.

Sabía que la desigualdad
no estaba sólo en los códigos
ni en las estadísticas de trabajo,
sino en la manera cotidiana
en que se la hacía callar,
en que se dejaba en segundo plano
su palabra, su deseo, su cansancio.

Por eso soñé con un Ministerio de la Familia
que no fuera una oficina más,
sino un corazón del Estado
pulsando al ritmo del niño,
del joven,
de la mujer,
del anciano,
del adulto.

Quise que la mujer
tuviera plena capacidad legal,
igual salario por igual trabajo,
protección frente a la violencia,
derecho a organizarse,
derecho a ser consultada
sobre el país que se construía.

Tal vez el tiempo y las fuerzas
no alcanzaron.
Tal vez mis proyectos fueron más rápidos
que la maquinaria pesada
de las instituciones.

Pero desde aquí,
donde ya no hay urgencias parlamentarias
ni plazos legislativos,
sigo sosteniendo esta idea simple:

ninguna transformación social
será justa ni perdurable
si no libera primero
a la mitad femenina de la especie
del peso secular que ha llevado.

No hablo de supremacías nuevas
ni de invertir la balanza,
hablo de equilibrio humano,
de respeto mutuo,
de un país donde una mujer
no tenga que pedir perdón
por estudiar,
por trabajar,
por amar,
por criar,
por decidir sobre su vida.

Cuando dije a las mujeres de Antofagasta
“vengan hacia nosotros
para conquistar la vida distinta
a que tienen derecho”,
yo mismo estaba aprendiendo,
en esa invitación,
a corregir los rezagos de mi tiempo,
los machismos que también me atravesaban.

Hoy, desde este punto
donde ya no puedo dictar leyes,
sólo puedo susurrar una petición
a quienes aún caminan las calles del norte:

no releguen otra vez a la mujer
a la penumbra de la historia.

Dejen que su voz,
su ternura,
su inteligencia,
su fuerza silenciosa
sean parte plena
de la obra común.

Porque si algo entendí al final de mi vida
es que la revolución verdadera
no empieza en los palacios
ni en los congresos,

empieza en el corazón de una mujer
que deja de tener miedo,
en el respeto de un hombre
que aprende a verla como igual,
en el niño que crece
viendo a sus padres
compartir la carga de la existencia
como dos compañeros
en la misma jornada humana.

 

48.  EL TRABAJO QUE ILUMINA EL PORVENIR

 

I.                    Los nombres que no cayeron

Desde esta orilla sin calendario,
donde ya no pesan los trajes ni los cargos,
te hablo, muchacho, muchacha,
con la voz desnuda de un hombre
que aprendió tarde
que el tiempo de la vida
es menos que un turno de noche en la mina.

Yo vi partir a Eduardo, a Rubén,
no con tambores de guerra,
no con clarines de bronce,
sino con la pala en la mano,
con el overol húmedo de tierra y de cansancio,
con el corazón lleno de un país
que todavía no había aprendido
a decir gracias.

Quise colgarles en el pecho
una pequeña estrella de la patria,
una Orden del Trabajo Voluntario
que no era un metal ni un papel,
sino la manera torpe y humana
que encontró mi cariño
de decirles:
no murieron para una consigna,
no murieron para mi nombre,
murieron por una certeza sencilla:
que un país es menos injusto
cuando alguien, aunque nadie lo vea,
levanta una piedra que no le pertenece
y la acomoda en el lugar
donde descansarán los hijos de otros.

Aquí, donde ya no hay estrados ni discursos,
yo repito sus nombres
como quien pasa lista en la madrugada:
Eduardo, presente.
Rubén, presente.
Y detrás de ellos
otros cientos sin apellidos en los diarios,
sin fotografía en los archivos,
pero con el mismo brillo
en la mirada de cansancio y de alegría.

No tuve otra riqueza que mi voz
y la gasté nombrándolos,
diciéndole al país que su muerte
no era una estadística trágica,
sino un pedazo de futuro
anticipado en la sangre.

Si algo aprendí de esos jóvenes
que dejaron su vida
en la tierra todavía húmeda de esperanza,
es que el mundo no cambia de golpe,
que no existe decreto para la ternura,
que la justicia no baja de los balcones,
sino sube lentamente
por las manos abiertas
que se ofrecen a trabajar sin salario
por algo que no cabe en sus bolsillos.

Desde la posteridad que ya habito,
desde este silencio sin elecciones ni campañas,
te digo, muchacha, muchacho:
no hagas de la muerte un altar,
haz de su ejemplo una herramienta.
Que sus nombres no queden clavados
en la madera solemne de una placa,
sino escritos en el polvo de tus zapatos,
en el cansancio de tu espalda,
en la decisión de tus mañanas.

Porque un país empieza de nuevo
cada vez que un joven,
en cualquier rincón de la tierra,
se arremanga en silencio
y dice:
“trabajo por todos,
aunque nadie me vea”.

 

II.                 El desierto que aprende tu nombre

Yo conocí el norte antes de los reflectores,
cuando el salitre era una herida blanca
y el cobre era un relámpago enterrado.
Vi oficinas que eran campamentos del olvido,
pueblos colgados como faroles sin aceite
en el viento del desierto.

Muchos años después volví,
no como médico, no como senador,
sino como un hombre viejo
que quería saber si la patria
había aprendido a mirar sus orillas.

Y allí estaban ustedes,
muchachos del sur, del centro,
hijas de puertos lejanos,
estudiantes que nunca habían visto
la piel rajada de la pampa,
plantando tamarugos
en la Pampa del Tamarugal,
como quien clava pequeñas banderas verdes
en el mapa amarillento de la intemperie.

El desierto,
acostumbrado al silencio de los esqueletos
y al crujido del salitre muerto,
escuchó por primera vez
la risa ronca de la juventud mezclada con el polvo,
los cantos desentonados al borde de las acequias,
la conversación nocturna
entre quien sabe leer planos
y quien sabe leer estrellas.

En Chuquicamata vi otro milagro:
la mina más grande del mundo,
el anfiteatro de piedra arrancada,
recibiendo en sus graderías
a muchachos sin uniforme,
con las manos nuevas
entrando en la vieja fatiga del cobre.

Ustedes movían el estéril acumulado
como si estuvieran despejando
la garganta de una montaña enferma,
para que pudiera hablar de nuevo,
pero ya no en el idioma del lucro ajeno,
sino en la lengua sencilla de la necesidad del pueblo.

Yo no vine a enseñarles nada:
vine a aprender de su obstinación.
Supe entonces que un país
no es solamente su bandera ni su himno,
sino ese instante en que un joven de ciudad
apoya la espalda en el hombro
de un viejo salitrero
y entiende, sin palabras,
lo que significa una vida completa
bajo el sol sin sombra.

Desde esta posteridad
donde las fronteras ya no importan,
miro hacia atrás y los veo todavía:
cavando zanjas en Cabildo,
abriendo caminos a golpe de hacha
entre Valdivia y Corral,
alineando rieles,
destapando canales,
como si el país entero
fuera una partitura en borrador
y ustedes corrigieran las notas
a punta de sudor y ampollas.

El desierto aprendió su nombre,
jóvenes invisibles de mi patria,
porque cada árbol que plantaron
es una sílaba verde
en la frase larga del futuro.
Y aunque el viento borre sus huellas
en la arena que no duerme,
nadie podrá arrancar de la memoria de la tierra
ese descubrimiento sencillo:
la juventud no es una edad,
es un modo de decir “nosotros”
frente a la intemperie.

 

III.              El trabajo que despierta la patria

Toda mi vida escuché la misma pregunta,
aunque la disfrazaran con otras palabras:
¿para quién trabajas, hombre?
¿Para quién levantas murallas y edificios?
¿Para quién se encienden las fundiciones en la madrugada
y quién se calienta al fuego de tus manos?

Vi fábricas donde la jornada era un muro
y el salario una migaja,
vi vitrinas colmadas de cosas quietas
que no podían ser tocadas
por quienes las hacían posibles.
Vi minas que eran pequeños países
dentro del país,
con otras leyes
y otros dioses.

Por eso, cuando hablé del trabajo voluntario,
no hablaba de heroísmo ni de sacrificio ciego:
hablaba de un cambio interior,
profundo como el curso de un río subterráneo.

Cuando un joven deja de trabajar
para el espejo de su propio destino
y empieza a hacerlo
por un niño que no conoce,
por una anciana que no sabrá su nombre,
por una ciudad que tal vez nunca pisará,
entonces la patria despierta
en la zona más íntima del corazón humano.

No era solamente yeso,
no eran solamente pollos,
ni kilómetros de canal,
ni pabellones avícolas,
ni terminar los salones de una conferencia lejana.
Era la mano acostumbrada al lápiz
cambiando de herramienta,
era el estudiante aprendiendo del obrero
la gramática dura de la faena,
era el campesino mirándose
en el cristal asombrado de la juventud urbana.

Yo, que firmé decretos y leyes,
que hablé en tribunas y en balcones,
aprendí en esos días
que ninguna firma vale
lo que una tarde de sol
en que un grupo de muchachos
remueven piedras en silencio
sabiendo que esa obra no les pertenece
y sin embargo les pertenece más
que todas las proclamaciones.

El trabajo deja de ser castigo
cuando deja de ser un destino solitario.
Se vuelve canto ronco,
se vuelve conversación,
se vuelve promesa con los muertos
y compromiso con los que aún no nacen.

Desde aquí, donde ya no ordeno ni decreto,
donde sólo contemplo,
puedo decirte sin solemnidad:
la verdadera riqueza de un pueblo
no son sus toneladas de cobre
ni sus cifras en la balanza comercial;
la verdadera riqueza
es la cantidad de manos
dispuestas a trabajar por todos
sin preguntar cuánto ganan.

Cuando eso sucede,
aunque sea una vez,
aunque sea en un verano,
aunque después vengan dudas y cansancios,
algo irremediable se enciende en la conciencia.
Y un país que ha visto a sus jóvenes
trabajar así,
aunque tiemble,
aunque retroceda,
nunca vuelve del todo
al viejo sueño egoísta
de cada uno para sí.

 

IV.               Entre la ley y el relámpago

Yo caminé sobre una cuerda tensa
tendida entre dos abismos:
de un lado, la injusticia convertida en costumbre;
del otro, la tentación de quemarlo todo
para ver si quedaba algo en pie.

Muchos quisieron que eligiera
uno de esos precipicios.
Unos me acusaron de ir demasiado lejos,
otros de no llegar jamás
a donde ellos querían empujar la historia.

Yo escogí otro filo:
el de la ley como herramienta
puesta en manos del pueblo,
no como cadena,
no como excusa.

A veces me vieron irritado,
golpeando con palabras
a quienes deformaban la verdad;
otras veces me vieron obstinado
en respetar la voz ajena
aunque esa voz me golpeara el rostro.

En mi tiempo,
no abrí cárceles para las ideas,
no amordacé periódicos,
no anulé la mano que discrepaba.
Pude haber cedido a la impaciencia,
pero sabía que la verdadera revolución
no es sólo un cambio de nombres en los muros,
sino una transformación lenta
en la manera de respetar al otro,
incluso al que no nos comprende.

Desde esta posteridad sin prisas
puedo mirar con calma
aquello que entonces era tormenta.
No me interesa tener la razón,
me interesa decirte qué buscaba:

Quise que el joven entendiera
que la rebeldía no necesita balas
para ser profunda,
que la radicalidad no se mide
por el volumen de los gritos,
sino por la capacidad de sostener un sueño
sin traicionarlo con métodos
que lo niegan.

Por eso defendí con terquedad
el derecho a disentir,
porque sabía que mañana,
cuando otros ocuparan el lugar que yo tenía,
tal vez serían ellos la minoría
que necesitara esa misma protección.

Entre el relámpago y la ley
escogí el rayo que ilumina
sin quemar la casa,
escogí el trueno de la palabra
por sobre el estruendo del cañón.

No fui un santo ni un héroe impecable,
fui un hombre que conoció de cerca
las miserias de su tiempo
y que, sin embargo,
eligió no usar las mismas armas
que criticaba.

Si algo quiero dejarte
desde esta distancia sin calendario,
es esta lección imperfecta:
la justicia que se impone aplastando al otro
siempre termina rodando
como una piedra sin raíces.
En cambio, la justicia que se construye
a la vista de todos,
respetando incluso al que teme,
deja una huella menos brillante,
pero más duradera
en la conciencia de los pueblos.

 

V.                  Carta final a los jóvenes del mañana

Jóvenes que no conocí,
que tal vez nunca oyeron mi voz,
que habitan ciudades y pantallas
que yo no alcancé a imaginar:
te escribo desde un tiempo detenido
para hablarte de tu propio tiempo.

En mi época, yo les decía
a los muchachos de entonces:
ser más revolucionario
es ser mejor estudiante,
mejor hijo, mejor hermano,
mejor compañero.
Hoy lo repito sin cambiar una sola sílaba.

No confundas el ruido con la profundidad,
ni la prisa con la lucidez.
No te midas por los eslóganes que repites,
sino por la capacidad de escuchar
el dolor concreto de quienes te rodean.

Yo creí en la juventud
no porque fuera joven,
sino porque vi en ella
la única fuerza capaz de corregirnos,
de cuestionar la comodidad
en la que nos habíamos instalado los adultos.

Te pido algo que no cabe en un decreto:
aprende un oficio y aprende una ternura.
No te contentes con saber manejar máquinas;
aprende también a sostener miradas,
a cuidar niños,
a respetar mujeres,
a escuchar ancianos,
a trabajar con otros
sin humillar a nadie.

Habrá quienes te digan
que nada vale la pena,
que todo está comprado,
que la historia es un teatro repetido.
No les creas del todo.
Es cierto que hay trampas,
es cierto que hay manos poderosas
que mueven hilos invisibles,
pero también es cierto
que un gesto sincero,
una jornada de trabajo compartido,
una decisión honesta en silencio,
pueden torcer el rumbo de muchas vidas.

Yo soñé con grandes avenidas abiertas
para que entrara el hombre nuevo
con su dignidad intacta.
Tal vez las calles que tú recorres
tengan otros nombres,
pero la tarea es la misma:
abrir espacio para que nadie
tenga que agachar la cabeza
por su pobreza, su origen o su palabra.

No te pido que me veneres,
ni que repitas mis frases,
ni que pintes mi rostro en las murallas.
Te pido algo más difícil:
que pienses por ti mismo,
que desconfíes de todo poder
que se exhibe sin pudor,
incluyendo aquel que diga hablar en nombre tuyo,
y que al mismo tiempo
no renuncies a la idea
de que la humanidad puede ser mejor
de lo que ha sido hasta ahora.

Si alguna vez oyes mi nombre en un libro,
en una canción, en una discusión agitada,
no preguntes primero quién tenía la razón,
pregunta más bien
qué hicimos con los niños,
con las mujeres agobiadas,
con los viejos solos,
con los trabajadores cansados.

Yo ya entregué mi cuota de vida
a esa pregunta.
Ahora te toca a ti,
en tu siglo, con tus herramientas,
con tus dudas y tus miedos.

Desde esta posteridad que no pesa,
te dejo sólo esta certeza:
la historia no se detiene,
pero tampoco avanza sola.
Cada generación,
como aquellos jóvenes del trabajo voluntario,
debe decidir si prefiere mirar desde la ventana
o salir al patio del mundo
a ensuciarse las manos
con la materia frágil
de la justicia.

Si eliges lo segundo,
aunque te equivoques,
aunque nadie lo agradezca,
aunque sientas que todo retrocede,
sabrás que estuviste vivo
no sólo para ti,
sino también para esos otros
que un día pronunciarán tu nombre
como hoy algunos pronuncian el mío:
no como el de un héroe,
sino como el de un hombre
que trató, con todas sus fuerzas,
de no traicionar a su pueblo
ni traicionarse a sí mismo.

 

49.  CANTOS EN LA PLAZA DE CONCEPCIÓN

 

I.                    La patria que aprende a hablarse

Vengo todavía del norte,
aunque mis zapatos hayan dejado de hacer ruido.
Traigo en la memoria una franja de polvo
que empieza en el salitre
y termina en el oleaje oscuro del sur.

Yo vi cómo el país,
que antes era un mapa colgado en las oficinas,
se volvía de carne y mirada
cuando el hombre de la pampa preguntaba
por la fábrica encendida en Concepción,
y el obrero del acero
quería saber cómo respiraba la mina del cobre.

Supe entonces
que la patria es un cuerpo que sólo existe
cuando sus extremidades se hablan,
cuando el desierto pregunta por la lluvia
y el bosque comparte su sombra
con la ciudad que nunca duerme.

Vi a los técnicos doblar la química
para que el cobre ardiera con menos gasto,
vi a la universidad salir de sus muros
para arrancar proteína al poroto humilde,
para mezclar en un mismo experimento
la leche del futuro con el hambre del presente.

No buscaba proezas de laboratorio,
buscaba algo más sencillo:
que la ciencia dejara de ser un lujo de vitrinas
y se volviera pan en la mesa del niño,
calor en la escuela pobre,
oxígeno en los pulmones del obrero.

He sido testigo
de cómo las cifras se transforman en rostros:
trescientos mil, cuatrocientos mil estudiantes,
no son columnas de un informe,
son manos que mañana
sostendrán palancas, microscopios, timones,
son gargantas que no aceptarán
que el saber sea un privilegio
como un balcón con vista sobre los otros.

Desde esta posteridad sin fronteras
miro hacia atrás y me pregunto:
¿qué fue lo más hondo de aquellos días?
No fueron los discursos ni las ceremonias,
fue este temblor silencioso
de un país que empezaba a reconocerse,
el norte mirando al sur,
el puerto escuchando al campesino,
la universidad aprendiendo el idioma del taller.

Si alguna palabra merezco todavía,
que no sea la del gobernante,
sino la del hombre que quiso,
torpe y obstinadamente,
acercar la inteligencia a la pobreza,
unir el mapa del cobre
con el mapa del hambre,
hasta que el país entero
pudiera pronunciar su propio nombre
sin vergüenza.

 

II.                 El capital humano

He tocado máquinas brillantes
que devoran carbón, hierro, tiempo,
y he tocado también los pulmones manchados
de quienes las alimentan.

Entre una y otra cosa, si debo elegir,
sé de qué lado quiero equivocarme.

Yo vi fábricas sin agua,
vi manos negras que no podían lavarse,
vi rostros cubiertos por un polvo
que no era dignidad,
sino amenaza silenciosa.

Supe desde estudiante
que no hay progreso que valga
si está hecho sobre costillas agrietadas,
que ningún edificio perdura
si sus cimientos son los restos invisibles
de una generación enferma.

Por eso repetí una y mil veces:
no quiero industrias nuevas
levantadas sobre pulmones viejos,
no quiero milagros de producción
pagados con la vista perdida del soldador
o con la tos del minero
que no conoce otro amanecer
que el de la lámpara en su casco.

Tal vez parecí exagerado
cuando dije que lo más valioso de un país
no era su acero,
ni sus toneladas de cobre,
ni sus tratados,
sino ese tesoro frágil y simple
que llamamos capital humano:
el cuerpo cansado del obrero,
la espalda encorvada de la campesina,
el corazón inquieto del estudiante pobre.

Yo quise que la medicina
dejara de ser sólo hospital y receta,
que entrara en la fábrica,
en la mina, en el taller,
que aprendiera a leer el humo
y el ruido de las cintas transportadoras
como quien ausculta un pecho enfermo.

Y al mismo tiempo,
amplié las puertas de la educación
hasta donde pude:
más matrículas,
más carreras breves,
más jóvenes metiendo sus dudas
en los engranajes del conocimiento.

Porque entendí
que un país se defiende mejor
con cerebros despiertos
que con vitrinas llenas,
que la riqueza verdadera
es que un hijo de obrero
pueda ser técnico, enfermera, maestro,
sin pedir perdón por soñar.

Desde este lugar sin ministerios
ni balances,
te digo lo que aprendí tarde:
no hay cifra económica
que compense la mirada apagada
de quien dio su salud por una máquina.
Si alguna vez pronuncias la palabra “desarrollo”,
pregúntate primero
cuántos cuerpos quedan enteros
en el camino.

 

III.              La palabra sitiada

Hubo días
en que abría un diario y no me veía,
aunque mi nombre estuviera escrito
con letras grandes.

Se hablaba de fantasmas en los muelles,
de cajas misteriosas que cruzaban el cielo,
de peces convertidos en conspiración,
de cuerpos anatómicos
travestidos en arsenal.

Yo, que conocía su contenido,
no podía evitar una mueca de ironía:
el contrabando eran órganos para estudiar,
helados en lugar de fusiles,
un pescado gigantesco
en lugar de un cañón oculto.

Pero detrás de la caricatura
había algo grave:
una gota de veneno cada día,
un rumor convertido en tinta,
una desconfianza sembrada
en la mesa del vecino.

Aprendí entonces
que la mentira no se impone de golpe,
sino que cae como lluvia fina
sobre la misma piedra,
hasta que la roca más dura
empieza a sospechar del agua.

También supe
que no bastaba indignarse.
Que mi tarea no era silenciar a nadie,
sino mostrar con paciencia
cómo se distorsiona un hecho
hasta volverlo irreconocible.

Yo respondí con otra clase de palabra:
la que explica,
la que enumera,
la que se expone al juicio de todos.
Usé cifras, ejemplos sencillos,
pequeñas anécdotas del mar y de la mesa,
no para ganar un debate,
sino para defender la dignidad
de un pueblo al que querían
volver rebaño confundido.

Desde aquí,
donde ya no me hieren los titulares,
sigo creyendo en la misma cosa:
la libertad no se garantiza
apagando voces,
sino enseñando a distinguir
entre el grito y la verdad,
entre la información
y el negocio del miedo.

Mi fe no estaba puesta
en la pureza de la prensa,
sino en la madurez del lector.
Confié en que el pueblo,
golpeado tantas veces por la historia,
aprendería a leer
entre una línea y otra,
a preguntar quién se beneficia
de cada escándalo,
a sospechar de la noticia
que nunca habla de niños,
de viejos, de enfermos,
pero siempre conoce con precisión
el valor del dólar.

Si algo reivindico de mí mismo
no es haber tenido siempre razón,
sino haber rehusado
convertirme en censor del que miente.
Elegí seguir creyendo
en la fuerza lenta y dura
de una palabra honesta,
aunque tardara,
aunque pareciera débil
frente al estruendo
de los titulares envenenados.

 

IV.               Sólo cuando

Desde este borde del tiempo
miro aquella plaza llena
como un corazón desbordado,
y recuerdo el murmullo
de mi propia voz repitiendo:
sólo cuando… sólo cuando…

No hablaba de consignas,
hablaba de condiciones interiores,
de puertas que deben abrirse
en lo más hondo del ser humano
para que una revolución
no sea apenas un cambio de muebles.

Sólo cuando la mujer comprenda
que no ha nacido para ser sombra,
que su trabajo, su deseo, su palabra
valen lo mismo que cualquier decreto,
habremos avanzado un paso
hacia la verdadera libertad.

Sólo cuando la juventud entienda
que madrugar no adelanta el amanecer,
que los procesos humanos
no se fuerzan con gritos
sino con estudio, paciencia y coraje,
entonces sus manos impacientes
serán las manos más firmes del futuro.

Sólo cuando el obrero vea en sí mismo
algo más que salario y cansancio,
cuando descubra que su dignidad
no se mide en la tabla de reajustes,
sino en la conciencia de su lugar
en el tejido de todos,
la justicia dejará de ser
un número de un folleto.

Sólo cuando un pueblo
se incline sobre sus niños
como sobre un secreto sagrado,
y mire a sus viejos
no como carga,
sino como memoria viva,
podrá decir que está construyendo
algo más que edificios nuevos.

Sólo cuando el amor por la tierra propia
no sea bandera contra nadie,
sino gratitud por lo recibido,
cuando la historia se estudie
no para buscar culpables
sino para aprender de las derrotas,
entonces la palabra “patria”
recuperará su tono humano
y dejará de ser excusa
para la muerte.

Sólo cuando tengamos el valor
de la autocrítica despiadada,
de mirarnos hacia adentro
sin adornos ni coartadas,
cuando podamos decir “me equivoqué”
sin que se derrumbe la fe en nosotros,
mereceremos llamarnos revolucionarios
en el sentido más limpio del término.

Yo gasté mi vida
repitiendo estos “sólo cuando”
como quien talla un mismo surco
en la piedra.
No alcancé a ver cumplidos
todos esos requisitos.
Tal vez ningún hombre los ve.

Pero desde esta posteridad
sin rencores ni disculpas
sigo creyendo en ellos
como en una brújula.

Si alguna vez pronuncias mi nombre,
no lo hagas para enaltecerme.
Pregúntate más bien:
¿qué “sólo cuando”
estoy dispuesto a cumplir yo
en mi propia vida?

Porque la verdadera herencia
que quise dejar
no fue un modelo perfecto,
sino una demanda exigente:
que cada cual, en su tiempo,
mida su grandeza
no por lo que obtuvo,
sino por lo que estuvo dispuesto
a entregar de sí mismo
para que la vida de los otros
fuera un poco menos indigna.

 

 

50.  CORAZÓN DEL PUEBLO EN LA AVENIDA

 

I El pueblo es gobierno

Yo los vi desde adentro de mi propia voz,
desde el temblor del último botón de mi chaqueta.
La avenida era un río detenido,
un largo animal de respiración compartida,
y en cada rostro cabía la historia entera de Chile
como un mapa quemado por los inviernos.

Yo estaba ahí,
pero también estaba detrás de cada ventana pobre,
en las manos que no pudieron llegar
y quedaron escuchando por la radio
como quien apoya la oreja en el pecho de la patria
para oír si todavía late.

No vine a predicar odios,
vine a ponerle nombre humano
a las palabras gastadas:
democracia, libertad, pueblo,
que se habían vuelto monedas rotas
en los bolsillos de los discursos.

Por eso dije:
aquí está el hombre hecho pueblo,
la mujer con corazón de casa encendida,
el joven con pupilas de estación de partida,
el viejo con sus huesos cargados de inviernos
y sin embargo de pie,
como un árbol que se niega a caer.

Yo sentí
que por un momento
la historia dejaba de ser libro
para hacerse respiración conjunta,
un solo pecho gigantesco
respirando en la Avenida Grecia.

Y supe entonces
que no era yo quien hablaba,
sino la multitud que me vivía por dentro:
un corazón hecho Patria,
con cicatrices de cobre,
con callos de carbón,
con una ternura que no salía en los diarios
pero sostenía discretamente
el peso entero del país.

 

II Democracia de carne y pan

Desde este tiempo sin tiempo donde estoy,
miro hacia atrás y pregunto:
¿qué fue para mí la democracia?

No fue la tinta sola
cruzando un papel cada cuatro años.
No fue la aritmética fría
de los curules y los votos.

Para mí
la democracia tenía olor a pan reciente
en una casa donde antes
sólo había olor a agua hervida.
Tenía la forma de un cuaderno nuevo
abierto en la mesa de un niño
que hasta ayer sólo conocía
las cuentas del hambre.

Democracia era que la fábrica dormida
volviera a encender sus pulmones,
que los hornos apagados
recuperaran la lengua del fuego,
que el obrero regresara sudado
pero sin la humillación escondida
en el fondo del bolsillo.

Era ver crecer,
como pequeñas constelaciones terrestres,
las luces nuevas en las poblaciones
donde la noche era un animal ciego.

Era también el desacuerdo permitido,
la crítica como derecho,
el grito contrario que no conducía a una celda,
la palabra adversa que no terminaba en destierro.

Yo soñaba una democracia de carne y hueso,
que entrara por la puerta de la panadería,
por la puerta del taller y la escuela,
por la puerta del consultorio
y la primera cama limpia
donde un anciano pudiera dormir sin miedo.

Si algo quise,
fue que la palabra “pueblo”
bajara del bronce
y se sentara a la mesa,
con los codos apoyados
y la mirada tranquila
de quien por fin sabe
que también es dueño de la silla
en la que se sienta.

 

III Libertad en el rostro del hombre

Mucho antes de que mi nombre
se convirtiera en fecha,
yo me preguntaba en secreto
qué era la libertad.

No bastaba decir:
no hay presos por pensar distinto,
no basta abrir las puertas de las cárceles
si los corazones siguen enrejados
por el miedo, la ignorancia, la miseria.

Yo quise una libertad
que caminara por la calle sin uniforme,
que se pareciera a una mujer
que ya no agacha la cabeza en la fábrica,
a un joven que puede decir “no”
cuando la droga le ofrece
un desierto sin memoria,
a un viejo que por primera vez
no siente vergüenza de sus manos gastadas.

Libertad era para mí
no sólo hablar,
sino poder elegir
sin que el hambre pusiera el lápiz
en la mano de los más pobres.

Libertad era que un país pequeño
pudiera levantar su propia voz
entre los gigantes,
sin doblar la rodilla
ni vender su silencio.

Por eso dije:
se acabó la libertad
de enriquecerse con la fatiga ajena,
se acabó la libertad de algunos
de jugar al casino con el hambre de todos.

Yo soñé con otra medida
para el bienestar de un hombre:
no el brillo gris de la moneda
sino la suma sencilla
de lo que come,
lo que aprende,
lo que ama,
lo que crea,
lo que entrega.

Desde esta lejanía
en que ya no puedo rectificar palabras,
sólo insisto en algo:
la libertad no es un lujo de salón,
es un pan compartido
y un libro abierto
sobre la misma mesa
donde el pueblo
apoya sus manos cansadas.

 

IV País pequeño, voluntad inmensa

Fui médico de un país pequeño,
un cuerpo angosto entre la cordillera y el mar,
una larga costilla de tierra
donde el viento trae noticias
de todos los naufragios.

Lo examiné como a un paciente antiguo:
le palpé las deudas como tumores,
le ausculté los pulmones de cobre extenuado,
le miré el pulso agitado
por manos extranjeras
que cobraban su propia sangre.

Comprendí entonces
que la dignidad de un pueblo
no se mide por la altura de sus edificios,
sino por la manera en que alza la frente
cuando decide por sí mismo.

Hablé en foros lejanos
de niños que no conocían la leche
pero sí el sabor del polvo.
Hablé de obreros
que levantaban ciudades
sin tener un cuarto propio
donde descansar su cansancio.

No fui héroe ni gigante,
fui un hombre tercamente fiel
a la idea de que los pequeños
también tienen derecho
a su propio destino.

Vi de cerca
el rostro impersonal
de las grandes compañías sin patria,
esos pulpos de acero
que sujetan la garganta de los pueblos
mientras sonríen en los balances.

Me negué,
hasta donde pude,
a que mi país fuera sólo
una cifra en sus informes,
una veta en sus mapas,
una ganancia en su balance anual.

Si algo defiendo desde este silencio,
es el derecho de los países delgados,
descalzos, tardíos,
a caminar erguidos entre las potencias,
sin pedir permiso
para elegir sus amigos,
su pan,
su forma de nombrar la justicia.

Mi patria era pequeña, sí,
pero en sus calles estrechas
cabía entera
la voluntad inmensa
de no arrodillarse.

 

V Unidad contra la noche

No hablo ahora
para avivar la pólvora del rencor,
sino para decir
lo que en aquel tiempo
repetí con voz cansada y firme:
el odio es un lujo
que un pueblo humilde no puede pagar.

Vi de cerca
las manos que jugaban con la sombra,
las palabras que invitaban al incendio,
las voces que soñaban
con un país partido en dos,
como un plato roto
en la cocina de la historia.

Yo, que conocía
los hospitales llenos y las casas vacías,
sabía que una guerra civil
no es una página gloriosa
sino una herida que no cierra
en cien años.

Por eso hablé
de la unidad férrea,
no como consigna,
sino como pan que no debe dividirse
hasta volverse migas enemigas.

Quise que el trabajador entendiera
que su enemigo
no era otro trabajador
con distinta bandera,
sino la mano invisible
que los enfrentaba
mientras contaba ganancias.

Pedí paciencia al fuego,
disciplinar la rabia,
no entregar al adversario
el espectáculo precioso
de ver al pueblo pelearse consigo mismo.

Desde este lugar
donde ya nadie me elige ni me destituye,
miro hacia atrás y repito:
si alguna grandeza puede haber
en la vida de un hombre,
es la de negarse a encender
una hoguera fratricida,
aunque lleve en el pecho
toda la leña de la indignación.

Quise que la historia de mi país
no volviera a escribirse
con sangre de hermano,
que el libro doloroso de otras naciones
nos sirviera de advertencia
y no de libreto.

Si hoy pudiera susurrar algo
al oído de cualquier joven airado,
le diría:
la verdadera valentía
no es disparar primero,
sino sostener la mano
hasta que la justicia llegue
por la puerta difícil de la conciencia
y no por la ventana fácil del odio.

 

VI Mujeres y jóvenes del mañana

Entre tantos informes,
cifras, vetos, discursos,
yo guardaba en un bolsillo aparte
dos palabras que no quería perder:
mujeres,
jóvenes.

Las veía en las faenas más duras,
con la pala en la Pampa del Tamarugal,
en los trabajos voluntarios,
en las cocinas populares,
en las largas filas del abastecimiento,
siempre sosteniendo un mundo
que decía sostenerlas a ellas.

Para mí
la revolución sin ellas
era un edificio sin cimientos,
una promesa sin cuna.

Las llamé compañeras,
no como halago fácil,
sino porque sabía
que en sus espaldas silenciosas
se apoyaba la mitad invisible
de la historia.

Y miraba a los jóvenes
como quien mira
el esbozo de un país futuro:
cabellos desordenados,
mochilas de libros y canciones,
ojos que no aceptaban
la versión oficial del destino.

Les pedí estudio y sacrificio,
no porque creyera en el dolor
como deporte sagrado,
sino porque sabía
que ningún cambio perdura
si no se escribe también
en la inteligencia de los que vienen.

Hablé de buses escolares,
de canchas, de escuelas técnicas,
de cursos nocturnos para el obrero:
pequeñas cosas tal vez,
pero en cada una de ellas
iba escondido un gesto de respeto:
decirle a un joven pobre
“tu futuro también cuenta”.

Desde esta distancia sin calendarios
vuelvo a mirar sus rostros:
las mujeres con delantal y dignidad,
los jóvenes con hambre de mundo.

A ellas les dejo
mi última palabra de confianza:
que nadie vuelva a decirles
que deben conformarse
con una libertad a medias,
con un asiento al fondo de la historia.

A ellos les encargo
lo que no alcancé a ver completo:
un país donde ser joven
no sea un delito ni una excusa,
sino una forma luminosa
de hacerse cargo del mañana.

Si alguna vez mi nombre se olvida,
no importa:
que no se olviden
las manos que alzaron banderas de pan,
ni las muchachas y muchachos
que caminaron kilómetros
para escuchar a un hombre
que, al final de todo,
sólo quiso decirles:
el futuro,
si es de alguien,
es de ustedes.

 

51.     LA GEOGRAFÍA PROFUNDA DEL DESPOJO

 

I La mitad hambrienta de la tierra

Yo los vi entrar en Santiago,
los países con sus trajes de bandera,
sus carpetas llenas de cifras,
sus maletines con letras de cambio
y promesas de auxilio.

Yo sabía, detrás de cada traje oscuro,
que venía caminando descalza
la mitad hambrienta de la tierra:
niños que no tuvieron proteínas
en los primeros ocho meses de su aurora,
cerebros que no podrán abrirse
como una rosa completa,
vidas dobladas para siempre
por la falta de un vaso de leche.

Yo hablé de ellos
con una voz prestada de su silencio,
no para exhibir su miseria
como mercancía de lástima,
sino para devolverles un nombre,
una dignidad,
una silla en la asamblea del mundo.

Dije:
no son estadísticas,
son ojos que no aprendieron a leer el horizonte,
son manos que se quedaron detenidas
en el gesto de pedir,
son espíritus que pudieron ser música
y fueron apenas ruido de fábrica,
apenas polvo de mina,
apenas sombra en un latifundio.

Yo hablé desde un país angosto
para decir una verdad ancha:
no hay paz posible
mientras unos nacen para aprender el universo
y otros nacen para morirse de hambre
sin haber pronunciado su propio nombre completo.

Yo, que fui médico,
veía los huesos detrás de las cifras,
las costillas detrás de las palabras
“producto interno bruto”,
las bocas detrás de la frase
“exportaciones e importaciones”.

Por eso pedí un nuevo orden
no sólo de comercio y divisas,
sino un nuevo orden de la ternura:
que la economía se inclinara
sobre la cuna vacía,
que las conferencias del mundo
se celebraran también
en la frente limpia de un niño bien alimentado,
que el desarrollo se midiera
por el número de destinos salvados
y no por el grosor de los balances.

Yo no quería un mundo perfecto,
quería un mundo decente:
que nadie estuviera condenado de antemano
a vivir por debajo de su propia posibilidad;
que cada ser humano
pudiera desplegar
hasta el último pétalo
de su inteligencia y su alegría.

 

II Los pobres que subvencionan la riqueza

Desde mi sitio en la tribuna
miraba el mapa como una gran balanza,
y veía la locura del peso mal distribuido:
los pobres sosteniendo sobre sus hombros
la comodidad de los ricos,
los descalzos financiando
las alfombras donde otros caminan seguros.

Los números lo decían
con la frialdad de un termómetro:
por cada moneda que entraba
salían cuatro,
por cada dólar de inversión
se iban cuatro dólares de futuro,
y además quedaban deudas
como cadenas invisibles
en torno a los tobillos de nuestros pueblos.

Yo hablé de esa injusticia
no como un economista que corrige una fórmula,
sino como un hombre que ve a otro hombre
trabajando toda la vida
para pagar una comida que nunca probará.

Dije:
somos nosotros,
los llamados subdesarrollados,
quienes subvencionamos
el esplendor de las vitrinas iluminadas,
los que pagamos con silencio y desnutrición
la elegancia de los grandes mercados.

Y sin embargo,
no hablé para sembrar odio,
sino para sembrar conciencia:
esa lucidez dura
que permite al oprimido
verse a sí mismo de pie
y no de rodillas.

Quise que el Tercer Mundo
dejara de ser una frase geográfica
y se mirara como lo que es:
una multitud de pueblos
que dan más de lo que reciben,
que crean más de lo que consumen,
que entregan minerales, frutos, energías,
y reciben de vuelta
tecnologías que los ahogan,
créditos que los amarran,
modas que los vacían por dentro.

Por eso hablé de deudas
no como contabilidad,
sino como tragedia moral:
un país que dedica
la tercera parte de lo que gana
a pagar intereses de un pasado injusto,
es un país
al que se le niega parte de su mañana.

Yo soñé con un día
en que nuestros pueblos
no fueran ya acreedores de lástima,
sino acreedores de justicia:
que el mundo les devolviera,
no sólo dinero,
sino el tiempo perdido,
la infancia perdida,
las oportunidades quemadas
en el altar del lucro ajeno.

Pensé, mientras hablaba,
que el verdadero desarrollo
será aquel en que un hombre pobre
no tenga que preguntarse
a qué país enriquece su pobreza
cuando se levanta cada madrugada
a trabajar.

 

III El derecho de nombrar nuestra riqueza

En Santiago pronuncié
una palabra antigua como la tierra
y nueva como un niño que aprende a decir “yo”:
soberanía.

No era una bandera
contra ningún pueblo,
era un espejo
para que nos viéramos
sin maquillajes ajenos.

Dije:
cada país debe tener el derecho
de nombrar su propia riqueza,
como un padre que nombra a su hijo,
sin que otro venga a cobrar
por el acto de bautizar.

Hablé del cobre,
del hierro, del carbón, del salitre,
pero dentro de cada mineral
pensaba en algo más profundo:
la necesidad de que un pueblo
sea dueño del timbre de su voz,
del suelo donde entierra a sus muertos,
del pan que amasa cada mañana.

Por eso advertí
contra las presiones invisibles,
las cartas que llegan
vestidas de cortesía financiera,
los créditos que esconden condiciones
como anzuelos dentro del pan,
los vetos silenciosos
que castigan al que decide
recuperar sus recursos para su propio destino.

No quería una épica de bronces,
quería una ética de carne y hueso:
que ningún niño de mi país
tuviera que pagar, con su desnutrición,
el precio de una empresa extranjera;
que ningún anciano
se quedara sin remedios
porque en alguna oficina lejana
alguien decidió castigar nuestra decisión soberana.

Hablé de la nacionalización
no como quien cambia de dueño una fábrica,
sino como quien devuelve a la casa
un río que fue desviado.

Quise que entendieran
que no pedíamos privilegios,
sino el sencillo derecho
a administrarnos como adultos,
a aprender de nuestros errores,
a corregir nuestro rumbo
sin amenaza de castigo económico.

Por eso dije
que cualquier presión
contra ese derecho
era una herida al corazón del derecho humano:
la libre determinación de un pueblo
es también su derecho a soñar,
a equivocarse, a corregirse,
a imaginar un modelo distinto
de vida común sobre la tierra.

Hoy, desde esta posteridad
que tanto se parecía a mi presentimiento,
reafirmo aquella convicción:

un país es verdaderamente libre
cuando puede mirar sus montañas,
sus mares, sus bosques, sus minerales,
y decir sin miedo ni permiso:
“esto es nuestro,
para servir a la dignidad de todos
y no a la codicia de unos pocos”.

Sólo entonces
la palabra soberanía
deja de ser discurso
y se convierte en pan repartido,
en agua limpia,
en escuela encendida,
en niño que crece
sin que nadie le hipoteque
el porvenir.

 

52.   MUSEO DE LA SOLIDARIDAD

 

I El museo que respira como un pecho

Yo no recibí cuadros,
recibí manos extendidas sobre la distancia,
pigmentos que cruzaron el océano
como pequeñas naves cargadas de confianza.

Yo no recibí telas,
recibí miradas que nunca he estrechado,
tardes de taller,
pobrezas silenciosas de pintores anónimos
que vendaron sus propias heridas con color
para enviarlas, intactas,
a esta franja de tierra que se resiste a la tristeza.

En esta sala,
en este antiguo pulmón de parque y polvo,
el mundo deja de ser mapa y estadística,
se vuelve pulso,
rostro,
silencio concentrado de pincel
que se abre como un pan sobre los muros.

Yo hablo, pero detrás de mi voz
respira una muchedumbre invisible:
son los que mezclaron el azul con el cansancio,
los que encontraron un rojo exacto
para nombrar el desgarramiento del hombre,
los que levantaron la forma de un árbol
para que no se nos olvidara la esperanza.

A nombre de Chile
—de sus manos agrietadas,
de sus niños que miran desde patios de tierra,
de sus madres que doblan la ropa al anochecer—
yo recojo estas obras
como quien recoge agua de lluvia en las manos
para llevarla a los labios de los sedientos.

No son regalos para un Presidente,
son cartas sin sobre
dirigidas a un pueblo entero.
Cada cuadro dice:
“no estás solo”,
cada trazo dice:
“tu lucha interior por ser más humano
también nos pertenece”.

Y yo, desde esta altura en la memoria,
vuelvo a entrar a aquel museo recién nacido
como quien entra a una casa humilde,
donde en las paredes
las naciones colgaron su pan más secreto
para que lo compartan los que nunca llegaron a la mesa.

 

II El museo de los trabajadores

Quise que este museo tuviera olor a aceite y a tiza,
no a perfume de gala.

Quise que aquí entraran
las botas con barro de las faenas,
las manos que todavía tiemblan por la máquina,
las faldas gastadas por el vaivén del lavadero,
los delantales salpicados de sopa y de fatiga,
los rostros que la ciudad acostumbró
a mirar sólo de paso.

Pensé en el obrero que nunca cruzó
el umbral de un museo,
porque el tiempo se le iba
en pagar el pasaje y el pan.
Pensé en la campesina que se sabía de memoria
la geografía del amanecer,
pero jamás vio un cuadro colgando para ella.

Este museo no lo soñé como un templo lejano,
lo quise patio de recreo para la mirada,
panera abierta de colores,
lugar donde una niña pudiera detenerse
ante una forma imposible
y sentir que algo dentro de su pecho
también empieza a inventarse.

No quiero que aquí la cultura se pronuncie en voz baja,
con palabras que sólo entiende una minoría.
Quiero que la pintura hable como habla el mar,
que los trabajadores entren como a su propia casa,
que los niños corran delante de los cuadros
como quien persigue una cometa invisible.

Cada tela colgada en estos muros
lleva un mandato silencioso:
“no vuelvas a encerrar la belleza
en vitrinas para pocos”.

Por eso dije:
este museo pertenece a los trabajadores,
a sus hijos, a sus viejos.
Que venga el campesino
con el olor a tierra todavía en las manos,
que venga el pescador
con sal en la ropa y en la memoria,
que venga la costurera
con los ojos cansados de hilvanar.

Aquí tendrán un lugar donde descansar la mirada,
donde la fatiga se apoye un instante
en un azul que no conocía,
en una forma que nunca vio en los galpones.

Si alguna vez me buscan
en la memoria de esta ciudad,
que no me busquen en los mármoles:
busquen en la esquina
donde un niño se queda inmóvil
frente a un cuadro,
y por primera vez sospecha
que también él puede crear el mundo.

 

III El gallo de Miró

Un hombre muy viejo,
rodeado de pinceles y de tiempo,
oyó hablar de este pequeño país al sur de la tristeza.

No nos conocía por nuestros puertos,
ni por nuestras cordilleras,
ni por el viento que se enreda en los trenes.
Nos conoció por una palabra:
solidaridad.

Entonces no tomó un cuadro ya hecho,
no abrió un cajón para buscar el lienzo sobrante,
se sentó, entero,
delante de una tela en blanco
y empezó a inventar un gallo.

No era un gallo de corral
ni de amanecer doméstico.
Era un gallo de líneas desobedientes,
de colores que parecían venir
de otros planetas.
Un gallo que no cantaba para despertar la vida rutinaria,
sino para anunciar
que otro día era posible para los hombres.

Yo lo vi levantarse en la tela
como si saliera de un sueño común:
el de todos los pueblos
que alguna vez fueron encerrados en la noche.

Ese gallo no vino solo,
trajo en su cresta
las voces de todos los artistas
que se negaron a pintar
para la comodidad de los poderosos.

Cuando levanté la vista
y vi su forma improbable,
comprendí que estaba viendo
el retrato de Chile en ese momento:
un país que empieza a cantar distinto
aunque aún tiemble de frío,
una garganta frágil
que se obstina en llamar a la aurora.

Miró, desde su lejanía de anciano,
nos dijo con ese gallo:
“el amanecer es un acto de fe,
pero también de imaginación”.

Y yo, que cargaba sobre los hombros
la fatiga y la esperanza de millones,
sentí que ese animal de colores
también me cantaba a mí,
me dijo:
“no olvides que incluso en medio del hierro
es necesario un trazo absurdo,
un gesto gratuito de belleza,
para que el hombre recuerde
que no nació solo para resistir,
sino también para crear”.

Hoy, desde la posteridad,
cuando muchos de los míos
ya no están en los registros de la luz,
yo vuelvo a escuchar el canto del gallo de Miró
y sé que su voz sigue golpeando
en algún taller perdido,
en alguna escuela,
en algún niño que mira esa figura
y aprende, sin saberlo,
a no resignarse jamás a la oscuridad.

 

IV La casa sin puertas

Al final de aquel discurso,
busqué palabras que no fueran frontera.

Pensé en Pablo,
en su manera de declarar
que la casa verdadera
no tiene puertas,
que la patria del hombre
es allí donde respira el asombro.

Entonces entendí
que este museo,
este gesto de los artistas del mundo,
no era un evento cultural,
sino una casa sin cerraduras
levantada en medio de un país cansado.

Una casa donde entran juntos
el campesino y el embajador,
el obrero y el delegado,
la modista que nunca estuvo
en una inauguración,
y el estudiante que llega con las manos vacías
pero con la cabeza llena de preguntas.

Allí, bajo los árboles antiguos de Quinta Normal,
el mundo decidió, por un instante,
ser una sola habitación.

No lo sabían las multitudes,
pero mientras abríamos esas salas
también abríamos un pasadizo
entre continentes,
una escalera invisible
por donde subía y bajaba la esperanza.

Yo hablo ahora desde esta otra orilla del tiempo
y vuelvo a ver la escena:
cuadros apoyados contra la pared,
nombres extraños escritos en las etiquetas,
obreros montando estructuras,
un Presidente que se siente menos dueño
que huésped agradecido.

Quise que la cultura saliera de los salones
y se instalara
en el corazón de la gente
como una lámpara.

Si alguna vez mi nombre se mezcla
con ruidos que nada tienen que ver
con esta casa de luz,
piensen en mí aquí,
señalando un cuadro con la mano,
explicando a un niño
que este museo es suyo,
que puede volver mañana
y pasado mañana,
que nadie le pedirá credenciales
para entrar en la belleza.

Porque en el fondo ésa fue mi fe:
que un país es verdaderamente libre
cuando sus trabajadores pueden detenerse
un momento frente a un cuadro,
cuando una madre cansada
puede sentarse a mirar un color
que le recuerde que también ella
forma parte del milagro de la creación.

La casa sin puertas era esto:
un museo nacido de la solidaridad,
abierto como un pan sobre la mesa del mundo,
donde cada cuadro es un lugar
para descansar el alma
de la intemperie.

 

53.   CUENTA PÚBLICA ANTE DEL CONGRESO

 

I. La patria que crece hacia adentro

No vengo a rendir cuentas ante las estatuas,
vengo a hablar con los que todavía sueñan.

Desde este borde secreto de la posteridad
miro el año como un vaso rebalsado:
Chile creció,
no sólo en las cifras que se archivan en los ministerios,
sino en la hondura callada de sus manos.

Creció hacia adentro,
como la raíz que rompe la piedra
para encontrar una gota de agua.
Recuperamos lo que era nuestro
de las vitrinas herméticas del poder ajeno,
como quien vuelve a traer a casa
un pan que otros se comían a oscuras.

Creció hacia afuera,
en la mirada del hombre común del mundo,
en la curiosidad de los que preguntan
si es posible levantar una casa nueva
sobre los mismos cimientos antiguos
sin incendiar el barrio entero.

Yo, que fui llamado Presidente,
no me creí dueño de esa pregunta:
sólo un obrero más de la historia,
bata blanca en un hospital de destinos,
probando si la humanidad puede curarse
sin otra anestesia
que la dignidad del trabajador y de la mujer sencilla.

Muchos dicen que todo se resume
a las grandes empresas destronadas,
al enojo metálico de las corporaciones
que veían su retrato descolgado del muro.
Pero yo sabía
que el verdadero juicio no estaba en sus balances,
sino en los ojos de los que bajan del bus al amanecer,
en el cuaderno del niño que por fin tiene escuela,
en el campesino que al firmar su parcela
siente que la tierra le reconoce el nombre.

La humanidad llega a este umbral
con satélites girando sobre desiertos de hambre,
con ciudades que brillan como vitrinas
mientras los barrios duermen con la helada en los huesos.
Vi al Tercer Mundo aprisionado
en un puño de bancos y mercancías,
vi el abismo abrirse
entre el banquete de unos pocos
y el plato vacío de los muchos.

Vi también, en el centro mismo del poder del dinero,
a los sacerdotes de la abundancia
confesar por primera vez su impotencia:
la sociedad de consumo envejecida
como una máquina detenida en medio de la carretera,
los almacenes repletos
y el alma colectiva vacía,
la fiesta de los objetos
sobre el silencio de las manos.

Allí comprendí
que nuestro pequeño país delgado
se atrevía a ensayar una pregunta inmensa:
¿es posible crecer
no para engordar la gula de unos pocos,
sino para que la vida alcance
la mesa de todos?

No quise un crecimiento ciego,
ruido de máquinas sin memoria,
sino un pan que recordara
el trigo y las manos que lo amasan.
No quise la carrera absurda
hacia un consumo sin rostro,
sino una economía arrodillada
ante el niño descalzo,
ante la madre que no quiere elegir
entre el remedio y el pan,
ante el viejo que ya no está obligado
a negociar su vejez con la miseria.

Por eso digo ahora,
desde esta altura donde ya no me llegan los gritos
pero sí los ecos,
que Chile creció de verdad
cuando sus hombres y mujeres sintieron
que tenían en las manos
no sólo un voto,
sino antiguos anhelos de la humanidad entera,
aguas profundas que buscaban cauce
en un valle estrecho llamado Patria.

Si algo defiendo aún,
no es un programa escrito en tinta,
sino ese intento tembloroso y grandioso
de ensayar una sociedad
donde la libertad no sea la máscara del más fuerte,
donde la justicia no sea una estatua ciega,
donde el progreso no sea privilegio,
sino costumbre humilde
del pan compartido,
del libro abierto,
de la puerta que no se cierra al vecino.

De eso hablo cuando digo:
Chile creció.
No miro las torres,
miro el corazón del país
buscando, como un minero bajo la tierra,
la veta más antigua y más nueva del mundo:
la dignidad del hombre.

 

II. La revolución y la ley

Yo pude haber elegido
el atajo sangriento de la historia,
pero caminé por el filo frágil de la legalidad
como quien cruza un río
sobre un tronco húmedo:
no por cobardía,
sino por respeto al niño que mira desde la orilla.

Vi al Estado como una casa vieja,
llena de muebles aristocráticos,
retratos de próceres y telarañas,
pero también con un patio
donde el pueblo había sembrado décadas de lucha.
No vine a incendiar esa casa:
vine a cambiar de manos las llaves.

Las instituciones no eran dioses intocables,
eran herramientas usadas por la clase dominante
como cadenas delicadas.
Quise arrancarles el sello de la oligarquía
para ponerlas al servicio
del obrero, del campesino, de la pobladora,
del empleado que viajaba de pie cada día
bajo el mismo cielo,
sin saber que también le pertenecía.

Algunos esperaban la ruptura,
el estruendo que parte en dos la noche.
Yo aposté por otra música:
que la revolución entrara por la puerta principal,
firmara decretos, cambiara leyes,
con la misma solemnidad
con que antes se conservaron privilegios.

Schneider cayó como un clarín solitario
en mitad de la mañana.
Su muerte me dijo,
con la gravedad de un disparo,
que había quienes preferían destruir
el tablero entero
antes que permitir
que el peón cruzara la mitad del camino.

Sin embargo,
no quise responder a la sombra con más sombra.
Comprendí que el pueblo sostenía la institucionalidad
como quien sostiene un techo agrietado
mientras adentro se amuebla una vida nueva.
Si ese techo se derrumbaba
no sobre los poderosos,
sino sobre los humildes,
¿qué victoria podría llamarse humana?

Por eso dije, y lo sostengo aquí,
que no veía el futuro de Chile
en la quiebra brutal del aparato del Estado,
sino en cambiar su contenido de clase,
como se cambia el agua de una vasija
sin romper la arcilla que la sostiene.

Quise que la Carta Fundamental
dejara de ser un muro
para convertirse en camino,
que la legalidad capitalista
fuera superada por una legalidad nueva,
nacida del trabajo y su conciencia,
para evitar que la historia se precipitara
por el despeñadero del odio.

No idealicé la ley como una diosa neutra:
sabía de qué lado había estado siempre.
Pero también sabía
que millones de hombres y mujeres
confiaban en ese papel firmado
como en un escudo contra la noche.
No podía traicionar esa confianza
convocando al salto en el vacío
cuando todavía quedaba
un centímetro de puerta por abrir.

Revolución y democracia
no fueron para mí palabras enemigas,
sino dos orillas del mismo río
que intenté juntar con puentes de paciencia,
de reforma profunda, de cambio estructural,
de participación creciente del pueblo
en las decisiones de su vida.

Mi fe no estaba en un decreto,
sino en la madurez acumulada
por generaciones de chilenos
que aprendieron a discutir en los sindicatos,
en las juntas de vecinos,
en las asambleas larguísimas
donde la noche y la esperanza
se mezclaban con el humo del café.

Si hoy hablo desde la posteridad,
no lo hago para justificar cada paso,
sino para decir con serenidad dolorida:
quise que la revolución chilena
no se escribiera exclusivamente
con la tinta oscura del sacrificio,
sino también con la letra clara
de un pueblo que aprende a mandar
sin dejar de dialogar.

Tal vez fracasé en esa empresa inmensa,
pero no me arrepiento de haber creído
que la ley podía dejar de ser mordaza
para convertirse en herramienta,
que la Constitución podía ser
una escalera hacia la justicia
y no sólo el candado de una bodega de privilegios.

Si algo defiendo aún,
es esa terquedad de médico
que mira el cuerpo enfermo de su patria
y busca una cura que no mate al paciente,
esa obstinación de hombre sencillo
que cree que la libertad,
para ser verdadera,
debe abrazar al mismo tiempo
la justicia social,
el pluralismo y la palabra,
la dignidad de los que luchan
y la paz de los que temen.

Por eso, incluso ahora,
cuando mi voz es sólo memoria,
repito en silencio:
no quise destruir por destruir,
quise transformar para que un día
nadie tuviera que elegir
entre el pan y la conciencia,
entre el miedo y la esperanza.

 

54.   EL CUERPO DESPIERTA

 

I. El cuerpo del pueblo
Yo vi pasar al pueblo con zapatillas nuevas,
niños con pecho pequeño
apretando en los ojos la luz del mar,
obreros con las rodillas cansadas
aprendiendo otra vez a caminar sin carga.

Desde la tribuna y desde más lejos todavía,
desde esta orilla donde el tiempo termina,
miré el desfile de la carne humilde,
ese río de pasos que no quería medallas
sino aire limpio en los pulmones.

No eran soldados,
eran muchachas con el cabello saltando al compás,
eran muchachos que no sabían todavía
que el sudor puede ser fiesta
cuando no nace del miedo.

Yo sentí que el país,
tan acostumbrado a doblar la espalda,
levantaba por un segundo el mentón del cuerpo,
y el corazón, que siempre fue patriota en silencio,
marcaba el paso en los tambores de las bandas escolares.

Allá abajo estaba el mar,
la respiración azul de mi infancia en Iquique,
y sobre esa respiración
se dibujaba otro latido:
el de un pueblo que comenzaba a reconocerse
no sólo en sus cicatrices
sino en sus músculos despertando.

Desde la posteridad lo digo:
ese día no miré un acto,
vi el esqueleto invisible de Chile
poniéndose de pie lentamente
dentro de la piel frágil de sus hijos.

 

II. Dos palabras para sostener la casa
Si tuviera que resumir mi oficio de hombre,
no diría cargos ni fechas,
diría dos palabras sencillas
como piedras en la mano:
educación y salud.

Con esas dos ramas
quise levantar el árbol entero,
un árbol donde cada niño
encontrara sombra y pan,
un libro y un termómetro,
un pizarrón y un vaso de leche.

Yo supe que la patria no se mide
por los muros de los palacios,
sino por la altura de la frente
de quien aprendió a leer su propio nombre
y por la temperatura del niño
que ya no tiembla de fiebre ni de hambre.

No hablo ahora de estadísticas,
hablo de los ojos que vi abrirse
como ventanas recién pintadas,
hablo de madres que alzaron a sus hijos
como se alza una lámpara nueva
en una pieza oscura.

Quise que el saber dejara de ser
un traje de lujo en un barrio alto
y se volviera ropa de trabajo
en cada pueblo,
que la universidad abriera su puerta pesada
a los zapatos gastados del que venía de la fábrica,
que el hospital no fuera sótano ni castigo
sino casa común para el cuerpo herido.

Desde este tiempo sin relojes
miro aquella porfía:
yo no buscaba hazañas,
quería que cada niño de Chile
pudiera ponerse de pie
sobre dos columnas invisibles:
un libro y un corazón que late sano.

 

III. La infancia que vuelve a la tribuna
Yo también fui uno de esos rostros anónimos
perdidos entre el polvo del norte.
Fui un niño que miraba el mar de Iquique
como un animal inmenso que no terminaba nunca,
y aprendí temprano
que la geografía también educa al hombre.

El desierto me enseñó la dureza,
esa terca lección del viento
que golpea y vuelve a golpear la misma puerta,
el océano me enseñó la amplitud,
esa manera silenciosa
que tiene el horizonte de no rendirse.

Muchos años más tarde,
cuando hablé desde aquella tribuna,
no hablaba sólo un Presidente envejecido,
hablaba el niño que había cruzado esas mismas calles,
el estudiante que se sentó en ese liceo,
el joven que conoció la arena antes que los discursos.

Por eso el deporte,
esa simple alegría de mover el cuerpo,
no era para mí un lujo ni un adorno,
era la forma en que el desierto
podía dejar de ser castigo
y convertirse en patio de recreo,
la forma en que el mar
podía ser maestro y no frontera.

Ahora, desde lejos,
veo que toda mi vida fue ese círculo:
el niño que mira la ciudad desde abajo
y el viejo que la mira desde arriba,
ambos preguntándose lo mismo:
¿qué haremos con este pueblo de manos cansadas,
con estos cuerpos que aprendieron a obedecer
antes que a respirar?

En la respuesta siempre hubo arena y oleaje,
y un país entero tratando de aprender
la primera lección de la alegría:
correr sin miedo en su propia tierra.

 

IV. El país en movimiento
Un día comprendí
que la patria no es sólo un mapa colgado en la pared,
es un cuerpo que puede atrofiarse
o despertar de golpe.

Vi canchas rústicas nacer
donde antes sólo había polvo,
segmentos de tierra dura
que se abrían como páginas nuevas
para que el pueblo escribiera con sus piernas.

No teníamos grandes estadios de mármol,
teníamos máquinas que podían aplanar un pedazo de suelo,
teníamos manos capaces de trazar con cal
una línea blanca para un juego.
Eso bastaba para comenzar.

Quise que el ejercicio dejara de ser
privilegio encerrado entre rejas limpias,
que cada fábrica tuviera
su respiración de sudor compartido,
que cada escuela supiera
que la educación también está en los músculos,
que cada cuartel recordara
que formar un cuerpo sano
es también preparar un espíritu menos oscuro.

Soñé con un país que al mediodía
se detuviera un instante
a hacer flexiones frente a su destino,
un país que aprendiera
que la disciplina del movimiento
no es obediencia ciega
sino diálogo entre el corazón y la voluntad.

Desde esta orilla del tiempo
miro esos intentos torpes, primeras zancadas,
canchas sin terminar, monitores improvisados,
y veo algo más que carencias:
veo la patria probándose sus primeras zapatillas,
apretándolas, mirándose los pies,
descubriendo que también tiene derecho
a correr detrás de su propia esperanza.

 

V. Ajedrez en la sangre
Si cierro los ojos aquí,
donde ya no hay gabinetes ni banderas,
vuelvo a ver el tablero.

Treinta y dos piezas quietas
esperando un gesto,
dos bandos claros
que sólo existen para enseñarle al niño
el respeto por el otro.

Yo, cansado de papeles y desvelos,
volvía muchas noches a ese cuadrado silencioso
donde la estrategia no estaba hecha de gritos
sino de paciencia,
donde el adversario no era enemigo
sino compañero de lucidez.

Quise que el ajedrez entrara a las escuelas
como entra la luz por la ventana:
sin estridencia,
abriendo la imaginación,
entrenando la memoria,
enseñando a pensar antes de avanzar,
a ponerse en el lugar de la pieza contraria
antes de sacrificarla.

Porque un pueblo que aprende a mover un caballo
sobre un tablero,
también aprende a moverse mejor
sobre su propia historia.

Desde la posteridad lo veo más claro:
en cada niño frente al ajedrez
hay una pequeña revolución secreta,
la de aquel que descubre
que dentro de su cabeza
hay un campo de batalla ordenado,
y que la victoria verdadera
no es derribar al otro
sino entender la lógica que lo sostiene.

Yo quise dejar ese legado discreto:
millones de manos pequeñas
tocando por primera vez
una torre, un alfil, un peón,
como quien toca una puerta nueva
en la casa del pensamiento.

 

VI. Contra la niebla del alcohol y del vacío
Conocí la otra cara del país,
no la de las marchas ni las plazas llenas,
sino la del vaso que se repite
hasta borrar el rostro del que bebe.

Vi hombres que ya no esperaban nada
sino la próxima botella,
muchachos sin biblioteca ni cancha
que buscaban en el humo de la droga
una salida de emergencia
al pasillo estrecho de sus días.

Supe entonces
que el deporte y la cultura
no eran adorno de sociedades satisfechas,
eran salvavidas lanzados
a quienes se hundían en silencio.

Un libro puede cambiar
el modo en que un joven se mira al espejo,
una bicicleta, una lancha,
un simple balón en un patio de tierra
pueden torcer la dirección de una vida.

Quise que la montaña, el mar, el aire limpio,
que las bibliotecas y los clubes modestos
fueran la otra esquina del país,
el lugar donde el trabajador cansado
pudiera cambiar el vaso por una caminata,
el insulto por una carrera,
la violencia por una tabla de natación.

Desde este tiempo sin calles
todavía escucho los golpes en la mesa,
los hijos que se encogen
ante la puerta que se abre con mal genio,
las compañeras que esconden el llanto
para que no lo vean los niños.

Mi fe estaba en que el cuerpo en movimiento
y la mente ocupada en la belleza
podían romper ese círculo de sombra.
No lo logré del todo, lo sé,
pero sigo creyendo, desde aquí,
que cada niño que encontró en la cancha
un lugar para su rabia y su alegría
ya estaba salvando, sin saberlo,
a su propio futuro de la niebla.

 

VII. Abrir las puertas del césped
En mi país había céspedes silenciosos,
verdes perfectos donde no entraba el polvo,
campos cuidadosos que sólo conocían
el paso moderado de unos pocos.

Mientras tanto,
miles de niños crecían
sin saber cómo se siente la hierba bajo los pies,
sin haber corrido nunca
en un terreno plano y generoso.

Yo quise abrir esas puertas,
pedir prestados los jardines
que el poder económico había abrazado para sí,
para que el rugido de la ciudad
entrara en ellos en forma de risas
y zapatillas baratas.

No se trataba de arrebatar,
sino de compartir:
de que los espacios cerrados
se convirtieran en pulmones de la comunidad,
de que el sábado y el domingo
no fueran los únicos días
en que el pasto conociera huellas humanas.

Desde la posteridad me pregunto todavía
cuántos campos permanecen clausurados
por el miedo o la costumbre,
cuántas puertas podrían abrirse
con el simple gesto de comprender
que el privilegio más noble
es permitir que otros también respiren.

El césped, lo aprendí mirando a los niños,
no es lujo ni adorno:
es memoria del cuerpo,
es la posibilidad de una infancia distinta,
es la promesa mínima
de que la tierra también pertenece
a quienes sólo han tenido asfalto debajo de sus días.

 

VIII. La nación que aprende a respirar
Chile, para mí,
nunca fue sólo una palabra en los discursos.
Fue desierto que corta la piel,
fue bosque que moja los huesos,
fue mar que exige respeto,
fue nieve que mira desde arriba
el esfuerzo minúsculo de los hombres.

Quise que esa geografía inmensa
no aplastara al pueblo
sino que se volviera gimnasio natural
para su cuerpo y su espíritu.

Imaginé un país
en que el hijo del obrero subiera a la nieve
como quien sube a su propia dignidad,
se calzara unos esquíes baratos
y dejara en la ladera su primera firma blanca.

Imaginé al joven del puerto
aprendiendo a conversar con las velas de un bote,
al muchacho del valle
corriendo entre árboles que conociera por su nombre,
al trabajador agotado
descubriendo en el sendero de un cerro
que aún le quedaba aire
para otra esperanza.

Hoy, desde esta distancia
donde ya no comando nada
y sólo contemplo,
veo a Chile como un cuerpo azul y áspero
que intenta, entre tropiezos,
llenar completo sus pulmones.

Si alguna vez tuve orgullo,
no fue por medallas internacionales
ni por récords escritos en periódicos,
fue por esos instantes breves
en que vi a la patria sudando unida,
haciendo flexiones contra su propio cansancio,
saltando por sobre sus viejos miedos,
respirando más hondo
que los días anteriores.

Porque al final,
más temprano que tarde,
comprendí que mi tarea humana
no era dirigir un país perfecto,
sino ayudar a que este pueblo
aprendiera a respirar entero:
con su cerebro, con su corazón
y con cada músculo humilde
que lo sostiene de pie.

 

55.   LA LLAMA JOVEN DEL PAÍS

 

I. La juventud que levanta el porvenir

Yo miré ese mar de rostros jóvenes,
esa respiración inquieta que sube desde las gradas
como un viento que aún no aprende su forma.

Desde aquí, donde el tiempo se aquieta
y ya no hay gritos ni aplausos,
comprendo que la juventud
fue siempre la aurora que me atravesó la vida,
el temblor inicial de toda esperanza.

Ellos discutían, discrepaban, buscaban,
no porque fueran rebeldes sin causa,
sino porque toda verdad necesita
la temperatura del desacuerdo
antes de ser encendida.

Yo sabía, incluso entonces,
que el futuro no nace de los viejos discursos,
sino del fuego imprevisible
que chisporrotea en los jóvenes
cuando se atreven a pensar con su propia sangre.

Hoy, desde la posteridad,
sigo creyendo que la juventud
no es una edad del cuerpo
sino un modo de mirar:
con hambre de mundo,
con la obstinación de no aceptar
lo que no respira justicia,
con la extraña dulzura
de aquel que todavía se maravilla.

 

II. El privilegio que obliga

Ser universitario —lo digo ahora con calma—
no fue nunca un ascenso social,
fue una deuda.

Una deuda contraída
con los trabajadores invisibles
que levantaron los muros de las aulas,
con las manos que no pudieron sostener un libro
pero sostuvieron la vida de millones.

Desde la distancia luminosa donde habito,
aún veo el rostro del obrero
que no sabrá nunca de Kant ni de células,
pero cuyo sudor permitió
que otros aprendieran a nombrar el mundo.

Estudiar era —y es— un acto de gratitud:
recibir saberes que no nos pertenecen
y devolverlos multiplicados
para que nadie quede a oscuras.

El privilegio no es corona,
es carga sagrada;
y quien estudia,
aunque no lo sepa,
lleva en la mochila
la respiración entera de un pueblo
que nunca pudo entrar por esa puerta.

 

III. La lección de un anciano lejano

Hubo un día en que un hombre frágil,
con la voz cansada y las manos temblorosas,
me habló de la juventud
como quien entrega una llave secreta.

No olvidaré su mirada:
clara como un pozo antiguo,
profunda como un deber.

En una libreta gastada
llevaba anotados los nombres
de jóvenes distinguidos.
No cifras. No logros.
Nombres.
Vidas que él celebraba
con líneas breves y afectuosas.

Supe entonces que el verdadero liderazgo
no se mide por medallas ni discursos,
sino por la capacidad
de ver en cada joven
no un futuro soldado,
no un futuro obrero,
no un número en una estadística,
sino un sueño en movimiento.

Esa enseñanza la guardé en el pecho
como se guarda un perfume antiguo.
Desde aquí, sigo repitiéndola:
la juventud florece
cuando alguien la mira con fe,
cuando alguien le dice:
“Tu paso importa.
Tu luz no es desechable.”

 

IV. El país que cruje y pregunta

Vivimos en una nación
con huesos cansados y ventanas abiertas,
un país que respiraba, sí,
pero con dificultad.

La incultura, la enfermedad, la miseria,
eran heridas antiguas
que sangraban en silencio.

Por eso miraba a los estudiantes
como quien mira antorchas recientes
en un corredor oscuro.

Ellos tenían que aprender más
que una ciencia o un oficio:
debían aprender a amar a su pueblo,
a unir sus talentos
con la extensa dignidad de la tierra,
a reconocer en cada campesino,
en cada obrero,
la raíz que sostiene la cúpula.

Desde la posteridad lo confieso:
nunca quise profesionales altivos,
quise corazones inteligentes,
miradas que supieran ver bajo la costra,
mentes capaces de comprender
que ninguna ciencia florece
donde hay cuerpos que no han comido
ni manos que no han descansado.

 

V. Las preguntas que laten en la juventud

Los jóvenes me hablaban de teorías,
y yo escuchaba ese vuelo mental
con respeto y ternura.

Pero en el fondo de mis huesos
brotaban otras preguntas:
¿qué haremos por los que no llegan a la universidad?
¿qué haremos por los que se cansan demasiado pronto?
¿qué haremos por la muchacha
que estudia con hambre
y por el joven que trabaja de noche
para sostener su cuaderno?

La teoría es un faro,
pero el mundo real
es un muelle que se inunda.

Desde aquí, donde ya no pesa el cuerpo,
veo con claridad
que las verdaderas ideas
son las que tocan la piel de la gente,
las que se vuelven pan,
oportunidad,
cobijo,
camino.

Y también veo
que la frustración de un joven
puede quebrar la columna de un país;
que su esperanza, en cambio,
puede levantar montañas.

 

VI. El temblor hermoso del deber

Hablé muchas veces
de derechos y deberes.

Ahora, desde esta orilla serena,
entiendo aún mejor
que no quería disciplinar a los jóvenes,
quería despertarlos.

El deber no es una cadena,
es un temblor:
una vibración que atraviesa el pecho
cuando comprendemos
que pertenecemos a algo
más grande que nosotros mismos.

En el corazón de cada joven
hay una brújula enloquecida
buscando su norte.
El deber es ese norte
cuando se vuelve elegido,
cuando nace del deseo
de servir con belleza,
de entregar sin miedo,
de sostener lo que otros dejaron caer.

Los derechos son semillas,
pero sólo germinan
cuando la mano que las siembra
se siente parte del huerto.

 

VII. La juventud como carta viva

Yo soñé con una carta,
no escrita en papel,
sino tatuada en la conciencia del país:
una carta de deberes y derechos
que cada joven llevara
como se lleva una promesa.

Esa carta no sería un reglamento,
sino un espejo.
Un espejo que mostrara
lo que podemos llegar a ser
cuando la pasión encuentra su cauce,
cuando el trabajo se vuelve celebración
y el futuro deja de ser espectro
para convertirse en tarea compartida.

Desde la posteridad lo digo:
la verdadera juventud
no firma documentos,
firma destinos.
Y la única revolución
que permanece sin desgaste
es aquella que cada joven escribe
en su propia vida:
con generosidad,
con valentía,
con una ética que no negocia
su amor por el ser humano.

 

56.   HACER MÁS CON MENOS

 

I. La independencia que llevo por dentro
Afirmar la independencia de un país
no fue, para mí, una cifra en un papel,
fue un movimiento interior.

Quise que mi patria aprendiera
a sostenerse sobre sus propios pies,
como un niño que suelta la mano del padre
y da el primer paso tembloroso
en la sala oscura de la historia.

No hablo sólo de minas y fábricas,
hablo de la dignidad que se enciende
cuando un pueblo descubre
que puede decidir su destino
sin pedir permiso a nadie.

Desde esta distancia sin fronteras,
comprendo que la verdadera independencia
no se firma en tratados
sino en la conciencia de los hombres:
es el gesto íntimo de decir
“hasta aquí llegamos obedeciendo,
desde aquí caminamos por nosotros mismos,
aunque el camino sea más duro
y el horizonte se llene de riesgos”.

La independencia que soñé
no fue un grito contra alguien,
fue un sí a la madurez,
el largo aprendizaje
de dejar de ser menor de edad
en el concierto del mundo.

 

II. Caminar fuera del orden antiguo
Nuestro país dejó de seguir
la pista cómoda del hábito.

Nos salimos del riel acostumbrado
para buscar otro trayecto,
más lleno de piedras,
pero más cercano a la justicia.

Fue como si una casa vieja
decidiera, de pronto,
reordenar sus cimientos:
mover paredes, abrir ventanas,
derribar habitaciones
donde sólo vivía el polvo.

Yo sentí entonces sobre los hombros
el peso ancestral de las costumbres,
el miedo a tocar lo que “siempre ha sido así”,
esa resistencia silenciosa
de quienes prefieren la injusticia conocida
a la incertidumbre del cambio.

Desde la posteridad lo digo:
transformar la estructura de un país
es abrir la tierra con las manos,
encontrar raíces que no quisieran moverse,
escuchar los crujidos
de un orden que se resiste a morir.

Pero también es ver
cómo por esas grietas
entra la claridad de un día nuevo,
aunque todavía no sepamos
cómo será el paisaje completo
cuando se despeje la bruma.

 

III. Rostro del subdesarrollo
Mucho se habló de “subdesarrollo”,
como si fuera una palabra lejana,
pero yo lo vi de cerca:
estaba en los puertos atochados,
en la mercadería que no llegaba,
en la leche detenida en el sur
mientras los niños la esperaban en el centro.

Era un país con arterias estrechas,
un cuerpo grande con venas débiles,
ferrocarriles insuficientes,
puentes que temblaban
ante el peso de su propia carga,
bodegas llenas en un extremo,
despensas vacías en el otro.

El subdesarrollo no era un concepto,
era el camión que no aparecía,
la fila interminable frente a un mostrador,
la frustración del trabajador
que sabía que los productos existían
pero no encontraban el camino.

Desde aquí, donde no hay desabastecimiento
ni urgencia de transporte,
miro con dolor esa geografía herida:
un país que quería crecer
pero tropezaba con sus propias carencias,
un organismo que había sido descuidado
durante generaciones.

Comprendí entonces
que nuestra tarea no era sólo producir más,
sino reparar las arterias del cuerpo nacional,
ensanchar caminos, puertos y redes,
para que la vida pudiera circular
sin ahogarse en su propia precariedad.

 

IV. El trabajo como pan y respiración
En medio de indicadores y porcentajes
yo veía rostros.

Cada punto menos de cesantía
eran familias que dejaban de contar monedas
para llegar al fin de mes,
eran manos que encontraban oficio
después de largas temporadas de espera.

La expansión de la economía,
mientras otros la discutían en cifras,
para mí tenía el tamaño
de un hombre que vuelve a casa
con la frente más alta,
porque sabe que su jornada
no ha sido inútil.

Dar empleo no era un logro técnico,
era compartir el pan
de la pertenencia y el sentido.

Desde la posteridad,
cuando ya no cargo con informes ni balances,
sigo creyendo que el verdadero crecimiento
se mide en dignidad:
en cuántos dejan de sentirse sobrantes,
en cuántos descubren que su esfuerzo
tiene un lugar en la gran mesa del país.

Un puesto de trabajo
es mucho más que una plaza en una lista,
es una silla en la historia,
un sitio donde el hombre
puede escribir su nombre
sin vergüenza.

 

V. Decir la verdad al pueblo
Siempre sentí que mi primera lealtad
no era con ningún esquema,
sino con la verdad que el pueblo merecía.

Había problemas que dolían confesar:
escasez, errores, desequilibrios,
desajustes entre deseo y capacidad.

Hubiera sido más fácil
ocultar la dureza del camino,
inventar consuelos,
buscar culpables en la sombra.

Pero yo sabía
que a un pueblo se le respeta
cuando se le habla con franqueza,
cuando no se le trata
como a un niño que no puede comprender
la magnitud de los desafíos.

Desde este tiempo sin micrófonos
repito para mis adentros:
mi obligación moral
era no maquillar la realidad,
aunque la realidad no nos favoreciera.

Decir la verdad es una forma de cariño,
un modo áspero de decir:
“confío en tu madurez,
creo que puedes caminar conmigo
sin que te oculte las tormentas”.

Y si pedí sacrificios,
fue tratando de poner sobre la mesa
todo el mapa completo:
las metas luminosas
y los abismos que debíamos bordear.

 

VI. Hacer más con menos
Nos tocó vivir en un mundo
donde vender más
no significaba siempre ganar más,
donde exportar con esfuerzo
no garantizaba recibir lo justo.

Era como remar río arriba
con una barca agujereada:
cada avance costaba
más de lo que parecía.

Fuimos aprendiendo, a golpes,
que debíamos exprimir cada recurso,
valorar hasta la última máquina,
cuidar cada repuesto
como se cuida un órgano vital.

Desde la posteridad veo
ese aprendizaje severo:
aprender a priorizar,
a decir “no podemos todo a la vez”,
“esto ahora, aquello después”,
a aceptar que la escasez
no sólo era una limitación externa,
sino una prueba interna de madurez.

Hacer más con menos
no fue una consigna económica,
fue un ejercicio espiritual:
discernir qué es verdaderamente esencial,
qué no puede esperar
cuando hay niños creciendo,
campesinos siembran en incertidumbre,
obreros que miran el futuro
como quien mira un tren que todavía no llega.

 

VII. La jornada interior de los trabajadores
Se dijo muchas veces
“batalla de la producción”,
pero para mí
no era una guerra contra nadie,
era una lucha íntima
a favor de nosotros mismos.

Vi a los trabajadores
entrar no sólo a las fábricas,
sino a las decisiones;
vi cómo la administración
dejaba de ser un misterio
para convertirse en tarea compartida.

Soñé con un país
en que quien aprieta un tornillo
entienda también el sentido del conjunto,
en que quien maneja una máquina
sepa que su gesto se prolonga
en la mesa del desconocido
que comerá gracias a su fatiga.

Desde esta orilla tranquila,
miro con respeto
ese esfuerzo silencioso:
la puntualidad no como obligación,
sino como compromiso con otros;
la disciplina no como miedo,
sino como acuerdo profundo
entre conciencia y necesidad.

Quise que el bienestar
no estuviera desligado de la productividad,
no por cálculo frío,
sino porque intuí
que el trabajo sólo dignifica
cuando sabemos que nuestro esfuerzo
fructifica en algo real
para la comunidad que nos rodea.

 

VIII. Manos que llegan desde lejos
Mientras enfrentábamos
nuestras propias limitaciones,
descubrí que no estábamos solos.

Hubo manos lejanas
que nos tendieron instrumentos,
créditos, tecnología,
pero sobre todo, respeto.

No las sentí como salvavidas
que vinieran a rescatarnos,
sino como gestos de fraternidad
entre pueblos que comparten
la misma antigua herida
de la pobreza y la dependencia.

Cada vez que acepté una ayuda,
sentí también que recibía una confianza:
“creemos en su esfuerzo,
no desperdicien este gesto”.

Desde la posteridad,
agradezco esas manos discretas,
sin banderas estridentes,
que entendieron que
el verdadero apoyo
no consiste en dominar
sino en hacer posible
que el otro se sostenga por sí mismo.

Esa cooperación silenciosa
fue, para mí,
un recordatorio constante:
ninguna nación se salva sola,
así como ningún hombre
crece en la absoluta soledad.

 

IX. Subdesarrollo y esperanza
El subdesarrollo
era una palabra pesada,
una losa caída sobre dos tercios del mundo,
pero yo nunca quise mirarlo
como una condena eterna.

Lo vi como un túnel:
largo, lleno de humedad,
con piedras que lastiman los pies,
pero con una salida posible
si se caminaba con perseverancia
y cierta mística interior.

Sabía que pedía sacrificios
a quienes ya venían
de una larga historia de sacrificios:
desempleo, carencias, humillaciones.
Y eso me dolía.

Desde aquí, donde ya no debo firmar decretos,
sólo puedo afirmar
que confié en la reserva moral
de mi pueblo:
en esa fuerza quieta
que se acumula en los que han sufrido
pero no han renunciado a la esperanza.

El mundo nos observaba,
es cierto,
pero más importante aún
era la mirada de nuestros propios hijos
sobre nuestras espaldas.

Por ellos, por los que vendrían,
quise creer que era posible
romper el círculo de la pobreza heredada,
abrir el horizonte
más allá de la resignación.

No sé hasta dónde llegamos.
Sé, sí, que la tarea quedó sembrada
en el corazón de los jóvenes,
de los trabajadores,
de quienes sintieron alguna vez
que este país pequeño
podía levantarse del suelo
y andar con paso propio
hacia un mañana menos injusto.

 

57.    EL PARQUE QUE VUELVE AL CORAZÓN

 

I. El lugar que vuelve a nacer

Yo vi este parque como un cuerpo cansado,
un jardín antiguo que había perdido su música,
un rincón de la ciudad que bajó la cabeza
como quien no quiere ser visto.

Y sin embargo, algo en él aún respiraba:
la memoria de su hermosura,
el rumor de los árboles que resistían,
el eco de los pasos que alguna vez
hicieron de este suelo un destino alegre.

Desde mi lugar en la posteridad
comprendo que un parque renacido
no es sólo un cambio de paisaje:
es un gesto íntimo del espíritu,
un modo de decir
que la belleza también es un derecho,
que la dignidad necesita espacios
donde descansar sin miedo,
donde la familia recupere
un trozo de cielo entre las manos.

El lugar que revive
enseña también al hombre a revivir,
a recordar que la ciudad,
cuando acoge,
cura un poco las heridas de su gente.

 

II. La obra común

Mientras observaba el avance del parque,
yo veía más que máquinas y planos:
veía un tejido.
Un tejido hecho de manos distintas,
de habilidades que se encuentran
como hilos de colores
para formar un solo dibujo.

El profesional que traza,
el obrero que levanta,
el joven que aprende,
el soldado que ayuda,
todos sumaban su pulso
a una creación que no les pertenecía a ellos,
sino a la multitud futura
que caminaría entre esos senderos.

Desde aquí, en esta claridad sin cuerpos,
sé que nada grande nace
del esfuerzo solitario.

Todo lo que perdura
lo levantan los que entienden
que su tarea es parte
de una labor más amplia,
que su gesto se prolonga
en la vida de otros,
como una piedra que cae en el agua
y dibuja círculos más allá de su caída.

 

III. El parque como espejo del pueblo

Este lugar renacido
no era sólo un espacio verde:
era un espejo donde podíamos vernos.

La limpieza de sus caminos,
la gracia de sus lagunas,
la música que llenaría sus noches,
todo hablaba de una identidad
aún viva bajo el polvo.

Desde la posteridad lo entiendo:
cuando un pueblo restaura su parque,
restaura también su ánimo.
Recupera el acto simple
de caminar sin prisa,
de contemplar sin vergüenza,
de celebrar sin excesos
lo que es suyo desde siempre.

El parque se volvió
una respiración compartida,
un latido común
donde el país se reconocía
no en sus fracturas,
sino en sus posibilidades.

 

IV. Tradición y futuro en un mismo suelo

Mientras veía desfilar a las tropas
sobre la pista nueva,
yo pensaba en cómo la tradición
se enlaza con el porvenir.

No es conservar por conservar,
ni romper por romper:
es reconocer que el pasado
también quiere caminar
hacia la luz de los días que vienen.

El parque volvía a ser
un lugar de encuentro
entre lo que fuimos
y lo que aspirábamos a ser.

Desde esta distancia donde ya no hay tiempo
entiendo mejor la fragilidad
de ese equilibrio:
memoria sin encierro,
modernidad sin desarraigo.

Y pensé entonces
que nuestra identidad
no está en los objetos
sino en el modo en que los habitamos,
en el cariño con que sostenemos
aquello que nos precede
y aquello que entregaremos
a quienes aún no nacen.

 

V. El Museo de la Solidaridad

Cuando imaginaba aquel edificio vacío
convertido en un museo,
yo veía más que cuadros:
veía un abrazo.

Obras llegadas desde países lejanos,
regalos ofrecidos sin pedir nada,
como si la belleza buscara
una casa donde descansar.

Desde la posteridad lo digo:
el arte es una forma profunda
de fraternidad humana.

Cada pintura era un mensaje:
“Nos importa su destino,
nos duele su esfuerzo,
creemos en su capacidad de levantarse”.

Ese museo no sería sólo un recinto:
sería un testimonio
de cómo la sensibilidad del mundo
se asoma a los rincones pequeños
donde un país intenta crecer
sin perder su ternura.

 

VI. Una fiesta de humanidad

Los tijerales, las risas,
las familias compartiendo un plato,
los embajadores sentados
en mesas de mantel de papel…

Todo eso, visto desde hoy,
me parece una celebración
de lo más simple:
la igualdad en su forma más humana.

No eran discursos,
no eran ceremonias solemnes:
eran hombres y mujeres
probando el mismo pan,
respirando el mismo aire,
mirándose sin jerarquías,
como si por un momento
todos recordaran
que pertenecen a una misma especie
hecha de fragilidad y de esperanza.

Ese instante —mínimo, humilde—
fue para mí un reencuentro
con lo que realmente importa:
la alegría compartida,
la fraternidad sin protocolo,
el gozo de sabernos juntos
en la construcción de un mañana
que no excluya a nadie.

 

VII. El espíritu de Chile

Cuando hablé del espíritu de Chile,
no hablaba de banderas ni consignas,
hablaba de algo más hondo:
una manera de ser en el mundo.

El temple de un pueblo
que trabaja con orgullo,
que defiende la belleza de su tierra,
que comparte lo poco que tiene,
que no se rinde
cuando un obstáculo se vuelve
demasiado grande.

Desde la serenidad donde estoy,
puedo decirlo sin temblor:
el espíritu de un país
no está en sus discursos,
sino en sus gestos cotidianos.

Está en la madre
que lleva a su hijo a una plaza nueva;
en el obrero
que empuja un proyecto sin demora;
en el joven
que sueña sin permiso;
en el anciano
que aún confía en la bondad de su patria.

Ese espíritu —tibio, humano,
capaz de renacer una y mil veces—
fue siempre mi mayor esperanza.

 

VIII. Una patria para todos

Cuando imaginaba este parque terminado,
yo veía algo más que árboles y luces:
veía una promesa.

Una patria donde el descanso
no fuera privilegio,
donde la alegría no tuviera barreras,
donde los hijos de cualquier barrio
pudieran correr sin sentir
la sombra de un “esto no es para ti”.

Desde la posteridad
lo comprendo aún con mayor nitidez:
un país se construye
cuando su belleza es compartida,
cuando la ciudad se abre
a quienes más la necesitan,
cuando la dignidad
se convierte en paisaje cotidiano.

El parque era apenas un símbolo,
pero era un símbolo verdadero.

En él latía la idea
de una patria humana,
abrigadora, cercana,
una patria donde cada uno
pudiera decir sin miedo:
“Este lugar también me pertenece”.

 

58.   EL LÍMITE HUMANO DEL PODER

 

I. La vida que no puedo devolver

A veces me miraban
como si llevara en las manos
la llave del destino ajeno,
como si un gesto mío
pudiera torcer la muerte
y devolverle el calor
a un cuerpo que ya partió.

Pero yo era,
soy aún en esta memoria inmóvil,
sólo un hombre.
No tengo el poder
de arrebatarle un hijo a la muerte,
ni de encender nuevamente
la voz apagada de quien cayó.

Desde esta posteridad sin tiempo
confieso el dolor
de esa impotencia:
haber querido sanar lo irreversible,
haber deseado con toda mi alma
que el mundo retrocediera un instante
para evitar el golpe
que ya estaba dado.

El límite de lo humano
es también su grandeza:
saber llorar lo que no se puede cambiar
y, aun así,
seguir cuidando lo que queda vivo.

 

II. El oído justo

A veces me hablaban a gritos,
no por rabia verdadera,
sino porque el dolor busca salida
como un río desbordado.

Yo escuchaba.
Escuchar es un acto humilde
y, a la vez, una forma de valor:
requiere soportar la herida ajena
sin defenderse,
sin huir,
sin responder con furia.

Desde la posteridad
veo que la justicia comienza allí:
en el silencio interior
que hace espacio
para que la voz del otro
encuentre su cauce.

No pedía obediencia,
pedía razones,
verdad pronunciada sin estruendo,
para que el diálogo
no fuera una batalla,
sino la recuperación lenta
de la confianza perdida.

 

III. Mi fragilidad entre ustedes

Yo hablaba como Presidente,
pero sentía como hombre.

Tenía esposa, hijas, nietos,
tenía la memoria reciente
de mi propio padre muerto,
el permiso breve
para despedirlo entre rejas.

Esa experiencia
me acompañaba como una sombra tibia,
recordándome
que ningún cargo me alejaba
del dolor común,
que el sufrimiento humano
no distingue jerarquías.

Desde este lugar sereno
reconozco la verdad íntima:
me dolían las pérdidas del pueblo
como me dolió la mía.

Tal vez por eso
me era tan urgente decirles
que no estaba hecho de mármol,
que mi autoridad
nacía también de mis heridas,
no sólo de mis decisiones.

 

IV. La justicia que no puede saltarse pasos

Muchos querían respuestas inmediatas,
culpas resueltas en un instante,
veredictos al calor del enojo.

Pero la justicia —
la verdadera—
no se alimenta de apuros,
ni de suposiciones,
ni del clamor que exige
que alguien pague ya.

Desde esta posteridad transparente
lo afirmo con claridad:
nadie puede ser condenado
sin ser oído,
nadie puede cargar
el peso de todos los errores
de quienes comparten su uniforme.

La justicia es el último refugio
de la dignidad humana:
si ella se corrompe,
si ella cede a la ira,
todos perdemos
la delgada línea
que nos separa del caos.

 

V. La búsqueda de la verdad

Cuando prometí investigar,
no era sólo un gesto administrativo:
era una obligación moral,
el compromiso íntimo
de no dejar que la oscuridad
se volviera costumbre.

Había preguntas sin respuesta,
heridas abiertas,
dudas que latían
como un tambor inquieto.

Yo sabía
que la verdad requiere paciencia,
que no siempre se muestra
a la primera pregunta,
que necesita manos limpias
y ojos valientes.

Desde aquí,
donde ya no hay decretos,
sigo creyendo que investigar
es un acto de amor:
buscar, entre las ruinas,
la claridad que puede devolver
algo de paz
a quienes todavía esperan.

 

VI. El dolor del pueblo como propio

Cuando el miedo llegó al campamento,
cuando el llanto se mezcló
con el polvo de las calles,
yo sentí ese dolor
como un hermano siente
la herida del otro.

No porque fuera mi deber,
sino porque era mi naturaleza.

Desde la posteridad comprendo
que compartir el sufrimiento
es una forma profunda
de decir “estoy contigo”,
aunque no pueda reparar
lo que ya ocurrió.

El dolor del pueblo
me atravesaba sin permiso,
me habitaba,
me enseñaba
a caminar más lento
y a hablar con más cuidado.

 

VII. La reparación como acto de justicia humana

Pedían indemnización,
pedían pensión,
pedían reconocimiento
para quienes habían perdido
más de lo que podían expresar.

Yo no lo pensé como trámite,
ni como obligación burocrática:
lo pensé como un deber de humanidad.

Desde este lugar sin peso
veo con claridad
que reparar es acto sagrado:
intenta equilibrar
lo que la vida desordenó,
sanar un poco
lo que quedó roto.

No es devolver lo perdido,
es decirle al herido:
“no estás solo,
tu dolor importa,
tu casa quemada importa,
tu mesa vacía importa”.

A veces,
un país comienza a sanar
por un gesto tan simple
como reconocer
que alguien sufrió.

 

VIII. La palabra compartida

Pedir una cadena nacional
parecía un detalle,
pero yo sabía
que la palabra,
cuando se pronuncia ante millones,
tiene la delicadeza de un vidrio.

No quería censura,
pero sí verdad.
No quería silencios impuestos,
pero sí claridad.

Desde la posteridad
veo que el diálogo
es un puente frágil:
si se pisa con ira,
se quiebra;
si se pisa con cuidado,
sostiene incluso
el peso de la pena colectiva.

La palabra es un don
que puede curar o herir.
Por eso pedí
que se usara con precisión,
como se usa el bisturí
cuando la vida está en juego.

 

IX. Cambiar la mentalidad

Podía firmar decretos,
podía mover instituciones,
podía ordenar investigaciones,
pero lo más difícil
era transformar la mirada humana.

Las leyes cambian en un día;
la conciencia,
a veces, en una generación.

Desde esta posteridad
entiendo la dimensión real
de aquel esfuerzo:
ayudar a que un pueblo
aprendiera a verse a sí mismo
con nueva luz,
sin miedo,
sin servilismos,
sin la costumbre amarga
de la resignación.

Cambiar la mentalidad
es abrir una ventana en la noche
para que entre un aire distinto,
aunque al principio
duela el viento frío.

 

X. Ser compañero entre los míos

Al final de todo,
cuando estuve allí en Lo Hermida
rodeado de rostros tensos,
no me sentí Presidente:
me sentí compañero.

Esa palabra,
que algunos pronuncian mecánicamente,
tenía para mí
el peso cálido de la igualdad.

Desde la posteridad lo digo:
nada me honró más
que estar entre ellos
sin escoltas,
sin barreras,
hablando como se habla
con la familia en la desgracia,
mirando a los ojos
y diciendo la verdad posible,
aunque esa verdad
no alcanzara para calmar el dolor.

Ser compañero
fue mi mayor privilegio,
mucho más que cualquier cargo.

 

 

 

 

 

 

 

59.   LA LUZ QUE NACE DEL SABER

 

I La casa del pueblo

Desde este silencio donde ya no hay campañas
ni sirenas ni cadenas radiales,
vuelvo a entrar en la casa del pueblo.

La Universidad me abre otra vez sus puertas
como un pecho que respira tiza y metal caliente.
Los jóvenes me rodean
con sus cuadernos aún sin polvo,
con la tinta fresca del futuro
todavía goteando de sus preguntas.

Viene Tencha a mi lado,
no como Primera Dama,
sino como la mujer que caminó conmigo
por pasillos de hospitales y oficinas sin aire,
escuchando las historias de los que nada tenían
salvo la esperanza de ser oídos.

Yo sé que un Presidente,
si no quiere ser estatua ni retrato,
debe volver al origen del ruido:
el aula, el taller, el patio donde los niños se enredan
entre juguetes y ecuaciones,
la guardería donde el país tiene todavía la edad de leche tibia.

Los miro:
son hijos de obreros, de empleados, de campesinos,
pero también son hijos de una pregunta antigua:
¿para quién sirve el conocimiento
si no aprende a arremangarse las manos?

En sus ojos cabe más país
que en todos mis discursos.
En sus voces se trenza un pensamiento común
que no está en los libros de protocolo,
sino en la mezcla de aceite, cálculo
y palabras nuevas para decir la misma sed de justicia.

Yo no vine a buscar homenaje;
vine a recordarles —y a recordarme—
que un gobierno sin el calor de sus jóvenes
se enfría como una sala vacía,
y que un hombre que ha sido Presidente
sólo puede descansar si sabe
que alguna vez, entre fierros y pizarras,
ayudó a encender una chispa
en la inteligencia humilde
de quienes construirán el país
con la paciencia exacta del técnico
y la terquedad amorosa
de un pueblo que aprende.

 

II Los porfiados hechos

Desde esta altura tranquila donde ya no pesan los informes
ni las carpetas subrayadas,
vuelvo a mirar los porfiados hechos.

Vi un continente sentado a la orilla de la mesa mundial
con el plato siempre a medias,
países enteros viviendo del eco de sus materias primas,
ciudades levantadas sobre espaldas
que nunca conocieron el descanso de una cama propia.

Vi niños que aprendían antes el nombre del hambre
que el nombre de las letras,
ancianos que llegaban a la vejez
como quien llega tarde a una fiesta
donde nunca fue invitado.

Yo sabía que ningún Presidente,
ni de traje militar ni de corbata cuidadosa,
podía torcer esa historia
si no se tocaban las raíces escondidas del dolor:
la dependencia silenciosa,
las decisiones que se tomaban lejos
del olor de nuestras cocinas,
el precio de un pan decidido en oficinas
donde el pan era una estadística más.

Por eso dije, una y otra vez,
aunque doliera escucharlo:
no basta con desear un país justo,
hay que conocer la arquitectura invisible
que hace injusto al país.

Los hechos eran piedras:
subalimentación que no cabía en los discursos,
hospitales llenos de cuerpos
y vacíos de remedios,
escuelas donde la tiza alcanzaba
pero no alcanzaba el futuro.

Quise hablarle a los jóvenes con la franqueza
que se les niega a los pueblos:
no se cambia el mundo con adjetivos,
sino con decisiones que a veces
quiebran la comodidad de muchos
para levantar, apenas un poco,
la vida de los que nunca tuvieron nada.

Yo no fui un profeta,
sólo un médico que aprendió
que la historia también se ausculta
pegando el oído al pecho del pueblo,
escuchando el murmullo antiguo de su sangre,
aceptando que hay diagnósticos
que no admiten analgésicos,
sino cambios difíciles, lentos
y, a veces, ingratos.

De eso se trataba:
de mirar de frente los porfiados hechos
y decir en voz alta
que ningún calendario de gobierno
es más importante
que el derecho de un hombre
a no vivir de rodillas.

 

III La dignidad y el hambre

Aquí, donde ya no hay colas ni mercados,
permanezco mirando una escena que se repite
como un espejo quebrado.

Vi ollas golpeadas en barrios
donde nunca sobró la comida,
pero también vi ollas relucientes
en mesas donde el hambre era una palabra ajena
y no una vecina de patio.

Aprendí que el estómago tiene memoria,
pero el miedo también la tiene,
y que hay quienes compran diez tarros de leche
no porque tengan diez hijos,
sino porque temen al futuro
como quien teme a un ladrón
que acecha detrás de la puerta.

Me reprocharon el alza de los precios
como si yo manejara la balanza del mundo.
No quise justificarme:
preferí explicar, una y otra vez,
que un país no se mide
por el grosor del filet en los barrios altos,
sino por la primera vez
que un niño del campamento
prueba un vaso entero de leche
sin sentir que roba algo a nadie.

Descubrí que la costumbre
puede ser más tirana que la ley.
Había quienes confundían justicia
con la conservación intacta
de sus viejos privilegios,
y quienes confundían la escasez
con una fatalidad caída del cielo.

Yo sabía —con la certeza amarga
del médico que ve la radiografía—
que la dignidad no entra por la boca
pero se muere de hambre si no hay pan,
y que cualquier cambio verdadero
iba a pasar por la incómoda frontera
entre el deseo y la necesidad.

Por eso dije, aunque pocos escucharan:
un proceso de transformación
no es un negocio para nadie;
es un pacto silencioso
con las generaciones que no han nacido.

La revolución —pensaba yo—
no debía contarse en kilos de papas,
sino en derechos recuperados,
en la frente erguida del obrero,
en el campesino que por primera vez
se siente ciudadano y no sombra de patrón,
en la mujer que empieza a entender
que sus manos valen tanto como las mías
para sostener la casa común.

Si alguna vez vuelvo a pasar
frente a un kiosco de barrio
y una vendedora me hace un gesto
de rechazo o de cansancio,
no la juzgaré:
sé que en su gesto late la suma
de todas las promesas que el mundo
le debe desde antes de que yo naciera.

Sólo le pediría algo, desde este silencio:
que no olvide que hubo un tiempo
en que intentamos, torpemente,
que el hambre dejara de ser un destino,
y que la dignidad, por fin,
aprendiera a sentarse a la mesa.

 

IV Este país necesita técnicos

Desde esta calma en que ya no firmo decretos
ni reviso presupuestos,
sigo repitiendo una frase
que me ardía en la lengua:
este país necesita técnicos.

No lo decía por amor a las máquinas,
sino por respeto al hombre que las espera:
la madre en la posta sin medicamento,
el obrero en la esquina sin micro,
el campesino mirando un tractor
como quien mira un animal mítico
que nunca llega a su parcela.

En la Universidad Técnica vi
cómo el conocimiento bajaba de las pizarras
al barro de la realidad:
la matemática se encontraba con el fierro,
la física con el cableado de un barrio nuevo,
la arquitectura con el sueño
de quinientas mil viviendas que no existían.

Les hablé a los jóvenes
como quien entrega no un discurso,
sino una llave:
estudien más, les dije,
pero no cierren la puerta detrás de ustedes.
Salgan del aula, toquen las manos
que no saben pronunciar sus apellidos,
pregunten qué duele en la fábrica,
qué falta en los caminos,
qué enferma en las poblaciones sin agua.

Su título —les repetía—
no es una corona,
es una herramienta que el pueblo les prestó
mientras trabajaba en silencio
para pagar la luz de sus bibliotecas.

Este país necesita técnicos
que sepan calcular una viga,
pero también el peso del cansancio de un obrero;
que entiendan de circuitos,
pero también de la curva de un cerro
donde nunca llegó un bus escolar;
que dominen los planos,
pero no olviden el rostro
de la mujer que espera una casa
desde antes de aprender a leer.

Vi demasiadas veces
la inteligencia doblada hacia el dinero fácil,
las vocaciones elegidas por la ganancia
y no por la necesidad del país.
Quise decirles:
no hay ciencia neutral
cuando un niño muere por falta de abrigo,
no hay técnica inocente
cuando la ciudad expulsa a sus pobres
hacia los bordes fríos del mapa.

Por eso hablaba de crear nuestra propia tecnología,
la que supiera del viento del sur,
de las lluvias del valle,
del temblor obstinado de esta tierra,
de nuestra forma particular
de soñar justicia.

Si alguna vez,
entre tubos de ensayo, planos y ecuaciones,
recuerdan mi voz,
quiero que no recuerden al Presidente,
sino al hombre que comprendió tarde,
pero de veras,
que un país no se levanta con discursos,
sino con manos capaces,
conciencia despierta
y un compromiso silencioso
con aquellos que nunca tendrán
ni laboratorio ni escritorio,
pero llevarán sobre sus espaldas,
como siempre,
el peso entero de nuestra historia.

 

V La revolución en uno mismo

Desde este lugar sin calendarios
vuelvo a leer en la pared de una vieja universidad
aquella frase anónima:
“La revolución se hace primero en uno
y después en las cosas.”

La entendí tarde,
como se entienden las palabras que duelen.

Porque yo vi al pueblo pedir pan,
vi al estudiante pedir sentido,
vi al trabajador pedir justicia,
pero también vi manos que querían todo
sin cambiar ellas mismas.

Comprendí entonces
que no basta con transformar las leyes
si el corazón sigue contando sólo lo que gana,
que no sirve cambiar la fachada del país
si adentro, en la habitación secreta de cada uno,
gobierna todavía el miedo, la codicia,
o la indiferencia más cómoda.

Yo mismo tuve que mirarme al espejo
sin la banda en el pecho,
sin escoltas ni discursos,
y preguntarme:
¿estoy dispuesto a perder amigos,
a desarmar viejas certezas,
a reconocer mis errores
delante de los que me escuchan?

Supe que una revolución verdadera
no es un atajo para llegar al poder,
sino un camino más largo
para llegar a ser un poco más humanos.

No hay decreto que prohíba el egoísmo,
ni ley que obligue a la ternura.
Hay actos pequeños:
el técnico que comparte su saber con el obrero,
la estudiante que explica a su madre
por qué el mundo no puede seguir igual,
el funcionario que se niega
a esconder un papel para cobrar un favor.

La transformación de un país
comienza en decisiones diminutas
que nadie aplaude.
Es allí donde se decide
si la historia cambia o sólo se disfraza.

Por eso, ahora,
cuando ya no tengo urnas ni campañas,
les diría:
no esperen que la justicia
baje desde un estrado.
Empiecen por ordenar la casa interior,
por desmontar en ustedes
la misma soberbia
contra la que levantaron la voz en las plazas.

Sólo entonces,
cuando la revolución haya pasado por el corazón,
las cosas —las leyes, las fábricas, las ciudades—
podrán cambiar de verdad
y no por una temporada.

 

 

 

 

VI El mar que olvidamos

Desde este horizonte quieto
miro el mapa de Chile
como un cuerpo alargado
que se apoya entero
en la respiración del mar.

Y me pregunto
cómo pudimos vivir tantos años
de espaldas a esa inmensidad salada,
pescando apenas a tres millas,
como si el océano fuera
una orilla tímida y no un destino.

Recuerdo los pescadores sin previsión,
sus manos partidas por la sal
y el viento austral,
recuerdo los barcos ajenos
llevándose nuestra pesca,
nuestro sueño y nuestro trabajo
en bodegas que no olían a Chile.

Yo quise que el mar entrara
en la conciencia de la patria
no como postal de verano,
sino como tarea:
barcos que nos pertenezcan,
tecnología nacida de nuestras costas,
un ministerio que escuchara
el rumor antiguo de las olas
y lo convirtiera en pan para muchos.

Porque entendí que el mar
es también una forma de justicia:
un pueblo que se atreve
a mirar más allá de su propia arena
empieza a comprender
que las fronteras son acuerdos,
pero la dignidad es océano.

Ahora sé que el mar
siempre nos estuvo esperando,
como un maestro paciente
al que acudimos tarde.
En sus corrientes se ensayan
las lecciones de humildad:
ningún barco se mantiene a flote
sólo con orgullo,
ningún país avanza
si no acepta aprender de otros
sin vender su alma.

Si alguna vez vuelven la vista al horizonte
y ven pasar un barco
con bandera de su tierra,
recuerden que hubo un tiempo
en que el país apenas se atrevía
a mojarse los tobillos.

Y piensen que cada niño
que aprende a nombrar peces,
corrientes, mareas,
está firmando sin saberlo
un pacto con el futuro:
no volver a ser un país
encerrado en tierra firme,
sino una nación capaz
de conversar de igual a igual
con la inmensidad.

 

VII Juventud, violencia y miedo

Aquí, donde las consignas ya no truenan,
vuelvo a oír las voces jóvenes
que me interrogaban en los patios
sobre el poder, la calle, la violencia.

Había en sus ojos
una mezcla de fuego y desconcierto.
Querían cambiarlo todo de inmediato,
como si la historia fuera una puerta
que se bota de una patada.

Yo les tenía respeto:
reconocía en su impaciencia
la misma fiebre que yo había tenido
cuando empecé a caminar la política
sin más capital que mis dudas
y mi terquedad.

Pero sabía también
que la violencia, una vez desatada,
no obedece órdenes ni discursos,
que ninguna guerra civil,
aunque la ganen los que se sienten justos,
sale barata para las generaciones que siguen.

Por eso hablé de orientar,
de conducir a las masas
y no de soltarlas como un torrente ciego;
no por desconfianza en el pueblo,
sino por respeto al daño que podía hacerse
a sí mismo, empujado por el odio.

Vi la insolencia organizada,
los signos pintados en las puertas,
las ollas sonando frente a casas
donde sólo vivían familias
que habían elegido otro camino.

Vi también el otro extremo:
la tentación de creer
que toda impaciencia es pureza,
que basta gritar más fuerte
para tener más razón.

Entre esos dos abismos
intenté caminar
como quien sostiene un puente
con las manos desnudas:
defender el derecho
a transformar la sociedad
y al mismo tiempo
defender la vida,
la convivencia,
la posibilidad de mirarse a los ojos
después de la tormenta.

Desde aquí,
con la serenidad que da la derrota definitiva,
puedo decirlo sin ambigüedad:
cualquier causa que olvide
la fragilidad de los cuerpos
se traiciona a sí misma.

La juventud —lo supe entonces—
es una fuerza indispensable,
pero necesita un norte,
no un altar ni una trinchera eterna.
Necesita alguien que se atreva
a decirle que no todo combate
es una victoria,
que a veces el gesto más valiente
es negarse a empuñar un arma
cuando todos la reclaman.

Si hoy pudiera hablarles de nuevo,
no les ofrecería una épica,
sino una advertencia sencilla:
no permitan que el odio
les dicte la gramática de la justicia.
Hay revoluciones que empiezan
por defender al hombre
y terminan olvidando al hombre
bajo sus propias banderas.

 

VIII Las mujeres y la casa común

En los discursos oficiales
muchas veces nombré al pueblo
como si fuera un rostro único,
pero en las poblaciones,
en las ollas comunes,
en las colas del pan,
ese rostro tenía nombre de mujer.

Ellas sostenían la casa
cuando el salario no alcanzaba,
negociaban con el mercado,
medían con la vista
lo que rendiría un kilo de harina,
inventaban comidas imposibles
con lo que el país les ofrecía de migajas.

Yo supe —y lo dije—
que ninguna transformación real
podría hacerse sin su presencia.
No por galantería tardía,
sino porque la historia lo mostraba:
la sociedad las había usado
como sostén silencioso
y a cambio les negó derechos,
salarios iguales,
reconocimiento de sus hijos,
respeto a sus decisiones.

Vi a la madre soltera
convertida en murmullo,
vi a la trabajadora
cobrando menos por el mismo esfuerzo,
vi a la dueña de casa
sin otra jubilación
que el cansancio acumulado
en sus manos.

Quise que la ley
dejara de tratarlas como sombras.
Quise que entendieran,
ellas y nosotros,
que la casa común llamada país
también necesitaba su mirada
para ordenar los muebles,
abrir las ventanas,
echar abajo los muros inútiles.

Cuando en una reunión
vi llegar a las compañeras
a los tijerales,
no como invitadas de última hora
sino como parte del festejo,
sentí que el país
había dado un paso pequeño
pero verdadero:
la alegría ya no era sólo
un asunto de hombres.

Desde esta calma
pienso en todas las veces
que no alcanzamos a escucharlas bastante,
en las asambleas donde su voz
se perdió entre gritos de varones impacientes,
en las decisiones tomadas
sin preguntarles qué mundo
querían habitar sus hijos.

Si algo aprendí,
es que ningún proyecto de justicia
se sostiene
si perpetúa en la intimidad
las mismas cadenas que denuncia afuera.

A esas mujeres
que nunca salieron en las fotos,
que plancharon camisas
para marchas donde no irían,
que cuidaron a los niños
para que otros discutieran el futuro,
les debo más que discursos.

Por eso, ahora,
cuando ya no puedo firmar leyes,
dejo en estas palabras
un deseo tardío:
que nunca más se hable del pueblo
como si fuera un hombre en singular,
que la patria se piense
con el timbre doble
de la voz de ellas
ordenando, discutiendo, decidiendo,
porque sin su mano
la casa de Chile
no dejará de ser
un lugar a medio construir.

 

IX El asilo y la puerta abierta

Desde este tiempo sin fronteras
vuelvo a recordar
aquel antiguo gesto de Chile:
abrir la puerta al perseguido.

No era una doctrina,
ni un cálculo,
ni una obediencia a banderas ajenas;
era algo más antiguo
que todos los partidos:
la convicción íntima
de que un ser humano acosado
merece un respiro,
aunque venga de lejos,
aunque traiga historias
que no comprendamos del todo.

Vi llegar a hombres deshechos,
a muchachos con la ropa rota
y el miedo todavía temblando
entre las costillas.
No venían a sembrar discordias
ni a tallar ideologías sobre nuestra mesa;
venían a pedir lo mínimo:
no morir esa noche.

El asilo era eso:
una lámpara encendida en la ventana,
un pan partido en silencio,
una promesa pequeña:
“mientras estés aquí,
no te tocarán.”

Sé que algunos querían leer en ese gesto
una proclama,
una alianza,
un grito de combate.
Pero no lo era.
La humanidad —aprendí—
no necesita adjetivos.

Una patria que olvida
cómo proteger al extraño
acaba olvidando
cómo protegerse a sí misma.

Desde aquí,
donde ya no existe la urgencia,
pienso que el país mostró ese día
una grandeza más alta que sus miedos.
Y si algo deseo para ustedes,
es que nunca conviertan
la compasión
en una sospecha,
ni la solidaridad
en un crimen.

El asilo fue
y debe seguir siendo
el idioma secreto
de lo mejor que fuimos.

 

X La maquinaria del papel

En mi vida pública
conocí muchos obstáculos,
pero ninguno tan paciente
y tan frío
como el papel sellado.

La burocracia,
esa telaraña sin rostro,
ata incluso
a quienes quieren avanzar.

Vi solicitudes duplicadas,
formularios que exigían copias imposibles,
expedientes extraviados
en escritorios donde nadie se hacía responsable.
Vi a un país entero
atado por trámites
que parecían inventados
para que la realidad no cambiara nunca.

A veces pensé
que los papeles tenían
un sentido del humor
particularmente cruel:
robaban tiempo
a quienes más lo necesitaban,
y además enseñaban
la resignación.

Pero bajo esa maraña
había otra lección:
un proceso transformador
no sólo lucha contra sus enemigos visibles,
sino también contra hábitos que huelen
a siglos de polvo.

Comprendí entonces
que no basta con tener convicciones
si la estructura que las sostiene
resiste como un muro de granito.
Que incluso la voluntad más fervorosa
participa en ese laberinto
que nosotros mismos alimentamos
cada vez que preferimos
el trámite seguro
en lugar del riesgo
de pensar diferente.

Y supe también
que el pueblo,
para confiar en sus instituciones,
necesita sentir que éstas
no son sótanos húmedos,
sino casas abiertas
donde se responde
a tiempo
y con dignidad.

Si pudiera decir algo ahora,
simple, desnudo,
diría:
cada formulario que pierde sentido
es un acto de justicia;
cada papel innecesario
que se elimina,
es una puerta que vuelve a abrirse.

Las revoluciones también se hacen
con lápices que borran
lo que ya no sirve.

 

XI Los jóvenes que preguntan

A veces recuerdo,
con una sonrisa que el tiempo suaviza,
las asambleas interminables
donde los jóvenes levantaban la mano
casi al mismo tiempo
que formulaban su desacuerdo.

Preguntaban todo:
por la economía,
por el cobre,
por la movilización de masas,
por la violencia,
por la revolución misma
y sus límites.

No querían respuestas parciales.
Querían la verdad entera,
o al menos,
querían verme luchar con mis palabras
para alcanzarla.

Y yo, que venía
de tantas décadas de política,
aprendí algo nuevo:
la juventud no interroga para humillar,
sino para entender
si creer vale la pena.

Algunos traían sus convicciones
como espadas flamantes,
recién afiladas.
Otros venían con dudas
tan hondas
que parecían grietas.
Pero en todos palpaba
el mismo deseo:
que el país no les fuera ajeno.

A veces sentí fastidio,
lo confieso;
otras veces,
ternura profunda.
Porque preguntar —comprendí—
es un modo de participar.

Y porque un país donde los jóvenes
no preguntan,
no exige,
no exige nada
del futuro.

Desde aquí les diría:
no dejen de interrogar.
Pero recuerden también
que las respuestas del mundo
no siempre caben
en un lema ni en una consigna.
Que incluso el que habla
desde un estrado
también está aprendiendo.

Un país se renueva
cuando la juventud
no busca solo gritar,
sino escuchar con atención
lo que la vida —y no sólo la historia—
enseña.

 

XII El peso de corregir

En los pasillos silenciosos
de mi memoria tardía
a veces vuelvo
a aquellas discusiones intensas
sobre errores cometidos.

El estudiante exigía autocrítica,
y yo escuchaba
como quien reconoce
en la voz del otro
una verdad que ya sabía.

Sí: también erramos.
Porque ningún ser humano
navega sin desvíos,
y ningún proyecto
está libre de sombras.

Pero entendí algo esencial:
la autocrítica no es
una confesión pública
ni un ejercicio de penitencia.
Es una forma de avanzar
con la frente limpia.

Hay errores
que se vuelven maestros
más profundos
que cualquier triunfo.
Errores que enseñan
dónde flaquea la estructura,
dónde falta la explicación oportuna,
dónde la confianza
se quiebra
por un silencio inoportuno.

Y supe también
que anunciar cada medida
como si el país fuera
un salón ordenado,
habría sido
abrir las puertas al pánico.
La realidad no es un pizarrón:
se mueve,
respira,
responde con imprevisible intensidad
a las palabras de un gobernante.

Desde aquí digo:
no teman rectificar.
Pero no conviertan el error
en arma para destruirse.
Háganlo puente,
no pared.

Un proyecto noble
no es el que nunca falla,
sino el que sabe
volver a levantarse
sin perder el alma.

 

XIII La dignidad del trabajo voluntario

A veces pienso en aquellos días
cuando estudiantes y obreros
se encontraron sin ceremonias,
sin jerarquías,
como dos rutas que por fin
desembocan en un mismo río.

El trabajo voluntario
no era una consigna:
era una manera de decir
“somos compañeros en lo esencial”.
Bajo el sol de la faena
se borraban los títulos,
las diferencias,
los silencios heredados de la vida.
El ingeniero pasaba baldes de arena,
el estudiante tomaba el peso del fierro,
y el obrero abría un surco
que era también una enseñanza.

Comprendí entonces
que la dignidad del trabajo
no está en el salario
ni en el reconocimiento,
sino en la sensación
de que nuestras manos
pueden mejorar el día de otro.

El trabajo voluntario
fue también mi lección:
la de ver a un país
que, por un instante,
recordó su antigua fraternidad,
la que existía
antes de que el miedo y el egoísmo
ocuparan los primeros bancos.

Tal vez por eso vuelvo a esa imagen:
un estudiante inclinado sobre el barro,
un obrero secándose el sudor,
y entre ambos
una chispa de confianza
que todavía no se apaga.

 

XIV La vocación que se olvida

Con el paso de los años
terminé entendiendo
lo que significa estudiar con privilegio.
No privilegio económico,
sino espiritual:
el privilegio de aprender
lo que otros no pudieron.

Por eso dolía tanto
ver a médicos
que olvidaban el peso del juramento,
a arquitectos
que no veían las poblaciones sin casas,
a profesionales
que confundían vocación
con remuneración.

Todo conocimiento
proviene del esfuerzo de un pueblo.
La universidad,
sus paredes,
sus laboratorios,
sus bibliotecas,
son lugares construidos
con los impuestos,
las manos
y los sueños de millones.

Desde aquí lo digo,
sin amargura:
la inteligencia sin ética
es una torre inclinada.
La profesión sin servicio
es un cuarto oscuro.
El talento sin conciencia
es un barco sin timón.

Quise que los jóvenes
descubrieran esa verdad
no como exigencia,
sino como revelación íntima:
la vocación no es un camino
que se recorre para sí,
sino para que otros encuentren
un poco menos de dolor
en el suyo.

 

XV La ciudad detenida

Recuerdo las madrugadas de Santiago
llenas de obreros apurados,
esperando máquinas viejas
que nunca alcanzaban
a cubrir la urgencia del día.

Una ciudad sin movilidad
es como un corazón fatigado:
bombea,
pero no alcanza a repartir vida.

Vi a los trabajadores
perder tres horas de luz
cada jornada
sólo en desplazarse.
Tres horas arrebatadas
a la familia,
al descanso,
al sueño,
a la esperanza.

Por eso el Metro
no era para mí una obra técnica,
sino una reparación humana:
un modo de devolver tiempo
a quienes nunca lo tuvieron.

Hoy pienso
que la infraestructura de un país
revela su alma.
Si las calles asfixian,
también lo hacen las costumbres;
si el transporte es indigno,
también lo es el trato cotidiano;
si la ciudad no fluye,
los afectos tampoco.

Ojalá ustedes —los que siguen—
construyan ciudades
donde el viaje diario
no sea una derrota,
sino un respiro.

 

XVI La vivienda que falta

La carencia de viviendas
no era para mí
un problema estadístico:
era un dolor que encontraba rostro
cada vez que entraba
a una población sin agua,
sin luz,
sin sueño posible.

Faltaban quinientas mil casas.
Pero más que ladrillos,
faltaba un país capaz de mirar
esas cifras
como biografías interrumpidas.

Vi madres criar en cuartos húmedos,
niños estudiar bajo techos rotos,
padres llegar exhaustos
a habitaciones que parecían
cajones sin aire.

La vivienda digna
no es un lujo moderno:
es el lugar donde el alma
puede estirarse sin miedo.

Si vuelvo a ese recuerdo
es para decirles
que un país que no cuida
el espacio donde sueñan sus hijos
termina perdiendo
la música de su futuro.

No construyan solo casas:
construyan lugares
donde la vida no tenga vergüenza
de abrir la ventana.

 

XVII La sombra del extremismo

Entre tantos dolores
tal vez el que más me preocupaba
era ver cómo el miedo
convertía a los jóvenes
en enemigos imaginarios.

El extremismo —cualquier extremismo—
es un espejo que deforma:
hace creer que la fuerza
es una respuesta,
y que la impaciencia
es una virtud.

Pero ningún país
respira en la violencia.
Una guerra civil —lo dije entonces—
es una herida
que atraviesa generaciones
que aún no han nacido.

Aprendí que gobernar
es sostener un hilo frágil
entre la firmeza
y la piedad.
Que proteger la convivencia
no significa claudicar,
pero tampoco inflamar.

No odié a quienes discrepaban.
No odié a quienes se exaltaban.
Temí, eso sí,
por un país que podía olvidar
que antes de cualquier bandera
somos seres humanos
que se miran a los ojos.

Desde aquí pido solo esto:
no conviertan el desacuerdo
en frontera,
ni la pasión
en arma.
Lo verdaderamente revolucionario,
a veces,
es la capacidad de escuchar
cuando el mundo grita.

 

XVIII La fragilidad del poder

Quisiera que lo entendieran:
el poder no es un trono,
ni un escudo,
ni una autoridad divina.
Es un sitio prestado,
un asiento que se calienta
con las decisiones de uno
pero que siempre,
siempre,
pertenece al pueblo.

A veces el Presidente
es apenas un intermediario
entre la esperanza
y la realidad;
un traductor torpe
entre lo que se sueña
y lo que el mundo permite.

Desde aquí miro mi propio pasado
sin solemnidad.
No devolví todas las vidas,
no resolví todas las urgencias,
no calmé todas las sombras.
Pero traté,
cada día,
de no olvidar
que el poder es una forma de servicio,
no de privilegio.

Ojalá ustedes,
los que vendrán,
no se dejen engañar
por la apariencia del mando.
Todo poder es frágil
cuando se aleja del corazón humano.

La verdadera autoridad
es la que nace de la confianza,
no de la imposición.

Y la confianza
es un fuego humilde:
hay que alimentarlo
con verdad,
con consecuencia,
con humanidad.

 

 

60.  CUANDO UN PUEBLO RESPIRA EN MI

 

I. La multitud que respira en mí

A veces, desde la distancia del tiempo,
escucho otra vez el rumor de una ciudad despierta,
no la ciudad de piedra,
sino la ciudad de los cuerpos que laten al unísono,
como un solo corazón que se descubre a sí mismo.

No era un desfile lo que pasaba ante mis ojos,
sino un espejo:
en cada rostro veía una parte de mi propia vida,
en cada paso sentía el peso y la luz
de quienes avanzan cargando silencios
y esperanzas que nadie ve,
pero que arden como la sal del mar.

Y yo, que apenas era un hombre,
aprendía a escuchar.

 

II. Lo que me enseñó la alegría del pueblo

Nunca entendí del todo
cómo en medio de la tensión,
la incertidumbre o el cansancio,
brotaba la risa de un niño,
la lágrima transparente de una mujer,
o la mirada firme de un trabajador.

Esa alegría no era un ruido,
era un lenguaje secreto
que me recordaba que la vida, incluso herida,
no deja de levantarse.

Yo no guiaba esa alegría:
ella me guiaba a mí.

 

III. La lección de caminar sin odio

En mis días sobre la tierra
comprendí que el respeto por el otro
no es una idea que se proclama,
sino un modo de caminar.

No atentar contra ninguna casa,
ningún oficio,
ningún pensamiento que no sea el propio:
en ese gesto sencillo
descubrí la grandeza que yo mismo buscaba en vano.

Ser hombre es aprender
que nadie se ennoblece humillando.

 

IV. El silencio que detuvo a un país

Ese día todo se detuvo:
el martillo suspendió su golpe,
la máquina apagó su respiración metálica,
el campo guardó su rumor antiguo,
el tren quedó quieto como un animal que escucha.

Pero no era ruido lo que faltaba.
Era otra cosa:
el silencio de un país que se sabe vivo,
que se reconoce en su propia sombra
y elige, por un instante,
mirarse por dentro.

En ese silencio aprendí más
que en todos mis libros.

 

V. Orgullo y fragilidad

A veces me preguntan
cómo me sentía al ver tanta gente reunida.
La verdad es sencilla:
me sentía pequeño.

Porque la multitud no es un poder,
es una pregunta.
Y quienes caminan por las calles
no llevan consignas:
llevan su vida,
sus dolores,
sus sueños,
sus años callados.

Yo solo era un hombre
tratando de estar a la altura
de esa vastedad.

 

VI. La mirada que se vuelve hacia los caídos

No olvido la ausencia
de aquellos que no pudieron estar:
cuatro hombres, un servidor público,
cada uno con su historia quieta
como un cuenco vacío.

No importa dónde cayeron,
ni quién los vio morir.
Lo que importa es que, desde entonces,
cada vez que nombro la palabra “vida”,
sé que la pronuncio
como quien sostiene algo frágil entre las manos.

Ninguna tarea humana está libre de sombras.
Pero el recuerdo de los muertos
nos devuelve la humildad
y la medida justa de lo que hacemos.

 

VII. El orden como cuidado

Aprendí demasiado tarde
que el orden no es disciplina,
ni fuerza,
ni miedo.

El orden es un modo de cuidar la casa común,
como cuida la madre el sueño de su hijo
o el artesano su herramienta.

Quien sirve en esa tarea
no es el brazo de una autoridad:
es el guardián del hogar
que todos habitamos.

Así quise entenderlo.
Así me habría gustado enseñarlo.

 

VIII. La fuerza verdadera

Muchos imaginan la fuerza como un puño,
otros como una multitud que avanza.
Pero la fuerza verdadera
nace donde nadie la ve:
en la conciencia que ha despertado,
en el cansancio que no se rinde,
en la palabra que no busca herir,
en la voluntad de seguir
a pesar de la noche.

Yo vi esa fuerza ese día
y supe que no me pertenecía.
Era más antigua que yo.
Yo solo la custodiaba por un momento.

 

IX. El cansancio de los años

Yo también caminé entre ustedes.
Sentí el mismo cansancio en los huesos,
no por la marcha,
sino por la historia.

Hay cansancios que vienen de siglos,
pesan más que el cuerpo
y se alojan en la memoria de los pueblos
como un sedimento de arena oscura.

Pero incluso ese cansancio,
cuando se reconoce,
se vuelve semilla.

Del agotamiento de los humildes
también crece mañana.

 

X. Lo que la adversidad me enseñó

La adversidad no me enseñó
a endurecer el rostro,
sino a mirar más profundo.

Cada dificultad era una puerta,
cada ataque una prueba,
cada miedo un espejo.

Y en ese espejo
descubrí que no estaba solo.

Tal vez ese fue mi mayor aprendizaje:
no hay tarea humana
que pueda cumplirse sin otros.

 

XI. La dignidad como horizonte

Dignidad es una palabra
que pronuncio aún desde la sombra del tiempo,
porque no pertenece a ningún gobierno,
a ninguna época,
a ningún proyecto.

Es la forma que adopta la vida
cuando decide no arrodillarse.

Es la manera humilde y alta
en que un pueblo dice su nombre
sin levantar la voz.

Yo solo intenté escuchar esa dignidad
para aprender a hablar con ella.

 

XII. La mujer, origen del porvenir

Si algo comprendí tarde,
fue que el porvenir tiene rostro de mujer.

No hablo de cargos
ni de decretos
ni de estructuras.

Hablo del gesto que sostiene,
del amor que ordena,
del dolor que calla,
de la fuerza que nace sin ruido
y levanta a todos.

La mujer no es un símbolo:
es la raíz del tiempo
que aún hoy me ilumina.

 

XIII. Los que viven sin casa en el corazón del país

A veces me perseguía una imagen:
millones de seres
que levantaban su vida en la intemperie,
sin techo, sin salud, sin palabras.

Vivían al borde del mundo,
pero cargaban un mundo entero en sí mismos.

De ellos aprendí
lo que significa realmente la ternura:
ver la miseria
y aún así creer que el ser humano
merece un sitio donde descansar su sombra.

Yo quise ser digno de ese aprendizaje.

 

XIV. La promesa que firmé con mis manos

No recuerdo los decretos.
Recuerdo el gesto.

Firmar, frente a todos,
era decir:
“lo que nace del dolor humano
merece ser atendido”.

No sé si cumplí todo lo que quise.
Sí sé que cada firma
era un acto de humilde reverencia
ante quienes cargan el peso más ancho
de la existencia.

 

XV. La palabra final que aún me acompaña

Cuando pronuncié aquella palabra
que muchos repetían,
no pensé en una consigna,
sino en un acto íntimo.

Vencer no era derrotar a otro.
Vencer era sobrevivir al desánimo,
cuidar lo que amamos,
mantener la llama encendida
cuando la noche parecía interminable.

Si hoy la repito desde la posteridad,
es porque entiendo que la verdadera victoria
es seguir siendo humanos.

 

 

 

 

 

61.    DIÁLOGO CON MI CONCIENCIA

 

I La voz que viaja en el aire

No tengo un despacho fijo,
mi escritorio es un mapa abierto sobre las rodillas,
una carpeta de papeles que tiembla
en la cabina de un avión,
en el asiento trasero de un automóvil que atraviesa la noche.

He aprendido a gobernar
entre el ruido del motor y la respiración del pueblo.
Mientras la ciudad corre por las ventanas,
yo escucho preguntas
que no vienen sólo de los periodistas,
sino de la angustia anónima
que se acumula en los patios,
en las cocinas,
en los hospitales donde falta una cama.

Por eso hoy, frente a estos micrófonos,
no hablo con un grupo de hombres
sino con un país entero
que se acomoda en torno a una radio,
como si fuera un brasero en invierno.

Yo respondo, sí,
pero también pregunto por dentro:
¿he sabido estar lo bastante cerca
del obrero que amarra su zapato de madrugada?
¿he oído las cartas
que llegan manchadas de grasa,
de tierra,
de lágrimas domésticas
que piden simplemente un precio justo
para la cebolla que arde en la olla?

Mi voz viaja,
pero no quiero que se acostumbre a la altura.
Prefiero sentir el olor de la calle,
el sudor de las multitudes,
el murmullo de los barrios
donde un pan se reparte en silencio
y mi nombre es sólo una esperanza
escrita a lápiz en el reverso de un cuaderno.

No soy un mandatario sentado en un trono,
soy un hombre que conversa
con la respiración entrecortada del país,
mientras el reloj del estudio
y el corazón de Chile
marcan, al unísono,
la misma hora difícil.

 

II El sueldo de la tierra en la balanza invisible

Yo he visto cómo una montaña
puede caber en un papel timbrado.
He visto el cobre,
este salario profundo de la tierra,
convertirse en cifras que cambian de color
en la pantalla silenciosa de un banco lejano.

Mientras un minero se agacha
para arrancar la roca,
una mano sin rostro
mueve una palanca en otra lengua
y decide cuántos hospitales
no se construirán este año,
cuántos barcos esperarán en la rada
con su vientre cargado de trigo o de máquinas.

Yo sé que no hablo sólo de contratos:
hablo del pan de un pueblo
que es juzgado en tribunales
donde la tierra no tiene voz
y el sudor del hombre
no entra en los códigos.

Por eso digo:
no es rabia lo que me llena el pecho,
es una dignidad antigua,
como de cordillera que se yergue
ante un viento demasiado frío.

No quiero que se repita la historia
de países arrodillados
ante una firma extranjera
que aprieta el cuello de sus ríos
y se queda con la corriente.

Yo defiendo algo más que un metal rojo:
defiendo la memoria de los que cavaron túneles
sin saber leer ni firmar,
pero que entendían
que bajo sus uñas
no sólo había polvo,
sino el futuro de sus hijos.

Si las cuentas no cuadran en la bolsa,
que sea el mundo quien se pregunte
por qué un país pequeño
se atreve a poner en la balanza
no sólo sus toneladas de cobre,
sino también su derecho
a mirarse al espejo
sin sentir vergüenza.

 

III La ciudad detenida que aprendió a caminar

He visto una ciudad dejar de moverse
para poder respirar mejor.
El martillo cesó sobre el yunque,
la locomotora guardó su resuello,
el aula quedó silenciosa
con los cuadernos abiertos como flores inmóviles.

No era la inmovilidad del miedo,
era otra cosa:
un país entero deteniendo el reloj
para escucharse por dentro.

Desde Arica a Magallanes
el trabajo se detuvo un instante
y las calles se llenaron de pasos.
No de pasos de fuga,
sino de pasos de presencia:
obreros, campesinos, empleados,
mujeres con niños en brazos,
jóvenes que aún no saben su sueldo
pero ya conocen su destino.

Yo iba mirando esa marea humana
como quien mira
la radiografía de un alma colectiva.
En medio del alza de los precios,
del pan que se encoge en la mesa,
un obrero levantó un cartón
como una pequeña bandera de papel
y escribió en él, con su letra despareja:
“prefiero comer un pan de pie
que una gallina arrodillado”.

En ese instante entendí
que la dignidad es un alimento
más duro que cualquier escasez
y que el sufrimiento aceptado a conciencia
no es resignación,
sino apuesta por un mañana
que aún no nace.

Nunca se había visto
una multitud tan grande
regresar a casa sin dejar
un vidrio roto,
un auto abollado,
una herida en el rostro del vecino.

Yo no vi una manifestación,
vi una lección:
el pueblo descubriendo
que su fuerza más alta
no está en el grito
sino en la decisión tranquila
con que llena una avenida
sin destruirla.

Esa tarde supe
que ser Presidente
era menos mandar
que merecer,
aunque sea por un momento,
la confianza silenciosa
de esa muchedumbre
que camina por dentro de mí
desde entonces.

 

 

 

IV La democracia bajo la lluvia de piedras

He escuchado la palabra guerra civil
pronunciada como quien juega
con fósforos junto a un estanque de gasolina.

Sé que hay manos que agitan
cacerolas y consignas
como si fueran juguetes inofensivos,
y otras manos, más oscuras,
que descargan su furia
contra las casas,
los cuerpos,
las ventanas que no piensan como ellos.

Yo he visto caer a un campesino
en un camino de barro,
acribillado por la incomprensión;
he visto también a un carabinero
caer al suelo
mientras cumplía su deber de orden
que también es mi deber.

En cada uno
escucho el mismo ruido seco
del cuerpo que golpea la tierra:
ni uniforme ni overol,
sólo un ser humano
que deja de respirar.

Por eso digo
que mi autoridad no se construye
a fuerza de látigos,
sino con la misma dureza
con que rehúso el camino del odio.

Podría desatar las pasiones,
dejar que quince mil obreros bajen
a barrer las calles
de provocadores y termocéfalos,
pero entonces
¿quién barrería después
la sangre de la calle,
el rencor de las generaciones,
la fractura de las familias?

No quiero un país que se parta en dos
como un pan arrojado sobre la mesa.
Quiero una democracia que respire
bajo la lluvia de piedras,
que siga hablando
aunque la griten,
que tienda la mano
que del otro lado
hay alguien que teme,
pero también alguien que ama
esta tierra tanto como yo.

Defender el orden
no es abrazar la injusticia,
es impedir
que el caos borre de un manotazo
la paciencia con que un pueblo
ha aprendido a caminar erguido.

Si alguna vez me culpan
de no haber respondido
con suficiente violencia,
aceptaré esa culpa
con la serenidad
de quien sabe
que salvar una vida,
aunque sea invisible,
es más revolucionario
que ganar una batalla de titulares.

 

V La visita a la ladera de polvo

Una noche subí a un campamento
donde las casas eran heridas abiertas
sobre la ladera.
No llevé escoltas de ceremonia,
sólo un edecán
y un director de Investigaciones,
como quien lleva testigos
de una conversación íntima
con la pobreza.

Me dijeron que no fuera
si no firmaba antes un papel,
pero llegué igual,
con mis dudas y mis canas,
a mirar a los ojos
a quienes habían perdido un vecino
bajo el fuego que nunca debió encenderse.

No fui a prometer cielos,
fui a decir:
yo soy el primero responsable,
pero no soy mago,
ni juez,
ni verdugo.

Les hablé de leyes
en un lenguaje
que pudiera entender el barro,
de límites que también me atan
las muñecas,
de instituciones que debemos defender
para que mañana
no haya otro hombre
por encima de todas las leyes.

En sus miradas
vi cólera,
dolor,
desconfianza,
pero también algo más:
la posibilidad frágil
de seguir conversando
en vez de romperlo todo.

Esa noche comprendí
que la autoridad verdadera
no desciende en helicóptero,
sube a pie
por los cerros polvorientos,
escucha reproches,
acepta insultos,
y sin embargo
no abandona el lugar
hasta haber dicho la verdad
que puede decirse,
aunque no baste.

Cuando regresé,
la ciudad seguía igual,
pero yo había cambiado:
ya no podía mirar
las luces de Guardia Vieja
sin recordar
las velas encendidas
en una pieza de Lo Hermida.

Desde entonces sé
que un gobierno se sostiene
menos en los palacios
que en estos puentes invisibles
tendidos sobre la desconfianza
entre el que exige
y el que reconoce
su propia impotencia.

 

VI El pan, la cebolla y la rueda del mundo

Me llegan cartas
que huelen a fritura y a humedad,
con letras torcidas que dicen:
“Compañero, el kilo de cebollas
se vende a quince, a veinte,
y el precio justo
se ha quedado atrás como un tren perdido”.

Yo no puedo llenar cada olla,
pero debo explicar
la arquitectura secreta de la escasez.

Este país fue educado
para que comiera bien
una minoría
y para que muchos
durmieran con la boca vacía.
Ahora millones de manos
salen de la sombra
y exigen su porción de carne,
de azúcar,
de luz eléctrica.

Las fábricas despiertan
después de años de capacidad ociosa,
pero no alcanzan sus máquinas
a seguir el ritmo
de este apetito colectivo
recién estrenado.

Afuera,
el precio de los barcos,
del trigo,
del cemento,
sube como una marea silenciosa.
Se rompen gallineros bajo la lluvia,
faltan techos para las aves,
faltan planchas de acero
para los vagones,
faltan horas en el día
para reparar los carros
que llevarían la remolacha
a una planta azucarera.

En las estadísticas del mundo
se habla del super-hambre
como de una estación inevitable.
Yo no quiero aceptar ese destino
con las manos cruzadas.

Por eso digo:
tal vez haya que racionar algunas cosas,
no por castigo,
sino por justicia;
que cada familia reciba
lo que su mesa puede realmente comer
y no lo que el miedo quiere acumular.

No quiero que el pueblo
sufra en vano,
pero tampoco quiero engañarlo
con espejos.
Esta batalla contra el precio
no se libra sólo en el mostrador,
sino en décadas
en que no se sembró ganadería,
en barcos que esperan su turno,
en puertos angostos,
en un planeta que produce
menos pan del que necesita.

Cuando una mujer
paga de más por una cebolla,
siento esa injusticia
como un golpe personal,
pero sé que mi respuesta
no puede ser un grito vacío:
debe ser una invitación
a comprender que cambiamos
no sólo los números del mercado,
sino la lógica antigua
que convirtió la comida
en privilegio y no en derecho.

 

VII El hombre medio frente al espejo

Pienso en el arquitecto
que dibuja edificios inexistentes
en un país lleno de ranchos.
En el médico
que da de alta al niño
que volverá a enfermar
porque en su casa no hay proteínas.

Pienso en el oficial
que mira la fila de conscriptos
y ve cómo se rechaza
un porcentaje inmenso
por cuerpos debilitados,
por espíritus mal nutridos.

Ellos son el hombre medio,
esa franja del país
que se siente a salvo
del hambre absoluta,
pero que tampoco posee
la seguridad de los que mandan
desde siempre.

A ellos les hablo
cuando digo
que esta lucha también es suya.
¿Puede un profesional
sentirse plenamente realizado
en una tierra donde cientos de miles
no entienden lo que leen,
no escuchan sin ruido,
no crecen sin miedo?

No les pido heroísmo de estatua,
les pido que comprendan
que un cambio profundo
es la única forma
de que su propio trabajo
deje de ser remiendo
y se convierta en construcción.

Sé que a veces
se sienten empujados
por la inflación,
por la incertidumbre,
como por una ola que quiere
arrebatarlos de la orilla.
Pero les digo:
no son invitados secundarios
a una fiesta ajena,
son artesanos indispensables
de un país que sube lentamente
desde la noche.

Si alguna vez
su sueldo tarda en alcanzarlos,
piensen también
en ese otro sueldo
que no se imprime en billetes:
el de saberse parte activa
de una historia que, por fin,
se atreve a mirarse al espejo
y a corregir sus cicatrices.

 

VIII La revolución comienza por las personas

Hay una frase
escrita lejos de aquí,
en un muro de París,
que se quedó viviendo en mi memoria:
“la revolución comienza
por las personas
antes que por las cosas”.

Yo la repito
para los jóvenes que me escuchan
desde las salas de clase,
desde los patios de las escuelas,
desde los liceos donde se sueña
con cambiar el mundo
a gritos de recreo.

No basta con agitar banderas
si el cuaderno está vacío,
si el trabajo se hace a medias,
si la palabra “disciplina”
se confunde con opresión
y no con dignidad del esfuerzo.

Les digo:
no me impresionan
los revolucionarios de discurso
que son malos estudiantes,
malos obreros,
malos compañeros.

La primera lección
es el ejemplo silencioso:
el que llega a la hora,
cumple su tarea,
estudia un poco más
cuando ya todos se han ido,
se toma en serio
el instrumento que tiene en las manos,
sea un libro,
una herramienta,
un bisturí,
una tiza.

Este es un país joven;
las canas las llevo yo
para que ustedes
no tengan que repetir mi desgaste,
sino ir más lejos.

No les prometo un camino fácil.
Les ofrezco una causa:
trabajar, estudiar, producir,
no para engrosar estadísticas,
sino para que ningún niño
vuelva a nacer predestinado
al atraso,
a la enfermedad,
al silencio.

Si la revolución
no entra primero
en el modo en que ustedes
se miran los unos a los otros,
en el respeto al distinto,
en la voluntad de escuchar,
entonces sólo será
un cambio de muebles
en la misma casa triste.

Por eso, cuando apago el micrófono,
pienso en los ojos jóvenes
que quizá han escuchado
esta conversación nocturna.
Me gustaría que algún día dijeran:
no heredamos un país perfecto,
pero heredamos una invitación
a empezar por nosotros mismos.

Y que, en ese comienzo,
mi voz no sea ya necesaria,
porque habrán aprendido
a hablarle de frente a la historia
con su propia palabra limpia.

 

62.   LA TIERRA QUE REGRESA A SUS NOMBRES

 

I.                    La casa que abre sus puertas

Yo vi esta casa
cerrada durante siglos
a los pies descalzos de los que venían del sur.

Vi sus murallas aprender de memoria
los nombres de los ministros,
pero olvidar el nombre sencillo
de un hombre mapuche.

Por eso hoy, desde esta lejanía de sombra,
recuerdo el momento en que abrí las puertas
y dejé entrar al viento de la Araucanía,
al barro pegado en los pantalones,
a la timidez de los ojos oscuros
que no sabían si creerle a la República.

Esa tarde, La Moneda dejó de ser palacio
para transformarse en ruka grande,
donde el fuego es una mesa
y la palabra es un pan compartido.

No era un gesto,
era una rectificación de la historia:
la casa del gobierno volviendo a ser
casa del país entero,
donde el último de los postergados
puede sentarse sin pedir permiso.

 

II.                 Una estadística de hambre

Me pasaban tablas, cifras, porcentajes,
columnas ordenadas como soldados
en papeles oficiales.

Pero detrás de cada número
yo veía un fogón encendido con astillas húmedas,
un saco de trigo que no alcanza,
un caballo flaco masticando la lluvia.

Me decían:
treinta coma siete por ciento sin tierra,
sesenta coma nueve con menos de diez hectáreas,
diez por ciento que parece tener algo.

Yo escuchaba otra lengua
en esos datos fríos:
era el idioma del hambre
hablando en hectáreas,
era la sed de justicia
disfrazada de estadística.

Porque ningún gráfico
puede mostrar el crujido de la tierra pobre
bajo los pies de un niño,
ni el cansancio circular de la familia
que siembra para comer hoy
y nunca para crecer mañana.

Yo firmaba decretos,
pero antes los leía como quien reza
sobre una lista de ausentes:
cada hectárea perdida
era un apellido arrancado del suelo,
cada crédito negado
era una puerta cerrada en pleno invierno.

 

III.              No hay problema aislado

Durante años dijeron
“el problema mapuche”
como quien señala un mueble roto
en la esquina de una casa.

Yo aprendí mirando sus manos
que no hay problema aislado
cuando todo el sistema
descansa sobre la espalda de los mismos.

Lo que llaman cuestión étnica
es también cuestión de clase,
lo que llaman costumbre atrasada
es el resultado de un país
que prefirió no mirar al sur.

A ellos los nombraron aparte,
les dieron leyes particulares,
juzgados aparte,
humillaciones especiales,
como si la injusticia
necesitara apellidos distintos.

Pero yo sé,
desde esta altura de polvo y memoria,
que la herida es una sola:
la del trabajador que vende su día,
sea que hable mapudungun,
quechua o español cansado.

Por eso no hablo de un problema
encerrado en una palabra indígena;
hablo de un país
que se reconoce en la misma cicatriz,
y decide, por fin,
curarla desde la raíz
y no sólo cubrirla con discursos.

 

IV.               Ley como herramienta

No creí nunca en las leyes
como si fueran milagros de papel.

La ley es un martillo:
sirve si alguien la toma
y golpea con precisión
donde el muro está agrietado.

Cuando promulgamos la norma
para los pueblos originarios,
no dije: “todo está resuelto”.
Dije: “aquí tienen una herramienta,
no una promesa de cielo”.

Supe de inmediato
que tenía huecos, limitaciones,
miedos del Congreso,
mutilaciones de última hora
hechas por manos que jamás
pisaron un barro mapuche.

Pero también sabía
que adentro brillaban, tercas,
algunas puntas de luz:
un instituto propio,
la voz de los comuneros en la justicia,
la posibilidad de decir “nosotros”
frente al Estado que antes les decía “ellos”.

No hay ley perfecta
en un país imperfecto,
pero hay leyes que abren grietas
por donde puede entrar el futuro.

Yo puse la firma
sabiendo que la tarea real
no sería en los salones
sino en los campos,
en los caminos de ripio,
en las reuniones cansadas
donde un dirigente explica, una y otra vez,
que el derecho existe
y no es sólo una palabra ajena.

 

V.                  Responsabilidad compartida

Les dije,
y me lo repito ahora desde la muerte:
el papel que firmamos
no les pertenece sólo a ustedes
ni sólo al gobierno que lo impulsó.

Una ley para los pueblos originarios
es una prueba para toda la nación.

Si el instituto que nace
se llena de burocracia y silencio,
si las comunidades se dejan dividir
por pequeñas envidias antiguas,
si el Estado se acostumbra otra vez
a hablar por quienes ya pueden hablar,
entonces la letra
se convertirá en otra lápida.

Pero si cada artículo
es usado como palanca,
si en los consejos se sientan
hombres y mujeres que conocen el frío
de la madrugada en los potreros,
si los jóvenes mapuches
aprenden a leer la ley
como antes aprendieron a leer el cielo,
entonces el papel
se volverá camino.

Yo no quise ser un padre que regala,
sino un compañero que entrega una llave
y dice con humildad:
“ahora abran ustedes las puertas
que nosotros solos no alcanzaríamos”.

La dignidad no se concede,
se ejerce.
Una ley es apenas la invitación
a ejercerla juntos.

 

VI.               La tierra que vuelve a sus nombres

En la historia antigua
ustedes defendieron la tierra
con el cuerpo entero,
contando el tiempo por invasiones
y no por calendarios.

En esta otra guerra,
menos visible y más fría,
la usurpación llegó firmada
por notarios y mensuras,
y la lanza fue reemplazada
por el expediente.

Mi deber era otro:
no cabalgar en primera línea,
sino desandar
la escritura injusta,
devolver a cada cerro su apellido,
a cada río su gente,
a cada parcela
la voz que la trabajaba.

Por eso insistí en la restitución,
en la reforma agraria que los incluyera,
en impedir que la tierra del mapuche
se siguiera partiendo
como pan en mesa ajena.

Yo sabía que no alcanzaría el tiempo,
que muchas deudas
seguirían clavadas en el sur
como estacas viejas.

Pero también sabía
que cada hectárea que volvía
era una carta enviada al futuro,
diciéndole a Chile:
“no olvides que estas manos
estaban aquí antes que tus banderas”.

Desde donde estoy,
veo un país todavía incompleto,
pero también veo semillas nuevas
en campos antiguos.
Que nadie ose llamarlas favor:
son justicia atrasada
que apenas comienza a ponerse al día.

 

VII.            hermanos en la misma tarea

He nombrado al invasor
que ya no llega con armaduras
sino con contratos y créditos.

He hablado del país
que quiere andar sobre sus propios pies,
sin tutelas, sin cadenas invisibles.

En esa lucha,
no imaginé a los mapuches en un margen
haciendo su historia aparte,
sino en el centro de la patria,
recuperando un lugar que nunca
debieron perder.

Cuando pienso en ustedes,
no los veo como minoría pintoresca
para postales turísticas,
sino como parte mayor
de esta voluntad de ser libres
con todos y para todos.

Ayer defendieron la tierra
de quien venía con espada;
hoy la defendemos juntos
de quien viene con números.

El coraje es el mismo,
sólo cambian los uniformes
del enemigo.

Por eso, desde esta posteridad
donde mis palabras ya no pueden firmar
ningún decreto,
les digo con la serenidad
de quien ya ha perdido la vida
y no teme perder nada más:

hermanos mapuches,
hermanos chilenos de todas las sangres,
la tarea es una sola:
que nunca más nadie
sea extranjero en su propia tierra,
ni por su lengua,
ni por su color,
ni por el tamaño de su parcela.

Que el país que ayudamos a soñar
sea, algún día,
un gran círculo de respeto
donde quepan todas las historias
sin que ninguna tenga que arrodillarse
para ser escuchada.

 

63.   EL LATIDO RENOVADO DE LA PATRIA

 

I. El calor que asciende del pueblo

Nunca como entonces
sentí tan honda la llama que sube
desde el pecho innumerable de mi gente.
No era un homenaje:
era un pulso antiguo
retomando su rumbo por las calles,
un corazón que se reconocía
en su propia multitud.

Desde mi lugar en el tiempo
recuerdo ese calor:
no tenía borde,
no tenía dueño,
era simplemente el país respirando,
el país afirmando su existencia
como quien apoya la frente
contra una piedra antigua
y dice: aquí estoy aún.

 

II. La historia que camina a mi lado

Vi desfilar el tiempo
con sus uniformes de polvo y memoria.
No marchaban hombres,
sino ecos:
la gallardía que sobrevivió al fracaso,
la serenidad que sostuvo a los heridos,
los sueños que no se doblaron
aunque la lluvia cayera sobre ellos
como siglos de miedo.

Desde la posteridad,
todavía escucho el paso leve
de aquellos que sostuvieron mi tierra.
En cada soldado veo una sombra más antigua,
un padre que defendió la inclemencia,
un hijo que aprendió a erguirse
en nombre del futuro.

 

III. La patria en el mes profundo

Septiembre era un viento que volvía
para recordarnos quiénes habíamos sido.
Ese mes no era un calendario:
era una herida iluminada,
una raíz que se mecía,
una casa que pedía ser habitada de nuevo.

En aquel día
sentí que la patria no era un territorio,
sino una pregunta:
¿qué hacemos con la vida que se nos entrega?
¿cómo custodiamos la bondad que heredamos
de los que ya no están?

Desde este lugar sin tiempo
repito esas preguntas
como quien pule un canto rodado
hasta que brille su intención más honda.

 

 

 

IV. El abrazo entre el pueblo y sus guardianes

Escuché un grito naciendo del polvo:
carabinero, soldado, el pueblo está a tu lado.
No era un lema,
era una reconciliación secreta
entre la fragilidad de unos
y el cansancio de otros.

Comprendí entonces
que el país solo respira entero
cuando quienes cuidan
y quienes trabajan
se reconocen en un mismo latido.

Desde la posteridad
repito esa intuición:
la seguridad nunca fue un muro,
sino un abrazo vigilante
entre quienes sostienen la noche
y quienes despuntan el alba.

 

V. La gratitud por los que sostuvieron la tierra

Toda nación esconde un ejército silencioso:
los que cavan fosos,
los que limpian escombros,
los que cortan leña en un temporal,
los que buscan puertas en la oscuridad
para ofrecer abrigo.

Ese día pensé en ellos:
soldados de nevazones y tormentas,
carabineros que levantaron niños
de aguas turbias,
manos que no salieron en retratos
y sin embargo sostuvieron al país
como un tronco que resiste la humedad.

Hoy, cuando la historia ya no pesa,
les ofrezco mi gratitud de hombre:
sin ustedes,
el viento me habría arrastrado.

 

VI. La fe en el porvenir callado

Aquel mes difícil
me mostró que la esperanza
no vive en los discursos,
sino en los gestos cotidianos:
una mujer haciendo fila con paciencia,
un obrero que aprieta los dientes
para no fallarle a nadie,
un estudiante que ilumina un libro
con una vela pequeña.

De ellos aprendí
que la fe en un país
no se declama:
se trabaja con manos temblorosas
y se sostiene con el deber
aunque duela la espalda.

 

VII. La herida que aprende a dar fruto

Había días en que el cansancio
era un animal oscuro sobre mi pecho.
Las noches se estiraban
como un lienzo sin final
y el peso de las decisiones
me buscaba para hablarme al oído.

Pero entonces recordaba
un surco abierto por un campesino
que por fin sembraba en una tierra suya.
Recordaba una madre
que a pesar de la escasez
sabía que sus hijos no olvidarían
la dignidad conquistada.

En esa memoria
se disipaban mis sombras.
Porque un país no está hecho
solo de triunfos,
sino de heridas que aprenden
a dar fruto.

 

 

VIII. La responsabilidad ante los que vendrán

Si algo sentí aquel día,
entre la multitud y los ecos,
fue la certeza silenciosa
de que no vivimos para nosotros.
Trabajamos para los que aún no nacen,
para quienes entenderán un día
lo que significó amar esta tierra
sin esperar recompensa.

Desde mi morada de tiempo detenido
murmuro para ustedes:
solo será patria verdadera
aquella que entregue a sus hijos
puertas abiertas
y no cicatrices heredadas.

 

IX. Compañero de un pueblo que respira

Al final de esa tarde,
cuando el polvo volvió a asentarse
y las voces se apagaron en la plaza,
comprendí algo que me persigue aún:
no fui un hombre solo.
Fui la respiración de un pueblo
cuando el pueblo me llamaba.

Y desde este lugar sin límite,
donde ya no pesan los días ni los nombres,
puedo decirlo con humildad honda:
si alguna grandeza tuve,
brotó de ustedes.
Si algún gesto se mantiene en pie,
es porque ustedes lo sostuvieron
con su conciencia despierta
y su cariño incansable.

Sigo siendo, más allá de la muerte,
el compañero que camina
al ritmo del pueblo que amó.

 

 

64.  EL ÁTOMO DE LA PAZ EN LA FRENTE DEL PUEBLO

 

I. La medalla en la frente del pueblo

No soy yo quien recibe esta medalla,
es la frente anónima del pueblo
la que brilla por un instante
bajo este círculo de metal.

Cuando la levantan sobre mi pecho
yo recuerdo otros pechos desgarrados,
otras camisas quemadas por la pólvora,
otros nombres que no caben en ningún discurso.

Pienso en Vietnam
—lo vi con mis propios ojos de viajero tercamente esperanzado—
en los cráteres abiertos como bocas negras
masticando selvas, ríos y aldeas,
y al mismo tiempo
en las manos diminutas
que todavía siembran arroz
en la orilla del fuego.

Comprendí allí
que la paz no es una palabra adornada,
es un cuerpo cansado que se levanta de nuevo,
es una madre que aprendió a dormir
escuchando caer bombas
sin soltar la mano de su hijo.

Por eso digo:
cuando este metal toca mi traje
no premia a un hombre,
sino a todos los que, en silencio,
han defendido un trozo de dignidad
con la simple porfía
de seguir llamándose pueblo.

 

II. La ciencia que tiembla entre dos manos

Yo vi a la ciencia
temblar como un pájaro entre dos manos:
una mano la alzaba hacia la destrucción perfecta,
la otra la ofrecía
como pan compartido en la mesa del mundo.

Joliot-Curie lo dijo
y sus palabras siguen caminando por la noche:
el átomo para la paz,
jamás para la guerra.

Yo lo escuché en su propia obra silenciosa,
en los túneles del laboratorio,
donde la luz se mide en fórmulas
pero el sentido se mide en conciencia.

La ciencia puede ser
un idioma común
entre hombres que no comparten fronteras,
ni banderas,
ni dioses.

O puede ser
un idioma de muerte,
hablado por máquinas que no conocen el llanto.

Por eso yo afirmo desde esta posteridad que me mira:
ningún descubrimiento
es verdaderamente grande
si no inclina su luz
sobre el rostro cansado
de los que nada tuvieron.

La unidad de la humanidad
no vendrá de los discursos,
sino de la lenta decisión
de poner cada nueva chispa
al servicio de la vida
y no de su ceniza.

 

III. Continente que despierta

Yo nací en una franja estrecha de tierra,
pero mi oído aprendió pronto
el rumor entero de un continente.

En las ruinas que quedaron en pie
—piedras aztecas, muros mayas,
silencio inca—
escuché una pregunta antigua:
¿cuándo volveremos a nombrarnos
con nuestra propia voz?

Latinoamérica
no es sólo un mapa desangrado
ni una suma de repúblicas exhaustas.
Es un animal gigantesco
que soñó con ser pueblo continente
y fue encadenado a la intemperie.

Vi cómo durante siglos
se tapiaron sus bibliotecas de barro,
se ridiculizaron sus dioses de piedra,
se compró con cuentas de vidrio
la memoria de los vencidos.

Pero también vi,
en los ojos de los obreros,
en las manos de las mujeres que venden pan en la esquina,
en los estudiantes que escriben en los muros,
que la historia no estaba muerta:
sólo dormía con un ojo abierto.

Desde esta altura de tiempo
digo:
algún día este continente será
lo que se prometió a sí mismo:
un solo pulso de pueblos
sin amo ni permiso,
una geografía de justicia
donde la palabra patria
signifique simplemente
que nadie sobra
y nadie manda desde lejos.

 

IV. Metal rojo que sostiene el cielo

Yo conocí el destino de un país
ligado a un solo metal,
como si toda su historia
colgara de un hilo rojo
extraído de la entraña de la montaña.

Mientras otros hablaban de cifras,
de porcentajes,
de utilidades,
yo veía en ese cobre
el pan futuro de los niños,
el techo que aún no se había construido,
la escuela que faltaba en el último pueblo del sur.

Durante décadas
el metal rojo viajó hacia lejos
como un río invertido:
de la cordillera al océano,
del océano a las arcas ajenas,
y muy poco
se quedó a dormir en la casa del que lo arrancaba.

Entonces comprendí
que no se trata sólo de economía,
sino de dignidad.
¿Puede un pueblo mirarse al espejo
si sus riquezas están a nombre de otro?

Cuando defendí ese metal
no hablaba de contratos
ni de pleitos jurídicos,
hablaba del derecho humilde
de que nuestra sangre mineral
no fuera nunca más
la limosna ajena de nadie.

Hoy, desde la posteridad que me interroga,
repito:
un país pequeño
no empieza a ser libre
el día que firma papeles,
sino el día en que decide
que su trabajo y su tierra
no serán nunca más
un negocio sin rostro
en la mano de otros.

 

 

 

V. Palabra empeñada ante la noche

Yo sentí de cerca
el aliento áspero de la guerra civil:
ese murmullo oscuro
que recorre los pasillos
como un viento que busca fósforos.

Vi manos nerviosas
probando discursos de odio
frente al espejo,
y vi también al pueblo cansado
mirando con miedo
sus propias manos vacías.

Pude haber elegido
la música fácil de la violencia,
dejar que los gritos se convirtieran en disparos,
que la rabia completara su círculo de sangre.

Pero empeñé mi palabra
ante la noche y ante el pueblo:
haría todo lo que estuviera en mi fuerza
para que un chileno
no disparara contra otro chileno
en mi nombre.

Creí, y sigo creyendo,
que la verdadera autoridad
no es la que golpea
sino la que contiene;
no la que se impone
sino la que persuade;
no la que grita
sino la que se hace responsable
hasta de los errores ajenos.

Si alguna vez la historia
me juzga con dureza,
ruego que recuerde al menos esto:
no quise jamás una victoria
con olor a hermanos muertos.
Preferí equivocarme con el pueblo vivo
antes que acertar
sobre el silencio definitivo de las fosas.

VI. No habrá paz mientras un niño tenga hambre

Me hablaron muchas veces de la paz
como si fuera una bandera blanca
ondeando en los salones,
un tratado firmado en tinta dorada,
una fotografía diplomática.

Yo supe otra cosa:
no hay paz si una madre
recorre tres mercados
para volver con el bolso casi vacío.

No hay paz
si el labriego trabaja la tierra ajena
y no sabe si el próximo invierno
la lluvia caerá sobre su casa
o sobre la casa de otro.

No hay paz
si la cultura es un lujo
guardado en vitrinas
y no un pan de palabras
repartido cada noche en la mesa.

Por eso dije:
nuestro aporte al mundo
será buscar primero la paz en nuestra casa.
No la paz del silencio resignado,
sino la paz ardua
que se construye con justicia,
con pan y escuela,
con techo y trabajo,
con respeto al que piensa distinto
y al que nada ha podido pensar
porque nunca tuvo tiempo para leer.

Si me preguntan hoy,
desde este hueco de posteridad:
¿qué es la paz?
Respondo sin retórica:
es un niño que bebe su vaso de leche
sin que nadie se lo deba,
una familia que se duerme
sin miedo al mañana,
un pueblo que no conoce
ni amos interiores
ni tutores extranjeros.

Sólo cuando ese rostro humilde
esté protegido,
entonces, y sólo entonces,
podremos decir sin vergüenza
que estamos trabajando
por la paz del mundo.

 

65.   CONTRA LA GUERRA ENTRE HERMANOS

 

I.                    La voz que se niega a la guerra

Ahora, desde esta orilla sin calendario,
vuelvo a oír la frase que más pesaba en mi pecho:
“enfrentamiento entre chilenos”
y todavía me duele como un hierro en la lengua.

Yo sabía lo que significa
que un país se quiebre por dentro,
que un vecino mire a otro vecino como enemigo,
que el odio se siente a la mesa
como un invitado silencioso
que cambia la sal por pólvora
y la harina por ceniza.

Por eso hablé esa noche
no como un tribuno que levanta puños,
sino como un hombre que levanta la frente
para decir:
no pasarán sobre el cuerpo de Chile
con la carreta oscura de la guerra civil.

Yo, que conocía el filo de la Historia,
puse el cuerpo en la hendija de la puerta,
entre la mano que busca el cerrojo
y la casa donde duermen los niños.

Llamé a las Fuerzas Armadas por su nombre antiguo,
ese nombre escrito con nieve y desierto,
no para arrojarlas contra el pueblo,
sino para recordarles
que también son pueblo con uniforme,
que su deber no es aplaudir al ruido,
sino custodiar el sueño de la República
como se cuida una lámpara en la tormenta.

Llamé a los partidos,
a los que me apoyaban y a los que no,
para decirles que sobre sus banderas
había un color que ninguno inventó:
el de la tierra que nos sostiene.

Yo era el Presidente que habían elegido,
pero esa noche, frente al micrófono,
me sentí sobre todo
el hombre que debe impedir
que la sangre cruce el umbral de la casa.

Por eso repetí,
como quien reza al revés de la muerte:
mientras yo sea Presidente
lucharé para que en Chile
no haya chilenos disparando contra chilenos,
para que la palabra “Patria”
no sea el eco hueco de un fusil,
sino el pan difícil que se reparte
sin preguntar por quién votaste.

 

II.                 La noche de los miguelitos

En mi mano cerrada
pesaba menos que una moneda,
apenas un trozo de alambre retorcido,
un “miguelito”
con su sonrisa de cuchillo escondido.

Lo levanté ante el país
como quien muestra un insecto venenoso
que se arrastra en la penumbra
y deja tras de sí
una estela de neumáticos reventados,
camiones volcados,
convoyes detenidos
donde el hambre espera en los sacos.

No era sólo un pedazo de fierro,
era una pequeña fábrica de muerte barata,
un signo torcido
de los que sueñan el caos
desde un escritorio sin ventanas.

Detrás de cada “miguelito”
hay una mano que no se muestra,
un bolsillo que paga en silencio,
una boca que nunca dice “fui yo”,
pero que saborea la posibilidad
de ver fuego en el horizonte.

Aquella noche,
un neumático reventado
pudo ser un convoy en llamas,
un soldado abrasado,
un chofer vuelto columna de humo
en la carretera negra.

Yo había visto antes
el rostro de ese método:
en la sangre de René Schneider,
en el automóvil agujereado
donde la Constitución fue atacada
no con argumentos
sino con balas.

Por eso, al mostrar ese clavo torcido,
no señalaba sólo un delito,
sino una moral subterránea,
un país clandestino
que deseaba la explosión
para recoger después, entre los restos,
un poder levantado sobre el miedo.

Desde este lado del tiempo
miro los “miguelitos” acumulados
como una familia de insectos oxidados
y me pregunto:
¿qué historia habría escrito Chile
si en lugar de clavos sobre el asfalto
hubiéramos sembrado puentes
entre una casa y otra,
entre una idea y su contraria?

Yo sostuve ese fierro mínimo
como quien sostiene la prueba
de que la barbarie no necesita tanques,
le basta un pedazo de odio
doblado con tenazas.

 

III.              La mentira que quiso inventar mi país

Aquellos días,
mientras los jóvenes descargaban sacos en los andenes
y las mujeres hacían filas larguísimas
para comprar un poco de luz en forma de pan,
otro país paralelo se escribía en los cables.

Desde oficinas que nunca olieron a pueblo
se enviaban noticias a la distancia:
“militares y civiles luchan cuerpo a cuerpo en las calles de Santiago”,
“cuatro supermercados dinamitados”,
“once muertos en violentos incidentes”,
“una base naval sublevada en Talcahuano
abrazada a civiles que defienden la democracia”.

Yo recorría una ciudad sin supermercados destruidos,
sin bases en rebelión,
sin cadáveres alineados por la pluma extranjera,
y sentía el vértigo
de ver cómo se fabrica un país que no existe
para justificar un desenlace que aún no ha ocurrido.

La mentira no es sólo una frase,
es un mapa envenenado
que se distribuye por el mundo
para que cuando miren hacia acá
no vean niños y talleres,
no vean obreros doblando turnos,
no vean médicos agotados en los hospitales,
sino un incendio ficticio
donde cualquiera puede entrar con excusas.

Yo hablé esa noche
no para defender un gobierno,
sino para defender el derecho
a que la verdad de un pueblo
no se escriba en un teletipo malintencionado.

Quise decirles:
mientras aquí se habla de “Chile al borde del caos”,
tres millones seiscientos mil chilenos
se despiertan temprano,
van a las minas,
a las fábricas,
a las escuelas,
encienden hornos y tableros,
llenan de tiza la pizarra,
ordenan estantes vacilantes de mercadería,
y sostienen con sus manos anónimas
el frágil esqueleto de esta democracia sitiada.

La mentira, lo sé ahora mejor que entonces,
es también un tipo de bomba:
no destroza edificios,
pero prepara el consenso
para que alguien, más tarde,
se atreva a destrozarlos.

Desde esta posteridad sin banderas
miro aquellas líneas
que se escribieron sobre Chile
y repito en voz baja:
un pueblo no cabe en un cable,
cabe en el rostro de una dueña de casa
que hace cola y comprende,
en el joven que carga sacos en la estación,
en el trabajador que decide no sumarse
a la parálisis planificada.

Ellos eran mi desmentido silencioso,
mi cadena nacional de hechos,
mi boletín de realidad
contra la imprenta del miedo.

 

IV.               La democracia que camina en la noche

En esos días amargos
yo veía dos corrientes cruzando la ciudad.

Una corriente oscura
quería detenerlo todo:
ombligos de harina sin abrir,
bodegas cerradas,
persianas bajas como párpados cansados,
micrófonos que repetían
la palabra “caos” como un salmo.

La otra corriente,
más silenciosa,
se levantaba antes que el sol:
obreros que entraban
a fábricas que algunos patrones habían clausurado,
médicos que seguían operando
con menos manos,
enfermeras que multiplicaban las suyas,
jóvenes que en vez de gritar consignas
levantaban bultos en los muelles,
mujeres que, sentadas frente a mí
en el gran salón de la UNCTAD,
me miraban con los ojos llenos
de preguntas y de coraje doméstico.

Entre ambas corrientes
yo caminaba como un hombre
que sostiene una cuerda tensa:
en un extremo,
la tentación del golpe fácil,
la dictadura implacable
que siempre se ofrece
como una solución rápida;
en el otro,
la obstinación de seguir
por el sendero estrecho
de la democracia y la ley,
aunque el suelo tiemble
bajo los pies.

Yo sabía
que la democracia no es un discurso,
es una forma de cansancio compartido:
el funcionario público que no abandona su puesto,
el campesino que decide sembrar
aunque el aire traiga rumores de paros,
el piloto que reconsidera una huelga,
el empleado de comercio
que quiere abrir la cortina
aunque la orden diga lo contrario.

Por eso llamé,
una vez más,
inclusive a quienes me eran adversarios.
Invité a la Democracia Cristiana,
a los que no pensaban como yo,
a mirar más arriba de sus diferencias:
hacia esa delgada franja de país
que nos contiene a todos,
como una herida larga
entre cordillera y océano.

Desde el futuro,
desde esta sombra donde ya no firmo decretos,
miro aquella noche encendida de radios,
ese “buenas noches” que dije al final,
y comprendo que lo que buscaba
no era aplauso ni obediencia,
sino algo más antiguo y más difícil:
que Chile atravesara
su propia tormenta
sin perderse a sí mismo.

Si algo pido ahora,
desde este silencio sin micrófonos,
es que recuerden esa voluntad:
la de un hombre cansado
que, ante la posibilidad de la fractura,
eligió seguir recordando
que ningún proyecto,
ninguna idea,
vale la sangre de un solo compatriota
tendido en la calle
por la mano de otro chileno.

 

66.  LA PAZ NACE DEL HOMBRE SIN ARMAS

 

I — La voz que agradece desde la sombra

Vuelvo a hablarles,
no desde el mármol ni desde el retrato cansado,
sino desde ese corredor silencioso
donde se guardan las voces que no mueren.

A ustedes, que vinieron desde otras estaciones del mundo,
les ofrezco esta palabra que aún respira:
no es un saludo,
es un hilo que intenta unir
las manos dispersas del hombre.

Y si agradezco,
no agradece un nombre,
agradece un pueblo profundo
que aprendió a caminar entre sus propias ruinas
sin renunciar al milagro de la paz.

 

II — Las asperezas del camino

Ustedes vieron
la áspera superficie de mi patria,
ese muro de polvo y contradicciones
que intentamos trabajar con herramientas humildes.

Nada fue llano,
porque nada verdadero nace sin tormenta.

Lo que parecía orden
a veces era una herida;
lo que parecía paz
a veces era apenas un respiro.

Pero en ese borde difícil,
entre la tradición dura
y la esperanza que fulgura como una brasa escondida,
descubrimos que el destino de un pueblo
no se mide por sus victorias,
sino por la decencia con que enfrenta su dolor.

 

III — La democracia que duele pero respira

Muchos no lo entendieron,
pero yo lo vi claro:
la democracia no es un palacio iluminado,
es un animal cansado
que a veces muerde y a veces suplica.

Sus opositores gritaban,
sus diarios golpeaban como piedras frías;
sin embargo,
yo no podía cerrar ninguna puerta,
porque una puerta cerrada
es una noche que se abre para siempre.

Preferí escuchar el insulto
antes que clausurar la voz.

Porque en el corazón más íntimo,
yo sabía que un país sin palabras
es un país sin alma.

 

IV — El revés secreto de la libertad

Ustedes vieron,
con sus propios ojos,
cómo la libertad —tan frágil en libros y discursos—
era aquí una criatura desnuda
rodeada de sombras.

Vieron que el pueblo se movía
como una respiración oceánica,
que los trabajadores levantaban su vida
con la paciencia del albañil que reconstruye el día.

Y vieron también
cómo algunos buscaban incendiar
el sueño todavía húmedo,
confundiendo la libertad con el ruido,
y la palabra con la piedra.

Pero la libertad verdadera
no es la que grita,
sino la que escucha.
Esa fue la que intenté defender
aunque mi propia voz se quebrara.

 

V — El honor de un país pequeño

Soy hijo de un territorio estrecho y vulnerable,
pero en su fragilidad
ardía una dignidad que no cabía en los mapas.

Cuando ustedes hablaron de solidaridad,
yo sentí que no hablaban a un gobierno,
sino a ese niño descalzo de mi patria
que aprendió a levantar la cabeza en medio del viento.

Somos un pueblo pequeño, sí,
pero en su pecho cabe el mundo
cuando sabe reconocer la justicia.

Todo lo que vivimos,
toda la aspereza y la luz,
fue el precio humilde de intentar
construir una casa más amplia
para todos los que sueñan.

 

VI — El peso secreto de las naciones

Vi cómo los poderosos del orbe
movían hilos invisibles
que apretaban el cuello de mi país.

No lo digo con rencor,
lo digo como quien cuenta una lluvia dura
que cayó sobre su casa.

Mi pueblo peleó contra muros sin rostro,
contra firmas sin manos,
contra decisiones que nacían lejos
y caían aquí como un invierno inesperado.

Pero ese peso nos enseñó
que la independencia no es un decreto:
es una respiración profunda
que el pueblo sostiene con su propio cuerpo.

 

VII — Allí donde nace la paz

La paz,
esa palabra que ustedes vinieron a pronunciar,
no es un trofeo ni un pacto.

Es un oficio lento,
una escalera sin barandas,
un pan que se amasa con dolor
y se reparte con ternura.

Yo aprendí —tarde, quizás—
que la paz verdadera
solo puede nacer del respeto
a la historia del otro,
al miedo del otro,
al silencio del otro.

Por eso mi compromiso,
aún desde esta sombra donde hablo,
sigue siendo el mismo:
velar por una nación
donde el hombre no sea enemigo del hombre.

 

VIII — Última palabra para quienes no olvidan

A ustedes
que llevaron mi país en la memoria,
a ustedes que escucharon más allá
del estruendo y la mentira,
solo puedo decirles:

Nada de lo que hicimos fue perfecto,
pero fue honesto.
Nada fue victorioso,
pero fue humano.

Si alguna vez la historia vuelve a abrir este libro,
que lo abra con cuidado:
allí dentro no hay consignas,
hay vidas.
Allí dentro no hay ideas duras,
hay heridas que aman la luz.

Yo solo quise
que el hombre pudiera caminar sin miedo
sobre la tierra que le pertenece.

Esa fue mi paz.
Esa es la que les dejo.

 

67.   LA PATRIA EN MANOS DE LA MUJER

 

I.                    La torre en manos de las mujeres

Desde la posteridad
veo la torre de vidrio y acero
como un faro detenido en el tiempo.

Un día puse en sus ascensores
el pulso de las naciones del mundo,
los idiomas del comercio y de la balanza,
las discusiones ásperas del dinero
que no sabe nombrar un rostro.

Después dejé que esa torre
cambiara de nombre y de respiración,
y descendiera desde las nubes
hasta la mesa humilde donde falta el pan.

La entregué a las manos de las mujeres
para que el hormigón aprendiera
lo que es una olla vacía,
un cuaderno sin lápiz,
una cuna sin futuro.

Ellas entraron con sus vestidos gastados,
con el cansancio en los hombros,
con el olor a jabón de la ropa lavada de madrugada,
y la torre comprendió, por fin,
que no bastaba con tocar el cielo
si abajo, en los callejones de la patria,
había niños sin zapatos.

Hoy, desde lejos,
miro cómo se alza todavía ese edificio invisible
—no el de los planos y las columnas—
sino el que ellas construyen,
día a día,
con paciencia de hormiga y frente de montaña:
la arquitectura silenciosa de la dignidad.

 

II.                 La mujer que el siglo dejó en la puerta

Yo conocí
a la mujer que el siglo dejó en la puerta:
la campesina que miraba desde el cerco del patrón,
la obrera sin apellido en la lista de la fábrica,
la muchacha que limpiaba la mesa ajena
soñando con un mantel para su propia casa.

La vi subir a los tranvías
con los pies hinchados y el niño en brazos,
volver del hospital con más dudas que remedios,
esperar en los pasillos de la previsión
como quien espera una lluvia que no llega.

Su salario siempre iba detrás del sueldo del hombre,
su firma llegaba tarde a las leyes,
su palabra era un murmullo
perdido entre los estampidos de la historia.

A veces la nombraron heroína,
pero sólo cuando la muerte la hacía tolerable
en los discursos del bronce.
Antes de eso,
era simplemente la que ponía la mesa,
la que cuidaba a los enfermos,
la que escondía sus lágrimas en la cocina
para no inquietar a los hijos.

Yo hablo ahora, desde la hondura,
no para justificar atrasos ni silencios,
sino para decir que fue injusto,
profundamente injusto,
que se le negara el timón de su propia vida,
que se le ofreciera sólo la sombra
mientras el sol se repartía en escritorios y salones
donde su nombre no entraba.

Si algo aprendí,
es que no hay proceso verdadero
si la que barre, cocina, enseña, amamanta y sueña
no se sienta también en la mesa
donde se escribe el porvenir.

 

III.              Los hijos de la misma luz

Vi demasiadas veces
al niño con papeles en regla
y al niño sin papel ni apellido,
hijos de la misma noche,
de la misma fiebre entre dos cuerpos,
divididos por una firma o por su ausencia.

Vi al hijo legítimo, rodeado de palabras suaves,
entrar a la escuela con mochila nueva,
mientras en la esquina
otro niño miraba la pizarra desde la vereda
como se mira un barco que jamás nos llevará.

Desde esta altura sin tiempo
yo digo:
ningún vientre de mujer
es menos sagrado que otro,
ninguna cuna merece menos pan,
ningún nombre merece menos letra
porque la ley llegue tarde
o la ceremonia no se cumpla.

Quise, con la torpeza de un hombre atravesado por la prisa,
poner en el papel una verdad antigua:
que todos los hijos
vienen marcados por la misma luz en la frente,
que todos traen en sus manos pequeñas
la misma pregunta insaciable:
“¿Habrá un lugar para mí en este mundo?”

A veces el Derecho camina con muletas,
pero la conciencia no puede arrastrar cadenas.
Por eso hablé de igualdad
cuando ya era tarde para muchos,
como un padre que aprende a escuchar
cuando los hijos han envejecido.

Si mi voz sirve de algo en esta sombra,
que sea para repetirlo sin decretos:
no hay bastardo ante el pan,
no hay ilegítimo ante el libro,
no hay hijo menor ante la ternura.

 

IV.               La palabra de la mujer frente al ruido del mundo

Recuerdo aquellos días
en que los cables inventaban guerras
que no existían en nuestras calles,
y las agencias extranjeras
sembraban muertos imaginarios
sobre una ciudad cansada pero viva.

Mientras tanto,
en las casas de techo bajo,
una mujer ajustaba el volumen de la radio
y preguntaba en silencio:
“¿Será verdad lo que dicen de mi propio país?”

Yo hablaba de leyes,
de marcos constitucionales,
de puertas que no debía derribar
para que el sueño no se volviera monstruo.
Pero sabía que, al final del día,
no eran los periódicos ni los discursos
los que sostenían la frágil paz de la patria,
sino esa mujer que elegía no odiar,
que apagaba la radio para escuchar el sueño de sus hijos,
que llamaba a la vecina
y compartía lo poco que había en la despensa.

Desde aquí lo veo con más claridad:
la verdad no se cifra en cables internacionales
ni en editoriales solemnes.
Se cuece, lentamente,
en la olla donde hierven las dudas,
en el pasillo donde las madres se preguntan
si vale la pena el miedo,
en la fila de la feria
donde dos desconocidas se miran
y se reconocen del mismo lado de la espera.

Si levanté la voz contra la mentira,
fue porque conocí el silencio de esas mujeres,
y su silencio valía más que todas mis palabras.

Hoy, en esta posteridad que no tiene micrófonos,
les digo a ellas,
las que no salen en las fotografías ni en los archivos:
vosotras fuisteis el verdadero muro
que separó el país del abismo,
las que defendieron la vida
cuando otros jugaban con la muerte
como si fuera un titular más.

 

V.                  La revolución que cabe en un abrazo

Hablé muchas veces de procesos,
de estructuras, de economía,
de palabras largas como edificios.

Pero en este punto del tiempo,
cuando miro hacia atrás sin la fiebre del cargo,
comprendo que la revolución verdadera
no empezó en un palacio
ni en una sala de reuniones,
sino en la esquina de una población
donde una mujer exhausta
tomó la mano de otra mujer exhausta
y le dijo:
“Comamos juntas, aunque sea poco”.

Allí comenzó,
en el cuaderno compartido entre dos niños,
en la sopa que se alargó con más agua,
en la risa que no se dejó robar
por las colas ni las carencias,
en la decisión silenciosa
de no soltar al otro
aunque la noche trajera rumores de desastre.

Yo creí conducir un barco,
pero muchas veces
fueron ellas las que mantuvieron a flote la madera
con la fuerza invisible de su ternura.

Por eso ahora,
desde esta altura donde ya no mando,
sólo puedo decir:
la historia hablará de decretos, de leyes, de conflictos,
pero yo recuerdo sobre todo
los ojos de las mujeres
que me escuchaban en los teatros repletos,
en las plazas, en los salones prestados,
y que volvían a sus casas
sin escoltas ni discursos,
a seguir sosteniendo el mundo
con un hilo de paciencia inquebrantable.

Si alguna vez mi nombre se pronuncia con dureza,
que también se pronuncie con esta imagen:
un hombre que entendió tarde
que la forma más alta de cambiar la tierra
era cuidar, con infinito respeto,
las manos que la amasan cada día.

Y esas manos,
las de la mujer chilena,
siguen siendo, más allá de mi tiempo,
el verdadero corazón de todo lo que quise.

 

 

68.  CUANDO CHILE RESPIRA EN LA NOCHE

 

I. La voz que vuelve en la noche

En esta noche vuelvo a hablarles,
no desde la urgencia,
sino desde el pulso silencioso
que dejan las horas difíciles
cuando ya no pueden herirnos.

Yo también fui un hombre que escuchó el país
respirar entre sombras,
que sintió el peso de las ciudades detenidas
y el temblor de una patria buscando su forma.

Desde aquí, miro aquel instante
como quien contempla una fotografía
donde el dolor aún no sabe que será memoria,
y me reconozco entero,
sin rabia, sin temor,
solo con la obligación profunda
de cuidar a los míos
como quien protege una lámpara en el viento.

 

II. El orden que nace del alma

Siempre creí que el orden no era un decreto,
sino una raíz moral.
No la obediencia ciega,
sino la claridad del espíritu
cuando distingue lo justo de lo que hiere.

Por eso hablo desde el tiempo
como quien acaricia una verdad sencilla:
las leyes no protegen a un gobierno,
protegen la respiración de un pueblo.

Y yo defendí ese orden
como se defiende una casa en la tormenta:
cerrando ventanas,
pero sin apagar la luz.

 

III. La sombra que no pudo inmovilizar al país

Recuerdo el intento de detener a Chile,
esa mano oscura que quiso cerrar caminos
y apagar el ritmo secreto de las fábricas.

Pero el país siguió andando
como un viejo cóndor herido
que aún abre las alas para sostener el cielo.

Los que trabajaron sin cansancio
guardaron una patria entera en sus manos.
Yo solo fui el testigo agradecido
de esa fuerza anónima
que jamás pidió aplausos
porque sabía que cumplir su deber
era la forma más pura de existir.

 

IV. Los jóvenes que cargan la aurora

Cuando pienso en la juventud de aquella hora,
la veo entre vagones polvorientos,
entre cajas, alimentos y medicamentos
que viajaban más lejos que los discursos.

Ellos no gritaban consignas:
levantaban un país.

Hoy les hablo desde este lado del tiempo
y les digo que su gesto
fue más grande que su edad,
porque sostuvieron la mañana
cuando la noche quiso prolongarse
sobre nosotros.

 

V. El rostro invisible de los que ayudan

En esas jornadas,
hubo manos que nadie vio:
médicos que siguieron atendiendo,
obreros que reemplazaron a otros,
mujeres que ordenaron la vida doméstica
como si fuera una trinchera luminosa.

A todos ellos los nombro ahora,
con la quietud que concede la muerte:
ustedes fueron la respiración verdadera
de aquella patria fatigada.

No hubo héroes visibles,
solo seres humanos
que entendieron que el bien
siempre se ejerce en silencio.

 

VI. La herida de la mentira

Aún me duele —desde aquí también duelen las cosas—
la falsedad que cayó sobre Chile
como un manto helado.

Decían que ardía la ciudad,
que luchaban soldados y civiles,
que la muerte rondaba cada esquina.

Y nada de eso había.
Solo un país que resistía en silencio
la palabra torcida del extranjero.

Aprendí entonces
que la verdad es un árbol frágil:
basta un soplo de odio para quebrarlo,
pero basta un solo hombre de pie
para que vuelva a florecer.

 

VII. El llamado final a la conciencia

Cuando dije “es la hora de Chile”,
no hablaba del peligro,
hablaba de la dignidad.

Era la hora
en que cada uno debía mirarse por dentro
y preguntarse si estaba dispuesto
a sostener la historia
con sus propias manos.

Hoy lo repito desde este lugar sin fronteras:
el destino de un país
no lo escriben los poderosos,
lo escribe el corazón silencioso
de quienes no renuncian a la luz
aunque el cielo parezca desplomarse.

Mi voz se cierra aquí,
pero la conciencia que abracé
permanece intacta,
como una lámpara que ustedes
deben seguir llevando.

 

69.  CHILE AL BORDE DE LA SOMBRA Y LA PALABRA

 

I La luz sobre los rostros

No quiero hablarles a las tinieblas,
digo desde esta altura donde ya no hay micrófonos,
ni flashes que me persigan con su relámpago ciego.

Pido, aún ahora,
que corran los camarógrafos como una cortina de humo,
que descorran la muralla de lentes,
porque siempre necesité ver los ojos
de aquel que me preguntaba.

No se gobierna hablando con sombras,
no se responde al destino
si el rostro del otro
es sólo un fogonazo blanco sobre la pupila.

Por eso, cuando me senté frente al enjambre de voces,
no quise la gloria áspera de la luz en mi frente,
quise ver la convivencia frágil
entre hombres tan distintos:
el periodista tímido,
el que traía en los bolsillos el murmullo de otro continente,
el que esperaba una frase como quien espera pan.

Yo era un hombre cercado,
pero pedía apenas esto:
apagar la luz que me quemaba la cara
y encender la luz en los rostros del país que preguntaba.

Porque así entendí siempre la democracia:
no como un proyector sobre una sola figura,
sino como una sala llena de ojos
que se reconocen en la penumbra compartida.

 

II El borde que no fue abismo

Dije que el país estaba al borde de la guerra civil
y la frase cayó como una piedra
en el agua mansa de muchas conciencias.

Desde aquí, donde ya pasó el oleaje,
puedo decirlo:
conocí ese borde.
Tenía olor a neumático herido,
a línea férrea arrancada de raíz,
a copa de agua rota
antes de la sed de los niños.

Pero vi levantarse una muralla de manos,
un dique humano hecho de obreros y campesinos,
de empleados que caminaron kilómetros
como si cada paso fuera un voto silencioso
contra la noche armada.

Quisieron detener a Chile
como quien aprieta la garganta de un cantor,
y el país respondió con la respiración obstinada
de sus fábricas despiertas,
de sus hospitales encendidos,
de los puertos que siguieron dialogando con el mar.

Si no hubo guerra civil
no fue por la ausencia del odio,
sino por la presencia mayor
de una conciencia que ya no quería
volver al tiempo en que matar
era un modo de gobernar.

Yo sólo puse palabras,
pero ellos, los que siguieron trabajando
cuando todo invitaba a la paralización del miedo,
fueron la cuerda tensa
que no dejó caer a Chile
en el fondo negro de sí mismo.

 

III La conversación con los que guardan el silencio

Entraron de negro y de blanco,
con el peso de siglos en la sotana,
pero en sus manos traían
no la amenaza del dogma,
sino una preocupación de padre
sentado en la cabecera de una mesa en peligro.

Me hablaron de Roma,
de un cardenal que pensaba en su país
desde la ciudad de las cúpulas;
me hablaron de la calle,
de los susurros que recogían en los templos,
del miedo que rezaban las viejas
cuando oían la palabra “enfrentamiento”.

Yo les hablé de la Constitución
como quien habla de un viejo evangelio laico,
les hablé de la ley
como de una baranda necesaria
para no caer rodando por la escalera de la historia.

No vinieron a absolverme ni a condenarme;
traían en los ojos
la pregunta antigua de la humanidad:
¿puede un pueblo evitar la sangre
cuando todo lo empuja al sacrificio?

Les dije que haría lo posible
y lo imposible
para que la patria no se abriera en dos
como un cuerpo bajo el hacha.

Ellos se marcharon
con la preocupación más pesada,
yo me quedé con la misma decisión:
defender la vida de Chile
aunque mis propias horas
se volvieran cada vez más frágiles.

En ese diálogo entendí
que la espiritualidad de un país
no vive sólo en los altares,
sino en la voluntad humilde
de evitar una muerte
aunque venga vestida
de razón histórica o de victoria.

 

IV Las mentiras que sitian un país

Vi nacer la calumnia
en la punta metálica de un cable.

Un país que no conoce mis calles
se despertaba leyendo
que en Santiago ardían supermercados destruidos,
que las vías del tren eran un collar de dinamita,
que once muertos ponían su sombra
sobre el pavimento.

Leí “guerra civil”
en periódicos que nunca habrían sabido
la textura de la calma en una plaza chilena,
el rumor de un mercado al amanecer,
la música torpe de los colectivos abarrotados.

Mientras tanto, acá,
las Fuerzas Armadas caminaban sin disparar,
Carabineros limpiaban con sus manos
el vidrio de los comercios que abrían a medias,
y la gente volvía a casa
con las bolsas medio llenas
pero con la dignidad completa.

No pedí censura,
pedí ética:
esa frontera invisible
que separa al periodista del mercenario,
al que informa del que prospera
en la venta del miedo.

Me acusaron de querer apagar radios,
cuando sólo quería encender en cada palabra
la obligación sencilla de la verdad.

Hoy, desde esta distancia
en que ya no existe la primera plana,
vuelvo a preguntarles a todos:
¿qué vale más,
una noticia que vende violencia imaginaria
o el rostro de un niño
que cruza la ciudad
sin saber que en otro país
ya lo han declarado cadáver?

El cerco no siempre se hace
con barcos ni cañones;
a veces basta una frase mal nacida
para comenzar a asfixiar
la respiración de un pueblo entero.

 

V El cerco invisible sobre el cobre

No hablo ya de tratados ni de cifras,
hablo del gesto de un país
que decidió mirarse las manos
y preguntar de quién eran sus venas.

El cobre era eso:
una sangre antigua
que por años corrió hacia otros cuerpos,
dejando a este organismo cansado
sin color en las mejillas.

Cuando dijimos “es nuestro”,
no fue sólo una palabra económica;
fue un acto de autoestima mineral,
la decisión de que la montaña
dejara de ser esclava
del balance de otras potencias.

Entonces vino el cerco silencioso:
se encogieron los créditos
como puños que se cierran,
los bancos borraron nuestro nombre
de sus pizarras de confianza,
los contratos se volvieron arenas movedizas.

Hasta el metal embarcado
fue detenido en puertos lejanos
como si llevara en su brillo
un delito innombrable.

Yo supe que detrás de cada embargo
no sólo se discutía un precio,
sino el derecho de un pueblo
a decidir sobre su propio subsuelo.

No busqué acordar con los gigantes ofendidos
sobre el valor de su nostalgia;
me quedé con la certeza
de que la dignidad es más cara
que cualquier indemnización.

Si hoy hablo desde la posteridad
de ese cerco económico,
no lo nombro como queja,
sino como advertencia simple:
cada vez que un pueblo diga “esto es mío”
habrá un escritorio lejano
que se sienta despojado.

Y, sin embargo,
no hay otra forma de crecer
que asumir el costo de mirarse al espejo
y reconocerse dueño
de lo que siempre fue propio.

 

VI Los “miguelitos” y los pasos del pueblo

Traje una canasta a la conferencia,
no llena de pan
sino de pequeños clavos retorcidos
como insectos de hierro.

Los llamaban “miguelitos”:
esa familia de espinas
sembrada en los caminos
para hacer sangrar los neumáticos,
para torcer la ruta de los camiones
que llevaban combustible,
medicinas, víveres,
el pulso cotidiano de la vida.

Cada “miguelito”
era un acto de cobardía metálica,
una emboscada anónima
contra el avance silencioso
de un país que quería seguir moviéndose.

Recuerdo al niño de once años
que viajó colgado de un microbús
porque el transporte estaba herido;
cayó al pavimento,
corrieron con él hacia la urgencia,
pero en el trayecto
un neumático reventado por uno de esos insectos
detuvo los segundos que le faltaban
para seguir respirando.

¿Qué nombre humano
puede tener una herramienta
que mata por retraso?

Mientras tanto,
en otras calles,
obreros y estudiantes cargaban sacos,
desatochaban estaciones,
abrían rutas sobre los rieles
para que los trenes siguieran siendo
la columna vertebral de un cuerpo asfixiado.

Así comprendí una vez más
la diferencia entre la protesta
y la sedición,
entre la huelga que muestra un dolor
y el sabotaje que busca la fractura.

Yo no odié al hierro,
lo conocía desde las máquinas y las herramientas;
odié la mano que lo torcía en cruz de odio
para tenderlo, de noche,
como una trampa sin rostro
bajo los pies de su propio pueblo.

 

VII La fragilidad de mi cuerpo, la fuerza de mi pueblo

Me preguntaron si temía por mi vida
y supe que esa pregunta
era también un espejo
donde se miraba el continente.

¿Cómo temer cada minuto
sin volver la existencia una jaula?
Yo sabía que mi cuerpo
era un blanco posible,
un punto preciso en el mapa del rencor,
pero también sabía
que ninguna bala puede matar
la conciencia que despertó en millones.

Respondí que si el atentado llegaba,
llegaría;
que el proceso no descansaba en un hombre
sino en la madurez de un pueblo
que ya había aprendido
a escribir su nombre en la historia.

No lo dije como heroísmo,
lo dije como diagnóstico:
un país que deposita todo su futuro
en el pulso de una sola mano
está condenado a la fiebre.

Yo fui apenas
un médico entre enfermos,
un Presidente entre ciudadanos,
un hombre entre trabajadores
que comenzaron a saber
que su destino no era obedecer
sino construir.

Si hoy hablo desde esta otra orilla
donde las preguntas ya no llegan con micrófono,
reafirmo la misma idea:
mi muerte pudo ser una noticia,
pero la vida de Chile
era y es un largo titular
escrito cada día
por las manos anónimas
que se levantan temprano.

Por eso, cuando me preguntaron
hasta dónde aguantaría,
pensé en esta respuesta silenciosa:
yo resistiría mientras me dieran las fuerzas,
pero el que resistía de verdad
era el pueblo que, sin escoltas ni cámaras,
seguía avanzando
sobre el filo del miedo
con la serenidad de quien sabe
que, más allá de cualquier gobierno,
tiene derecho a seguir caminando.

 

70.   LA LUZ QUE DEJA UN HOMBRE JUSTO

 

I. La herida que no se apaga

Aún oigo el eco
del día en que la patria tembló
como una campana rota.

No era solo un hombre
quien caía en el polvo oscuro,
era un modo entero de entender la vida,
una forma limpia de caminar entre los otros,
sin doblar la frente
ni torcer el alma.

Desde esta distancia
—que no es olvido,
que no es sombra—
vuelvo a mirar su nombre
como quien toca una piedra tibia
rescatada del fondo del río.

Allí comienza mi vigilia:
donde una muerte injusta
aprendió a hablar en silencio.

 

II. Retrato en la luz detenida

Él llevaba en la mirada
una claridad que no buscaba aplausos.

Era soldado
y era también
un artesano de la calma.

Sus manos podían sostener
la obediencia del acero
y al mismo tiempo
la fragilidad de un pincel mojado.

En su casa,
la pintura secaba lentamente
mientras el país respiraba inquieto,
y sus hijos crecían
sin saber que el destino
ya afilaba su hoja en la penumbra.

A veces pienso
que la patria entera
habría sido distinta
si hubiéramos conservado
esa mezcla de firmeza y ternura
que él dejaba al pasar.

 

III. El paso que abrió la sombra

Lo que ocurrió aquel día
no fue solo un crimen:
fue una grieta en el espejo
donde Chile se miraba.

Hasta entonces
las diferencias se resolvían
con la música transparente de la ley,
no con la violencia que acecha
en los bordes más pobres del espíritu.

Quisieron torcer
la columna de nuestro tiempo,
empujar a las Fuerzas Armadas
a un rostro que no era el suyo,
hacerlas hablar con palabras ajenas.

Pero él —quieto como un amanecer—
respondió siempre
con la sencillez de quien sabe
que la dignidad no admite desvíos.

 

 

 

IV. La doctrina que no se dobla

No entendieron
que su fidelidad
no era un gesto personal,
sino la prolongación
de una historia más antigua
que cualquiera de nosotros.

Quisieron romperlo
como quien rompe un candado
para entrar en la noche.

Y al asesinarlo,
solo revelaron
que desconocían la raíz del país:
esa quieta certeza
que une a un soldado
con su juramento,
a una institución
con la palabra que la sostiene,
al pueblo
con la memoria que lo guarda.

Él no habló por sí mismo:
habló por todos
los que jamás aceptarían
una orden nacida de la sombra.

 

V. Una muerte que enseña

Dicen que a veces
el sacrificio ilumina
más que la permanencia.

Su ausencia
cayó sobre Chile
como un relámpago detenido:
dolió,
partió,
rasgó las horas,
pero también dejó un resplandor
que no hemos sabido olvidar.

Los que intentaron destruir
la convivencia de un pueblo
no imaginaron
que estaban construyendo,
sin quererlo,
una advertencia eterna.

La patria aprende así:
con lágrimas,
con nombres escritos en silencio,
con vidas que no caben
en una sola despedida.

 

VI. La democracia que resiste

Desde este lado del tiempo
entiendo mejor
que ninguna violencia
puede matar lo que un pueblo
ha tejido con generaciones.

Podrán caer hombres justos,
pero no cae la conciencia
que los sostuvo.

La muerte de un soldado
no derriba a un país
cuando ese país
ha aprendido a levantarse
sobre su propia memoria.

Él se fue,
pero quedó su ejemplo
como un faro
que no admite mar oscuro.

La patria sabe
quiénes fueron sus verdugos
y sabe también
que la justicia de la historia
no necesita fusiles.

 

 

 

 

VII. La inmortalidad de la patria

Hay frases
que uno solo comprende
cuando el tiempo ha pasado.

Hoy sé
que la patria no es un territorio,
ni una bandera,
ni un gesto de mando:
es la suma
de las vidas que se entregan por ella
sin pedir nada a cambio.

Por eso digo,
desde esta voz que ya no envejece,
que ningún crimen,
ninguna noche,
ningún disparo,
puede matar a Chile.

La patria de Carrera y Rodríguez
renace en cada acto sencillo
donde un hombre
elige la rectitud
por sobre la ventaja.

Él cayó,
pero no cayó la tierra
que defendió con su lealtad.
Y esa tierra —lo sé—
es inmortal.

 

71.     AÑO SEGUNDO DE LA ESPERANZA SITIADA

 

I La casa en emergencia

Hoy cumplo años en una casa sitiada.
No por bayonetas visibles,
sino por decretos de emergencia
que han puesto al país en puntas de pie,
respirando despacio
para que no se rompa el vidrio
delgado de la convivencia.

No pude llamar a la plaza,
no quise convocar al grito abierto
cuando el aire estaba cruzado de miguelitos
y de sombras que buscaban incendiar el trigo.
Hablo desde un aniversario en penumbras,
midiendo cada palabra
como quien cuenta las llamas de una vela
que también es oxígeno.

Pero aun así, siento detrás de estas murallas
el rumor inmenso de los que no pudieron reunirse:
obreros con las manos manchadas de grasa,
campesinos que volvieron al surco,
mujeres que hicieron cola frente al pan
como si cada hogaza fuera un voto silencioso.

No hubo acto multitudinario,
pero hubo un país caminando a pie
para llegar al trabajo,
para abrir la escuela,
para encender el hospital.
Ese fue hoy mi desfile:
la procesión callada de los que siguen
sosteniendo el techo del futuro
cuando la tormenta golpea las ventanas.

Celebro estos dos años
sin estridencia ni banderas al viento:
los celebro en la respiración tensa
de una patria que no se rinde,
en este pulso de tierra
que decide seguir siendo ella misma
aunque la obliguen a oscurecer temprano.

 

II La democracia del pan compartido

Me encargaron cambiar la forma del pan,
no sólo repartirlo.
Me dijeron:
haz que no haya manos desnudas
frente a la mesa servida,
que la salud no se venda
como un billete de lotería,
que la casa no sea establo
ni la vejez un banco de plaza.

He aprendido que la democracia
no es una urna una vez cada cierto tiempo,
sino el vaso de leche
que llega a la boca pequeña a la misma hora,
el techo que no gotea
sobre el sueño de los niños,
el médico que escucha
sin preguntar el saldo de la billetera.

He visto cómo crece la matrícula
como un bosque de cuadernos abiertos,
cómo los viejos dejan de marchar
pidiendo una limosna de dignidad
porque la pensión, al fin,
no es un susurro de monedas frías.

No alcanzo, lo sé,
no alcanzo con todo mi cuerpo de hombre
a cubrir la distancia
entre la necesidad y el recurso,
entre la vivienda soñada
y el ladrillo que todavía falta.
Pero he empujado las puertas oxidadas
de la previsión y la escuela,
he nivelado asignaciones
como quien iguala el piso de una casa antigua
para que nadie tropiece
por haber nacido un peldaño más abajo.

La democracia económica
no es un lema que se agita en los balcones,
es el tiempo de trabajo que se abre,
la cesantía que retrocede como marea vencida,
la mujer que entra al consultorio
sabiendo que su embarazo
es también una tarea de la patria.

No he hecho milagros,
solo he intentado
que la justicia deje de ser discurso
y se pare en la puerta
de cada familia de este país.

 

 

III El cobre en la palma de la patria

Puse mi mano sobre la veta roja
y sentí que no tocaba un metal,
sino la columna vertebral de Chile.

Durante años el cobre fue un río invisible
que nacía en nuestras montañas
y desembocaba en oficinas lejanas,
donde otros contaban la corriente
moneda por moneda.
Nosotros teníamos la herida,
ellos el vendaje de oro.

Cuando dijimos “es nuestro”,
no pronunciamos una palabra nueva:
solo recuperamos la voz
que la tierra tenía desde antes
de cualquier bandera.

Entonces los gigantes sin rostro
hicieron sonar sus cadenas de papel:
tendidos eléctricos de embargos,
mapas de puertos marcados con tinta fría,
despachos redactados en idiomas lejanos
donde mi país era apenas un obstáculo
en la hoja de cálculo.

Vi cómo en Manhattan
levantaban un “cuarto de guerra”
no con fusiles sino con contratos,
y cómo seguían la ruta
de cada barco cargado de nuestro mineral
para atraparlo en la aduana del dinero.

Pero también vi otras manos,
las que no salen en las revistas:
obreros portuarios en Le Havre
deteniendo la máquina del lucro
un minuto, una jornada,
para decir que Chile no estaba solo;
cardenales que recordaban
que el cobre pertenece primero
al niño que necesita pan
antes que al balance de un directorio.

No me engaño:
este metal que brilla en la oscuridad
ha traído contra nosotros
la paciencia feroz del capital herido.
Pero si vuelvo al origen,
a la roca callada de la cordillera,
escucho la misma frase antigua:
“Soy de quienes me trabajan
y me sufren,
no de quienes me negocian a distancia”.

Hice solo eso:
poner el cobre de Chile
en la mano de Chile.
Lo demás es la larga respuesta del mundo
ante un pequeño país
que se atrevió a decir su nombre
en voz alta.

 

IV El pueblo que no se arrodilla

Creyeron que podían detenernos
clavando miguelitos en las rutas,
cruzando los caminos con alambradas de miedo,
apagando los motores
que llevaban pan y petróleo a las ciudades.

Quisieron parar al país
inmovilizando las ruedas,
pero se olvidaron de los pies.
Entonces vi trabajadores
recorrer kilómetros de madrugada,
como si el amanecer fuera una cinta transportadora
y cada paso un engranaje
de la producción salvada.

Mientras las hogueras del odio
levantaban barreras en las esquinas,
el pueblo respondía
con otra forma de fuego:
el de las calderas encendidas,
el de los hornos que no se apagaban,
el de los cuerpos jóvenes
cargando sacos en los puertos
y cajas en las estaciones,
reemplazando con hombros
lo que otros quisieron detener con llaves.

He visto médicos cruzar huelgas
para entrar al hospital,
ingenieros doblar turno
para que la luz no se apague,
empleados públicos extendiendo la jornada
como quien sostiene a pulso
un puente en el temblor.

Frente a los que sembraron clavos
en el asfalto nocturno,
se levantó la paciencia organizada
de las JAP,
las juntas de vecinos,
los frentes patrióticos de profesionales,
esa multitud de nombres
que la historia suele resumir
en una sola palabra: pueblo.

No idealizo: sé del cansancio,
de la rabia que a veces muerde por dentro,
de la fila frente al almacén cerrado.
Pero en estos días he aprendido
que un país se mide
no por la altura de sus edificios,
sino por la distancia
entre la invitación al caos
y la decisión de no aceptarla.

En este aniversario
puedo decirlo sin grandilocuencia:
el fascismo mostró su máscara
y no pudo asustar
a un pueblo acostumbrado
a mirarse a los ojos.

 

V Humanismo de la aurora por venir

No vine a gobernar una economía,
vine a cuidar rostros.
Detrás de cada cifra
veo un niño, una mujer, un anciano,
un estudiante que duda,
un trabajador que sueña cansado
apoyado en la baranda del bus.

Cuando hablo de socialismo
no pienso en mármoles ni consignas,
pienso en una familia
que cena sin miedo al mañana,
en un patio interior
donde la pobreza ya no sea
el huésped más antiguo.

Sé que hemos cometido errores,
algunos grandes, otros mezquinos,
y que el burocratismo
a veces entierra en papeles
la flor sencilla de una buena intención.
No me absuelvo:
he sentido en mi propia conciencia
la resistencia del aparato pesado
que debería servir con ligereza
y a veces se sirve a sí mismo.

Pero miro a mi alrededor
y veo algo que no existía así
cuando empecé este camino:
la mujer chilena de pie
ya no en la cocina silenciosa,
sino en la asamblea, en el sindicato,
en la fila de los que sostienen el cambio;
la juventud confundida y luminosa,
que aprende en el mismo gesto
a estudiar y a cavar zanjas,
a leer estadísticas y a descargar sacos.

Pienso en marzo que se acerca
como un examen de conciencia colectiva.
No son solo escaños en una Cámara:
es la pregunta que el país se hará a sí mismo
sobre su propio rostro.
Yo acepto ese veredicto
como quien acepta la luz del día:
no se la puede negociar ni posponer.

Al final de todos mis discursos
queda solo esto:
un hombre que sabe
que su vida es apenas un hilo
en la gran tela de la historia,
y que si ese hilo se cortara de pronto
el tejido seguiría,
porque ya no se teje con una sola mano,
sino con millones de dedos
que han descubierto su fuerza.

Mi tarea, en esta hora dura,
es persistir en el intento de un país
donde la economía obedezca al ser humano
y no al revés;
donde la libertad no sea un privilegio
sino un clima;
donde la justicia deje de ser promesa
y se vuelva costumbre.

Por eso, en este segundo aniversario,
no me ofrezco como héroe ni como mártir:
me ofrezco como servidor obstinado
de una esperanza colectiva,
convencido de que,
más allá de mi propia sombra,
el hombre nuevo de Chile
seguirá caminando hacia la aurora
que hoy apenas podemos entrever.

 

72.   CHILE LEVANTA LA VOZ DEL MUNDO

 

I La avenida encendida

Yo no hablo solo,
nunca hablé solo.
Cuando mi voz se levanta
no son cuerdas de garganta,
es la Avenida Bernardo O’Higgins
respirando por mi boca.

Camino hacia el micrófono
como quien sube
una larga escalera de hombros.
Cada peldaño es un obrero
que dejó su torno encendido,
una costurera que apagó la radio
pero no su esperanza,
un estudiante que vino
con los cuadernos aún tibios de tiza,
una madre que escondió el cansancio
debajo del delantal
para traerme sus manos como estandarte.

Yo los miro
y es Chile el que me mira:
no una suma de rostros,
sino un solo rostro inmenso,
hecho de polvo del norte
y de mares que rompen contra sí mismos,
de lluvia que golpea tejados pobres,
de cordilleras que aprietan el pecho del país
para que no se le escape el aliento.

Este no es un acto más,
me digo,
es un latido más fuerte
en el corazón de una ciudad insomne.
Siento cómo el aire
se vuelve patria en mi pecho;
lo respiro
y lo devuelvo en palabras.

Les hablo como médico
que ausculta a su pueblo
con el oído puesto en la multitud,
escuchando en cada aplauso
un soplo, un gemido, un júbilo,
y sé que el diagnóstico es claro:
no estamos enfermos de miedo,
sino de futuro.

Por eso digo “compañeras”
y la palabra se llena
de pañuelos que baten como gaviotas urbanas,
de ojos que han aprendido
a ponerse de pie en la noche;
digo “compañeros”
y suben desde los pies de la Alameda
bototos gastados, manos agrietadas,
arados invisibles cruzando el asfalto,
casas enteras que se han venido
a este pedazo de cielo
para hacerme responsable de sus techos.

No hablo para que me escuchen solamente;
hablo para escucharme en ellos,
para oír en mi propia voz
el murmullo incesante
de los que no pudieron venir,
del minero encendido en el socavón,
del campesino que mira la lluvia con recelo,
del anciano que cuenta sus monedas
como quien cuenta los últimos días del año,
del niño que alza su vaso de leche
sin saber que también levanta una bandera.

Yo sé que mañana
volverán a sus fábricas, a sus patios,
a sus cocinas llenas de vapor y preguntas,
pero este instante
no se irá de mi cuerpo.
La noche de la Avenida
quedará prendida en mi memoria
como una lámpara que nadie apaga:
la lámpara donde Chile se mira
y se reconoce digno,
pese al cansancio,
pese a las cicatrices,
pese al cerco de sombras que lo rodea.

Aquí, entre bocinazos lejanos
y vendedores que aún guardan sus canastos,
juro en silencio, para mí mismo,
que no olvidaré jamás
que este cargo
es apenas el nombre
que lleva un viejo sueño colectivo.
Que yo soy, nada más,
el sitio donde hoy se junta
la confianza de muchos
con la fragilidad de un solo hombre.

Y tiemblo un poco, sí,
no de temor,
sino de respeto
ante esta inmensa multitud
que me presta su voz
para que diga al mundo
una palabra sencilla y antigua:
Chile.

 

II Viaje con la patria sobre los hombros

No viajo solo.
Cuando el avión se alza
no despega un Presidente:
despega un país entero
que se sube conmigo a la madrugada.

En el asiento vecino
no hay un pasajero,
hay un campesino silencioso
que lleva en el bolsillo
una semilla de trigo
para que no se olvide el pan.
Más atrás,
una madre se seca las manos
en el delantal
y me entrega, sin saberlo,
el peso de los cuadernos de sus hijos,
ese deseo de que alguna vez
el lápiz escriba una vida distinta.

Sobre mis hombros embarcan
los socavones de cobre,
sus galerías como venas abiertas
que laten en la oscuridad;
embarcan los barrios que huelen
a comida escasa y a radio encendida,
las ciudades del norte
que en la noche cuentan estrellas
como quien cuenta salarios,
las lluvias interminables del sur
golpeando contra las ventanas
de una patria que duerme inquieta.

Cuando pienso en México,
no veo mapas:
veo manos que un día
alzaron el petróleo
como un sol recuperado.
Cuando pienso en Cuba,
no recito discursos:
recuerdo ojos que han aprendido
a caminar sin bajarse de la dignidad.
Cuando nombro a otros países,
no los nombro desde la frontera,
sino desde la esquina más humilde
de mi propio pueblo,
porque sé que el dolor tiene pasaporte común,
y que la esperanza se traduce
sin necesidad de intérpretes.

Llevo en mi maleta
no trajes ni condecoraciones,
sino cartas invisibles:
la del minero que me pide
que no se venda su trabajo por migajas,
la de la profesora que sueña
con un aula donde no falte
ni el pan ni el libro,
la del viejo jubilado
que quiere, simplemente,
no tener miedo a enfermarse.

Sé que me esperan salones
de alfombras gruesas
donde el eco pisa despacio,
micrófonos que agrandan la voz
pero no el alma de quien habla,
cámaras que se alimentan
de gestos y de frases perfectas.
Yo iré con mis imperfecciones a cuestas,
con mis dudas de hombre mortal,
con mi cansancio de médico viejo,
pero también con esta certeza:
no hay protocolo más grande
que la mano callosa
que me estrechan en las calles de Santiago.

Cuando me toque hablar
ante el mundo,
no quiero que se oiga mi nombre
como un bronce aislado.
Quiero que cada sílaba
lleve adentro la respiración
de los que trabajan de madrugada,
la espera paciente
de las que hacen fila en los consultorios,
el murmullo grave
de los que viajan colgados en la micro
para llegar, puntuales, al sustento.

Si pronuncio la palabra “dignidad”,
no será consigna,
será el rostro del obrero
que rechazó el salario fácil
a cambio de vender su conciencia.
Si pronuncio la palabra “paz”,
no será decoración de discurso,
será el cementerio que no quiero lleno,
la calle donde los niños puedan jugar
sin aprender el idioma de las balas.

Yo sé que otros hombres,
en otros tiempos,
también llevaron sus pueblos
dentro de una valija de cuero.
Pienso en ellos
cuando la noche se alarga sobre las nubes
y el avión es apenas
un punto tiritante en la negrura.
No estoy solo, me repito;
Chile viaja conmigo
como una carta sin retorno,
como una promesa escrita
en la letra temblorosa
de quienes me acompañaron en la Alameda
aquella tarde de noviembre.

Y me digo, en silencio,
que este viaje no es huida
ni descanso:
es un largo pasillo
entre la vulnerabilidad de mi país
y la sordera de un mundo distraído.
Voy a tocar esas puertas
con los nudillos de mi propia vida,
sabiendo que quizá no se abran todas,
pero que cada golpe
quedará sonando en la memoria del tiempo,
como cuando uno llama
a la puerta de una casa pobre
y, aunque no le abran,
adentro alguien se pregunta
quién estuvo llamando.

Así parto:
con la patria sobre los hombros,
con la historia respirándome en la nuca,
con el futuro incómodo
sentado en mis rodillas,
y con una sola plegaria laica
repetida hacia dentro,
mientras la ciudad se hace pequeña en la ventana:

Que no me falte valor
para decir la verdad del hombre sencillo,
que no me falte humildad
para recordar que sólo soy su voz prestada,
que no me falte ternura
para seguir creyendo
que incluso en los pasillos fríos del poder
puede entrar, alguna vez,
el viento caliente de un pueblo despierto.

 

73.   DE UN PAÍS PEQUEÑO PARA EL MUNDO

 

I la patria pequeña y entera

Vengo de un país angosto
que cabía en un mapa escolar
como una espina azul pegada al mar,
pero en mí cabía entero
como una sangre que no termina.

No traje coronas ni dogmas,
sólo el cansancio de tantos turnos humanos
bajo la lluvia de la historia.
Vi a mi pueblo estudiar a la luz de un foco desnudo,
levantarse de madrugada
para ir a sostener con sus manos la ciudad
que nunca lo nombraba.

Y sin embargo,
entre tribunales severos
y viejos edificios de paredes republicanas,
había una porfiada costumbre
de decir la palabra nosotros.
Allí aprendí que la libertad
no era un lujo de vitrinas doradas,
sino el derecho de cualquier niño
a pronunciar su nombre sin vergüenza,
que la democracia era un lápiz sencillo
que podía abrir la puerta del futuro
sin disparar una bala.

Yo vengo de ese país diminuto
donde la ley dormía en anaqueles polvorientos
y despertaba, de vez en cuando,
en la voz de los que nada tenían.
Vengo de la tierra que dio poetas
como quien entrega pan caliente,
de la patria donde una maestra triste
y un cartero enamorado
alcanzaron la altura de la palabra Nobel,
para decirle al mundo
que también desde el barro
se puede cantar.

Por eso, cuando hablo,
no hablo sólo por el hombre que fui,
sino por los miles de rostros
que se reflejan en mi memoria
como un río de ojos oscuros.
Soy la suma de sus pasos
sobre la calle gastada,
el eco de sus silencios
en las filas del hospital,
la voluntad pequeña y enorme
de no aceptar para siempre
una vida en voz baja.

 

II El pueblo entra en su propia historia

Durante siglos,
otros escribieron el libro de nuestra vida
con tinta ajena.
Éramos estadística,
mano de obra en un pie de página,
un número en la contabilidad de alguien
al otro lado del océano.

Yo vi esa humillación tatuada
en la espalda del obrero,
en la grieta de las manos campesinas,
en la mujer que vendía su jornada
por migajas de calendario.

Por eso dije:
es tiempo de que el pueblo
sea autor de su propia frase,
que sus dedos tiemblen
no sólo por el cansancio,
sino por el asombro de sostener el timón.

Llamé democracia económica
a ese gesto sencillo
de poner la producción del país
a favor de las bocas que madrugan,
no de las cuentas invisibles
que nunca pisan la tierra.

Quise que la fábrica
dejara de ser un templo privado
y se volviera casa de todos,
que la tierra abandonara
el apellido del latifundio
para aprender
el nombre sin apellidos de los que la trabajan.

No soñé con palacios para pocos,
sino con habitaciones dignas
donde el sueño no tuviera goteras.
Quise un país donde el salario
no fuera una limosna encubierta,
donde la jubilación
no se pareciera al abandono,
donde la leche en la taza del niño
fuera un derecho tan natural
como la luz de la mañana entrando por la ventana.

Si algo fui,
fui un hombre que creyó
que la justicia no es un adorno literario,
sino el pan partido en partes iguales,
la salud circulando como un río
sin estancarse en barrios elegidos,
el estudio abierto como una puerta
que no se cierra en la cara de nadie.

Lo repito ahora,
desde este tiempo sin relojes:
no quise sustituir un amo por otro,
quise que el pueblo dejara de ser sirviente
y se reconociera por fin
como dueño de su propio rostro.

 

III El cobre vuelve a la sangre

Hubo un metal rojo
que nació en nuestras montañas
como si la cordillera guardara
una reserva de auroras subterráneas.
Durante años bajó en trenes nocturnos
hacia barcos sin bandera en nuestra lengua.

Cada lingote era un trozo de amanecer
que se alejaba del país,
mientras en los ojos de muchos niños
seguía faltando
la simple chispa de una proteína.

Yo miré ese absurdo
como se mira una herida antigua:
un país pobre
exportando su propia riqueza
envuelta en silencio,
un pequeño territorio endeudado
hasta el cuello,
pagando intereses
como quien paga por respirar.

Entonces dije:
que el cobre vuelva a la sangre de Chile,
que no siga fluyendo
hacia la garganta insaciable
de quienes nunca han pisado nuestro polvo.

No hablé de venganza,
hablé de equilibrio.
No extendí la mano para arrebatar,
sino para corregir una cuenta imposible:
con treinta monedas invertidas
se habían llevado un océano de vida,
a cambio de promesas
de modernidad sin alma.

Quise que ese metal volviera a ser
lo que siempre debió ser:
escuela en lugar de cifra,
hospital en vez de estadística,
vivienda en lugar de balance artificioso.

Hablé ante el mundo
no como un comerciante en disputa,
sino como un hombre
que reclama el pan de su casa
cuando descubre
que se lo han llevado entero
para alimentar banquetes lejanos.

Hoy, desde esta distancia sin mapas,
pienso en el cobre
como en una metáfora de la dignidad:
no es sólo mineral,
es la decisión de un pueblo
de no seguir vendiendo barato su futuro
mientras compra caro
hasta el aire que respira.

 

IV Las sombras del cerco invisible

No nos bombardearon con ejércitos,
nos rodearon con cifras.
El asedio vino sin uniformes,
vestido de interés compuesto,
de crédito suspendido,
de préstamo que se retira
como un puente al que le quitan
las tablas de repente.

Yo sentí sobre la piel de Chile
un cerco silencioso:
las máquinas esperando repuestos que no llegaban,
los barcos demorados en puertos lejanos,
las cuentas congeladas
como si alguien hubiese decidido
interrumpir la respiración de un país.

No eran naciones,
eran empresas sin rostro,
con oficinas más grandes que algunos países,
con papeles capaces de firmar
sentencias de hambre.
No conocían el olor de nuestras calles,
pero podían oscurecerlas
con sólo levantar un teléfono.

Yo vi cómo las corporaciones
se paseaban sobre la soberanía
como si fuera una alfombra disponible,
cómo pretendían que el derecho internacional
fuera un traje a su medida,
un manual diseñado para proteger
no a los pueblos,
sino a sus balances de fin de año.

Hablé entonces de imperialismo
no como consigna,
sino como nombre preciso
para ese dedo invisible
que apretaba la garganta de mi pueblo
sin necesidad de disparar.

Quise desenmascarar
esa nueva forma de guerra
en la que no se bombardean ciudades,
se bombardean presupuestos;
no se ocupan territorios,
se ocupan mercados;
no se humillan ejércitos,
se humillan economías
hasta que un país entero
confunda la asfixia con el destino.

Hoy, desde esta altura sin estrados,
sigo creyendo
que la tarea de los hombres
es poner nombre a la injusticia
aunque venga disfrazada de contrato,
y recordar que ningún logo
por poderoso que parezca
vale más que el pan
que una madre coloca en la mesa.

 

V La voz de chile en la asamblea del mundo

Aquel día
no subió sólo un Presidente
a la tribuna de las Naciones.
Subió conmigo
el polvo de las minas,
la sal de los puertos,
las manos agrietadas que firmaron
con su esfuerzo anónimo
la historia que yo narraba.

Yo no fui a pedir limosnas,
fui a decir nuestro nombre
en voz plena.
Fui a recordar al mundo
que los países pequeños
no son patios traseros
ni vitrinas exóticas,
sino pueblos con derecho
a decidir sobre su propio pan,
su propio mar,
su propia muerte y su propia vida.

Hablé al Tercer Mundo
como quien se mira en un espejo:
sabía que en otras latitudes
los mismos barrios de miseria,
las mismas colas,
los mismos niños sin proteínas,
replicaban nuestro rostro
como una constelación de dolores repetidos.

Por eso dije:
somos potencialmente ricos
y realmente pobres,
exportamos capital
mientras importamos humillaciones,
somos millones de manos
convertidas en nota al pie
de los grandes informes.

Quise que esa Asamblea
escuchara por un instante
la respiración entrecortada
de los que siempre llegan tarde
a la mesa del reparto.
Hablé de mares que debían ser
patrimonio de la humanidad
y no botín de unos pocos,
de una carta de derechos económicos
que protegiera a los débiles
del abuso de los fuertes.

No llevé espadas,
llevé estadísticas
atravesadas de humanidad.
No llevé amenazas,
llevé preguntas:
¿qué clase de mundo construimos
si dos tercios de la especie
vive de rodillas?
¿de qué sirve la ciencia
si no logra que un niño
deje de acostarse con hambre?

Hoy, desde este lugar
donde ya no hay micrófonos
ni banderas alineadas,
sólo espero
que aquella voz haya dejado
una grieta en el mármol,
una duda en los dueños del mundo,
una certeza en los pueblos silenciosos:

que también desde un país angosto,
en la esquina lejana del mapa,
se puede hablar en nombre del hombre
y no avergonzarse de su altura,
que la dignidad de una nación pequeña
puede pararse en medio del planeta
y decir con calma:

yo elijo ser dueño de mi destino,
aunque me cueste más caro
que resignarme a vivir
con el alma hipotecada.

74.   REGRESO CON LA FUERZA DE LOS PUEBLOS

 

I El regreso y la plaza

Regresé a la plaza de piedra
como quien vuelve al propio corazón
después de un largo exilio de latitudes.

El aire de diciembre
era un pañuelo alzado
en miles de manos invisibles.
Vi los rostros,
las bocas abiertas en oleaje,
las gargantas encendidas
como lámparas de kerosén
en la noche antigua de Chile.

Yo venía cansado de kilómetros
y de alfombras de sombra diplomática,
traía en los zapatos
el polvo de aeropuertos sin memoria,
pero el grito de la plaza
entró en mi pecho
como un vino caliente en día de invierno.

Allí entendí otra vez
que un hombre solo
no sostiene a un país en los hombros,
que un mandato no es una banda
ni una firma en papel de decreto,
sino este latido colectivo
que sube desde las poblaciones
como un canto subterráneo.

Miré a mi alrededor
y vi al soldado digno,
al trabajador con manos de bronce,
a la madre con niño en brazos,
al viejo que apretaba los dientes
para no llorar de emoción en público.

Y dije para mis adentros,
como quien hace un juramento silencioso:
si alguna vez flaqueo,
si dudo,
si la noche del mundo me rodea,
será esta plaza de carne y de respiración
la que me recuerde
que no vine a buscar honores
sino a devolverle a mi pueblo
su propio nombre
en la lengua de la dignidad.

 

II Los pueblos que me miraron a los ojos

De Chile salí
con una despedida de viento multitudinario
y entré a otros cielos
donde la tierra tiene acentos distintos
pero la misma sed en la mirada.

En Perú,
un hermano de poncho y de historia
me tendió la mano sobre un mapa de cobre y de mar,
y en su voz escuché
el galope antiguo
de nuestros libertadores cansados.

En México
el pueblo bajó de las colinas
como un río colorido de sombreros y guitarras,
y entendí que Copiapó
había enviado, mucho antes que yo,
su pequeña semilla de solidaridad
en monedas arrancadas de la mina
para otra independencia lejana.

En Argelia
sentí la arena mezclada con sangre
convertida en cimiento de escuelas nuevas,
y un hombre alto, de uniforme severo,
me dijo que en dos años
Chile había entrado
para siempre
en la geografía de su pueblo.

Moscú fue una luz fría
con manos calientes,
una ciudad reconstruida
sobre sus propias heridas,
donde los estudiantes chilenos
aprendían otra manera de nombrar la esperanza.

Y Cuba,
cuando la noche se llenó de antorchas
y un millón de rostros
me miraron como si miraran a Chile entero,
me enseñó que hay islas
más grandes que todos los continentes,
hechas de memoria,
resistencia
y pan compartido.

No viajé para coleccionar honores,
ni para adornar discursos con postales.
Viajé para confirmar
que un país pequeño,
si lleva en la frente la simple palabra justicia,
se vuelve espejo
donde otros pueblos
se reconocen a sí mismos
y se animan a seguir respirando.

 

III Las pruebas invisibles

Desde lejos miraba a mi país
como quien ve su propia casa
rodeada por un viento que no se ve
pero que arranca tejados y ventanas.

No había cañones apuntando a nuestras plazas,
ni banderas enemigas cruzando las fronteras.
Había algo más sutil
y no menos duro:
una mano que giraba las llaves del mundo
para cerrarnos las puertas del pan y de las máquinas,
un murmullo en los bancos distantes
que convertía la palabra “crédito”
en muro infranqueable.

Para el niño
no había diferencia:
solo sabía
si llegaba o no llegaba la leche al vaso.
Para el obrero
la estadística internacional
era simplemente la fábrica parada
o el taller sin repuestos.
Para la madre
los acuerdos monetarios
tenían el tamaño del precio del pan.

Yo sentía sobre mis hombros
el peso de deudas antiguas
que otros habían firmado antes,
y sin embargo
no quise buscar culpables
en los archivos,
sino caminos
en la voluntad viva de la gente.

Por eso repetía
hasta dejarme la voz en las plazas:
no basta pedir más salario
si la tierra no entrega más trigo,
no basta exigir más billetes
si la máquina no gira,
la revolución no es un banquete inmediato
sino una mesa larga
que estamos construyendo para los hijos
que aún no han nacido.

En la soledad de las noches de viaje
me preguntaba,
como un padre que cuenta sus monedas:
¿podremos soportar estas pruebas invisibles,
este cerco sin rostro,
esta escasez que no es culpa del cielo
sino de decisiones remotas?

Y siempre,
siempre,
la respuesta que volvía
tenía la voz plural de Chile:
un obrero que no abandonó la línea de producción,
una enfermera que trabajó doble turno,
un campesino que sembró a tiempo
a pesar de los camiones detenidos.

Allí entendí
que mi deber no era ofrecer consuelo fácil,
sino decir la verdad completa
y convocar a un coraje
que no se aprende en los libros
sino en la historia vivida
de un pueblo que decide madurar de golpe
en medio de la tormenta.

 

IV El azúcar compartida

Fue en La Habana
cuando comprendí de un modo
que ya nunca se olvida
qué significa la palabra “hermano”.

Yo hablé de Chile,
de nuestras noches con estanterías vacías,
de las cuentas que no cuadraban
aunque el corazón insistiera,
y entonces Fidel
se volvió hacia su pueblo
como quien abre una ventana.

Les habló del azúcar,
no como mercancía,
sino como parte del cuerpo:
dos kilos por persona,
tres kilos,
cuatro en algunos lugares,
la medida dulce de la vida cotidiana.

Y propuso,
con una sencillez que cortaba el aire:
“renunciemos a medio kilo,
renunciemos a un kilo,
para que Chile
no tenga que comprar lo que hoy no puede pagar,
para que ese azúcar viaje
como una carta de amor
en sacos blancos sobre el mar”.

Entonces vi algo
que todavía me vence la voz:
un millón de manos levantadas
aceptando perder un poco de dulzura
en su propia mesa
para poner un poco de dulzura
en la mesa ajena.

Yo, que había hablado tantas veces
de internacionalismo y de solidaridad,
sentí que esas palabras
se volvían de carne y hueso
en la decisión de cada familia
que contaría cucharadas
con más cuidado
para que mis compatriotas
no contaran lágrimas.

Supe, en ese instante,
que desde ese día
cada grano de azúcar que llegara a Chile
tendría nombre y apellido:
la niña cubana que compartía su desayuno,
el viejo que endulzaba menos su café,
la mujer que guardaba en silencio
un sobre de cristal blanco
como si fuera un tesoro.

Y me dije,
no como Presidente
sino como hombre:
no tenemos derecho
a fallarles a esos rostros,
no tenemos derecho
a recibir este sacrificio
sin responder con trabajo,
con honestidad,
con una fraternidad resuelta
que no se quede en discursos.

Porque ser revolucionario,
aprendí esa noche,
no es agitar consignas,
sino aceptar
que la propia comodidad
no vale lo mismo
que el hambre de otro.

Desde la posteridad
vuelvo a ese millón de sombras
con antorchas en la plaza,
y vuelvo a decirles,
a ellos y a mi propio pueblo:
no importa cuántas veces cambie la historia,
este gesto de azúcar compartida
será siempre
una de las alturas más puras
a las que llegamos los seres humanos
cuando recordamos
que nadie se salva solo.

 

 

75.    EL PUEBLO Y EL PUERTO

 

I La organización de la esperanza

Yo vi cómo el ruido de las cacerolas
quería tapar el pulso de la plaza,
pero más fuerte que el metal vacío
era el latido oscuro de las mujeres del pueblo,
sus manos fatigadas de hacer cola
alzadas como antorchas en Valparaíso.

No hablen de consignas:
hablen del cuaderno manchado de aceite
donde una madre anota el precio del pan,
hablen de la espalda que carga la olla
y aun así se abre paso entre la multitud
para decirme en silencio: “no abandones”.

Yo aprendí que organizar al pueblo
no es ponerlo en fila como soldados cansados,
sino devolverle a cada rostro
su nombre verdadero,
a cada casa una palabra,
a cada barrio una memoria compartida.

La organización de la esperanza
no nace del grito que se apaga en la esquina,
sino del modo en que una vecina
parte el pan en partes iguales,
del gesto de quien renuncia a un litro de azúcar
para que un niño desconocido tenga leche mañana.

He visto el rostro de la pobreza
como un puerto sin barcos,
he visto al hambre disfrazarse de mercado
y al mercado disfrazarse de destino inevitable.
Yo vine a decir que no,
que el destino también se escribe
con letra temblorosa en la asamblea del barrio.

Organizar al pueblo
es enseñarle a mirar sus propias manos
como si fueran una lámpara antigua,
un mapa,
una llave que no conocía su cerradura.
Es decirle:
la dignidad no se mendiga,
se construye ladrillo a ladrillo
en el taller, en la escuela, en la cocina.

Y mientras las cacerolas huecas
repiten su metal sin memoria,
yo oigo otra música silenciosa:
la de las colas donde la gente conversa,
la de las JAP buscando justicia en la libreta,
la de las mujeres que regresan a casa
sin odio en los ojos,
pero con una decisión nueva en la frente.

No organizamos filas:
organizamos conciencia.
No organizamos coros de aplausos:
organizamos la lenta y difícil tarea
de que cada hombre y cada mujer
sepa por qué vive,
por qué trabaja,
y por quién está dispuesto a sacrificarse.

Porque yo aprendí,
en Valparaíso y en todo Chile,
que el pueblo no es una palabra en los discursos:
es una multitud de nombres propios
que se encuentran un día en la plaza
y descubren,
con una mezcla de miedo y de alegría,
que no están solos.

 

 

II La responsabilidad del mandato

Yo no estoy “de prestado” en la historia:
me fue entregada como una antorcha pesada,
como un abrigo que no se quita ni en verano,
como una carta sin firma
que el pueblo me puso en las manos.

Ser Presidente, me digo desde la distancia,
no fue sentarse en un sillón de confort cansado,
sino aprender a dormir con un país en la frente,
a comer con cifras de deuda en el plato,
a respirar mientras el cobre
se volvía una palabra sitiada.

Mi mandato no terminaba en una fecha:
acababa en la conciencia de los que vendrían después.
Cada decisión era un surco en la tierra,
cada error, una piedra que otros tropezarían,
cada acierto, una semilla que no vería madurar.

Yo hablé ante el mundo con voz de país pequeño
y oí cómo se levantaban de sus sillas
los representantes de pueblos muy lejanos.
No aplaudían a un hombre:
reconocían en mi discurso
el eco de sus propias derrotas y esperanzas.

Pero la verdadera responsabilidad
no estaba en las tribunas extranjeras,
sino en la cocina sin carne de una población,
en el cuaderno de un niño que aprendía a leer,
en la vejez que esperaba una pensión más digna
como quien espera el amanecer detrás de un muro.

A veces dudé,
porque también el que manda es un hombre cansado,
y las noches tenían preguntas sin respuesta
que no cabían en los diarios.
Pero al amanecer,
la voz de los trabajadores
subía como una marea hacia La Moneda
y me recordaba
que mi soledad era de todos.

No se gobierna con valentía heroica
todos los días del año.
A veces se gobierna
midiendo el precio del pan
contra el peso del cobre,
y el peso del cobre
contra la dignidad de un pueblo
que ya no acepta bajar la cabeza.

Mi responsabilidad fue ésta:
no traicionar la fe de quienes nunca conocí,
no vender el futuro en la mesa de los poderosos,
no usar la palabra “pueblo”
para ocultar la derrota de los humildes.

Por eso digo, desde la posteridad:
si alguna vez me equivoqué en los cálculos,
no fue por mezquindad,
sino por creer demasiado
en la capacidad del hombre
para levantar un país con las manos vacías.

La responsabilidad del mandato
es saber que el cargo pasa
y el dolor de la gente queda.
Que la banda presidencial es un recuerdo,
pero el hambre de un niño
es un presente que no admite demora.

Yo acepté ese peso
no como quien acepta un honor,
sino como quien se pone un chaleco al borde del mar
para lanzarse a aguas frías
sabiendo que otros,
en la orilla,
miran sus propios miedos reflejados en mi cuerpo.

 

III La patria que se escribe en Valparaíso

En Valparaíso,
la patria deja de ser un mapa abstracto
y se vuelve escalera,
ranura de luz entre planchas oxidadas,
olor a mar subiendo por las quebradas.

Yo nací a la vida política en este puerto,
entre cerros que se inclinan hacia el océano
como oídos gigantescos,
como tribunas de madera
desde donde el pueblo escucha su propio nombre.

Valparaíso no es una estadística en los discursos:
es la mano que abre un grifo en la altura,
el niño que descubre la luz en la pieza estrecha,
la sirena de un barco que saluda a la madrugada
como un viejo amigo que nunca se marcha del todo.

Cuando hablo de viviendas y hospitales,
no hablo de cifras:
hablo del frío que conocí en los pasillos,
de la lluvia entrando por techos desfondados,
del cansancio de los que bajan y suben cerros
buscando en cada peldaño
una razón para quedarse en esta tierra.

Valparaíso me enseñó
que la patria no cabe en un solo paisaje.
Es el copihue que trepa en la Escuela Blas Cuevas,
es el parque que lleva un nombre extranjero
y sin embargo es chileno en cada pisada,
es la lámpara nueva encendida en un pasaje
que antes solo conocía la sombra.

Yo quise escribir la patria
con cemento y con aulas,
con consultorios que recogieran la fiebre del niño
antes que la fiebre lo recogiera a él,
con muelles que fueran manos abiertas
y no solo fierros herrumbrados frente al mar.

Quizás otros vean en mis palabras
solo una enumeración de obras.
Yo miro desde la distancia
y veo otra cosa:
veo a la anciana que sube al ascensor reparado
y siente que también ella, por fin, sube en la historia;
veo al obrero que toma el bus nuevo
y piensa que el trayecto a su trabajo
no es solo una condena sino una promesa.

Valparaíso es mi espejo:
cuando digo que volveré a este puerto
después del mandato,
no hablo de descanso.
Hablo de hundir mis manos en su memoria salada,
de caminar sus calles como un ciudadano más,
de escuchar de nuevo a los vendedores del puerto
y a los poetas que beben frente al mar.

Si alguna vez mi nombre se borra de los libros,
quiero que quede al menos
en la curva de un cerro,
en el recuerdo de una escuela inaugurada,
en la frase sencilla de una madre que diga:
“aquí cambió algo cuando él pasó por esta ciudad”.

Porque la patria,
lo aprendí en Valparaíso,
no es una idea colgada en los balcones:
es la suma silenciosa
de millones de pequeñas mejoras
que permiten que un niño mire el horizonte
y no tenga miedo de desear un futuro.

Y si hoy hablo desde la posteridad,
mi voz vuelve primero a este puerto:
a los techos inclinados hacia el mar,
a las luces titilando como estrellas cansadas,
a las mujeres que un día, en la plaza,
levantaron sus manos
y sin saberlo
escribieron conmigo
una página de la patria.

 

 

76.   EL CORAZÓN DEL PUEBLO EN MARCHA

 

I El estadio como corazón

Yo hablo
y el estadio respira conmigo.

No son gradas,
no es cemento,
no es una boca enorme gritando consignas:
es un solo pecho,
una gran caja torácica de pueblo
que se expande y contrae
al ritmo de miles de pechos pequeños.

Aquí, donde el rumor se hace marea,
donde la voz sube por las escaleras
como una hoguera que busca cielo,
yo no soy un hombre en una tarima:
soy apenas la cuerda tensa
que une esta multitud con su destino.

Rolando se ha ido,
lo sé,
pero su guitarra no obedece a la muerte.
Vive en la sílaba que tiembla,
en el paso del obrero que entra al estadio,
en la mujer que alza al niño
para que vea al “compañero Presidente”
y en realidad vea su propio futuro.

Pienso en Pablo,
atracado en Isla Negra
como un viejo barco cargado de mareas.
Me llamó para decirme:
“no puedo estar lejos
del mar que me escribió los huesos,
déjame volver a mi pueblo,
a su combate,
a su esperanza”.

Y entonces comprendo
que no estamos reunidos por una elección,
ni por un nombre,
ni por un color cualquiera de bandera.
Nos reúne algo más antiguo y más grande:
el hambre de dignidad,
el deseo de que la vida
no sea una larga cola frente a nada,
la certeza de que un país
no puede seguir siendo una casa
donde sólo algunos tienen llave.

Yo miro la cancha inundada de rostros
y veo un organismo vivo:
las mujeres que sufren la especulación
y sin embargo se plantan como faros,
los jóvenes que han aprendido
que un canto puede ser también un trabajo,
los viejos que ya no quieren morir
en la antesala de un hospital imposible.

En este estadio
he dejado de pertenecerme:
mi voz se confunde con la del último
que llegó corriendo desde la periferia,
con la de la muchacha
que dejó la olla a medio fuego,
con la del niño que no conoce la palabra “imperialismo”
pero conoce el sabor de la leche que faltaba.

No hablo para ganar un aplauso,
hablo porque el silencio sería traición.
Hablo para decir:
no soy un héroe tallado en bronce,
soy un médico que aprendió
que no basta curar cuerpos aislados
cuando la enfermedad habita en la estructura del mundo.

Este estadio es hoy
un corazón gigantesco,
sitiado por la amenaza y la mentira,
pero latiendo todavía
con una porfía antigua:
la de creer que la historia
también puede escribirse
con manos callosas,
con gargantas roncas,
con ojos cansados pero despiertos.

 

II La imparcialidad y el fuego

Me exigen ser de piedra,
un árbitro sin sangre,
un notario que sella decretos
y no sueña con nadie.

Pero yo no nací para ver
cómo el dolor se sienta en la mesa
y reparte pan sólo a un lado del mantel.

Como Presidente
debo garantizar que la ley sea un río
que no cambie de cauce
según el apellido del que la cruza.
Por eso nombro generales
donde antes hubo operadores,
por eso repito que las urnas
no pueden ser un truco de prestidigitador
en manos del más fuerte.

La imparcialidad, para mí,
no es una silla cómoda
en el centro del salón:
es un filo que me corta
entre la obligación y el deseo,
entre el deber de garantizar
y el deber de denunciar.

No soy neutral.
Neutral sería mirar hacia otro lado
cuando la mentira incendia titulares,
cuando la intriga envenena los teléfonos,
cuando se convoca al caos
como quien invita a un banquete.

Yo escucho el murmullo frío
de los que sueñan con interrumpir
no mi vida,
sino la respiración de un pueblo.
Y sé que debo decir:
no he llegado aquí de prestado,
no ocupo una silla ajena,
no soy un ocupante pasajero de la voluntad popular.

Mi mandato tiene fecha,
mi destino tiene límite,
mi cuerpo tiene miedo como todos,
pero hay algo sin fecha
que me atraviesa:
la responsabilidad ante los que vendrán.

No puedo permitir
que la historia de estos años
sea sólo una nota al pie
en el libro de las traiciones.
No puedo aceptar
que se cambie el verbo “construir”
por ese verbo silencioso
con que se derriban los sueños.

Por eso digo:
respetaré al que discrepa dentro de la ley,
pero no bendeciré al que cava túneles
bajo los cimientos del país.

La democracia que defiendo
no es un retrato colgado en la pared,
es un taller en movimiento,
un pan compartido,
un niño que pregunta sin miedo,
una mujer que vota sin permiso.

En mí se encuentran
un médico que quiso aliviar dolores concretos
y un dirigente que ha aprendido
que también la dignidad
puede enfermar de abandono.

Imparcialidad, sí:
la misma para el que me acusa
y para el que me aclama.
Pero jamás neutralidad
entre la vida y la sombra,
entre la verdad torpe pero honesta
y la mentira brillante pero mortal.

Llevo en el pecho dos fuegos:
la serenidad de la ley
y la indignación del hombre.
Camino sobre esa cuerda tensa
sabiendo que, si caigo,
no debo arrastrar conmigo
la esperanza de mi pueblo.

 

III La mesa del pan escaso

He visto el rostro de la inflación
en la cara demacrada
de una dueña de casa
que ha hecho filas
más largas que su paciencia.

He sentido el ruido metálico
de las monedas gastadas
chocar contra vitrinas vacías,
y detrás de ese ruido
he escuchado la risa muda
del acaparador que cuenta billetes
en una pieza sin ventanas.

No necesito que me expliquen la economía
como una fórmula en un pizarrón.
La he visto escrita
en el plato que no alcanza,
en el niño que toma café en vez de leche,
en el obrero que llega tarde
no por pereza
sino por caminar kilómetros
cuando los camiones decidieron
no recordar su ruta.

Sé que gobernar
no es distribuir abundancias imaginarias
sino enfrentar la pobreza real del mundo,
las sequías de otros países,
la caída del precio de un metal
que sostiene nuestras escuelas,
el bloqueo invisible
de los que prefieren vernos de rodillas.

Yo he dicho:
se nos pasó la mano
al repartir con justicia,
y no me arrepiento.
Porque la mano que se “pasa”
para el lado del pueblo
es la misma que durante siglos
se pasó para el lado contrario.

Pero también sé
que el billete sin respaldo
es un fantasma que se venga.
Que la demanda sin producción
es una promesa vacía.
Que el mercado negro
no nace en el corazón de la mujer sencilla,
sino en los subterráneos
de quienes tienen bodegas y tiempo.

Por eso, cuando hablo
de canasta familiar, de abastecimiento,
no pronuncio tecnicismos:
veo una cocina humilde
donde una madre cuenta las papas
como si contara días de invierno.
Veo la necesidad de organizarse
para que un litro de aceite
no se convierta en arma de chantaje,
para que una bolsa de azúcar
no valga más que una conciencia limpia.

No quiero la tarjeta humillante
del racionamiento de otros tiempos,
pero tampoco acepto
que la libertad se disfrace
de “derecho” a esconder alimentos.

Organizar al pueblo
no es militarizar el hambre:
es ponerle inteligencia al dolor,
es hacer que cada barrio
se mire las manos
y descubra que juntas
pueden más que un almacén a oscuras.

Yo hablo de producción,
y no pienso sólo en fábricas y tractores.
Pienso en la disciplina
como un acto de amor,
en el obrero que llega a la hora
no por miedo,
sino porque entiende
que cada minuto de trabajo
es una muralla menos
entre su hijo y el futuro.

La economía para mí
es este dilema sencillo y terrible:
o ponemos al centro de todo
la mesa donde se sienta el pueblo,
o seguiremos adorando números
mientras la gente
come estadísticas.

No quiero un país
de balances tranquilos
y almas en bancarrota.
Quiero que, algún día,
cuando ya no esté,
una mujer anónima pueda decir:
“hubo escasez, hubo colas,
pero alguien intentó de veras
que la justicia no fuera
sólo una palabra en el aire”.

 

IV Chile escrito en el cielo del mundo

He visto el nombre de mi país
brillar en los periódicos extranjeros
como un astro pequeño
descubierto de pronto en la noche.

No es mi nombre el que viaja,
aunque me aplaudan en alguna asamblea
o me reciban con honores glaciales.
Viaja el rostro de un obrero
que nunca saldrá de su barrio,
la mirada de una campesina
que no conoce la palabra “diplomacia”
pero sabe lo que es la tierra mojada,
la risa tímida de un niño
que aprende a leer
en una escuela recién levantada.

Cuando subí a la tribuna de las Naciones,
no llevé un discurso de vanidad personal:
llevé la radiografía
de nuestras cicatrices,
el mapa de nuestros dolores.
Hablé de empresas sin rostro,
de divisas que se van como agua,
de pueblos convertidos en proveedoras mudas
de la fiesta ajena.

Y vi hombres y mujeres
de otros continentes
asentir en silencio,
como quien reconoce en otro
la misma enfermedad antigua.

En Argelia,
un hombre me dijo
que ahora en sus plazas
se habla de Chile como ejemplo.
En Cuba,
un pueblo entero decidió
renunciar a un puñado de azúcar
para que nuestros niños
tuvieran un poco más de dulzura.
En otras latitudes,
el frío no impidió
que salieran a las calles
a saludar a un país
que quiso intentar
una ruta sin fusiles desatados.

Yo sé que ese respeto
no es un trofeo para mi despacho.
Es un crédito moral
que el mundo le otorga a Chile
y que Chile debe pagar
no con sumisión
sino con consecuencia.

Cuando pienso en todo esto,
no puedo aceptar
que la historia nuestra
se reduzca a un fracaso repentino,
a un golpe seco
en medio de la construcción lenta.

Somos parte
de una larga caravana humana
que busca la misma cosa
con nombres distintos:
una vida más digna,
un trabajo que no destruya,
una casa que no se caiga,
una patria que no se venda como mercancía.

He aprendido que el socialismo
no es una consigna de mural,
sino el intento obstinado
de poner la dignidad por encima
del beneficio de unos pocos.

He aprendido
que la revolución verdadera
no se mide por el estruendo de las armas,
sino por la profundidad
con que transforma el destino
de los más pequeños.

Desde esta posteridad
en que me pides que hable,
yo miro hacia atrás
y no me pregunto
si ganamos o perdimos una elección,
sino si estuvimos a la altura
del hombre que queríamos rescatar:
ese trabajador que alza la vista,
esa mujer que levanta su palabra,
ese joven que decide
que su vida no será alquilada
al mejor postor.

Si algo quisiera dejar escrito
en el cielo del mundo,
no es mi firma,
no es mi rostro en mármol,
sino una frase sencilla:

“Aquí vivió un pueblo
que se atrevió a intentar
que la justicia fuera cotidiana,
que la libertad tuviera pan,
que la esperanza no fuera
un lujo de pocos”.

Y si alguien,
alguna vez,
lee esa frase desde lejos,
entienda que no hablamos
de héroes individuales,
sino de un país entero
que quiso, aunque doliera,
ser dueño de su propio destino.

 

 

 

77.     BALCONES DE VIGILIAS Y CONCIENCIA

 

I. La serenidad que resiste

Desde este balcón antiguo
donde la historia apoya su frente fatigada,
mi voz busca la serenidad
como si en ella latiera el pulso secreto de Chile.

No hablo para la cólera,
no convoco al viento que destruye los techos,
hablo para el hombre que camina entre sombras
y sabe que un paso equivocado
puede abrir la puerta del abismo.

He visto agitarse a los jóvenes
como ramas temblorosas bajo la lluvia del miedo,
he visto manos que no eran suyas
empujarlos hacia la piedra que divide.
Y yo, solo,
he debido nombrar la calma,
como quien sostiene con su pecho
la última tabla de un puente.

 

II. La sombra infiltrada

En las calles donde la juventud debería florecer,
vi deslizarse sombras que no tienen patria
ni memoria,
infiltrando su filo entre los pasos inocentes.

Yo no acuso al muchacho que grita
sin entender hacia dónde lo empujan,
acuso al eco oculto que lo maneja,
al invisible que sopla incendios
en la madera verde de su vida.

Y digo desde aquí,
desde la piedra venerable que sostiene mi voz,
que a veces defender al pueblo
es impedir que otro lo use para quebrarlo.

 

 

III. La voz golpeada de octubre

Aún guardo en mi sangre
el temblor de aquel octubre
donde la noche quiso desnudarse en caos,
y el pueblo,
con la firmeza de un viejo roble,
sostuvo la tierra para que no se partiera.

Aquella vez aprendimos todos
que hay batallas silenciosas
donde no se ve la herida,
pero tiembla entera la columna
que une al hombre con el destino.

Yo hablo desde esa memoria:
la de un país que casi se pierde,
y que, al borde del filo,
fue salvado por obreros de manos limpias
y por la dignidad
que no abandona al que sabe de dónde viene.

 

IV. La unidad que se prueba en la noche

Quisieron llevarnos a la trampa:
poner obrero contra obrero,
sembrar la sospecha
como un animal hambriento
entre nuestras casas.

Pero la unidad verdadera
no nace del grito ni del fervor de una tarde:
nace cuando la historia nos examina
en silencio,
cuando la sombra del miedo nos roza,
y aun así extendemos la mano
sin preguntar el nombre del otro.

Yo he visto a Chile
aprender esta lección en la oscuridad:
que el enemigo no está en la multitud,
sino en el que afila el miedo
para dividir su corazón.

 

V. La investigación como acto de dignidad

Sé lo que esperan de mí,
sé que quisieran algunos
que yo devolviera golpe por golpe
cada herida abierta en estas calles.

Pero mi deber es otro:
no incendiar los puentes,
no clavar espinas en el pecho de Chile,
sino nombrar la justicia,
aunque duela,
aunque enfrente los rostros
que quisieran ocultar sus manos.

Investigar es también
honrar a la patria.
Investigar es impedir
que el rencor escriba las leyes
que luego nos gobernarán en silencio.

 

VI. El peso del balcón

Este balcón no es de piedra:
es un umbral, un respiradero del país
donde el aire llega
cargado de voces, de dudas, de heridas.

Aquí he aprendido
que la soledad del que gobierna
no es un vacío,
sino una multitud que respira en su pecho.

Yo no miro desde arriba:
miro desde adentro,
como quien hunde las manos en la tierra
para saber si aún está viva.

 

VII. Hacia el primero de mayo

Sé que vendrá el día
en que la multitud se alce
como un río claro
y llene las plazas de su propia luz.

Ese día hablaré,
no para ordenar,
sino para recordarles
que este país de montañas vigilantes
se sostiene sólo cuando su pueblo
camina sin miedo
y cuando cada trabajador
es columna, raíz, mano tendida.

El primero de mayo
es el espejo donde Chile mira su alma:
ojalá la encuentre unida,
respirable,
digna.

 

VIII. El gesto y la conciencia

Mientras camino de regreso
por los pasillos silenciosos de La Moneda,
pienso en los que se fueron tranquilos,
en los que hoy regresan a sus casas
sin doblar una esquina del odio.

Ese gesto —tan simple—
es también una victoria.

Porque cada noche que evitamos el fuego
es un amanecer que salvamos
para nuestros hijos.

La conciencia no grita:
susurra,
y el que sabe escucharla
puede sostener un país entero
con la sola fuerza de sus manos abiertas.

 

78.   EL DÍA QUE HABLÉ CON EL CORAZÓN DEL PUEBLO

 

I.                     La serenidad en la multitud

Este primero de mayo
no es un calendario colgado en la pared del ministerio,
es un corazón multiplicado
bajo las banderas húmedas de resuello y carbón.

Yo miro la plaza desde mi altura cercada
y no veo un mitin:
veo el largo camino de zapatos gastados,
las manos curtidas que aprendieron a escribir su nombre
en el libro invisible de la historia.

Hablan de mármol, de balas, de discursos;
yo hablo de José Ricardo,
del muchacho que no alcanzó a envejecer en la fábrica,
de la camisa agujereada por el odio
que creyó detener con su pecho
el viento negro de la historia.

No les pido silencio,
porque cada uno guarda en el pecho
un pequeño cementerio de compañeros,
una cruz sin madera,
un número de ficha enrojecido por el tiempo.

Estoy de pie sobre un temblor:
sé que un grito de más puede encender la pólvora,
sé que una palabra de menos puede dejar solos
a los que marchan descalzos entre buses incendiados
y vitrinas rotas.

Por eso les hablo de serenidad,
no como quien pide calma al miedo,
sino como quien pide pulso firme
al cirujano que sostiene la vida entre sus dedos.

Mi voz pesa cada sílaba
para no empujar a un solo niño
hacia la piedra que vuela,
para no abandonar a una sola madre
en la esquina donde la violencia espera con los dientes desnudos.

Yo he aprendido que gobernar
es caminar por el borde
de una copa rebosante de rabia y esperanza:
una inclinación mínima
y se derrama la sangre,
otra inclinación
y se apaga la justicia.

En medio del rugido,
pido serenidad revolucionaria
como quien pide aire en una mina inundada:
no para retroceder,
sino para que cada paso
caiga en su sitio exacto sobre la montaña.

Y cuando la multitud se disuelve por las calles,
cuando sólo quedan papeles y ecos sobre el pavimento,
yo me quedo solo con mis muertos,
con el joven Ahumada,
con Schneider,
con los anónimos que nadie llorará en los diarios,
y les prometo en voz baja
que la serenidad que pido
no es cobardía
sino el hilo delgado
con que intento coser
la herida abierta de mi pueblo.

 

II.                 La guerra que no quiero

He oído pronunciar la palabra “guerra”
con la misma ligereza con que se pide un vaso de agua.
La escriben en papeles relucientes,
la susurran en salones alfombrados,
la mastican como un juego táctico
sobre mapas sin rostros.

Yo la conozco de otro modo:
la he visto escondida en los hospitales,
en los vagones oscuros donde viajan los heridos,
en la mano que firma el telegrama
que nunca quisiéramos entregar.

No quiero una guerra civil:
no quiero hermanos disparando contra hermanos,
ni fusiles apuntando a la frente
de la misma hambre que los empuñó primero.

He jurado andar por un filo estrecho:
abrir puertas sin derribar la casa,
cambiar la entraña del país
sin dejarlo desangrado en la camilla.

Sé que me acusan por ello:
unos porque avanzo demasiado,
otros porque no corro lo suficiente.
Yo sólo sé que cada madrugada
me siento ante una balanza invisible:
en un plato, la prisa de siglos;
en el otro, la fragilidad de los cuerpos,
la carne concreta de mi pueblo.

Puedo llamar al pueblo a la calle,
a la ola invencible de los que nada tienen
salvo sus manos;
pero antes de hacerlo
cuento los niños que cruzan la avenida,
las ancianas que esperan en las colas,
los trabajadores que sólo desean
volver vivos a casa después del turno.

Si alguna vez
la violencia empuja la puerta de mi casa
hasta descuajaringar sus goznes,
si algún día tratan de arrancar de cuajo
la voluntad de este pueblo,
entonces sí,
hablaré al país con la severidad del último recurso,
y sabrán que no he mendigado la paz
por miedo,
sino que he defendido la vida
como el bien más alto
de la revolución que llevo en el pecho.

La historia no se hace jugando a soldaditos
en las editoriales ni en los clubes cerrados:
se hace con huesos reales,
con sangre real,
con madres reales que velan al hijo caído.

Por eso repito,
en esta plaza que tiembla bajo los pies del pueblo:
no queremos la guerra;
no la llamamos,
no la celebramos,
no la escribimos en pancartas triunfales.

Y sin embargo,
si algún día llega como un animal rabioso,
tendrá delante
no a un hombre que se rinde,
sino a un pueblo entero
que habrá hecho todo lo posible
por evitarla.

 

III.              El cobre y el trigo en mis manos

He tenido en las manos
dos sustancias sagradas,
invisibles y pesadas:
el cobre
y el trigo.

No son cifras en un informe,
no son renglones en un presupuesto:
son el pan y el sueldo,
la escuela y el remedio,
el techo que amanece o se derrumba
sobre la familia que espera.

Pienso en El Teniente cuando se detiene,
en la faja metálica que deja de latir
apenas un día,
y siento en el pecho
el ruido mudo de millones de dólares
que nunca llegarán a ser leche,
vacunas,
libros sobre las mesas.

Miro a mis viejos compañeros mineros
y les hablo
como quien habla a sus propios pulmones:
ustedes son la arteria roja del país,
el latido que se escucha
más allá de nuestras fronteras.
Cada tonelada que no nace
es un hospital que no se construye,
un tractor que no recorre la tierra hambrienta.

Pienso luego en el trigo,
en ese otro mineral dorado
que crece hacia arriba,
buscando el sol.
Chile importa barcos enteros de grano
mientras sus campos aún guardan
porciones de pereza,
parcelas no aradas,
semillas no sembradas.

No culpo al campesino,
que ha sido tantas veces olvidado;
le tiendo la mano
y le digo:
ahora la tierra te reconoce por tu nombre,
ya no eres sombra en el potrero ajeno.
Pero esa dignidad nueva
trae consigo la exigencia de un milagro humilde:
sacar de la tierra
cada espiga posible,
llenar los silos
hasta que ninguna boca chilena
muerda el vacío.

Entre el cobre y el trigo
sostengo el equilibrio de un país entero:
uno paga la luz,
el otro enciende la mesa;
uno es salario,
el otro es alimento;
los dos son palabras
de una misma oración:
dignidad.

Cuando hablo de disciplina y de trabajo
no repito consignas de patrón antiguo:
pienso en el niño
que aprende a leer
junto a una vela pagada con cobre,
pienso en la mujer
que amasa un pan de trigo propio
sin contar los días hasta el próximo sueldo.

Yo no quiero héroes de bronce
de pie sobre ruinas;
quiero hombres cansados
que vuelven del turno
sabiendo que su esfuerzo
no engordó un palacio,
sino que agrandó
la casa común de Chile.

Por eso llamo
a mineros y campesinos
a esta tarea sin aplausos:
que la mina no se calle,
que la tierra no repose,
que el cobre y el trigo
sean las dos manos abiertas
con las que el pueblo
siembra su porvenir.

 

IV.               Contra la sombra organizada

La amenaza no llega
gritando su nombre en las plazas.
Viene disfrazada de normalidad,
de editoriales razonables,
de columnas que hablan de orden
mientras esconden la pólvora bajo la mesa.

La he visto trabajar con paciencia:
primero halaga a los uniformes,
después los envenena con susurros;
primero se dice defensora de los niños,
después los arroja a las calles
para que lancen piedras
contra los vidrios de la república.

Hay manos invisibles
que empujan a muchachos y muchachas
hacia el fuego de las barricadas,
porque saben que un Estado
se debilita
cuando debe elegir entre protegerlos
o reprimirlos.

Yo leo los diarios como quien observa
un laboratorio de resentimientos:
me atribuyen palabras que no dije,
me hacen ordenar ataques que nunca ordené,
me pintan como incendiario
mientras cuentan cuidadosamente
cada chispa que encienden.

No hablaré de nombres propios:
los periódicos pasarán,
sus dueños pasarán,
sus edificios también serán polvo.
Me preocupa otra cosa:
la sombra organizada
que los utiliza como garganta,
la corriente subterránea
que quiere convencernos
de que el odio es el único idioma posible.

Contra esa sombra me planto,
no con otra sombra,
sino con una luz áspera y difícil:
la luz de la verdad completa,
la de los errores reconocidos,
la de los aciertos sin soberbia.

Tengo a mi lado
a un pueblo que puede equivocarse,
pero que no miente
cuando recuerda su hambre.
Tengo enfrente
a quienes nunca pasan hambre,
pero que mienten
para defender sus banquetes.

Sé que quisieran verme
perdiendo la paciencia,
rompiendo en público los puentes
que aún nos quedan;
necesitan mi arrebato
para justificar su apetito de ruptura.

Por eso contengo mi propia furia
como se contiene un caballo desbocado.
No porque me falte indignación,
sino porque sé
que la responsabilidad
es una forma superior de coraje.

He dicho y repito:
defenderé el camino abierto,
la ruta legal,
las libertades que nos hicieron posible.
Pero también he jurado
que si la sombra intenta devorar el país,
llamaré a la luz más amplia que poseo:
la de un pueblo despierto,
organizado,
dispuesto a defender no un Gobierno,
sino su derecho a vivir sin cadenas.

Desde esta plaza,
donde los trabajadores son mar y montaña,
dejo estas palabras
como quien deja piedras marcando un sendero.
Algún día,
cuando otros ojos lean este tiempo
bajo cielos que yo no veré,
tal vez comprenderán
que no fue por tibieza
que medí cada gesto,
sino porque sabía
que frente a la sombra organizada
sólo un pueblo lúcido
podrá mantener encendida
la antorcha de su propia historia.

 

79.   LA PATRIA PENDE DE UN HILO DE LUZ

 

I. La hora en que la patria respira hondo

Yo miré el país como quien toma el pulso
a un amigo herido en mitad de la noche.
Oí su respiración entrecortada,
vi su fiebre temblando en los ventanales.

No hablaba para los muros,
sino para el latido antiguo de Chile,
esa gota que cae desde los Andes
hasta hundirse en la sangre de los humildes.

Yo dije:
«La patria cambia,
se mueve como un animal cansado
que busca un claro donde acostarse».

Y entendí que la calma no existe
cuando la esperanza y el miedo
piden asiento en la misma mesa.

 

II. La balanza invisible

El país era una balanza que pendía
de un hilo delgado como la luz primera.
En un plato, la angustia.
En el otro, el porvenir.

Y yo,
que no podía tocarla con las manos,
la sostenía con el soplo
que me quedaba en el pecho.

Qué frágil es la patria,
qué hoja sobre un río que no cesa,
qué palabra que podría romperse
si la pronunciamos con rabia.

A veces pensé:
«¿Quién sostiene a quién?
¿Yo a Chile, o Chile a mí?»

Nunca encontré la respuesta,
pero seguí hablando
como quien sopla brasas
para que no muera el fuego.

 

III. La paz que camina descalza

Yo veía la paz pasar entre nosotros
como una niña con los pies desnudos.
Bastaba una piedra,
un grito,
un gesto torcido,
para herirla.

Y aun así avanzaba,
porque sabía que en su pecho pequeño
llevaba el latido de todos.

La paz no es bandera,
no es muro,
no es consigna.
La paz es una madre que empuja la vida
a través del polvo.

Y yo susurré, desde mi altura de hombre:
«No dejemos que la maten».

Ahí entendí
que defender la paz
es sostener la piel del país
con nuestras propias manos.

 

IV. Los hilos que sostienen el día

Nunca vi tan claro
cómo cada decisión del país
era un hilo que podía romperse.

Los trabajadores,
los campesinos,
las familias con su pan contado,
los jóvenes con sus cuadernos abiertos como alas:
todos sostenían el mismo telar.

Y yo miraba ese tejido
como quien ve un manto bordado por muchas manos
y siente el deber —
el sagrado deber—
de no dejar que se deshilache.

Había noches
en que escuchaba crujir la historia,
como un barco que cruza una tormenta
sin saber si habrá puerto.

Pero aun así,
seguíamos remando.

 

V. La sombra del abismo

Desde ese estrado silencioso
yo vi un borde oscuro
que nadie quería nombrar.

No era guerra,
no era odio,
no era muerte.
Era algo más profundo:
la posibilidad de olvidarnos los unos a los otros.

El abismo no está en la tierra:
está en el corazón.

Yo hablé
porque sabía
que basta un olvido
para que el país se quiebre en dos orillas.

Y dije —aunque la voz temblara—:
«Que no se apaguen los puentes».

Porque un país sin puentes
es un país sin alma.

 

VI. La voz que llama al silencio claro

No pedí gritos.
Pedí silencio,
pero no el silencio del miedo,
sino ese silencio claro
que deja oír el rumor de lo esencial.

Quise que Chile respirara profundamente,
aunque fuera por un instante,
para escuchar su propio corazón.

Las montañas oyen despacio,
los ríos hablan sin estridencia.
Aprendí de ellos
que sólo lo que fluye
puede sobrevivir.

Por eso invoqué
la serenidad que no humilla
y la firmeza que no golpea.

Era lo único que podía ofrecer
mientras mi país ardía por dentro.

 

VII. El peso del porvenir

A veces el futuro
se sentaba a la orilla de mi mesa
como un niño hambriento.

No pedía pan.
Pedía destino.

Me miraba
como preguntándome
si seríamos capaces.

Yo quería decirle que sí,
pero los días traían sombras,
y las sombras
no siempre pueden conjurarse.

Aun así,
cada amanecer volvía a intentarlo:
poner una piedra más
en la casa que no vería terminada.

Porque construir
también es un acto de fe.

 

VIII. Los trabajadores, columna del alba

En cada rostro cansado
vi un amanecer posible.

Los trabajadores
eran la raíz profunda del día.
Su paso pesado
despertaba la ciudad entera.

No eran héroes,
no eran mitos,
eran hombres y mujeres
que sostenían la espalda del país
como quien carga un hijo dormido.

Y yo aprendí
que una patria sin trabajadores
es un cuerpo sin huesos.

Por eso los nombré
con respeto ceremonioso,
como quien nombra a los ancestros
al encender el fuego del hogar.

 

 

IX. La patria como criatura herida**

Hubo tardes
en que sentí a Chile
como un animal herido,
buscando un lugar donde lamerse las heridas.

Y comprendí
que la patria también sangra,
también llora,
también tiembla
cuando sus hijos se olvidan entre ellos.

Yo puse mi mano sobre su lomo tembloroso
y dije para adentro:
«Resiste, criatura mía.
Aún queda luz bajo tus costillas».

Quizás nadie me oyó.
Pero la patria sí.
Y con eso bastaba.

 

X. Mi deber, mi nombre, mi entrega

No fui héroe.
No fui santo.
No fui estatua.

Fui un hombre
que entendió su deber
como quien entiende
que la vida de otro
depende de su gesto.

La historia no pidió permiso.
Me puso una antorcha en las manos
y me dijo:
«Alumbra mientras puedas».

Eso hice.
Eso fui.

Ahora, desde la posteridad,
miro ese fuego ya apagado
y veo que aún arde
en el recuerdo de los que aman la dignidad.

Si algo dejo,
que sea esto:

La certeza íntima
de que un hombre,
aun solo,
puede sostener un hilo de luz
cuando todo parece perderse.

 

80.  EL UMBRAL DE LA BALANZA HERIDA

 

I La carta y la balanza

Yo firmé aquel oficio
como quien hunde la pluma
en un tintero lleno de país.

No era sólo tinta,
era el temblor de las calles
recorriendo mi mano,
la respiración caliente de los pueblos
pegada al dorso de la hoja.

Les hablé a los jueces
desde este oficio de Presidente
que no es trono,
sino silla gastada
donde se sientan la fatiga y la conciencia.

Yo veía otra balanza
detrás de la balanza de bronce:
no sólo el expediente,
no sólo la foja,
sino el niño que podría caer
en medio de un desalojo,
el anciano que no resiste el gas,
la madre que se queda sola
en medio de los escudos.

No podía ser un autómata
que firma y obedece sin ver,
no podía entregar la fuerza
como quien abre una llave ciega de agua,
porque el agua a veces cae
sobre los mismos que nada tienen,
y la justicia, si no mira,
puede ser soga
en el cuello equivocado.

Yo dije:
la ley no es un martillo
que golpea por costumbre,
es un ojo abierto
que debe medir el daño que evita
y el daño que provoca.

Les hablé desde mi oficio,
rodeado de códigos, mapas, telegramas,
pero detrás de todos los papeles
siempre escuché lo mismo:
el silencio del que no tiene abogado,
la respiración contenida
de quienes serán desalojados
no sólo de una casa,
sino de la esperanza.

 

II La fuerza y los inocentes

Yo conozco el peso de la palabra “orden”.
La he repetido en la noche
cuando los teléfonos sonaban
con noticias de paros, tomas, balaceras,
cuando el país parecía
una cuerda estirada sobre el abismo.

Sé que detrás de cada resolución
no hay sólo un “considerando”,
hay familias enteras como ventanas encendidas,
hay comunas completas
colgando de un solo párrafo.

Por eso dije:
no quiero una fuerza pública ciega,
quiero una fuerza que mire.

Que antes de entrar rompiendo puertas
pregunte en silencio:
¿cuántos inocentes caerán conmigo?,
¿cuánta sangre se derramará
para proteger un cerro de ladrillos
que nunca abrigó al que tiembla en la intemperie?

No es desobediencia a los jueces
lo que escribió mi mano,
es obediencia a algo más hondo:
ese mandato mudo
de no incendiar la casa entera
para salvar un mueble.

Entre la letra fría
y el cuerpo caliente del pueblo
yo elegí detenerme un instante,
abrir una ventana al juicio,
poner en la balanza
no sólo la propiedad discutida
sino también el rostro anónimo
que podía quedar debajo de los cascos.

No negué la ley:
la miré a contraluz,
vi sus bordes afilados
y busqué envolverla con prudencia
para que no se volviera cuchillo
sobre el cuello equivocado.

Si suspendí por un momento
el avance de la fuerza,
no fue para derribar a la justicia,
fue para que la justicia
no derribara a los inocentes
en nombre de sí misma.

 

III El hierro del Código

También hablé del otro uso del Código,
de ese hierro jurídico
que debería ser mínimo y último,
y sin embargo se afilaba
contra quien gobierna
y no contra quien destroza la casa común.

El derecho penal
no es un látigo
para corregir al que piensa distinto,
no es la trampa elegante
para frenar una decisión legítima
con la excusa de una querella.

Vi cómo se abrían procesos
como quien abre cajones secretos
no para perseguir el crimen,
sino para atar las manos
del que ejerce su mandato.

Vi medidas precautorias
convertidas en murallas,
interventores legítimos expulsados
de fábricas y talleres
como si fueran intrusos,
mientras el papel sellado
se volvía arma en manos
de quienes nunca aceptaron
que el país cambiara de dueño.

No escribí para insultar jueces,
escribí para recordarles
que la ley es un árbol completo
y no sólo una rama.

Que el artículo invocado
no puede pasar por encima
de la voluntad soberana
ni de la Contraloría
que ya dijo: esto es legal.

Yo defendí, en esa carta,
la dignidad de la justicia
contra su propio extravío:
no quería ver el martillo de la sala
convertido en mazo
para quebrar la puerta del Ejecutivo,
mientras los verdaderos criminales
aprendían a usar el expediente
como escudo.

 

IV Voces, radios y silencios

En esos días,
las palabras volaban como piedras.

Algunos micrófonos
se llenaron de veneno y carcajada,
se hicieron oficio cotidiano
en insultar a la República
que yo encarnaba apenas,
porque la República
son los muchos rostros
y no el mío.

Pedimos justicia
no para callar la crítica,
sino para frenar el odio organizado,
las noticias falsas
que pueden incendiar una ciudad,
los llamados cubiertos de ironía
que empujan a un soldado
a desconfiar de su hermano.

Cuando firmé denuncias
por Ley de Seguridad del Estado,
no pedía verdugos,
pedía límites:
que la palabra no se volviera bala,
que la calumnia no soltara la mano
que enciende la mecha.

Y sin embargo,
los expedientes dormían,
las causas se enfriaban en los anaqueles,
las condenas, cuando llegaban,
eran apenas susurros de papel
que nadie escuchaba en la calle.

No reclamé venganza:
reclamé coherencia.

Si se persigue con celo
a quien defiende el orden público,
si se procesa al intendente
que desarma un arsenal clandestino,
y a la vez se acaricia con benevolencia
al que injuria, calumnia
y llama a la ruptura,
¿qué espejo le estamos ofreciendo
a la historia?

Yo, que no quise nunca
un país de bocas amordazadas,
pedí apenas
que la libertad de expresión
no se convirtiera
en libertad de destruir
las cuerdas del propio violín
en medio del concierto.

 

V Chesque, la tierra y la sangre

Hay un nombre pequeño
en medio de todos los decretos:
Chesque.

Allí, en la lluvia silenciosa del sur,
unos campesinos mapuches
ocuparon una tierra
que llevaba siglos ocupándolos a ellos.

La respuesta vino armada
no sólo de escopetas,
sino de una antigua certeza:
la propiedad vale más
que la vida del que la trabaja.

Un hombre cayó a balazos
sobre la tierra húmeda,
la sangre se mezcló
con el barro y la historia,
y sin embargo la justicia
dijo: no hay delito,
es legítima defensa.

Los que dispararon volvieron a casa,
los mapuches conocieron
el largo túnel de la prisión preventiva,
ocho meses de sombra
por haber entrado a un campo
donde la ley nunca había llegado
para defenderlos a ellos.

Yo escribí esa escena
entre líneas,
al hablar de escalas de valores,
porque no podía nombrar
cada muerto en cada oficio,
pero los llevaba a todos
en el borde de la firma.

¿Qué país construimos
si la bala que mata al pobre
es absuelta
en nombre de un cerco,
y el pobre que pisa un surco ajeno
recibe sobre su espalda
las páginas completas del Código?

No quise otra cosa,
en esa carta,
que poner sobre la mesa
la injusta balanza:
la vida liviana del humilde,
la piedra preciosa
de la propiedad del poderoso.

Y pregunté, sin gritarlo:
¿no será que nuestras leyes
han envejecido de un solo lado,
como una puerta que sólo se abre
hacia el palacio
y nunca hacia la mediagua?

 

VI Una patria de derecho y de hombres

Al escribir al Presidente de la Corte,
no hablé como enemigo,
hablé como quien golpea
la puerta de una casa compartida.

Les dije:
el derecho no está muriendo
porque el Gobierno administre con prudencia
la fuerza pública.

El verdadero peligro
es otro:
que el pueblo deje de creer
en la justicia que lo juzga,
que vea cada fallo
como un relámpago
que siempre cae sobre el mismo árbol.

Les pedí que miraran
más allá de los formularios,
que escucharan el rumor profundo
del país que cambiaba,
no para destruirlos,
sino para incluir
a quienes nunca llegaron
a la escalinata del Palacio de Tribunales.

Yo soñé con un Estado de Derecho
que se atreviera
a revisar su propia letra,
a limpiar sus viejos artículos
del polvo de los privilegios,
a escribir de nuevo
la escala de lo sagrado:

– Primero la vida,
– luego la dignidad del trabajo,
– luego la casa humilde
que resiste el invierno,
– y al final, muy al final,
la comodidad del poderoso
que nunca conoció el hambre.

Ese fue el corazón
de mi oficio sin número:
no un desafío insolente,
no una trompeta contra los jueces,
sino una mano que golpea la mesa
para decir, con serenidad ardiente:

si la justicia no acompaña
la marcha de los quemados por la historia,
si se queda atrás,
abrazada a sus antiguos dueños,
no será el Gobierno
quien la derribe:
será la realidad misma
la que pase sobre ella
como un río oscuro e inevitable.

Yo hablé desde la posteridad
sin saberlo del todo,
pero ya presentía
que estas palabras serían leídas
cuando el país conociera
la violencia que yo quería evitar.

Por eso, en cada línea,
además de la ley,
dejé escondido un ruego:

que el día de mañana
nadie diga
que no advertimos
que la paz civil
no se defiende
sólo con bayonetas,
sino con una justicia
que abra sus ojos
a todos los rostros de Chile.

 

81.    ANTES QUE SE ABRIERA LA HERIDA

 

I La subversión en marcha

Buenas noches, les dije,
y ya la noche estaba llena de ecos que no eran míos.

Sobre la mesa del despacho
los informes ardían como carbón encendido:
paros, sabotajes, rumores que corrían
más veloces que los trenes de la infancia.

Yo veía, detrás de cada cifra,
el rostro de un obrero cansado,
el del chofer que mira el tanque vacío,
la mujer que hace cola con un pan en la memoria
y un vaso de leche prometido a sus hijos.

Pero también veía
las manos invisibles que tuercen la verdad,
las plumas que gotean miedo en los titulares,
las voces que llaman a la desobediencia
no por justicia,
sino por rencor y ventaja.

La subversión no era solo un plan:
era un clima enrarecido,
un aire espeso en los pulmones de Chile.

Yo, que llevaba sobre los hombros
la frágil arquitectura del Estado,
sentía en cada hueso
la obligación de nombrar la tormenta
sin convertirse en parte de ella.

¿Dónde termina la protesta
y empieza el deseo de incendio?
¿En qué frontera de la conciencia
un hombre deja de defender su pan
para convertirse en instrumento de la sombra?

Mientras hablaba a través de los cables
y las antenas como bosques de metal,
sabía que muchos oídos
me escuchaban con desconfianza,
otros con esperanza,
algunos con un odio
que no confesaban ni en sus propias almohadas.

Yo no vine a apagar la historia,
sino a impedir que la doblaran
como a un papel húmedo
sobre el que se escribe con balas.

Por eso dije:
está en peligro el orden del Estado,
pero no era un edificio lo que me dolía,
sino la posibilidad monstruosa
de que un día
la mirada de un chileno se cruzara con la de otro
solo a través de la mira de un fusil.

 

II El conflicto de los hermanos

En El Teniente
no solo se detuvo el cobre:
se detuvo la respiración de un país
que miraba cómo hermanos
se miraban como enemigos.

Yo conocía el sabor del salario
antes de la política y las tribunas,
sabía lo que era escuchar
el silbato de la fábrica al alba,
ver a un hombre regresar con las manos partidas
y un pan caliente en el bolsillo.

Por eso los llamé,
uno por uno,
como quien junta leños dispersos
antes que el frío se lleve la casa.

Hablé con ellos largo rato,
sin corbata de palabras,
sin azúcar en la lengua:
les conté del precio que caía como piedra,
de las deudas que no eran metáfora,
del país hipotecado en idiomas lejanos,
de la inflación como incendio silencioso
que primero quema a los pobres.

Les pedí que miraran más allá
del propio turno,
del propio sobre,
que levantaran la cabeza
sobre la cerca del mineral
para ver el valle entero.

Quise que entendieran
que no hay ajuste suficiente
cuando el mundo entero se encoge,
que el verdadero aumento
es aquel que multiplica el pan
y no solo la cifra en el talón de pago.

Pero el ruido era demasiado.
Entre mi voz y sus oídos
se interponían altavoces extraños,
consejos comprados,
miedos tallados pacientemente
por manos que nunca pisaron la bocamina.

Vi cómo algunos,
en nombre del derecho,
negaban la democracia de su propia asamblea;
cómo la violencia se disfrazaba de coraje,
cómo en la penumbra se infiltraba
el que viene a sembrar piedras
en el surco del trabajador.

Yo no podía
ni quise
convertir la razón en decreto.

Me dolió más la fractura
que la pérdida del metal,
porque el cobre vuelve a subir o a bajar,
pero el resentimiento
se queda como óxido en el alma.

Desde esta posteridad donde ya no sudo,
les digo:
ningún triunfo vale
si se levanta sobre la espalda del vecino;
ninguna huelga es victoria
si deja en la mina enterrada
la palabra compañero.

 

III La noche cercada por la violencia

Vi encenderse las ciudades
como un mapa enrojecido por la fiebre.

No eran solo consignas,
eran piedras que volaban,
vidrios que estallaban como pequeñas lunas,
fuego que lamía
los muros levantados para la cultura y el pan.

Un edificio donde se servía comida barata
para miles de bocas
fue castigado como si fuera un enemigo;
los cristales cayeron sobre los platos,
sobre las conversaciones sencillas
de quienes solo querían almorzar.

En las esquinas
aparecían barricadas
hechas con los restos de los trabajos del pueblo:
plancha de zinc del futuro tren,
neumáticos ennegrecidos,
la herida de la ciudad
convertida en trinchera.

Yo contaba heridos y muertos
como quien cuenta hijos ausentes:
un joven caído,
un cuerpo atravesado por un proyectil anónimo,
rostros marcados por el miedo,
ojos que nunca más verían
la simple belleza de la cordillera al amanecer.

Y mientras tanto
las palabras se volvían balas también:
acusaciones sin prueba,
titulares que empujaban
más allá del borde a los indecisos,
discurso que lubricaba la máquina
de una posible guerra entre hermanos.

Yo sabía
que la primera obligación de mis manos
no era apretar un gatillo,
sino sostener la puerta del diálogo
aunque el viento la golpeara sin descanso.

No quise militarizar la noche
como quien apaga la luz de una casa,
preferí la presencia del pueblo en las calles,
como un río que defiende su cauce
sin destruir sus orillas.

Porque entendí,
y lo repito desde este tiempo que ya no me pertenece,
que la violencia tiene un eco largo,
que cuando se aprieta un disparador
no se mata solo a un hombre:
se hiere al idioma,
se hiere la posibilidad de mañana,
se hiere el corazón del propio asesino.

Mientras hablaba al país,
pedía perdón por la extensión de mis palabras,
pero no por su peso.
Quería que cada chileno supiera
que la barbarie no se improvisa,
que se prepara lentamente
en el laboratorio del odio,
y que cada mentira aceptada
es un ladrillo más en la muralla
que separa a un compatriota de otro.

 

IV Evitar la guerra civil

Yo pronuncié esas palabras
cuando ya se oía,
como un trueno lejano,
el rumor de la guerra entre hermanos.

No era un recurso retórico,
ni una cortina para esconder la penuria del mercado:
era el miedo más antiguo del ser humano,
ese que nace cuando imagina
la casa incendiada por manos de la familia,
el hijo apuntando al padre,
el vecino ardiendo en la ventana contigua.

Desde la responsabilidad
de quien lleva la banda y la Constitución,
sabía que mi deber supremo
no era solo gobernar,
sino impedir que el odio
se vistiera de bandera legítima.

Les hablé más allá de mis filas,
más allá de las siglas,
busqué a los que aman la justicia
aunque no me quisieran a mí,
a los que temen la guerra
aunque no compartan mis ideas.

Les pedí que miraran el abismo
antes de dar el paso definitivo,
que entendieran que una guerra civil
no es un capítulo glorioso
sino una herida que atraviesa generaciones.

Yo, que tantas veces nombré al pueblo,
sabía que el pueblo también puede romperse
como un vaso en el suelo,
y que juntar después los pedazos
no devuelve el agua derramada.

Por eso dije,
con la voz cargada de noches sin sueño:
haré todo lo posible
para impedir que Chile caiga
en la lucha fratricida.

Hoy, desde este lugar silencioso
donde ya no puedo firmar decretos
ni pronunciar cadenas nacionales,
solo puedo repetirlo como oración laica:

ningún proyecto justifica
a un hermano apuntando contra otro;
ninguna doctrina merece
que un niño herede el odio como apellido;
ninguna razón de Estado
vale más que una sola vida salvada del fuego.

Si algo pido a la posteridad
no es que me juzgue por mis aciertos o errores,
sino por este empeño obstinado
de sostener la delgada línea de la paz
entre dos ejércitos invisibles
que avanzaban en el alma de mi país.

 

V Confianza en el pueblo que permanece

En medio de las sirenas
y de los editoriales como espadas,
escuché otra música:
el paso de miles en las calles,
las voces que coreaban mi nombre
no como culto,
sino como afirmación de sí mismos.

Vi a las zonales obreras llegar a La Moneda:
rostros endurecidos por el turno nocturno,
manos que habían tocado el carbón, el cobre, el papel,
miradas que mezclaban cansancio y orgullo.

Hablamos del país
como quien habla de una casa común:
del techo que gotea,
del piso que cruje,
del futuro de los hijos que corren por el pasillo.

Ellos sabían
que la inflación no era solo una palabra,
era el pan que encogía en la mesa,
el salario que se hacía humo
antes de terminar el mes.

Y sin embargo me dijeron:
estamos dispuestos a producir más,
a pelear contra el que esconde la mercadería,
contra el que especula con la necesidad del pobre.

Yo, que tantas veces había confiado en ellos,
volví a hacerlo.
Porque en esa firmeza sin estridencia,
en ese compromiso que no pedía aplausos,
reconocí el rostro más hondo de Chile.

Ni todos los complots,
ni todos los pasquines,
ni todas las campañas del miedo
pueden borrar
la verdad sencilla de un trabajador
que se levanta al alba
para que otro chileno tenga luz, pan o transporte.

Desde este tiempo sin relojes
me inclino ante ellos,
los que no escribieron tratados,
pero sostuvieron la república
con su fatiga diaria;
los que salieron a la calle
no para destruir,
sino para poner su cuerpo
entre el odio y la patria.

Si algo aprendí
en las jornadas de junio del setenta y tres,
fue que un Presidente
no se sostiene solo en los votos,
sino en la confianza silenciosa
de los que siguen trabajando
aunque el cielo parezca derrumbarse.

A ellos hablé esa noche,
a ellos les hablo ahora,
cuando ya no tengo micrófonos:

el futuro,
si merece ese nombre,
no lo harán los que gritan más fuerte,
sino los que, sin ruido,
se niegan a odiar
y levantan desde la ruina
una mesa donde puedan sentarse
todos los hijos de esta tierra.

 

82.  LA VOZ DEL PUEBLO EN MI PECHO

 

I.                    Aquí late el corazón del pueblo

Aquí estoy, otra vez,
frente a la marea de rostros que sube
como una aurora encendida por los pies descalzos.

Miro las calles, sus nombres,
Moneda, Ahumada, Morandé, Alameda,
y siento que ya no son piedra ni cal ni vitrina:
son arterias,
son venas palpitando con medio millón de latidos,
un corazón extendido
desde la tierra al cielo.

Digo “aquí está el pueblo”
y escucho que no es una frase,
sino un golpe de sangre en el oído de la historia.
Cada puño levantado
es una campana invisible,
cada lágrima de alegría
lava un muro interior que nos separaba.

No vengo a mandar sobre ellos,
vengo a reconocerme en sus manos agrietadas,
en sus abrigos mojados,
en las sandalias que conocen el barro de la periferia.
Yo también soy ese hombre cansado
que se detiene a respirar en la esquina
antes de gritar de nuevo.

No hablo a una multitud:
hablo a miles de soledades
que decidieron acompañarse.
Los veo detener las máquinas,
apagar los hornos,
colgar en silencio el delantal en el clavo oxidado,
para venir aquí a decir,
sin micrófonos ni discursos:
“somos nosotros los que movemos la tierra”.

A mi alrededor,
los edificios escuchan por primera vez
el idioma entero del país.
Los balcones tiemblan bajo el peso de los cuerpos,
las ventanas se empañan
con el vapor de un pueblo que respira junto.

En medio de esta marea
yo solo soy un hombre,
un punto minúsculo en el oleaje,
pero la historia me ha puesto un nombre en la frente
y una banda tricolor sobre el pecho.
No puede pesar más esa tela
que el telar vivo que tengo delante.

Aquí,
en este rectángulo de aire saturado,
siento que la patria deja de ser un mapa en la pared
y se vuelve algo que late,
algo que suda,
algo que tiembla y canta.

Y mientras las banderas gotean lluvia
sobre los hombros cansados,
yo comprendo,
con una claridad que hiere,
que este corazón inmenso que hoy nos protege
puede ser también la fruta frágil
que cualquier odio quiere partir.

Por eso hablo y escucho,
por eso nombro la justicia y la libertad
como si fueran pan y agua,
porque sé que, si falla la palabra,
el silencio puede llenarse de pólvora.

 

II.                 La cuenta secreta de la violencia

Desde esta altura de ceniza y memoria
releo los días como listas de mercado negro:
un jueves, un viernes, un sábado, un domingo,
cada fecha con su bala,
cada esquina con su vidrio roto.

El país se llenó de pequeños relámpagos cobardes:
un puente herido en la madrugada,
una torre de energía rodeada de sombras,
un casino popular hecho astillas de cristal,
un edificio de cultura
que amaneció respirando olor a incendio.

Dinamita en las manos equivocadas,
bombas en la puerta de una sede vacía,
disparos contra una ventana donde dormía un niño.
La violencia tiene mala puntería:
siempre dice apuntar a las ideas
y termina perforando la carne.

Yo, que estudié los órganos del cuerpo,
veo al país como un organismo tenso:
cada bomba es un coágulo,
cada herida de bala,
un soplo agrio en la válvula del futuro.

Y sin embargo,
sobre estas calles aún húmedas de miedo,
la mentira camina con traje oscuro
y repite: “solo nos defendemos”.
Me señalan a mí,
me miden con palabras como si fueran cuchillos,
me declaran ilegítimo
mientras los restos de vidrio crujen bajo sus zapatos.

No escribo estas líneas para acusar:
desde la posteridad
ya no me interesan los nombres de los bandos,
sino la contabilidad ciega de la muerte.
Un joven cae en la calle
y los periódicos discuten
de qué lado estaba su corazón,
como si la sangre tuviera partido.

Yo vi la ciudad convertirse en tablero
donde cada movimiento
empobrecía a todos.
Vi a los niños aprender
la geografía del miedo:
“no juegues cerca del portón,
no te asomes a la ventana,
no mires cuando disparen”.

Por eso hoy,
desde esta voz que viene después del humo,
no cuento los atentados
como medallas al revés,
sino como campanadas fúnebres
que nadie quiso escuchar.

Cada explosión
es una palabra que nunca se dijo,
cada herido
es una conversación que no alcanzó a existir.
La violencia fue el atajo de los impacientes,
pero ese atajo no llevaba a ninguna patria:
terminaba siempre en el mismo pantano
donde se hunden los hijos de todos.

 

III.              Evitar la guerra entre hermanos

Yo pronuncié esas palabras
mientras la historia respiraba por la herida:
“no quiero guerra civil”.
No era prudencia,
ni miedo disfrazado de calma.
Era la certeza del médico
que ve, en una radiografía,
la sombra oscura antes del diagnóstico.

Había aprendido en la carne del país
que una patria también puede suicidarse.
No con un disparo único,
sino con miles de gestos mínimos
que se niegan a reconocerse en el otro.

Veía al Congreso,
a los tribunales,
a los periódicos,
como grandes espejos quebrados
donde cada fragmento devolvía
solo su propio rostro exagerado.
Cada poder del Estado
se defendía como un feudo acorralado,
y en el centro, silenciosa,
la gente que solo quería
trabajar sin humillación,
comer sin miedo,
discutir sin que el odio
les arrebatara la voz.

Yo sabía que la ley es un puente,
no una trinchera.
Sabía que las Fuerzas Armadas,
hijas también de este pueblo cansado,
tenían en sus manos el metal
que podía defendernos
o partirnos en dos.
Por eso repetí,
una y otra vez,
que las armas del país
no debían volverse
contra las manos que las entregaron.

Pero la palabra “seguridad”
empezó a usarse como cuchillo,
la Constitución como escudo
para intereses antiguos,
y cada gesto institucional
se llenó de sospecha
como un vaso donde alguien
ha arrojado una gota de veneno.

Yo caminé ese borde
como quien recorre de noche
el pretil de un edificio.
Sabía que si daba un paso hacia el grito
el abismo se abriría,
y si callaba demasiado
la oscuridad hablaría por mí.

Por eso insistí en nombrar
el peligro de la guerra
no para invocarla,
sino para conjurarla.
Quise que el país supiera
que no existe bala
que no acabe regresando,
que no hay hermano muerto
que no termine llamando al hermano que dispara.

Evitar la guerra entre hermanos
era también una manera
de salvar lo que quedaba de mí mismo.
Porque yo,
que respondía a un nombre y a una investidura,
no quería dejar de ser ese hombre
que una vez había aprendido a curar cuerpos
y ahora intentaba, torpemente,
curar una nación enferma de miedo.

 

IV.               El poder que nace de las manos

Entre el rugido de la plaza
y el murmullo de los pasillos del Palacio
yo repetía una verdad sencilla:
sin ustedes,
sin las manos que no firman decretos
pero encienden hornos,
no hay país que resista.

Vi detenerse las máquinas
no por odio,
sino por solidaridad.
Vi a los hospitales respirar más lento
para que algunos pudieran marchar.
Vi a las fábricas callar sus motores
para que hablara la voz humana
que hacía años no se escuchaba en el centro.

Ese día
la paralización no fue amenaza
sino presencia.
No era el chantaje de los poderosos,
era el gesto de los que sostienen el cielo
diciendo: “también tenemos palabra”.

Hablé a los obreros,
a las campesinas,
a los empleados,
a los estudiantes,
pero también llamé a las mujeres
por su nombre secreto:
madres de Chile.
Sabía que sin ellas
ninguna revolución
pasa de la consigna al pan,
del pan a la ternura,
de la ternura al futuro.

Las vi hacer filas interminables,
regresar con las manos vacías,
volver a salir al día siguiente
con un poco menos de paciencia
y un poco más de dignidad.
Ellas sostenían el hilo invisible
entre la rabia y la esperanza.

La juventud,
con sus botas llenas de barro
y sus cuadernos llenos de consignas,
me enseñó que el tiempo futuro
ya estaba viviendo entre nosotros.
Venían marchando desde el desierto
y desde la lluvia,
con el pecho lleno de canciones nuevas
y un miedo recién aprendido
que no estaban dispuestos
a heredar sin lucha.

Yo hablé de poder popular
no como un eslogan,
sino como una lenta construcción
de ojos y manos organizadas.
Comandos de vigilancia,
de producción,
de barrio,
de olla y cuaderno.
Pequeñas células de dignidad
aprendiendo a caminar sin tutela.

Desde aquí,
en la posteridad donde todo se ve de lejos,
comprendo mejor
que aquel poder que buscábamos
no era otra cosa
que la conciencia de ser alguien
después de siglos de ser nadie.

Si algo deseo legar
en estas páginas de sombra y claror,
no es la nostalgia de un gobierno,
ni el retrato de un líder cansado,
sino la memoria de esos días
en que el pueblo entero
miró sus propias manos
y descubrió, sorprendido,
que en la palma callosa
cabía, temblando,
el porvenir de Chile.

 

83.  EL DÍA EN QUE LA PATRIA TEMBLÓ

 

I La mañana blindada

Yo estaba hecho de sueño interrumpido
cuando el teléfono partió en dos la aurora.
Una frase bastó para cambiar la respiración del país:
tenemos tanques frente a la casa donde duerme la República.

No eran solo máquinas de hierro:
eran preguntas apuntando su cañón a mi pecho,
eran siglos de disciplina puestos a prueba
en la plaza donde los próceres son estatuas inmóviles
y, sin embargo, de pronto
volvían a sudar bajo el casco de los soldados vivos.

Yo escuché por la línea la voz de Daniel,
no era la voz de un funcionario:
era la voz de un hombre que ya había decidido
morir de pie, si era preciso,
entre lámparas encendidas y papeles sin archivar.

Mientras tanto, otro hombre,
un sargento mínimo en la escala de la historia,
subía las escaleras bajo la lluvia de balas
llevando una bandera entre las manos.
No supo que en ese instante
el país entero subía con él cada peldaño,
que el ruido de la tela al desplegarse
era más alto que el estruendo de los cañones.

Yo, desde otra casa vigilada,
hablaba por radio como quien ata con palabras
las vigas de una casa azotada por el viento.
No llamé a la venganza,
llamé a que cada uno fuese a su taller, a su faena,
a sostener con sus manos la vida diaria
mientras en el centro de la ciudad
la muerte escribía su nombre en los muros.

Porque entendí, en ese amanecer blindado,
que un Presidente no se mide en discursos
sino en la calidad del silencio
con que escucha el crujir de su propio miedo
y decide, aun temblando,
no entregar el país al odio
ni el futuro de los niños a la pólvora.

 

II La guardia muere

Yo no inventé la frase,
venía húmeda de sangre desde otras épocas,
pero tuvo que pasar por mi garganta
para hacerse orden, desafío, promesa:
la guardia muere, pero no se rinde.

La dije pensando en dos hombres concretos,
un teniente joven, un puñado de carabineros
que podían haber elegido la puerta trasera
y, sin embargo, eligieron el umbral de la historia
sabiendo que tal vez no verían el atardecer.

No hablo de heroísmo abstracto.
Hablo de botas mojadas,
de manos que tiemblan mientras cargan el arma,
de ojos que buscan, sin encontrarla,
la cara de sus hijos en la multitud de los balcones.

Supe entonces
que la dignidad es una palabra demasiado corta
para nombrar a quien asume el peligro
sin pedir garantías,
al que se queda en su puesto
cuando el palacio cruje como barco herido
y la bandera parece un pájaro a punto de caer.

Yo también tuve que elegir:
pude excusarme tras los códigos
o esconderme en los pliegues legales de la historia;
en cambio, escogí quedarme
en el mismo punto donde caían los escombros,
no por valentía sin fisuras,
sino porque mi firma estaba unida
al destino de esos hombres desconocidos.

La guardia muere,
dije, sabiendo que algún día moriría yo también,
pero me importaba algo más que mi cuerpo:
que no muriera la idea
de que un pueblo y sus instituciones
pueden mirarse a los ojos
sin traicionarse,
aun cuando el país entero
sea un vidrio astillado entre sus manos.

 

III Volved a casa, compañeros

Después del estruendo
vinieron las voces como un oleaje oscuro
en las calles de Santiago.
El pueblo quería quedarse frente al palacio
como un mar que no retrocede.

Yo los llamé uno por uno sin conocer sus nombres:
tornero anónimo, enfermera de guardia,
mujer que hizo cola al amanecer para conseguir pan
y ahora apretaba una bandera bajo la lluvia.
Les pedí algo más difícil que marchar:
les pedí volver a casa.

Vayan donde los esperan, dije,
allí donde la radio fue una herida abierta todo el día,
donde los niños aprendieron demasiado pronto
que también las ciudades tienen miedo.

No quise una plaza hecha de carne desarmada
frente a las balas que aún buscaban pretextos.
No quise la fotografía futura
de hermanos disparando contra hermanos
como si la patria fuese un espejo que se rompe
para no reflejar a nadie.

Volved a casa, compañeros,
no para esconderos,
sino para guardar en los ojos de vuestros hijos
este día en que el país pudo volverse locura
y, sin embargo, eligió seguir respirando.

Yo sabía
que mañana volveríais a las máquinas, a los talleres,
a levantar de nuevo el humo de las usinas
como quien repara el pulso de un enfermo.
Sabía también
que algún día alguien preguntaría
qué hicimos aquella jornada
cuando los tanques lamían las calles.

Y quise que la respuesta fuera sencilla y profunda:
“Defendimos la vida,
no dejamos que el odio decidiera por nosotros,
volvimos a casa con las manos vacías de venganza
y llenas del deber de seguir viviendo juntos”.

Desde esta posteridad donde ya no me alcanzan las balas,
repito aquella orden suave y dolorosa:
guardad este recuerdo como una lámpara:
no la de un héroe,
sino la de un hombre
que prefirió un país insomne
a un país desangrado en nombre de cualquier bandera.

 

84.  UN PAÍS QUE NO SE RINDE

 

I. Las horas de zozobra

He aquí otra vez
las horas que crujen como barcos en tormenta,
el país respirando con dificultad
bajo una manta de rumores y titulares,
mientras los relojes del palacio
se miran entre sí
sin atreverse a dar la hora exacta.

Yo hablo desde ese filo
en que la historia tantea con manos vendadas,
desde ese corredor donde la duda
golpea las puertas
como un mensajero empapado de lluvia.

El país es un pecho agitado,
un corazón que escucha
el ruido de unos pasos que no llegan
y el eco de unas botas que no deberían llegar nunca.

En esas horas
he visto cómo la palabra “guerra civil”
se asoma al dintel
como un perro hambriento,
olfatea la casa,
mide la fragilidad de las ventanas
y decide si rompe o no rompe
el vidrio del destino.

Yo, al centro de ese viento,
no puedo ser un hombre cualquiera:
soy la voz que debe sostener
el temblor de miles de manos,
la frente que recibe
el impacto de todos los miedos,
y debo decir:
no nos lancemos al abismo,
no confundamos la noche con la ceguera,
no dejemos que la sed de algunos
convierta el agua de todos
en un río de sangre.

Estas horas de zozobra
son un examen silencioso:
cada conciencia se mira en su hondura,
cada institución se pesa en su balanza,
cada hombre decide
si escribe su nombre
del lado del odio o de la responsabilidad.

Yo he elegido
quedarme en esta esquina de la historia,
sin taparme el rostro,
sabiendo que un día
alguien leerá estas horas
como quien abre un expediente de ceniza
y busca, detrás del humo,
la forma verdadera del país.

 

 

II. La lealtad en las armas

Desde la posteridad
miro otra vez los cuarteles,
las banderas dormidas en los mástiles,
los pasillos donde el eco de los pasos
guarda juramentos y silencios.

Sé lo que significa
que un fusil incline su sombra
hacia la frente del que lo empuña,
y le pregunte en voz baja:
¿a quién sirves?

En aquellos días
cada arma del país
podía escoger
entre ser llave o ser martillo,
puente o pared,
abrazo o cuchillo.

Yo hablé a los hombres de uniforme
como se habla a un espejo de la nación:
no les pedí obediencia ciega,
les pedí memoria,
les recordé que las armas
no tienen patria
si no la lleva el hombre en el pecho,
que un soldado sin conciencia
es sólo un ruido metálico,
que el verdadero honor
no se cuelga en el pecho,
se carga en la conciencia.

Algunos, muy pocos,
dejaron que la noche
les escribiera órdenes en la frente.
Otros, la inmensa mayoría silenciosa,
sintieron que era más pesado
traicionar su propia historia
que resistir la tentación del atajo.

Yo vi a la lealtad
caminar por la Alameda
con botas cansadas y paso firme,
la vi detener tanques
con la sola autoridad de sus ojos,
la vi decir “no”
cuando el odio le ofrecía
un ascenso inmediato en la escala de la infamia.

Desde aquí, después de todo,
la lealtad no tiene colores ni insignias:
es simplemente ese punto interior
donde un hombre se niega
a disparar contra su propio reflejo
en el agua del pueblo.

 

III. Los que callan y los que huyen

En las horas decisivas
no hay neutralidad inocente:
el silencio también firma documentos,
también estampa su rúbrica
en el reverso de la historia.

Yo recuerdo
cómo algunos prefirieron
cerrar la boca
mientras la verdad sangraba
en las escaleras de los ministerios.

Habían aprendido
un alfabeto perfecto
para nombrar la democracia;
pero cuando la democracia estuvo en peligro
no encontraron ninguna palabra disponible
para defenderla.

Otros,
los que afilaban la noche
en habitaciones sin ventanas,
abrieron las puertas
para salir corriendo
en cuanto la sombra
se les volvió en contra.

Ninguno quiso quedarse
junto al ruido que provocaron.
Buscaron embajadas, pasaportes, fronteras,
creyeron que la impunidad
era una forma de geografía.

Yo, en cambio,
me quedé en el centro inmóvil de la tormenta,
porque hay cosas que un hombre
no puede hacer con su propia biografía:
no puede archivar la dignidad,
no puede subarrendar la conciencia,
no puede dejar su firma ausente
cuando se pasa lista
en el aula mayor de la historia.

Desde la posteridad,
no juzgo con rabia
sino con una balanza de hueso.
Sólo anoto:
hubo quienes hablaron demasiado
cuando era fácil
y callaron exactamente
cuando decir la verdad era necesario.

Y hubo otros
que, perseguidos por ningún verdugo,
corrieron más rápido
que los mismos culpables,
huyeron de la mirada del pueblo
como de una lámpara encendida.

Que cada cual
se reconozca en estas líneas:
la posteridad no necesita tribunales,
le basta con la transparencia implacable
del recuerdo.

 

IV. El pueblo que vuelve sin romper un vidrio

Aquel día,
cuando la pólvora aún flotaba
como un humo de duda sobre los edificios,
llamé al pueblo
y el pueblo vino.

Llegó desde las poblaciones húmedas,
desde las fábricas interrumpidas,
desde los barrios donde el pan
se reparte con la precisión de un milagro.

Vinieron mujeres con frío en las manos
y fuego en la mirada,
jóvenes con la historia reciente
latente en las pupilas,
obreros que traían todavía
el olor de la máquina en la ropa,
estudiantes que caminaban
con las mismas piernas
que habían usado para soñar.

Los convoqué para informar
y se quedaron para enseñar.

Porque cuando la multitud
podía haber sido marea desbordada,
puño que descarga su cansancio
sobre las vitrinas del privilegio,
decidió ser
una especie de océano disciplinado
que escucha,
asiente,
y vuelve a casa
sin partir el cristal del adversario.

Ni un vidrio roto,
ni un automóvil humillado,
ni una piedra anónima
usurpando el lugar de la razón.

Sólo voces,
sólo oídos,
sólo un latido colectivo
sosteniendo el peso del país.

Yo comprendí entonces
la dimensión del pueblo que tenía delante:
no era una masa ciega
pidiendo cualquier bandera,
era una conciencia compartida
que había aprendido
que no se construye nada
sobre las ruinas del rencor.

Desde la posteridad
los miro de nuevo,
empapados, cansados,
pero intactos en su ética silenciosa,
y les digo:

gracias por enseñarme
que a veces la revolución
es simplemente esto:
un pueblo entero que podría destruir
y decide, en cambio,
ser guardián del futuro.

 

V. Los nombres que entrego y los que se quedan

En el tablero de un país en vilo
también los nombres
son piezas que deben moverse.

Un Ministerio no es sólo un edificio,
es un cuerpo donde cada cartera
late con su propio pulso,
y en momentos así
hay que operar a corazón abierto
delante de toda la nación.

Yo he tenido que decir
a algunos compañeros:
hasta aquí llegas hoy,
tu lealtad no se discute,
pero ahora tu nombre
debe cambiar de lugar
en este ajedrez abrasado.

He visto resignaciones difíciles
como amputaciones necesarias,
renuncias indeclinables
que también son heridas,
hombres que dejan su escritorio
como quien deja una trinchera
después de sostenerla mucho tiempo.

Al mismo tiempo
he llamado a otros
para que crucen el umbral
y carguen sobre sus espaldas
un ministerio encendido.

No los he escogido
como se elige un traje,
sino como se eligen los vigías
que deben permanecer despiertos
mientras el resto del barco duerme.

En estas decisiones
no hay teatro:
sólo la certeza
de que un país no se dirige
con amistades ciegas
ni fidelidades cómodas,
sino con la mezcla ardua
de afecto y severidad,
confianza y examen.

Desde aquí,
cuando ya todos esos nombres
son polvo en las enciclopedias,
repito:

cada ministro, cada renuncia,
cada designación
fue un intento humano
de sostener un edificio en llamas
sin dejar que ardiera también
la dignidad.

 

VI. Los rectores y el consenso mínimo

En medio del ruido metálico
de las acusaciones y los titulares,
escuché una voz distinta:
la palabra de las universidades
tocó la puerta del Palacio
como quien trae
un vaso de agua limpia.

Los rectores,
hombres acostumbrados
a conversar con la duda y el silencio,
me hablaron de un consenso mínimo,
no como claudicación,
sino como un campo
donde la patria pudiera seguir siendo
casa común y no ruina compartida.

Ellos dijeron
que la justicia no debía
romper la unidad esencial de la nación,
que el viejo orden
no podía ser defendido como reliquia,
pero que el nuevo mundo
no tenía derecho a destruir
los valores humanos más hondos.

Yo sentí en esas palabras
el eco de algo que siempre creí:
no se trata de arrasar el pasado
como si fuera un bosque enfermo,
sino de podar,
trasplantar,
darle espacio al árbol nuevo
sin arrancar de raíz
la memoria del suelo.

Desde la posteridad
vuelvo a ese momento
en que la inteligencia del país
se asomó a La Moneda
para decir:

avancen,
pero no pierdan el alma
en el camino.

El consenso mínimo
no era un pacto de cobardía:
era un acuerdo para salvar
lo que hace humano a un pueblo
cuando la historia
lo invita a desbordarse.

 

VII. Plan de emergencia para el alma

En aquellos días
presenté un plan de emergencia
que hablaba de producción,
abastecimiento,
control del mercado negro,
austeridad y disciplina.

Desde aquí,
después de todo,
lo miro con otros ojos
y descubro que también era
un plan de emergencia
para el alma de un país.

Porque ordenar la economía
es, en el fondo,
ordenar nuestros deseos;
limitar la especulación
es ponerle frontera
a la codicia que llevamos dentro;
garantizar el pan a cada familia
es recordarnos
que nadie tiene derecho
a dormir tranquilo
si sabe que su vecino
se acuesta con hambre.

Aquel plan decía:
centralizar la dirección,
verticalizar el mando,
someter la gestión
al control del pueblo,
reconocer a los técnicos,
combatir el delito económico.

Pero entre cada línea
había otra frase secreta:

aprendan a vivir con menos brillo
y más sentido,
trabajen sabiendo
que el esfuerzo de hoy
es el mantel de mañana,
no conviertan el dinero
en la única gramática
del bienestar.

Un país desbordado por la inflación
no sólo tiene precios trastornados,
tiene también
la escala de sus valores alterada:
se paga caro lo superfluo,
se desprecia lo esencial,
se vende barato
el tiempo de la dignidad.

Mi plan de emergencia
no pudo impedir
el desenlace que todos conocemos,
pero desde la posteridad
lo sostengo como un espejo:

allí está
el intento de un hombre
por recordarle a su pueblo
que sin una ética nueva
ningún programa económico
puede salvarlos del naufragio.

 

VIII. Inflación del deseo y salario de la dignidad

La inflación
no fue para mí sólo una cifra
temblando en los informes,
fue un monstruo silencioso
que deforma la vida cotidiana.

Vi cómo el dinero
perdía su peso verdadero,
cómo los billetes
se volvían hojas secas
que el viento de los precios
levantaba sin respeto.

Pero vi también
otra inflación más sutil:
la del deseo.

La ansiedad por consumir
se multiplicaba
como si cada objeto comprado
fuera un salvoconducto
contra el miedo al futuro.

Había quienes,
con excedentes de bolsillo,
compraban de a diez
lo que otros no podían comprar ni una vez:
latidos desiguales
en un mismo corazón llamado país.

Yo hablaba entonces
del valor de la dignidad
por encima de la moneda:

les decía que un pueblo
que recupera su condición de sujeto
no puede medirse
solamente por el tamaño
de sus refrigeradores,
sino por la forma
en que se mira a sí mismo
cuando apaga la luz.

Salario de la dignidad:
ese era el nombre secreto
de lo que buscábamos.

Un salario
que no se paga en billetes,
sino en reconocimiento,
en participación,
en sentir que tu trabajo
no es un engranaje mudo
sino una palabra completa
en la frase del país.

Desde este lugar
donde ya no hay precios ni mercados,
repito:

hubo una inflación económica
que nos golpeó,
pero lo decisivo
era combatir la inflación interior,
esa que nos hace creer
que valemos más
cuanto más acumulamos,
cuando en verdad
sólo valemos de verdad
cuando somos capaces
de compartir.

 

IX. Escribir la página propia de Chile

Siempre supe
que no me era dado
terminar el libro,
que apenas me correspondía
escribir unas páginas
bajo la presión del tiempo
y las sombras.

Pero decía,
y lo sigo diciendo desde aquí,
que Chile tenía derecho
a escribir su historia
con su propia tinta,
sin copiar modelos ajenos,
sin calcar revoluciones importadas,
sin obedecer guiones
dictados desde otros mapas.

Quisimos hacer
algo casi imposible:
un cambio profundo
por dentro de las formas,
un movimiento de placas tectónicas
sin explotar el paisaje humano,
una revolución que,
en vez de arrasar,
despertara.

Tal vez fallamos,
tal vez no supimos medir
la extensión del miedo,
el poder de los intereses
a los que no les convenía
que el pueblo aprendiera
a escribir por sí mismo.

Pero aun así sostengo:

cada obrero
que levantó la frente,
cada campesino
que se supo dueño de la tierra,
cada mujer
que se reconoció protagonista
y no invitada de piedra,
cada joven
que sintió que la patria
también llevaba su nombre,
ya estaba escribiendo
una línea irreversible
en la página de Chile.

Yo, Salvador Allende,
no hablo ahora como Presidente,
hablo como un hombre
que amó a su pueblo
hasta la última sílaba,

y desde esta posteridad de polvo
les dejo una sola certeza:

por encima de mi caída,
por encima del ruido de las armas,
por encima de las páginas arrancadas,
quedará para siempre
esta frase escrita en la conciencia
de las generaciones futuras:

un país pequeño,
en un tiempo oscuro,
intentó, con todas sus fuerzas,
demostrar que la justicia
podía ser también
un nombre propio para la patria.

Y aunque el libro
fuera interrumpido,
las manos que lo iban escribiendo
no se han rendido todavía.

 

85.   ES PRECISO QUE NOS ENTENDAMOS

 

I. La juventud que camina

Ustedes no lo sabían,
pero mientras avanzaban por los caminos de Chile
yo seguía sus pasos desde esta otra orilla del tiempo.

Los mapas sobre mi mesa
no mostraban cerros ni desvíos,
pero yo sentía en el pecho
el mismo polvo que se pegaba a sus zapatos,
el mismo frío que dormía en sus huesos
cuando la noche caía sin abrigo.

Cada kilómetro era una palabra andada,
un verbo cansado y luminoso,
un gesto silencioso diciendo:
“estamos aquí, no sólo de nombre,
sino de cuerpo entero”.

Vi los pueblos abrir sus ventanas,
las mujeres dejar un pan en la puerta,
los viejos levantar la mano
como quien bendice sin saber rezos.
Vi a Chile mirarse a sí mismo
en la caravana de su juventud
y reconocerse en esos rostros sudados,
en esas mochilas pobres,
en las ampollas que nadie fotografió.

Yo, que llevaba otro peso en los hombros,
sentí que ustedes aligeraban mi carga.
No vinieron a ofrecerme su obediencia,
sino su presencia,
esa forma callada de decir
“no estás solo en este desvelo”.

Hoy, desde la distancia sin calendarios,
veo mejor lo que hicieron:
transformaron el cansancio en lenguaje,
el dolor de pies en escritura sobre la tierra,
dejaron escrito con su marcha
que un país también puede rezar
con las piernas,
con el sudor,
con la tenacidad de seguir
cuando el cuerpo pide detenerse.

Yo solo puedo inclinar la memoria
ante ese gesto:
la juventud que camina
es el corazón que decide
no quedarse sentado en la sombra
mientras la historia tiembla.

 

II. El puente que no lleva nombre

Muchas veces me hablaron de bandos,
de fronteras dibujadas en la tinta,
de líneas que separan
lo que en la vida diaria se mezcla.

Pero yo sabía,
y ustedes también lo intuían,
que por debajo de las consignas
corre un río más hondo
donde el miedo, la esperanza y el pan
tienen el mismo sabor en todas las casas.

Cuando los vi marchar,
no los vi como guardia de una idea,
sino como puente:
entre el obrero que dudaba,
el estudiante que desconfiaba,
la madre que solo quería
que sus hijos durmieran en paz.

La juventud es ese puente sin apellido,
esa tabla tendida
sobre el abismo de la desconfianza.
Ustedes iban de pueblo en pueblo
para decir sin gritos:
“no dejemos que nos empujen
unos contra otros
como si no nos conociéramos”.

Yo hablaba en los salones,
ustedes en los caminos.
Ellos escuchaban mis discursos,
pero creían en su cansancio,
en la sinceridad de sus mochilas,
en la torpeza hermosa
con que a veces intentaban explicar
por qué no convenía el odio.

No sabrán nunca cuántos corazones
se inclinaron hacia el lado de la cordura
porque vieron sus ojos francos,
sus manos extendidas,
su manera de decir:
“podemos pensar distinto
y aun así defender lo que nos hace humanos”.

Desde la posteridad lo repito:
ningún proceso vale la pena
si convierte a los semejantes
en enemigos irreparables.
La juventud que tiende puentes
es el verdadero milagro
que un país puede darse a sí mismo
cuando presiente la tormenta
y, en vez de afilar cuchillos,
decide abrir ventanas.

 

III. El pan y el esfuerzo

A veces, en medio del ruido,
me quedaba solo frente a las cifras
como quien se queda solo
mirando la mesa vacía.

No se alimenta un pueblo
solo con promesas,
ni basta con repartir papeles
que digan “aquí hay abundancia”
si los graneros responden con silencio.

En mi interior, más allá de doctrinas,
había una verdad sencilla
aprendida desde niño:
el pan nace del trabajo,
del frío en las manos del campesino,
del aceite negro en la piel del obrero,
del estudio silencioso
de quien inventa una máquina mejor.

Por eso les hablaba de esfuerzo,
de productividad,
palabra árida tal vez,
pero impregnada de dignidad
cuando se entiende así:

“Recibo según lo que entrego,
no en sumisión,
sino en justicia,
porque lo que hago
sirve a otros y me sostiene”.

Yo no quería más billetes
persiguiendo precios como sombras,
quería hornos encendidos,
máquinas que no se detuvieran por capricho,
estudiantes que entendieran
que el número y la fórmula
también son herramientas para el pan.

No me movía el culto al sacrificio vacío,
sino la responsabilidad
de no dejar a nadie con las manos llenas de papel
y los bolsillos vacíos de futuro.

Si hoy hablo desde la distancia,
mi verdad es la misma:
la justicia sin trabajo
no pasa de ser un buen deseo,
pero el trabajo sin justicia
es una lesión en el alma.

Entre esas dos orillas
quise tender el hilo frágil
de una economía al servicio del hombre,
donde cada cual pudiera mirar su jornada
y decir sin vergüenza:
“mi víspera y mi mañana
han sido tejidas
con la misma honradez”.

 

IV. La ciencia y las manos

Un día, entre miles de papeles,
me llegó una carta desde lejos:
una joven estudiaba en otra tierra,
entre laboratorios fríos y máquinas perfectas.

En sus líneas había algo más
que nostalgia y estudio:
había la intuición
de que la técnica puede ser
cárcel o camino,
según la mano que la guíe.

Ella me contaba
cómo intentaban transformar
la cadena repetitiva y alienada
en una tarea más humana,
donde grupos de trabajadores
compartían el proceso
en vez de ser engranajes ciegos
de una rueda interminable.

Yo leí esas palabras
como quien escucha una campana lejana,
y dentro de mí se acentuó una certeza:
no basta con producir,
hay que preguntar
qué tipo de vida se fabrica
junto con el producto.

Quise para mi pueblo
no solo máquinas nuevas,
sino un modo distinto
de estar de pie ante ellas,
sin bajar la cabeza,
sin entregar el alma en la línea de montaje.

La ciencia, para mí,
no era un santuario reservado,
sino una lámpara que debía bajar
hasta las manos callosas,
hasta las aulas pobres,
hasta los barrios donde un libro
era un lujo improbable.

Por eso insistía:
estudien, aprendan,
abran la curiosidad
como quien abre una ventana
en una pieza años cerrada.

Desde la posteridad lo reafirmo:
cada avance técnico sin conciencia
es un edificio sin cimientos.
Y cada obrero, cada campesino,
cada muchacha que se atreve a leer
la complicada escritura del mundo,
es un ladrillo esencial
de la casa nueva que soñé
más allá de las ideologías:
una casa donde el conocimiento
no se use para humillar,
sino para levantar al que viene detrás.

 

V. El tiempo de las marchas y el tiempo del estudio

Hay días en que un pueblo
necesita llenar las calles
para que su corazón no reviente en soledad.
Lo sé, lo sentí,
y cada multitud era para mí
un abrazo multitudinario.

Pero también sabía
que no se puede vivir solo de manifestaciones,
como no se puede vivir solo de fiestas
o de despedidas.

Un país necesita
el latido más silencioso:
el de la fábrica que no se detiene por capricho,
el del aula donde un joven lucha
con un problema difícil
que no saldrá en los diarios,
el del taller nocturno
donde un trabajador, cansado,
abre un libro en vez de rendirse al sueño.

Por eso hablaba de algo simple
y difícil a la vez:
que los que trabajan estudien,
que los que estudian trabajen.

Quería borrar el muro
entre la mano y la mente,
entre el que se encierra con libros
y el que se encierra con herramientas.

Hoy, desde esta altura sin relojes,
vuelvo a pedir lo mismo:
no conviertan la participación
en un gesto esporádico,
en una foto brillante y fugaz.

El compromiso verdadero
es la constancia casi humilde
de levantarse cada día
y volver al mismo lugar de servicio,
sabiendo que nadie aplaudirá
ese pequeño heroísmo
de hacer bien la tarea anónima.

La historia se escribe
con grandes fechas, es cierto,
pero se sostiene
en los días que no se recuerdan,
en las jornadas grises
donde un estudiante persevera,
un campesino no abandona su parcela,
un trabajador enseña a otro
lo que él mismo aprendió con esfuerzo.

Entre la calle y el libro,
entre el grito y el cálculo,
quise que naciera una generación
capaz de unir ambos lenguajes
en una sola palabra:
responsabilidad.

 

VI. La unidad y la palabra difícil

La unidad es una palabra bella
hasta que se la pone a prueba.

En los pasillos,
en las reuniones interminables,
yo veía cómo las convicciones
chocaban como piedras en un río,
cómo cada cual traía su verdad
sostenida por años de lecturas,
de experiencias, de dolores.

No pedí nunca
que se borraran las diferencias,
porque ellas también nutren,
como los distintos brazos de un mismo río.
Pero sí pedí algo más arduo:
que la discusión fuera honesta
y la lealtad más fuerte que el orgullo.

Fuimos duros muchas veces
en las palabras que nos dirigimos
dentro de las paredes cerradas.
Y así debía ser:
sin crítica no hay crecimiento,
sin autocrítica no hay limpieza interior.

Pero una vez terminada la disputa,
yo hubiera querido
que todos recordáramos
que el adversario de la víspera
era el compañero del día siguiente,
que la herida abierta en la conversación
no se transformara en puñalada por la espalda.

Desde la posteridad confieso
que me dolían más las sospechas internas
que los gritos de los de afuera.
Porque un proyecto,
cualquiera que sea,
solo aguanta el vendaval
si quienes lo sostienen
confían entre sí más que en sus temores.

Unidad no era para mí uniformidad,
sino este pacto silencioso:
“podemos pelear a fondo
cuando debatimos,
pero ante el dolor de la gente
no nos apartaremos cada uno
con su pequeña razón intacta”.

Lo digo ahora sin cargos ni cargos:
más allá de las etiquetas,
la unidad verdadera
es un acto de humildad.
Es aceptar que ninguno ve completo,
que la suma de miradas
puede acercarse un poco más
a la justicia que buscamos
y que siempre se nos escapa
como horizonte móvil.

 

VII. La revolución en las personas

Un joven escribió en un muro
algo que se me quedó grabado
más hondo que muchos discursos:
primero hay que cambiar a las personas,
después a las cosas.

Yo, que hablaba de transformaciones grandes,
sentí que esa frase sencilla
me desnudaba ante mi propia conciencia.

¿De qué serviría cambiar estructuras
si el corazón sigue preso de la misma soberbia,
del mismo machismo,
de la misma violencia cotidiana
que no sale en los periódicos?

Ser consecuente,
para mí,
no era un adjetivo heroico
sino una disciplina íntima:
cómo trato a la mujer que camina a mi lado,
cómo respondo al que me contradice,
cómo manejo el poder
cuando la puerta está cerrada
y nadie está mirando.

Recuerdo con especial cuidado
a las muchachas que vi sumarse al camino.
En sus ojos brillaba un doble coraje:
querían cambiar el país,
y también querían cambiar
la forma en que el país las miraba.

Desde esta distancia lo digo sin rodeos:
ningún cambio es verdadero
si la mujer sigue relegada a la sombra,
si su palabra pesa menos,
si su cuerpo se trata como territorio
y no como presencia libre.

Por eso pedía respeto
en las relaciones entre compañeros,
no como un mandato moralista,
sino como una piedra angular
de la casa nueva.

La revolución —la palabra es pesada,
y aun así la pronuncio—
comienza cuando un muchacho
deja de considerar objeto
a la muchacha que marcha a su lado,
cuando el hogar se vuelve espacio
donde nadie manda por costumbre,
sino que se dialoga por afecto.

Si hoy algo quisiera
que no se pierda de mi voz,
es esto:
antes de escribir consignas en las murallas,
escribamos otra manera de vivir
en nuestras costumbres,
en el modo de escuchar,
en el respeto que nos debemos
hombres y mujeres
como iguales en la dignidad.

 

VIII. El peso de ser humano

Entre tantas voces que me llegaban,
recibí un día un mensaje sencillo:
alguien, que ni siquiera compartía mis ideas,
se preguntaba cómo lo estaría pasando yo
en mi calidad de ser humano.

No me hablaba al Presidente,
me hablaba al hombre
que se despertaba de madrugada
con un nudo en la garganta,
al padre que pensaba en sus hijas,
al médico que recordaba rostros
de pacientes olvidados.

Esa pregunta me atravesó
como un cuchillo dulce:
¿cómo lo estará pasando
en su calidad de ser humano?

Pocos lo preguntan
de quienes encabezan procesos,
porque el cargo se transforma
en una máscara,
y detrás de la máscara
la fatiga parece no existir.

Yo sí me cansaba,
yo sí dudaba,
yo sí tenía miedo
de equivocarme de camino
y herir con mi error
a quienes confiaban en mí.

Por eso aquella carta
la guardé como se guarda
un pedazo de pan en tiempos de escasez.
Me recordaba que, más allá de aciertos y fracasos,
alguien, en alguna parte,
no había olvidado
que seguía siendo un hombre
entre hombres.

Algo parecido sentí
cuando llegaron a nuestro país
las voces y guitarras de otros pueblos.
Vinieron a cantar,
y entre canción y canción
entendieron el temblor de nuestra época.

“Es preciso que nos entendamos”,
decían en su modo propio.
Y ese llamado no era consigna,
era un clamor humano:
sentarnos a reconocernos
antes de despedazarnos.

Ahora, desde este lugar
donde ya no hay campañas ni cargos,
solo me interesa eso:
que nos entendamos en lo esencial,
que recordemos que incluso
el más fervoroso de los militantes,
el más alto de los dirigentes,
es, antes que todo,
un ser vulnerable
que necesita ternura,
comprensión,
mano extendida.

Si alguna vez se habla de mí
más allá de la cronología,
quisiera que se dijera
no solo lo que intenté hacer,
sino también esto:
que bajo la banda presidencial
latía un corazón común,
agasajado por la duda,
pero obstinadamente fiel
a la idea simple
de que ningún destino vale la pena
si se olvida la humanidad
de quienes lo llevan sobre los hombros.

 

86.  EN MEMORIA DE UN AMIGO Y MARINO CABAL

 

I. La palabra que anuncia la ausencia

Conciudadanos,
hoy vuelvo a sentir en la boca
el peso de las palabras que nadie quiere pronunciar.

He debido muchas veces
anunciar medidas, explicar caminos,
ofrecer razones a un pueblo inquieto.
Pero nada se parece
a esta tarea amarga
de decir ante todos:
“un hombre ha caído
y no volverá a cruzar esta puerta”.

La noticia no es una frase,
es un hachazo en la mañana.
Parte el día en dos mitades:
antes de saber
y después de saber.

Mientras preparo cada sílaba
siento que la voz se me llena
de recuerdos que no caben
en un comunicado oficial:
su risa breve,
la forma en que ajustaba la gorra,
ese modo discreto
de estar siempre un paso atrás
y, sin embargo, sostenerlo todo.

Tener que decir su nombre
como quien lo entrega a la muerte
es una tarea que desgarra.
Porque en esa mención solemne
no cabe lo que era para mí:
no sólo el título,
no sólo el rango,
sino una presencia fiel
que me acompañó en días claros
y en noches cargadas de presagio.

Hoy, desde la posteridad,
aún siento en la garganta
la aspereza de aquel anuncio.
Comprendí, una vez más,
que la voz del que gobierna
no es escudo contra el dolor:
es apenas un puente
por donde la realidad atraviesa
para herir el corazón de un país.

 

II. El amigo bajo el uniforme

Se habló de él
como del Jefe de la Casa Militar,
como del Capitán,
como del Comandante.

Todos esos nombres son justos,
pero no alcanzan.

Yo lo conocí también
cuando no había ceremonia,
cuando la banda presidencial descansaba
colgada en su silencio
y quedábamos frente a frente
como dos hombres
con sus cansancios a cuestas.

Bajo las insignias
había un rostro sereno,
un carácter hecho de firmeza
y de una lealtad
que no hacía ruido.

Era de esos hombres
que entienden el deber
no como cadena,
sino como elección cotidiana.
Que llegan primero
y se van más tarde,
no porque alguien los vigile,
sino porque su conciencia
no los deja aflojar el paso.

Entre nosotros
la relación fue más allá
de los protocolos.
No éramos solo
el Presidente y su edecán:
éramos, sencillamente, amigos.

En las pausas
donde el país se silenciaba un instante,
podíamos permitirnos
una confidencia,
una sonrisa compartida,
un comentario que aligerara la carga.

Desde esta orilla del tiempo
lo nombro como lo sentí:
caballero en el sentido antiguo de la palabra,
hombre de mar y de honor,
pero sobre todo
ser humano íntegro
en quien podía apoyar la mirada
sin temor a encontrar dobleces.

Cuando pienso en él,
no veo primero los galones,
veo su humanidad responsable,
esa forma de estar siempre dispuesto
a ponerse entre el peligro y los otros,
sin pedir testigos ni aplausos.

 

III. El hogar atravesado por la violencia

No fue en un campo de batalla,
no fue en una sala de mando,
no fue en el estruendo oficial
de la guerra declarada.

La muerte lo encontró
en el umbral de su casa,
allí donde se guarda la intimidad,
donde las risas de los hijos,
las fotografías en las paredes,
el aroma cotidiano del pan
componen un pequeño mundo
que uno cree resguardado
de las sombras exteriores.

Que la violencia llegue hasta ahí
tiene un significado que perfora el alma:
es la intromisión de la noche
en el lugar donde descansan
nuestros gestos más indefensos.

Él cumplía su deber
incluso en ese instante:
repeliendo el atentado,
poniendo su cuerpo en medio,
haciendo de sí mismo
última barrera
entre el peligro y los suyos.

No quiero quedarme
en la mención del crimen.
Prefiero mirar su gesto final
como una síntesis silenciosa
de todo lo que fue:

hombre que no huyó,
marino que mantuvo el rumbo
hasta el último segundo,
ser humano para quien
proteger a los demás
era más importante
que preservar la propia vida.

Desde la posteridad,
pienso en la casa que quedó herida,
en la familia que debió aprender
una nueva forma de respirar
en habitaciones atravesadas
por una ausencia irremediable.

Y al pensar en ello,
siento que cada hogar
que sufre una pérdida injusta
forma parte de una misma geografía:
ese territorio doliente
donde los afectos quedan suspendidos
como cuadros que nadie se atreve a bajar
porque aún contienen
la única presencia posible
del que ya no vuelve.

 

IV. Duelo por un marino ejemplar

He visto muchas veces
el mar de este país,
su horizonte sin barandas,
sus aguas que no preguntan
quién las mira desde la orilla.

Cuando digo que fue
marino ejemplar,
no pronuncio una fórmula vacía:
pienso en esa disciplina silenciosa
que se forja en las cubiertas,
en la obediencia al deber
cuando el viento se vuelve enemigo,
en la capacidad de mantener la calma
cuando todo alrededor
parece ceder.

Su muerte no fue solo
una pérdida para mi entorno cercano;
fue también una herida
en la institución que lo formó,
en la tradición de hombres de mar
que aprendieron a servir
sin preguntarse cuántas veces
serían nombrados.

Al expresar condolencias
a su familia
y a sus compañeros de arma,
sabía que ninguna palabra
alivia del todo
la amputación de una ausencia.
Y, sin embargo,
las palabras son lo único
que podemos ofrecer
para no dejar solo
al que sufre.

Hoy, desde este tiempo
donde ya no porto insignias,
me inclino nuevamente
ante esa memoria:

veo al caballero pundonoroso,
al chileno cabal,
al servidor que eligió,
una y otra vez,
honrar su oficio
en los detalles pequeños
donde se prueba la rectitud.

Que su nombre quede unido
no solo a la tragedia,
sino a la medida humana
de su conducta:
un hombre que hizo de la lealtad
una forma de estar en el mundo,
y de la responsabilidad
una brújula permanente
en medio de las tormentas.

 

87.   LA VERDAD BAJO LA TORMENTA

 

I. El país al borde del filo

Desde la posteridad vuelvo a sentir
aquel estremecimiento en el aire:
un país respirando hondo,
con el pulso tembloroso,
como si la madrugada pudiera quebrarse
con sólo una palabra mal dicha.

Yo sabía —lo sentía en los huesos—
que el enfrentamiento entre hermanos
es la ruina más profunda
que puede conocer una nación.

Por eso cuidaba cada frase
como quien carga una vasija frágil:
sabía que un gesto imprudente,
una acusación lanzada al viento,
un grito inflamado
podía abrir una herida
que después nadie sabría cerrar.

No hablaba para ocultar,
no hablaba para calmar apariencias,
hablaba porque vi demasiadas veces
cómo el odio mutuo
—cuando se instala en la respiración de un pueblo—
devora lo que toca
y lo deja irreconocible.

Desde este tiempo sin relojes
comprendo aún mejor
que detener la violencia
no es cobardía ni evasión,
sino un deber sagrado:
la defensa de lo que somos
antes que la defensa
de lo que creemos.

 

II. La sombra entre instituciones

Un país es un tejido delicado.
Cuando una parte sospecha de la otra,
cuando un grupo piensa
que el otro ha perdido su rostro humano,
la trama empieza a desgarrarse
por pequeños hilos invisibles.

Yo veía crecer esa sombra.
Un antagonismo falso,
pero poderoso,
iba extendiéndose como fiebre:
pueblo contra institución,
institución contra pueblo.

Sabía que ese espejo deformado
debía romperse de inmediato.
Las Fuerzas Armadas no eran un enemigo:
eran parte de la casa común,
hijos del mismo territorio,
servidores de un deber
que antecedía a cualquier disputa.

Nunca quise que un soldado
se viera enfrentado a su vecino,
ni que un trabajador
mirara con rencor
al uniforme que alguna vez vistió su padre.

Desde la posteridad lo digo con más claridad:
la fractura interna de una nación
comienza cuando dejamos de reconocernos
en la mirada del otro.
Y en esos días de agosto
yo luchaba, palabra por palabra,
para impedir ese olvido.

 

III. El peso del derecho y del silencio responsable

A veces el país quería respuestas inmediatas,
palabras tajantes,
juicios pronunciados como sentencias
antes del amanecer.

Pero yo sabía
que la justicia apurada
es una moneda falsa.
Que el deber de un gobernante
no es encender hogueras,
sino mantener encendida
la lámpara del derecho,
incluso cuando la noche es espesa
y todos exigen claridad absoluta.

No podía pronunciar veredictos
sobre hechos aún en investigación;
no debía contaminar el proceso
con el peso de mi voz.

Ese silencio —que muchos no entendieron—
no era indiferencia,
era responsabilidad.

La ley, cuando se respeta,
protege incluso al que teme
que no será escuchado.
Y si yo fallaba en respetarla,
¿qué esperanza quedaba
para quienes confiaban
en la imparcialidad que debía sostenernos?

En ese tiempo
me aferré al Estado de Derecho
como quien abraza un mástil en medio del oleaje,
sabiendo que, sin él,
las mareas nos arrastrarían
hacia una noche sin regreso.

 

IV. La verdad bajo tormenta

Llegaron denuncias,
rumores que corrían como viento rasante,
acusaciones oscuras
sobre flagelaciones y tormentos.

Cada palabra traía consigo
el temblor de lo irreparable.

Un ser humano herido injustamente
es un país herido.
Y un inocente acusado sin pruebas
es también una fractura
en el alma colectiva.

Por eso ordené investigar,
sin cegueras ni favoritismos,
sin proteger nombres
ni perseguir sombras.

“Si hay culpables, serán sancionados.
Si no los hay,
serán castigados quienes acusaron sin fundamento.”

Esa frase —tan simple como una piedra—
era mi brújula.
Porque la verdad,
en medio de la tormenta,
no puede inclinarse
hacia el lado del miedo
ni hacia el lado de la venganza.

Desde este tiempo distante,
vuelvo a sostenerlo:
la verdad no pertenece a ningún bando.
La verdad es un deber moral,
una ventana que debe abrirse
aunque entre el frío,
aunque revele lo que nadie quiere ver,
aunque deje al descubierto
las zonas más dolorosas
de la condición humana.

Y en aquel agosto turbulento
solo me quedaba aferrarme
a esa luz frágil
que a veces es lo único
que impide que un país entero
se precipite en la oscuridad.

 

88.  AL BORDE DE LA NOCHE

 

I. La hora grave

Buenas noches, dije entonces,
y hoy, desde este otro lado del tiempo,
esas palabras regresan con un peso distinto.

Llamé “hora grave” a aquel momento,
pero en realidad era el corazón de Chile
respirando con dificultad,
como un enfermo que no quiere alarmar a su familia
y sin embargo sabe
que algo se ha roto por dentro.

Sentía sobre mí
la densidad de una responsabilidad enorme:
la de un hombre que, más allá de los cargos,
sabe que cada decisión suya
puede aliviar o agravar
el dolor de miles.

Por eso hablaba de deber,
del mío y del de cada chileno.
No era un recurso retórico:
era la conciencia clara
de que ningún gobierno,
por honesto que sea,
puede sustituir la conciencia de un pueblo.

Hoy, desde la posteridad,
repito lo que entonces apenas pude insinuar:
no somos espectadores de la historia,
somos su materia viva.
En cada elección cotidiana,
en cada gesto hacia el vecino,
en cada silencio cómplice o palabra valiente,
vamos levantando o destruyendo
la casa invisible donde habitarán
los que vendrán después.

La hora grave no fue solo aquel agosto.
La hora grave es cada momento
en que un país debe decidir
si avanza hacia la humanidad compartida
o se deja arrastrar
por la comodidad del egoísmo.

 

II. El pan detenido en los caminos

Recuerdo con nitidez
esa sensación de asfixia
que no venía sólo de la política,
sino del pan que no llegaba a la mesa,
del azúcar que no alcanzaba,
de la leche que se perdía
mientras los niños esperaban el vaso vacío.

Yo miraba las cifras,
escuchaba los informes,
pero detrás de cada porcentaje
veía un rostro concreto:
una madre haciendo fila,
un viejo que se quedaba sin calefacción,
un enfermo al que no alcanzaba la ambulancia,
un pescador tirando al mar
lo que nadie podía transportar a la ciudad.

Que un país se paralice
no es solo una disputa de fuerzas:
es la vida cotidiana quedando atrapada
en medio de intereses que la sobrepasan.

Me dolía especialmente
pensar en los alimentos pudriéndose
a pocos kilómetros de un pueblo hambriento.
Ese absurdo me hería
como una injusticia elemental:
no es solo carencia,
es desperdicio ante la necesidad.

Desde este tiempo sin fronteras
vuelvo sobre esa escena:
camiones inmóviles,
depósitos llenos,
almacenes vacíos,
cocinas donde la olla
suena hueca.

Y en medio de esa contradicción
se alzaba una verdad sencilla:
cuando se detienen los caminos,
no se detienen solo los motores,
se detiene la circulación de la esperanza,
esa certeza humilde
de que el esfuerzo de uno
llegará, de algún modo,
a aliviar la vida de otro.

 

III. Los quemados de la noche

Entre todos los recuerdos duros,
uno vuelve con insistencia
como una herida que no cierra:
la visita a la sala de quemados.

Allí no cabían los discursos,
ni las explicaciones,
ni las palabras encadenadas
que se aprenden para la tribuna.

Había una anciana
que ya llevaba la muerte en la piel,
su hija en un equilibrio frágil
entre la vida y la sombra,
y tres niñas inocentes
marcadas para siempre
por una explosión que no entendían.

Vi en sus cuerpos
la geometría cruel
de una decisión ajena:
alguien, en algún lugar,
había planeado volar un ducto,
interrumpir un flujo,
demostrar fuerza.

Ellas eran la consecuencia silenciosa,
las víctimas que no figuran
en los cálculos de nadie,
el precio humano
que nunca se incluye
en las contabilidades del odio.

Mientras las miraba,
todo lo demás se desvanecía:
el debate, las cifras,
los planes y contra planes.
Sólo quedaba el estremecimiento
de ser testigo
del sufrimiento desnudo.

Desde esta posteridad
quisiera que ese momento
no se perdiera en el olvido:
que cada vez que alguien
piense en la violencia
como herramienta legítima,
vea por un instante
los ojos de esas muchachas,
la piel vendada,
el futuro cambiado para siempre
por una noche de fuego
que ellas jamás escogieron.

 

IV. La ciudad sitiada sin estruendo

Hubo un tiempo
en que la ciudad se volvió difícil de respirar
sin que cayera una sola bomba del cielo.

No era un sitio en el sentido clásico,
pero lo era en lo más profundo:
gente que no podía llegar al hospital,
trabajadores caminando largas horas
para no faltar a sus tareas,
mujeres peregrinando
en busca de combustible
para cocinar lo poco que tenían.

El asedio era otro:
calles bloqueadas,
servicios interrumpidos,
puentes amenazados,
vías férreas convertidas
en escenario de sabotajes.

Yo escuchaba los informes
y sentía una mezcla áspera
de impotencia y resolución.
No me interesaban las “hazañas” técnicas
de quienes se vanagloriaban
de dejar sin luz, sin agua, sin transporte
a sus propios compatriotas.

Pensaba en la ciudad
como un organismo vivo:
sus arterias de acero y asfalto,
sus pulmones hechos de barrios,
sus nervios de cable y riel.
Y veía cómo manos humanas
apretaban, una a una,
las zonas vitales de ese cuerpo colectivo.

Desde la distancia,
lo que persiste no es la rabia,
sino la pregunta:
¿en qué momento algunos
pueden considerar legítimo
hacer sufrir a muchos
para probar un punto,
para imponer una voluntad?

La ciudad sitiada sin estruendo
es una metáfora terrible
de lo que somos capaces de hacer
cuando olvidamos
que la patria no es un concepto,
sino millones de vidas
tratando, simplemente,
de llegar al día siguiente.

 

V. Los que sostienen la jornada

En medio de tanto daño,
hubo también destellos
que me sostuvieron el ánimo.

Recuerdo a los choferes
que, desafiando amenazas,
se ofrecieron a conducir
los pocos vehículos disponibles.
No preguntaban por horas extras
ni por seguridades absolutas:
sabían que cada viaje
podía costarles caro,
y aun así tomaban el volante.

Pienso en los voluntarios
cargando y descargando vagones,
en muchachos y muchachas
que cambiaron el ocio por esfuerzo,
en campesinos recorriendo la vía férrea
para evitar un descarrilamiento,
en trabajadores que, sin transporte,
fueron a pie a sus fábricas
porque sentían que abandonar su puesto
era abandonar también a los demás.

Esos gestos no salían
con titulares ruidosos,
pero eran la verdadera columna
que impedía el derrumbe total.

Yo veía en ellos
la mejor versión de mi país:
personas que, sin uniforme,
sin cargo, sin banda,
entendían que la responsabilidad
no se delega por completo
en ningún gobierno.

Desde este lugar de memoria,
agradezco de nuevo
a esos que sostuvieron la jornada
cuando todo parecía inclinarse
hacia la parálisis:

hombres y mujeres
que eligieron la ruta más difícil,
la de seguir cumpliendo su deber
no por fanatismo,
sino por una ética profunda,
casi instintiva:
“si yo no hago lo que me corresponde,
el dolor será mayor para otros”.

 

VI. La mesa de las decisiones difíciles

Muchos imaginaron aquel gabinete
como una puesta en escena,
como un gesto más
en medio de tantos gestos.

Yo recuerdo, en cambio,
la seriedad casi pesada
que llenaba la sala
cuando nos reuníamos.

Ver sentados en la misma mesa
a civiles y a mandos uniformados
no era un símbolo de fuerza,
era la confesión silenciosa
de que el país estaba
en una encrucijada tan grave
que todas las instituciones
debían asumir juntos
el peso de las decisiones.

No hubo resoluciones tomadas en secreto
a espaldas unos de otros.
Las medidas se acordaban
con la unanimidad dolorosa
de quienes saben
que cualquier camino elegido
traerá consigo
una parte de incomprensión y rechazo.

Para mí,
aquellas reuniones no eran teatro:
eran horas largas
de análisis y conciencia,
donde el interés mayor
no era la imagen,
sino la pregunta insistente:
“¿cómo proteger la vida,
cómo evitar que el caos
se trague lo que aún se sostiene?”

Desde esta distancia,
solo puedo decir
que cada firma estampada,
cada decreto,
cada requisición,
llevaba sobre sí
el peso de noches en vela.

Un gobernante no decide solo;
decide junto a otros
y bajo la mirada invisible
de aquellos a quienes afectará
cada resolución.

En esa mesa sentí
que el verdadero poder
no es dominar,
sino cargar sobre los hombros
la suma de las consecuencias.

 

VII. Al borde de la guerra entre hermanos

Hubo una frase
que no pronuncié a la ligera:
“estamos al borde de una guerra civil”.

No era una exageración
ni un recurso dramático
para conmover a nadie.
Era la constatación dura
de un clima que se hacía irrespirable:
rencores cruzados,
violencias sueltas,
vocaciones de incendiar
antes que de comprender.

Yo conocía la historia
de otros pueblos
que se rompieron por dentro
hasta quedar irreconocibles.
Sabía que una vez
que la sangre corre entre hermanos,
cuesta generaciones
recobrar la confianza,
y a veces jamás se recupera.

Por eso insistía
en la serenidad difícil,
en la calma que no es pasividad,
sino contención responsable.

No quería un país de rodillas,
quería un país que,
ante la provocación,
no perdiera el sentido
de lo que está verdaderamente en juego:
la vida de la gente sencilla,
el futuro de los niños,
la continuidad de una historia
que no merece ser escrita
solo con actos de odio.

Desde la posteridad
vuelvo a hacer la misma súplica
a quienes lean estas palabras
en otro tiempo:
desconfíen de quienes
convierten la guerra interna
en horizonte inevitable.

Siempre hay un instante,
aunque sea mínimo,
en que se puede elegir lo contrario:
bajar el volumen,
abrir una puerta,
guardar la piedra,
reconocer en el otro
no un enemigo abstracto,
sino a alguien
que también tiembla,
que también teme,
que también ama a alguien
en alguna casa.

 

VIII. La voz interrumpida

Aquella noche
mi palabra quedó cortada
por un apagón brusco,
por una oscuridad repentina
que silenció micrófonos y pantallas.

Quise seguir hablando
y no hubo cómo.
El país se quedó a medias
con una frase en el aire,
con una preocupación
que no alcancé a desplegar entera.

Hoy, desde este otro tiempo,
ese corte se me aparece
como símbolo de algo más hondo:
la voz que intenta advertir,
reflexionar,
pedir serenidad y responsabilidad,
y de pronto queda suspendida
por fuerzas que la superan.

Pero las palabras,
cuando nacen de una convicción verdadera,
no dependen solo de cables
ni de transmisores.
Siguen viajando en la memoria
de quienes las escucharon,
se mezclan con sus propias experiencias,
vuelven a aparecer en la conciencia
cada vez que el país vive
otro momento de riesgo.

Mi exposición interrumpida
no fue un final,
fue un punto y seguido
que el tiempo se encargó de prolongar
en otras voces,
en otras generaciones
que quizá nunca me oyeron,
pero que enfrentan,
a su modo,
las mismas preguntas esenciales:

¿qué hacemos
cuando la vida común está en peligro?
¿cómo actuamos
cuando el miedo y el resentimiento
parecen querer gobernarlo todo?

Desde la posteridad,
solo puedo desear
que lo que no alcancé a decir esa noche
lo complete ahora
la reflexión serena de quienes leen:
que cada uno,
en la soledad de su conciencia,
termine la frase interrumpida
con actos de humanidad,
de justicia,
de fraternidad sencilla.

 

89.  PILARES EN LA TORMENTA

 

I. El regreso desde Chillán

Regresé a Santiago
con el olor de Chillán todavía en la ropa,
con el eco de un acto solemne
pegado a la memoria como una bandera antigua.

Allá, frente al pueblo y al Ejército reunidos,
habíamos recordado a O’Higgins,
pero en realidad,
lo que yo sentí no fue solo historia:
fue la presencia silenciosa
de todos los que empujaron antes que nosotros
esta pesada rueda llamada Chile.

Volví a La Moneda
con esa mezcla de orgullo y desvelo
que nace cuando uno ve
que el pasado no está muerto,
sino que nos mira, nos mide,
nos pregunta en voz baja:
“¿serán ustedes dignos de continuar este hilo?”

La patria, para mí,
nunca fue un concepto abstracto:
eran los rostros que vi en Chillán,
eran los uniformes alineados
junto a las manos vacías del pueblo,
era esa coincidencia frágil
en que, por un instante,
distintas orillas se sienten una sola.

Cuando crucé de nuevo
las puertas de La Moneda,
traía conmigo esa sombra luminosa:
un padre de la patria mirándome desde lejos,
como si me entregara, sin palabras,
un relevo que quema en las manos.

Desde la posteridad lo confieso:
no me sentí héroe ni estatua,
me sentí apenas un eslabón,
un hombre concreto
tratando de que el sacrificio de otros
no quedara reducido a fechas en un calendario,
sino que siguiera respirando
en la forma en que decidimos,
en la forma en que cuidamos
lo que ellos ayudaron a fundar.

 

II. Los que ponen su cargo en la mesa

Esa tarde me esperaban
en el palacio silencioso.
Cuando regresé,
no encontré sólo informes ni papeles:
encontré dos hombres
que traían en las manos sus renuncias
como quien trae el propio corazón.

El General Prats,
el Almirante Montero,
me dijeron, con la sobriedad
de quienes no dramatizan su gesto,
que ponían a mi disposición
las carteras y los mandos
que ejercían en mi confianza.

No era una huida,
no era un cálculo.
Yo vi en sus ojos
lo que vi tantas veces en otros servidores:
el deseo de no ser obstáculo
para el bien mayor,
la disposición de sacrificarse
antes que convertirse en piedra de tropiezo.

Sentí por ellos
una gratitud difícil de decir.
No por la renuncia ofrecida,
sino por el desinterés que la sostenía:
por entender que nadie
es insustituible en los cargos,
pero todos somos responsables
del efecto que nuestras decisiones
tienen sobre el tejido frágil del país.

Rechacé esas renuncias
porque su presencia
seguía siendo necesaria,
pero me quedó grabada
la lección silenciosa:

servir no es aferrarse,
es estar dispuesto a dejar el lugar
si eso ayuda a que la casa común
no se derrumbe.

Hoy, desde la posteridad,
cuando pienso en aquellos minutos,
veo a dos hombres de uniforme
poniendo su rango sobre la mesa,
como un acto de humildad
y no de debilidad,
como un servicio más
al mismo país
que los formó en la disciplina.

 

III. La inquietud en los cuarteles

Más tarde,
cuando el día ya había cambiado de tono,
llegó a mi despacho
el nuevo Comandante de la Fuerza Aérea.

Traía noticias
de conversaciones intensas
en las bases,
en los hangares de El Bosque y Cerrillos,
donde un grupo de oficiales
reclamaba algo muy humano:
la verdad.

No les bastaba
la versión que venía en los rumores,
en la prensa deformada,
en las palabras que se repiten
sin verificación alguna.
Querían entender
qué había ocurrido en realidad,
qué había detrás de renuncias,
de cambios,
de anuncios cruzados.

En esa búsqueda
yo reconocí algo valioso:
los hombres de armas
también dudan,
también necesitan claridad,
también sufren
cuando sienten que una sombra
se extiende sobre su institución.

Que un general se siente
a explicar de frente,
sin subterfugios,
a quienes sirven bajo su mando,
es un acto que yo siempre valoré:
el respeto de la jerarquía
no está reñido
con el derecho a saber,
con la necesidad de orientar
la conciencia de quienes cargan,
cada día,
el peso de decisiones difíciles.

Desde esta altura del tiempo
lo miro con serenidad:
no se trataba sólo
de detalles de mando,
sino de algo más profundo:
la lucha entre la desinformación
y la transparencia,
entre la intriga que corroe por dentro
y la palabra directa
que permite seguir confiando.

En aquellos diálogos internos
se jugaba también
la salud espiritual de una institución
llamada a servir al país,
no a los murmullos interesados
que querían usarla como instrumento.

 

IV. La casa común y sus pilares

Siempre tuve claro
que mi relación con las Fuerzas Armadas
debía ser limpia,
sin intermediarios de conveniencia,
sin manos invisibles
tirando de un lado y de otro.

Como Presidente,
sabía que en la verticalidad de mando,
en la disciplina asumida,
en el profesionalismo sobrio
de esas instituciones,
descansaba una parte importante
de la paz interna.

Por eso me dolía
ver cómo algunos
intentaban introducir la cuña,
deteriorar la confianza,
romper la cohesión
desde fuera y desde dentro.

Un país es como una casa grande:
si uno de sus pilares se resquebraja,
no se derrumba solo ese muro,
tiembla todo el edificio.
Y las instituciones armadas
eran uno de esos pilares fundamentales,
no por poder,
sino por responsabilidad.

Nunca toleré
ni hubiera tolerado
que grupos políticos,
de cualquier signo,
buscaran convertirlas
en herramienta parcial,
en resorte de intereses
que no fueran
el resguardo de la comunidad entera.

Desde la posteridad,
lo digo sin etiquetas ni consignas:
las instituciones que tienen en sus manos
la fuerza legítima del Estado
deben ser especialmente celosas
de su independencia
frente a presiones facciosas.

Cuando ellas se desvían,
no se compromete solo un gobierno,
se compromete la continuidad
de la vida civilizada,
la posibilidad de que los conflictos
se resuelvan con leyes
y no con fusiles.

Yo creí,
y sigo creyendo desde esta distancia,
en un equilibrio delicado:
autoridad civil responsable
y lealtad profesional de las armas,
ambas al servicio de algo
que las trasciende:
el derecho de la gente
a vivir sin miedo
bajo el mismo cielo.

V. Una noticia de respiro

Al final de esa jornada densa,
cuando las horas ya pesaban
como ladrillos húmedos,
pude dar, por fin,
una noticia de respiro.

No era una gran victoria,
ni un giro milagroso,
pero sí un gesto luminoso
en medio del cansancio:
se abría la posibilidad
de que buses y camiones
volvieran a moverse,
de que las rutas retomasen
su pulso cotidiano.

Pensé entonces
no en los documentos firmados,
sino en las personas concretas
que sentirían ese alivio:

la mujer que podría
mandar a su hijo al consultorio
sin temor a no encontrar locomoción;
el trabajador que llegaría
a su fábrica sin caminar horas;
la anciana que miraría por la ventana
y vería pasar, otra vez,
el bus que antes marcaba
el ritmo de su barrio.

Cuando hablé
de que el transporte
podría volver a ponerse al servicio
de los centros de trabajo
y de la población,
no pensaba en cifras,
pensaba en dignidad.

Volver a llegar a tiempo,
volver a abastecer las ferias,
volver a sentir
que la ciudad funciona
aunque sea de manera imperfecta,
era devolver a la gente
un poco de esa normalidad
que sólo se valora
cuando se pierde.

Desde este horizonte lejano
veo con ternura
el empeño que poníamos
en esas pequeñas conquistas:
no eran triunfos de poder,
eran recuperaciones de humanidad,
de ese derecho sencillo
a vivir el día a día
sin que todo sea lucha,
sin que cada desplazamiento,
cada compra,
cada visita al hospital
se transforme en odisea.

Por eso, al terminar aquella declaración,
me aferré a esa esperanza concreta:
que los motores volvieran a encenderse,
no como símbolo de nada,
sino como señal humilde
de que, por un momento,
la vida de los chilenos
podría respirar un poco mejor.

 

90.  PUENTES EN LA PENUMBRA

 

I. El hilo del entendimiento

Recuerdo aquella carta
como quien recuerda un puente
tendido sobre un río crecido.

Sabía que bajo la superficie del país
corrían corrientes profundas,
golpes de marea,
movimientos oscuros
capaces de arrastrarnos
a una catástrofe social
que muchos intuían
y pocos nombraban en voz alta.

Por eso tomé la pluma
no como arma,
sino como mano extendida.
No escribí para convencer al adversario,
escribí para llamarlo al borde del abismo
y decirle:
“mira conmigo hacia abajo,
veamos si aceptamos juntos
que ninguna discrepancia
vale la caída de todos”.

No pedía coincidencias totales,
pedía apenas un mínimo de razón
en medio del oleaje,
un acuerdo modesto
que pusiera freno
a la lógica del todo o nada.

Desde la posteridad me contemplo
en aquel gesto:
un hombre cansado,
rodeado de cifras, discursos, presiones,
que aun así se sienta a redactar
una invitación al diálogo
porque intuye
que si se rompe ese hilo,
la historia nos mirará
con una pregunta irrespondible:

¿por qué no hicieron todo lo posible
por entenderse
antes de que fuera demasiado tarde?

 

II. El desacuerdo y la mesa compartida

Aquel intercambio no fue
una cortesía de salón.
Bajo cada párrafo
latía una tensión real,
años de desconfianza,
miradas opuestas
sobre el rumbo de la patria.

Sin embargo, en medio del desacuerdo,
yo distinguía algo valioso:
existía una mayoría democrática,
gente que, desde distintas orillas,
quería evitar que el país
se devorara a sí mismo.

No buscaba imponer mi criterio
como marca de fuego
sobre el otro.
Quise decir con claridad:
“no te pido que renuncies a tus convicciones,
te pido que nos sentemos en la misma mesa
y veamos qué parte del pan
podemos compartir todavía”.

Comprendí que el diálogo verdadero
no es una rendición disimulada,
es un acto de humildad mutua:
reconocer que ninguno
posee toda la verdad,
que los principios
ganan o pierden densidad
según la manera
en que se encarnan
en la vida concreta de la gente.

Desde esta distancia,
lo sigo creyendo:
no se trata de borrar las diferencias,
sino de impedir
que ellas se conviertan
en cuchillos inevitables.
El desacuerdo puede convivir
en una casa donde se respeta
el techo común.
Eso era lo que buscaba entonces:
no unanimidad,
sino la preservación
de esa casa compartida
llamada democracia.

 

 

 

 

III. la ley y el rostro humano

Entre nosotros
se alzaba también
un conflicto de interpretaciones,
esas batallas sutiles
que se libran en los textos,
en los quórums,
en la letra menuda.

Yo defendía, con terquedad,
el régimen presidencial
que la Constitución me encargaba cuidar.
No por amor a la forma,
sino porque veía en ella
un dique necesario
contra el desorden imprevisible.

Pero al mismo tiempo sabía
que un país en crisis
no puede quedar prisionero
de una discusión jurídica interminable
mientras sus hijos
se preguntan qué comerán mañana,
mientras se erosiona la confianza
y crece la angustia
en los barrios y en los campos.

Por eso propuse una salida
que conciliara sin humillar,
que reconociera la disputa
pero no la dejara gobernar
por encima del sufrimiento concreto.

Estaba dispuesto
a promulgar lo que me costaba aceptar
si, al mismo tiempo,
se abría un camino claro
para ordenar el proceso,
para dar seguridad
a quienes temían perderlo todo,
para fijar reglas nuevas
que no pisotearan las anteriores
como si nada valieran.

Desde la posteridad
miro ese esfuerzo
como un intento honesto
de recordar que la ley
no es un ídolo de papel:
es un instrumento vivo
que solo tiene sentido
si protege el rostro humano
que hay detrás de cada artículo.

 

IV. Los ocho puntos del camino

En medio de la tormenta
intenté trazar
algo parecido a un mapa.

No era un diseño perfecto,
era una serie de hitos mínimos,
ocho puntos
que pudieran servir
como piedras firmes
en el lecho del río.

Hablaba del mando
y de la autoridad responsable,
de instituciones que debían
mantener su lugar propio,
de la participación popular
sin ruptura del marco común,
de la definición de competencias,
del respeto al derecho,
del ordenamiento de la propiedad
y del esfuerzo económico
para frenar la herida de la inflación.

Visto desde hoy,
parece una enumeración abstracta.
Entonces, cada punto
representaba, en realidad,
una zona de fractura:
un lugar donde el país
podía quebrarse sin remedio
si no encontrábamos
un mínimo de convergencia.

Lo que buscaba
no era un plan brillante
que la historia recordara,
sino un hilo de continuidad
que permitiera al pueblo
seguir viviendo,
trabajando,
esperando algo mejor
sin que cada día
fuera un sobresalto.

Desde este tiempo sin fechas
comprendo que esos ocho puntos
eran, para mí,
como ocho velas encendidas
en una sala llena de corrientes de aire:
sabía que podían apagarse,
pero mi deber era protegerlas
con las manos abiertas
el mayor tiempo posible.

 

V. La casa de las instituciones

Siempre pensé
que la fortaleza de un país
no reside en un hombre,
ni en un partido,
ni en un uniforme,
sino en la calidad
de sus instituciones vivas.

Miraba al Congreso,
a los tribunales,
a los partidos,
a las organizaciones sociales,
a las propias Fuerzas Armadas,
y veía en ellos
las habitaciones diversas
de una misma casa.

Si una de esas piezas
se derrumba
o se vuelve inhabitable,
las demás se resienten,
aunque aparenten firmeza.

Por eso insistía
en la responsabilidad de todos:
del gobierno,
de la oposición,
de quienes llevábamos firmas visibles
y de quienes actuaban
tras bambalinas.

Sabía que la tentación
de usar el desgaste institucional
para obtener ventajas inmediatas
era grande.
Pero también sabía
que cada vez que se daña
una institución democrática
para ganar una batalla puntual,
se hiere un recurso
que tal vez mañana
sea indispensable
para sostener al propio país
cuando vuelva a temblar.

Desde la posteridad
no me interesa saber
quién tuvo razón numérica
en tal o cual disputa.
Me duele, en cambio,
cualquier gesto
que haya empujado
al desmoronamiento
de la vida cívica.

La casa de las instituciones
es imperfecta,
llena de goteras y grietas,
pero es la única
que nos protege
del frío de la arbitrariedad absoluta.
Eso era lo que trataba de cuidar
cuando pedía diálogo
aun con quienes más
se alejaban de mi mirada.

 

 

VI. la mirada de la historia

Mientras escribía aquella carta,
no pensaba solo en mi interlocutor,
pensaba también
en los ojos invisibles
de quienes un día
leerían esas líneas
como se lee un documento antiguo.

Sabía que la historia
no es un tribunal imparcial,
pero sí es una memoria obstinada:
guarda los gestos de generosidad
y también las intransigencias
que costaron demasiado.

Por eso le recordé
nuestras responsabilidades compartidas.
No eludía la mía,
no exageraba la suya,
solo quería decir:
“algún día nos juzgarán
no tanto por lo que defendimos,
sino por lo que hicimos
o dejamos de hacer
para evitar el derrumbe”.

Desde esta posteridad,
sin el peso de la banda,
miro a aquel hombre
que firma como Presidente
y veo a alguien
hondamente consciente
de que sus decisiones
no se agotan en su tiempo:
irán a depositarse
en la conciencia de un pueblo
que seguirá viviendo
más allá de nuestra breve actualidad.

Mi invitación final
a continuar el diálogo
no fue un gesto protocolar;
fue una última puerta abierta,
una lámpara colgada
en el umbral de la casa común,
para que nadie pudiera decir,
en los días que vinieron después,
que no intentamos hasta el final
hablar, buscar,
ensayar un entendimiento mínimo
antes de que la noche
se hiciera demasiado espesa.

 

91.    JUVENTUD EN LA ENCRUCIJADA

 

I. La juventud que llega en las horas duras

Recuerdo aquella tarde
en que la plaza se llenó
sin que nadie la convocara.

Había en el aire
un cansancio espeso,
un rumor de país golpeado
por días difíciles.

Y, sin embargo,
de pronto aparecieron ellos:
rostros jóvenes,
pasos que no retrocedían,
voces que no venían a exigir,
sino a ofrecer.

Llegaron con una decisión
que no cabe en los discursos:
la de estar presentes
cuando la historia duele,
la de no mirar desde lejos
el sufrimiento de su propia gente.

Para mí fue
como si un río fresco
entrara al palacio por las ventanas,
lavando el polvo acumulado
de tantas preocupaciones.

Comprendí, una vez más,
que la verdadera fuerza de un país
no está en las paredes del poder,
sino en la conciencia despierta
de su juventud.

Desde esta posteridad,
vuelvo a sentir el mismo agradecimiento:
nadie está realmente solo
cuando, en sus horas más duras,
los jóvenes llegan sin que se les llame
y dicen, con su sola presencia:
“no te dejamos caer,
porque lo que se derrumbe contigo
también se derrumbaría en nosotros”.

 

II. Las manos que levantan la carga

He visto muchas formas de heroísmo.
Algunas llevan uniforme,
otras bandas,
otras medallas.

Pero nunca olvidaré
a aquellos muchachos y muchachas
levantando sacos y cajas,
ordenando bodegas,
cargando alimentos
en la madrugada.

No lo hacían por gloria,
ni por fotografía,
ni por consignas.
Lo hacían
porque sabían
que de ese esfuerzo anónimo
dependía el pan de otros,
la leche de los niños,
la comida sencilla
que sostiene la vida cotidiana.

Cientos de jóvenes
con las manos cansadas
y la ropa sudada,
reemplazando la ausencia de otros,
poniendo el cuerpo
donde faltaban vehículos,
donde sobraban dificultades.

En aquel tiempo
los miré con orgullo,
pero sólo desde esta distancia
comprendo toda la hondura
de su gesto:

levantaban cajas, sí,
pero también levantaban
la dignidad de un pueblo
que no se resigna
a dejar que unos pocos
decidan quién come
y quién no.

Si algo aprendí entonces
es que hay trabajos silenciosos
que nunca aparecerán en las crónicas,
pero que sostienen,
como hombros invisibles,
la posibilidad misma
de la esperanza.

 

III. Las mujeres que entran en la primera fila

Durante años
escuché hablar de la historia
como si fuera una sala
donde solo se sentaran hombres.

Pero en aquellos días duros
vi algo cambiar profundamente:
las mujeres comenzaron
a ocupar la primera fila
no sólo en las casas
y en los cuidados invisibles,
sino también en las calles,
en las organizaciones,
en las tareas compartidas
del trabajo voluntario.

Cuando dije
que no hay transformación profunda
sin la participación de la mujer,
no estaba enunciando una teoría:
estaba describiendo
lo que mis propios ojos veían.

Las vi cargando sacos,
organizando ollas,
recorriendo barrios,
dando ánimo
cuando muchos desfallecían.

Traían consigo
un tipo de fuerza distinto:
no el grito que aplasta,
sino la perseverancia obstinada
de quien está acostumbrada
a sostener el mundo
con gestos pequeños
día tras día.

Desde esta posteridad,
las recuerdo como parte esencial
de ese despertar de conciencia:
sin ellas,
el esfuerzo colectivo
hubiera sido incompleto,
cojo, desequilibrado.

La historia justa
no podrá seguir escribiéndose
como un relato de varones solamente.
En aquellos años
las mujeres entraron
no como nota al pie,
sino como protagonistas
que saben que el futuro
también lleva su nombre.

 

IV. La renuncia de un hombre leal

A veces
la dignidad se expresa
no en tomar un cargo,
sino en dejarlo.

Cuando acepté la renuncia
de aquel general leal,
yo sabía que no estaba
premiando una derrota,
sino reconociendo
un acto de extremo pudor moral.

Durante meses
habían intentado
erosionar su imagen,
tocar su reputación,
hacer tambalear la disciplina
de aquellos a quienes mandaba.

Y él, que había sido capaz
de enfrentar con su presencia
el ruido de los disparos,
decidió dar un paso al costado
no por cobardía,
sino para evitar
que siguieran usando su figura
como excusa
para dividir a sus propios hombres.

Vi en su renuncia
un gesto de protección:
protegía a la institución,
protegía la estabilidad frágil,
protegía incluso
al gobierno que apoyaba,
evitando que su nombre
se convirtiera en pretexto
para nuevas fisuras.

Desde este tiempo lejano,
le sigo rindiendo homenaje:
porque comprendió
que hay momentos
en que aferrarse a un cargo
puede hacer más daño
que soltarlo,
y eligió lo más difícil:
sacrificar su propia posición
para que otros
no tuvieran motivo
para seguir rompiendo
lo que aún se sostenía.

La lealtad verdadera
a veces se expresa
en el silencio y en la renuncia.
Él lo entendió,
y su lección sigue siendo
una página alta
en la historia íntima
de nuestro país.

 

V. Defender los principios cuando duele

Nunca me sorprendió
que quienes siempre se opusieron
a nuestro proyecto
no salieran en nuestra defensa.

Lo que me dolió profundamente
fue ver callar
a quienes se llenaban la boca
con la palabra democracia
y no la defendían
cuando la oían crujir bajo las balas.

No esperaba
que compartieran mis ideas,
pero sí esperaba
que fueran fieles
a las suyas propias,
que levantaran la voz
al menos para decir:
“la legalidad debe respetarse,
aunque no nos guste
el gobierno de turno”.

La coherencia
es una de las formas más altas
de la dignidad humana.
Defender los principios
solo cuando nos favorecen
es convertirlos en disfraz.

Desde esta posteridad,
no guardo rencor,
pero sí una reflexión insistente:
cuando quienes se dicen
guardianes de ciertos valores
callan en el momento crítico,
no solo traicionan al otro,
se traicionan a sí mismos,
dejan sin techo
la casa moral
en la que pretendían habitar.

Las crisis revelan
qué creencias son profundas
y cuáles eran apenas palabras.
Yo vi ese examen
pasar delante de mis ojos,
y aprendí algo que quisiera
que no se olvidara:

la verdadera fe
en la democracia,
en la justicia,
en la convivencia,
se prueba precisamente
cuando quien está en riesgo
es el adversario,
no el aliado.

 

VI. La tarea entre muros y obstáculos

A veces se imagina
que gobernar
es mover libremente las piezas
sobre un tablero en blanco.

Lo que yo viví
se parecía más
a caminar por un pasillo estrecho,
lleno de puertas trabadas,
de escaleras empinadas,
de leyes antiguas
que ya no dialogaban
con la realidad que teníamos delante.

Un Congreso mayoritariamente adverso,
tribunales aplicando normas
nacidas en otro siglo,
trabas administrativas
que frenaban cada intento
de hacer más justa
la vida cotidiana.

Y sin embargo,
el deber seguía siendo el mismo:
avanzar sin romper
el frágil armazón del derecho,
respetar las reglas
incluso cuando parecían injustas,
mientras se trabajaba
por transformarlas.

Era un equilibrio arduo:
no ceder al inmovilismo,
pero tampoco al atajo fácil
que traiciona la legalidad
en nombre de la impaciencia.

Desde esta posteridad
miro aquel esfuerzo
como quien contempla
un camino lleno de piedras:
no pudimos despejarlo todo,
no pudimos llegar tan lejos
como hubiéramos querido,
pero cada paso dado
sin traicionar la conciencia
sigue teniendo valor.

A las nuevas generaciones
solo podría decirles esto:
la tarea de cambiar la realidad
nunca se realiza
sobre terreno llano.
Siempre habrá muros,
siempre habrá resistencias.
Lo esencial
es no perder la limpieza interior
mientras se intenta,
una y otra vez,
abrir espacio al futuro.

 

VII. Mensaje a los jóvenes que aún vendrán

Aquella tarde,
cuando terminé de hablar
ante la multitud reunida,
me despedí de los jóvenes
como quien se despide también
de los que todavía no han nacido.

Les pedí entonces
que no se dejaran arrastrar
por la provocación,
que convirtieran su energía
no en furia estéril,
sino en trabajo,
en estudio,
en organización.

Hoy, desde la posteridad,
repito ese mensaje
para otros ojos
que jamás me vieron
y sin embargo caminan
sobre el mismo suelo:

no hay tarea más dura
que la de construir
una sociedad más justa
respetando al mismo tiempo
el tejido común que nos sostiene.

Es más fácil destruir,
es más fácil gritar,
es más fácil renunciar
cuando los obstáculos se acumulan.

Lo difícil —y por eso grande—
es persistir sin odio,
es aprender a pensar
antes de actuar,
es ser capaces de sacrificio
sin perder la ternura.

Les dije entonces
que eran la savia del proceso,
la reserva del pueblo.
Hoy lo amplío:

son también la memoria
de lo que fuimos,
y la posibilidad
de que nuestros errores
no se repitan.

Si alguna vez
estas palabras llegan a ustedes,
jóvenes de otro tiempo,
solo les pido esto:

no renuncien
a la combinación más exigente
y más hermosa:
la pasión por la justicia
y el respeto por la vida,
la rebeldía contra la injusticia
y la disciplina interior
que impide convertirse
en aquello que se combate.

Por Chile, por cualquier país,
háganlo con la entereza
de la juventud auténtica,
esa que no se vende
ni se resigna,
pero tampoco olvida
que, incluso en los días más duros,
seguimos siendo
una sola humanidad
buscando un lugar digno
bajo el mismo cielo.

 

92.   LAS LEALTAD EN LA TEMPESTAD

 

I. La gestión que mira hacia el futuro

Desde esta orilla del tiempo
vuelvo a mirar la huella
de aquel soldado
que no se conformó
con administrar la rutina.

En días de incertidumbre
él pensaba en décadas.
Mientras otros se enredaban
en la pelea inmediata,
él trazaba planes,
modernizaba cuarteles,
ponía la mirada
en la ciencia y la técnica
que exigía el mundo nuevo.

Comprendí entonces
que el amor a una institución
no se mide solo
por la nostalgia de sus glorias,
sino por la capacidad
de prepararla silenciosamente
para los desafíos que aún no llegan.

Lo vi preocuparse
por los niveles de estudio,
por la formación rigurosa,
por la dignidad profesional
de cada hombre bajo su mando.

Su gestión
no fue un listado de obras,
fue un gesto de respeto:
quería un cuerpo armado
a la altura del tiempo,
capaz de cumplir su función
sin perder su alma.

Hoy, desde la posteridad,
sé que esa es la verdadera reforma:
la que cambia estructuras
y al mismo tiempo cuida
la vocación profunda
de quienes sirven.

En medio de la tormenta,
él trabajaba como quien construye
un puente para generaciones futuras,
sabiendo que quizá
muy pocos verían
la magnitud de lo que hacía.

 

II. El brillo humilde del deber cumplido

Fuiste el mejor alumno
en aulas de hierro y disciplina,
sobresaliste en los salones
donde se estudia la guerra
para evitar, precisamente,
que el país se desgarre.

Era natural
que trajeras esa excelencia
a las tareas más altas,
que llenaras de rigor
cada decisión,
que unieras lealtad
con eficiencia silenciosa.

Y, sin embargo,
cuando quise darte las gracias,
sé que en tu interior
pensabas simplemente:
“no hice más que mi deber”.

En eso reside tu grandeza:
en no transformar en mérito
lo que entendías como obligación,
en considerar que la lealtad
no era una virtud excepcional,
sino el mínimo exigible
a quien viste un uniforme
al servicio de la nación.

Desde este tiempo lejano
permíteme insistir
en aquello que tú minimizabas:
el país entero fue beneficiado
por tu profesionalismo sobrio,
por tu fidelidad al compromiso
no con un hombre,
sino con un pueblo
y con un orden legal
que lo amparaba.

Hay seres humanos así:
cuanto mejor actúan,
menos importancia se atribuyen.
Por eso sentí que me correspondía
agradecerte en nombre de todos,
aunque tú siguieras repitiendo
que solo habías caminado
la línea recta
que tu conciencia te trazó.

 

III. La línea invisible de la lealtad

Cuando pienso en tu nombre,
aparece también el de otro
que cayó antes que tú
en el camino de la fidelidad.

No hablo de fechas ni de cargos,
hablo de una línea invisible
que une a quienes entienden
que la fuerza armada
no es un botín de la coyuntura,
sino un servicio sometido
a un marco que lo trasciende.

Tomaste el mando
en momentos ásperos,
cuando las balas traidoras
ya habían demostrado
hasta dónde podían llegar
los que despreciaban
la voluntad soberana de un pueblo.

Sobre tus hombros
pesaba no solo el uniforme,
sino la herencia de una tradición
que decía:
“las armas no deciden
sobre el gobierno de la nación,
lo custodian”.

Tu nombre cruzó fronteras
no por desfiles ni victorias,
sino por algo más raro:
tu resistencia a ser instrumento
de intereses ajenos
a la misión que juraste cumplir.

Desde la posteridad,
veo esa continuidad
como un hilo de luz
en medio de una sala oscura:

hombres que,
en silencio,
se niegan a torcer la vocación
de la institución que aman,
aunque ello les cueste
la tranquilidad, la carrera
y hasta la propia seguridad.

En esa línea invisible
se sostiene también
la dignidad de un país.
Sin ella,
las palabras sobre libertad
y soberanía
se vuelven sonidos huecos
que el viento se lleva.

 

IV. La renuncia como reserva moral

Cuando supe de tu decisión
de dejar el mando y el uniforme,
no lo leí como una retirada,
sino como un gesto extremo
de responsabilidad.

Te habían atacado con bajeza,
habían puesto en cuestión
tu hombría de bien,
habían empleado recursos
que nada tienen que ver
con el debate transparente.

Pero tu renuncia
no fue un acto de derrota,
fue una forma de decir:
“no permitiré que me usen
como herramienta
para romper lo que aún se mantiene”.

Yo vi en ese paso al costado
una lección silenciosa
para quienes se acostumbran
a aferrarse al poder:
supiste soltarlo
antes que se convirtiera
en motivo de mayor fisura.

Te transformaste así
en algo que este país necesita:
una reserva ciudadana,
un hombre disponible
para servir de otras maneras
cuando la patria,
más adelante,
volviera a llamarte.

No todos comprenden
la fuerza que hay
en renunciar a tiempo.
Desde esta orilla del tiempo,
yo la valoro como uno
de tus actos más altos:

no te doblaste,
no te rendiste,
solo te corriste a un lado
para que no siguieran golpeando
a través de ti
a la institución que amabas,
ni pudieran usar tu nombre
como palanca
para fines que rechazabas.

 

V. Amigos en la intemperie

Al escribirte aquella carta,
no hablaba solo el Presidente,
hablaba también el amigo
que compartió contigo
horas tensas y decisiones pesadas.

Ambos llevábamos en la memoria
nombres que dolían:
hombres caídos
por mantenerse fieles
a una idea de país
donde la violencia
no dictara el destino.

Habíamos sentido
el vacío que deja
un compañero asesinado,
la silla que no vuelve a ocuparse,
el eco de una voz
que se apaga para siempre
en los pasillos del poder.

Sabía que tú,
con tu sensibilidad recia,
sentías esos golpes
en lo más hondo.

Por eso quise decirte,
entre líneas,
que no estabas solo
en esa intemperie moral.

Los ataques soeces,
las campañas de desprestigio,
las amenazas veladas,
intentaban quebrarte por dentro.

Pero tu renunciamiento
mostró que la fortaleza
no consiste en resistir
a cualquier precio,
sino en saber cuándo
un paso atrás personal
puede significar
un paso adelante
para la dignidad de todos.

Te hablé con afecto
porque conocía tu corazón:
sabía cuánto costaba irse,
sabía que no buscabas honores,
que te dolía más Chile
que cualquier afrenta personal.

Desde la posteridad
te repito aquello
que entonces apenas insinué:

tu hombría serena,
tu lealtad sin estridencias,
tu decisión de no traicionarte
ni traicionar lo que creías justo,
son parte de las reservas invisibles
que este país guarda
para los tiempos difíciles.

Y la amistad que compartimos
fue, en medio de tanta oscuridad,
una forma de recordar
que, aun en los cargos más altos,
seguimos siendo hombres concretos
que necesitan,
de vez en cuando,
una palabra que los nombre
no solo por su rango,
sino por lo que son en esencia.

 

93.   EL TERCER AÑO Y LA LLAMA INTERIOR

 

I. Tres años y el ascenso del pueblo

Hace tres años,
como un alba que se abre paso entre los acantilados,
vi al pueblo levantarse
con la firmeza de una piedra húmeda
que por siglos aguardó su nombre.

Preguntaron muchos
si aquella victoria limpia,
forjada en el puño calloso de los trabajadores,
tendría fuerza suficiente
para resistir la marea del mundo,
para construir el alto andamio
de una patria distinta.

Yo también me interrogué
y me dolió la claridad de la respuesta:
lo más arduo no era llegar,
era permanecer.
Lo más difícil no era conquistar el Gobierno,
era sostener en la mano temblorosa del hombre
el fuego antiguo de la transformación.

Miré entonces
cómo la historia se abría a nuestros pies
como un campo recién arado:
había terrones que sangraban,
raíces que se defendían,
estamentos pétreos
que no querían soltar su sombra.

Sobre ese suelo
escribimos los primeros pasos,
y a cada golpe de arado
brotaban enemigos que no dormían,
que se alzaban más furiosos
al sentirse heridos por la simple idea
de que el país podía cambiar.

Pero el pueblo maduró.
Maduró en su dolor,
en sus incertidumbres,
en su paciencia larga
como la respiración de la cordillera.

Y yo, que ahora hablo desde otra ladera del tiempo,
puedo medir la magnitud de aquel ascenso:
cómo en medio del asedio
creció la conciencia,
cómo en los barrios
la dignidad se volvió un pan compartido,
cómo en las mujeres
brilló una luz nueva
que sostuvo la noche del país.

Era difícil.
Era arduo.
Pero era nuestro.

Y todavía veo desde aquí,
con un temblor que no envejece,
esa estampa del pueblo
levantándose entre ruinas y amenazas,
como un árbol que se niega
a renunciar a sus raíces.

Éramos caminantes del alba,
éramos herreros del porvenir,
éramos los hijos de una esperanza golpeada
que, sin embargo, no se rendía.

Yo avancé con ellos.
Con su voz.
Con su fatiga.
Con su tembloroso coraje.

Porque hace tres años comenzó,
no una gestión,
sino un ascenso humano:
el lento abrirse del espíritu
hacia un orden del mundo
donde la dignidad
ya no sería lujo,
sino respiración.

Y ese ascenso —lo digo ahora—
no lo detuvo nadie.
Ni siquiera quienes lo combatieron.
Porque aún hoy,
en la posteridad,
lo escucho crecer
como un río mineral
dentro del corazón del pueblo.

 

II. El adversario y la sombra que aprende a golpear

Yo vi nacer a la sombra,
la vi arrastrarse primero como duda,
como murmullo de cristales rotos
en el borde más frágil del país.

La sombra aprendió rápido.
Tomó forma de sabotaje,
de silencio calculado,
de manos que escondían pólvora
en los bolsillos del miedo.

Antes del triunfo
ya nos acechaba;
después, cuando el pueblo
empezó a levantar sus primeras murallas de esperanza,
la sombra creció con dientes más largos
y un apetito antiguo
por devorar todo lo que respirara futuro.

Yo sentí su andar
como quien siente un temblor bajo la tierra:
una amenaza sin rostro,
un rumor golpeando los cimientos
de cuanto intentábamos construir.

El adversario cambió de piel.
Donde antes había palabras duras,
hoy había dinamita.
Donde antes había desacuerdo,
hoy había sangre.
Donde antes había miedo,
hoy había cálculo.

El pueblo avanzaba
—lentamente, con fatiga y claridad—
y cada paso nuestro
levantaba un nuevo filo en el aire,
porque así es el destino
cuando el hombre decide cambiar lo que parece eterno:
el mundo viejo convoca sus guardianes,
sus bestias,
sus sombras indomables.

Pero yo no temí.
No porque fuese valiente,
sino porque vi a mi pueblo
crecer en medio del asedio.
Vi a la obrera que amasa pan
con las manos heridas por la incertidumbre.
Vi al joven que cargaba sacos de harina
como si cargara un país entero.
Vi al minero,
oscuro de polvo y claridad,
alzarse desde la entraña de la roca
para decir que no retrocedería.

Y entonces comprendí
que la sombra puede golpear,
pero no puede aprender a amar;
puede destruir,
pero no puede sembrar;
puede incendiar una sede,
pero no puede incendiar la conciencia.

Yo hablo ahora desde la posteridad
y miro ese combate desigual,
esa danza amarga entre luz y tiniebla,
como quien recuerda una noche larga
que, a pesar de todo,
no logró derrotar a la aurora.

Porque lo supe entonces
y lo sé ahora:
el adversario creció en tácticas,
pero el pueblo creció en espíritu.
Y cuando el espíritu madura,
los golpes dejan de asustar
y se transforman en campanas
que anuncian un país por venir.

La sombra golpeó mucho.
Pero nunca supo
que cada golpe
afinaba la claridad del pueblo,
como si el dolor fuese también
una maza
que forja conciencia.

Hoy, desde esta altura sin tiempo,
lo repito:
nada detiene al hombre
cuando despierta.
Ni la sombra,
ni el miedo,
ni el rencor del mundo viejo
que lo quiere de rodillas.

El adversario cambió.
Y nosotros también.
Pero nuestro cambio
fue hacia dentro,
hacia una profundidad
que la sombra nunca conocerá.

 

 

III. Los voluntarios y el resplandor del sacrificio

Yo los vi.
Entre bodegas silenciosas,
entre sacos que parecían montañas del hambre,
entre madrugadas de manos partidas
por el frío y la esperanza.

Los voluntarios surgieron
como una llamarada humilde,
como un amanecer decidido
a no dejar caer la luz.

Eran jóvenes.
Pero su edad no se medía en años,
sino en la firmeza con que cargaban
la necesidad de un pueblo entero.

Yo caminé con ellos
como quien camina entre semillas
que ya han decidido florecer.

Y todavía hoy,
desde este territorio de la posteridad,
puedo ver sus gestos:
la muchacha que levantaba cajas
como quien levanta un país,
el muchacho que sonreía
a pesar del cansancio
porque sabía que su gesto
iba más allá del pan que distribuía.

Los voluntarios fueron
el primer resplandor
de la patria en movimiento,
el pulso verdadero
de un pueblo que no se resigna.

Si alguna vez dudé,
la duda se deshizo allí,
donde el esfuerzo no era consigna
sino amor encarnado
en espaldas fatigadas.

Hoy sé que esas manos
eran la patria misma
intentando salvarse
mientras los otros la herían.

Ellos fueron la llama.
Ellos fueron la reserva.
Ellos fueron el país que emerge
cuando todo parece perderse.

 

IV. La mujer del pueblo y el latido que sostiene la historia

De todas las fuerzas del país,
la más honda,
la más antigua,
la más paciente,
ha sido siempre la mujer.

Vi a las madres avanzar
entre la penumbra del país,
llevando en sus brazos
la ternura que sostiene
el porvenir de los hijos.

Vi a las obreras
alzarse con una dignidad
que no pedía permiso,
como la raíz que rompe la piedra
sin levantar la voz.

Vi a las compañeras
convertir la noche del país
en un fogón donde se repetía
la palabra “mañana”,
con la misma fuerza
de quien invoca un destino.

Ellas,
que por siglos fueron sombra,
comenzaron a caminar en luz.

Y yo entendí
que ninguna transformación es real
si no nace también
del latido profundo
de la mujer que cuida,
que trabaja,
que sueña
y que no abandona.

Hoy, desde este otro tiempo,
me inclino ante su paso.
Porque mientras algunos se negaban
a aceptar el mundo nuevo,
ellas ya lo estaban construyendo
con su respiración de futuro.

 

V. La conciencia acosada

En aquellos días
vi al país dividirse
como un río que de pronto
pierde su cauce.

Las voces se tensaron,
y en ese estrépito
apareció una amarga verdad:
hay quienes hablan de democracia
solo mientras no les toca obedecerla.

Yo escuché sus acusaciones,
sus golpes disfrazados de leyes,
sus palabras que creían poder
torcer la conciencia de un pueblo.

Pero mi conciencia era clara,
como una piedra lavada por siglos.

Supe que la dignidad
no se defiende con estrépito,
sino con una serenidad que duele.

Y así respondí:
no con furia,
no con temor,
sino con esa voz interior
que el tiempo hoy me confirma:

la legalidad es el puente
entre el hombre que sueña
y el hombre que respira.
Y yo no estaba dispuesto
a quebrarlo.

 

VI. El gesto de Prats y la estatura del sacrificio

Pocos hombres
son capaces de hacer de su renuncia
una piedra luminosa
que señala el camino.

Prats fue uno de ellos.

A su lado aprendí
que la lealtad verdadera
no es adhesión ciega,
sino lucidez moral.

Que un soldado
no se mide por el ruido que provoca,
sino por el silencio interior
que le permite cumplir con su deber
aun cuando el mundo entero
quiera hacerlo caer.

Él dejó su cargo
no por debilidad,
sino por grandeza.

Se apartó del mando
para evitar que la patria
se desgarrara en sus manos.

Y en ese gesto
vi la altura de los hombres
que saben que la responsabilidad
es más pesada que la gloria.

A Prats lo atacaron
porque su sola rectitud
era un obstáculo
para quienes no toleran
la verticalidad de la ética.

Hoy lo nombro
como se nombra a un árbol antiguo:
por su sombra,
por su firmeza,
por la savia que sigue subiendo
aunque ya no lo veamos.

VII. El país que intenta quebrarse y la serenidad del tiempo

Chile,
esas semanas,
era un cuerpo estremecido.

Había manos que empujaban al caos,
había voces que querían incendiar
las vigas que sostienen la convivencia.

Pero también había un silencio,
un silencio que yo escuchaba
como un viejo tambor de la tierra:
el silencio del pueblo maduro.

Ese silencio
me hablaba de una calma
que no era resignación,
sino conciencia.

Yo sabía
que lo que enfrentábamos
no era solo una crisis,
sino una prueba.

Y que la serenidad,
esa palabra antigua
que pocos entienden,
era la única lámpara
para atravesar la noche.

Por eso dije:
cabeza fría,
corazón ardiente.

Porque al gobernar
uno aprende que la valentía
no consiste en avanzar sin temblor,
sino en avanzar
mientras se tiembla.

 

VIII. La voz que responde a la lealtad

En el último tramo
de esa jornada larga,
miré al pueblo reunido
como quien mira una constelación:
cada rostro era una estrella cansada,
pero ninguna se apagaba.

Recordé entonces
lo que dije tres años atrás,
y comprendí que la lealtad
no es un juramento
sino una respiración compartida.

La lealtad del pueblo
era un hilo que me sostenía.

Y yo respondí
con la única lealtad
que un hombre puede ofrecer:
la del que asume su destino
sin ocultarse,
la del que continúa
aunque la noche reclame.

Hoy, desde esta altura sin tiempo,
vuelvo a decirlo:

la lealtad verdadera
es ese puente silencioso
que une al gobernante
con el corazón del pueblo,
y que sigue en pie
aunque la historia
se derrumbe a su alrededor.

 

94.  LAS GRANDES ALAMEDAS

 

I. La madrugada sitiada

A esa hora de la tierra,
cuando el día todavía era un rumor
sobre los techos de Santiago,
me llegó la noticia
como un frío de metal en la lengua del país:
un puerto aislado,
una ciudad tomada,
un juramento roto en la niebla.

No había todavía estruendo,
solo la respiración contenida del alba,
las calles sin misterio,
los relojes ignorando
que el destino había cambiado de curso.

Yo hablé
con la serenidad que duele,
llamé al trabajo,
a la calma,
a la vigilancia lúcida
de los hombres y mujeres
que sostienen el mundo con sus manos.

Mientras tanto,
las paredes de La Moneda
volvían a ser lo que siempre fueron:
no un palacio,
sino un punto de fuego en la historia,
un recinto donde un hombre
debe decidir si se queda
o se va.

Yo escogí quedarme.

Sentí el peso invisible
del mandato que me había dado el pueblo,
como una piedra ardiente en el pecho,
como un río que no se puede devolver
a su origen.

En esa madrugada sitiada
supe que ya no se trataba de mí,
ni de mi nombre,
ni de mi biografía:
se trataba de encarnar,
hasta el último segundo,
la dignidad de un pueblo
que había elegido un camino
a la luz del día.

Y me quedé.
No por heroísmo,
no por gloria,
sino porque comprendí
que hay mañanas
en que un hombre debe ser
exactamente el lugar
donde se prueba la conciencia
de un país entero.

 

II. La decisión de permanecer

Me definí muchas veces:
no apóstol,
no mesías,
no mártir.

Yo era,
soy,
un luchador social
al que el pueblo confió una tarea concreta,
limitada en el tiempo,
con fecha de término y responsabilidad.

Pero hay horas
en que los nombres se deshacen
y solo queda la decisión desnuda.

En esa hora
vi con claridad
el filo donde estaba parado:
un camino me llevaba
al exilio de mí mismo,
a la huida,
a la renuncia silenciosa
que habría desfigurado mi rostro
ante mis propios ojos.

El otro camino
me conducía
a permanecer.

No romantizo esa elección:
olía a humo,
a miedo,
a despedida.
Tenía el sabor metálico
de las decisiones irreversibles.

Yo sabía que,
si permanecía,
podía llegar el momento
en que mi cuerpo fuera solo
un obstáculo a derribar,
un blanco,
un silencio definitivo.

Y sin embargo,
desde una zona honda
que no sabía que tenía,
escuché esta frase interior:
“no daré un paso atrás”.

Lo entendí entonces:
no se trataba de buscar la muerte,
sino de no traicionarme
para salvarme.

Porque hay vidas enteras
que se pierden
en un solo gesto de cobardía,
y hay muertes
que son, en realidad,
un modo radical de permanecer fiel.

Yo no ofrecí mi vida,
no la exhibí como bandera.
Solo acepté
que defender lo que creía justo
podía costármela.

Y esa aceptación
fue mi verdadero acto de fe:
no en mí,
sino en la historia profunda
de los hombres que no renuncian
cuando la noche
se cierra sobre el país.

 

III. El instante bajo los aviones

9:03.
El cielo dejó de ser abstracto.

Los aviones pasaban
como cuchillos de ruido
sobre el techo del palacio,
y cada estruendo
era una pregunta definitiva:
¿hasta dónde puede llegar
la mano del hombre
contra el propio país que lo nombra?

Dije: “es posible que nos acribillen”,
y no era una frase,
era la descripción exacta
de la geometría del momento:
cuerpos finitos
bajo máquinas de acero
decididas a borrar un signo del mapa.

Pero en ese mismo segundo
sentí que lo que verdaderamente
estaba en juego
no era mi cuerpo,
sino el ejemplo.

Que por lo menos,
allí,
en ese foco de fuego,
debía quedar constancia
de que en este país
hay hombres
que cumplen hasta el final
con la palabra empeñada.

La historia no se detiene,
lo repetí con la garganta de bronce
en medio del estruendo,
no se detiene con balas,
no se detiene con bombas,
no se detiene, aunque el edificio
se venga abajo.

Ese instante bajo los aviones
fue una revelación amarga:
comprendí que podían arrasar
las piedras,
los muros,
las ventanas,
pero no podían retroceder
el reloj interior
de un pueblo
que ya había despertado.

Y mientras todo vibraba
como si el cielo se partiera,
yo sentí una calma extraña,
una serenidad
que no venía de lo humano:

iba a pagar con mi vida
la defensa de ciertos principios
que ya no eran míos,
que pertenecían a la tierra,
a los niños,
a los que vendrían después
preguntando qué hicimos
cuando el país estuvo al borde
de perder su rostro.

 

IV. La semilla en la conciencia del pueblo

En mi última hora lúcida
no pensé en palacios,
ni en bandas,
ni en honores.

Pensé en una semilla.

Una semilla no se ve
cuando está bajo la tierra,
cuando la lluvia la golpea
y parece que todo es barro,
pero trabaja en silencio
para estallar en verde.

Así imaginé
la conciencia de mi pueblo.

Sabía que podían
derribar puertas,
romper antenas,
acallar radios,
silenciar mi voz
con el estruendo preciso
de la violencia organizada.

Pero no podían entrar
en la zona íntima
donde un hombre,
una mujer,
un joven,
han comprendido
que la dignidad
no es un lujo,
sino un derecho elemental.

Dije “semilla”
y no fue metáfora fácil:
era mi certeza última.

Podían cortar tallos,
quemar ramas,
arrasar campos,
pero no podían evitar
que, en algún futuro
más temprano que tarde,
otra generación
levantara la frente
y sintiera en el pecho
el mismo impulso
de buscar justicia y respeto
para el que trabaja,
para el que ama,
para el que sueña con un país
sin humillados.

Yo no creí nunca
en hombres imprescindibles.
Por eso, en el borde del silencio,
me aferré a esa imagen:

siempre que se planta
una semilla en la conciencia,
la historia queda obligada
a volver sobre ese lugar,
una y otra vez,
hasta que finalmente
germine.

 

V. La voz que seguirá después de mi cuerpo

Sabía que,
en cuestión de minutos,
podían apagar la radio,
derribar antenas,
sumergir mi voz
en un ruido definitivo.

Dije que el metal tranquilo
de mi voz sería acallado,
pero en el fondo
sentí que la voz verdadera
no es el sonido en el aire,
sino la huella que deja
en el corazón de quienes la escuchan.

Por eso hablé
a la mujer humilde,
a la campesina
que alguna vez creyó en nosotros
cuando levantamos la mirada
hacia sus hijos.

Hablé al obrero
que convirtió su cansancio
en una forma de esperanza,
al profesional silencioso
que no traicionó su conciencia
aunque la comodidad lo tentara,
al joven
que puso su alegría
al servicio de algo más grande
que su propio destino.

No les hablaba
como quien se despide,
sino como quien intenta
dejar una línea grabada
en la memoria profunda del país:

que mi vida tuvo sentido
solo en la medida
en que fui intérprete
de sus anhelos,
no dueño de ellos;

que mi honor consistió
no en mandar,
sino en respetar las leyes
que nos habíamos dado juntos;

que si caía,
no era para arrastrarlos
a un sacrificio ciego,
sino para que aprendieran
a defenderse sin perder
la humanidad que los hace pueblo
y no horda.

Yo sabía
que el cuerpo es frágil,
que las paredes son frágiles,
que las armas son exactas.

Pero también sabía
que hay algo
que no pueden destruir:
el recuerdo de un hombre
que intentó ser digno,
la certeza
de que, incluso en la derrota,
se puede permanecer leal
a lo que se ama.

Por eso dije:
“siempre estaré junto a ustedes”,
y no hablaba de fantasmas,
ni de mitos,
sino de ese modo humano
en que una vida
que se entregó entera
queda para siempre
como referencia silenciosa
en el mapa moral
de un pueblo.

 

VI. Las grandes alamedas del porvenir

Al final,
cuando la línea de mi voz
se estrechaba como un río
que va a entrar al océano,
pensé en el futuro.

No en fechas,
no en calendarios,
sino en una imagen:

unas grandes alamedas
abriéndose otra vez
para el paso del hombre libre.

No era una consigna,
era un juramento dirigido
al tiempo.

Sabía que no vería
ese día con estos ojos,
pero también sabía
que la historia no termina
en el momento
en que el cuerpo cae.

Dije:
“trabajadores de mi patria,
tengan fe en Chile y en su destino”,
y esa frase fue mi testamento.

Fe no en un caudillo,
no en un gobierno,
no en una época,
sino en la capacidad profunda
de este pueblo
para levantarse
después de haber sido golpeado,
para seguir amando
después de haber sido traicionado,
para seguir construyendo
después de la ruina.

Me despedí gritando vida:
vida para Chile,
vida para el pueblo,
vida para los trabajadores,
y en ese grito
estaba todo lo que fui.

No sé qué harán con mi nombre,
no sé qué harán con mis errores
ni con mis aciertos,
no sé qué harán
con la imagen de este día.

Lo que sí sé
—y lo sabía incluso
mientras se cerraba
el cerco de fuego—
es que mi sacrificio
solo tendrá sentido
si se convierte
en una lección moral:

que la felonía existe,
que la cobardía existe,
que la traición existe,
pero también existe
el hombre que se niega
a ser cómplice de ellas,
aunque tenga que pagar
con todo lo que es.

Yo me fui diciendo
que las grandes alamedas
volverían a abrirse.

Hoy, desde la posteridad,
repito esa imagen
como quien extiende una antorcha
más allá de su propia sombra:

un día,
más temprano que tarde,
el país volverá a respirar
en amplitud,
y por esas calles anchas
caminarán hombres y mujeres
que quizá no recuerden mi voz,
pero sí encarnarán
el sueño sencillo
que me sostuvo hasta el final:

que nadie
tenga que humillarse
para vivir,
que la libertad
no sea un privilegio,
sino el modo natural
de andar bajo el cielo de Chile.

 

Advertencia legal al Lector

1. La historia que tienes en tus manos es una obra de ficción inspirada en vivencias y emociones personales del autor. Los personajes, con sus luces y sus sombras, son producto de la imaginación y de la creación literaria. Cualquier parecido con personas reales, vivas o fallecidas, así como con situaciones o lugares específicos, es pura coincidencia. Los nombres de los protagonistas han sido elegidos al azar y su uso no pretende aludir ni ofender a ninguna persona en particular.

Este relato busca explorar la complejidad de las relaciones humanas, la pasión, el arte y los dilemas de la vida, y debe ser leído como tal.

2. El personaje denominado “Allende, compañero Allende”, es una creación ficticia utilizada como recurso narrativo.
Los poemas incluidos en este libro son obra original y exclusiva del autor.

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